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El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 18

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  4. Capítulo 18 - 18 Corazones Artificiales
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18: Corazones Artificiales 18: Corazones Artificiales Habían pasado dos semanas desde los sucesos en Japón y Corea del Sur.

El grupo, marcado por cicatrices invisibles y heridas que aún no sabían cómo nombrar, fue trasladado a una base de entrenamiento ubicada en las afueras de una zona clasificada.

Un campo vasto, cubierto por estructuras metálicas, domos de simulación, y un cielo gris que no cambiaba sin permiso.

Las mañanas allí eran silenciosas, pero no por paz, sino por tensión.

El lugar no dormía.

Observaba.

Jackie caminaba por uno de los pasillos con Chaeun a su lado, ambos siguiendo de cerca a Miranda y Woods.

El sonido de sus pasos se mezclaba con el leve zumbido eléctrico de las barreras y las torres de vigilancia automatizadas.

Todo era tan artificial, que incluso el viento parecía programado.

—No me gusta este lugar —susurró Jackie, con las manos en los bolsillos y los ojos recorriendo el campo—.

Parece diseñado para que olvides que alguna vez fuiste humano.

Chaeun lo miró de reojo, sin detener el paso.

—Tal vez de eso se trata.

Miranda, que caminaba al frente con postura firme, se detuvo al borde del área de combate.

Woods se mantenía a su lado, en silencio, como si siempre supiera lo que vendría antes de que pasara.

—Aquí es —dijo Miranda, sin necesidad de girarse—.

Prepárense.

Hoy no vinimos a observar.

Pero Jackie apenas escuchó la orden.

Porque allí, en el centro de la plataforma, entre dos estructuras caídas de combate simulado, colgaba algo extraño.

Una hamaca.

Hecha con restos de fibra, cables y los brazos metálicos de dos centinelas desactivados.

No tenía sentido, ni lógica… y sin embargo, estaba perfectamente ensamblada.

Y en medio de esa absurda obra, como si fuera lo más natural del mundo, estaba Ángel.

Reclinado, con un brazo detrás de la cabeza y en la otra mano, un núcleo palpitante.

El corazón de uno de los robots.

Un trozo de metal que aún latía con energía residual, brillando suavemente en tonos carmesí.

Lo giraba entre los dedos con atención.

Como si estuviera viendo, no una pieza rota… sino algo vivo.

Algo digno de ser admirado.

Jackie alzó una ceja.

—¿Qué carajos está haciendo?

—Jugando —respondió Chaeun, con una expresión entre confusión y resignación—.

O tal vez pensando.

Con él nunca se sabe.

Miranda frunció el ceño.

—Stone —llamó, con voz firme y clara—.

Bájate de ahí.

Ángel no se movió.

Siguió observando el corazón artificial con la misma calma distante.

Pasaron unos segundos.

Luego habló.

—¿Alguna vez han visto algo así…?

Late… pero no está vivo.

Brilla… pero no tiene alma.

Si lo rompo… ¿muere?

Jackie bufó, cruzándose de brazos.

—Sí, sí, muy poético todo… Pero, ¿en serio?

¿Tantos robots para terminar acostado como si estuvieras de vacaciones?

Ángel desvió ligeramente la mirada hacia ellos, sin levantarse.

—No es una vacación.

Solo un momento sin gritos.

Miranda dio un paso al frente, su tono endurecido.

—Entrenamiento obligatorio.

No estamos aquí para contemplaciones filosóficas.

Ángel se incorporó con lentitud, dejando caer el núcleo al suelo.

El metal pulsó una última vez… y se apagó con un leve crujido.

—Entonces empecemos —dijo, mientras sus alas se extendían con un movimiento fluido, cortando el aire con una elegancia peligrosa—.

Hoy tengo ganas de ver qué tan bien sobreviven.

Woods soltó un suspiro y se acercó a Miranda con voz baja.

—Está de humor.

Eso puede ser bueno… o letal.

Chaeun se preparó sin quitarle los ojos de encima.

Jackie, mientras tanto, murmuró por lo bajo: —Genial.

Vamos a morir… y encima siendo parte de su entretenimiento.

Ángel bajó de la hamaca improvisada con una ligereza fantasmal.

Se detuvo frente a ellos, su rostro impasible, las sombras marcadas bajo sus ojos y su energía envuelta en un silencio tenso.

—Solo los voy a observar —dijo, pero sus ojos decían otra cosa.

Jackie tragó saliva.

—Sí, claro.

Como si mirar no fuera suficiente para matarnos.

El grupo se adentró en la zona de entrenamiento.

La niebla artificial comenzó a levantarse, las estructuras mecánicas se activaron, y la cuenta regresiva apareció en las pantallas flotantes del entorno.

3… 2… 1… El silencio que siguió a la cuenta regresiva era engañoso.

Por un segundo, todo quedó inmóvil.

Solo el leve zumbido en el aire… y luego, el crujido metálico.

Desde el suelo, los cuerpos inertes de los robots comenzaron a levantarse, uno por uno.

Primero sus cabezas, luego sus torsos, y por último las extremidades, que se reensamblaban con precisión quirúrgica.

Una tenue luz azulada recorrió sus cuerpos, como un pulso, y entonces… se encendieron por completo.

Jackie dio un paso atrás con una sonrisa confiada.

—¿Eso es todo?

Parecen muñecos de práctica —murmuró, relajando los hombros.

Chaeun frunció el ceño, observándolos con atención.

—Son lentos… demasiado predecibles.

Por un momento, ambos creyeron tener razón.

Pero solo fue eso.

Un momento.

De pronto, los cuerpos de los autómatas comenzaron a distorsionarse, sus armaduras deslizándose como líquido, sus extremidades doblándose en ángulos imposibles.

Algunos crecían en tamaño, otros adelgazaban sus formas hasta convertirse en criaturas veloces, afiladas, bestiales.

Las luces de sus núcleos cambiaron de color: del azul al rojo vivo.

El ambiente se tornó opresivo.

Jackie apenas alcanzó a decir “¿qué diablos…?” antes de que uno de ellos se lanzara contra él a una velocidad absurda.

Y entonces comenzó.

Jackie activó sus reflejos.

El mundo para él se volvió lento.

Cada ataque, cada zancada del enemigo, era una escena que podía analizar cuadro por cuadro.

Se movía entre los golpes con la precisión de alguien que ya había bailado esa danza mortal.

Los esquivaba como si estuviera peleando contra Park Tae Hyun… y por un instante, se sintió en Corea otra vez.

Saltó hacia atrás, giró en el aire, pasó por debajo de un brazo afilado, y colocó una patada justo en la base del cuello de uno de los robots.

No lo derribó, pero lo desvió.

Lo importante era no dejarse tocar.

Chaeun, por otro lado, no se movía como un guerrero.

Sus pasos eran calculados, casi poéticos.

No atacaba directamente.

Levantaba el polvo del suelo con movimientos mínimos, canalizando la tierra, las piedras, los residuos del campo.

Y cuando un robot se acercaba, desviaba su visión con una nube de polvo en los ojos, lo hacía tropezar con una piedra mal puesta, lo obligaba a fallar.

No lo dañaba.

Solo lo desestabilizaba.

Como un viento invisible jugando con depredadores de metal.

Mientras tanto, Ángel seguía quieto.

Ni una palabra.

Ni un paso.

Seguía donde lo habían dejado, observando cómo los demás combatían.

Sus alas estaban replegadas, sus ojos fijos, serenos… como si esperara algo.

Uno de los robots lo notó.

Giró su cabeza con un chasquido hidráulico, sus sensores escanearon su figura.

Avanzó.

Ángel apenas alzó una ceja.

—Ahora sí —susurró, sin moverse.

En la cabina de control, lejos del campo, dos figuras observaban todo en silencio.

Una pantalla flotante mostraba el combate desde múltiples ángulos, y las firmas térmicas parpadeaban como llamas vivas.

—Están listos —dijo Woods, con los brazos cruzados, sin apartar la vista—.

No lo saben aún… pero están listos.

Miranda, de pie a su lado, con el cabello recogido y la mirada tensa, murmuró: —Esta simulación… no es para entrenamiento.

Es una réplica.

Una respuesta a lo que pasó en Corea.

Woods asintió.

—Una operación suicida con el menor índice de supervivencia registrado en TRUMAN.

Ellos fueron los únicos que regresaron caminando.

—Y ni siquiera completos —añadió Miranda, más para sí misma que para él.

En la pantalla, otro de los robots se transformaba en una criatura de múltiples brazos giratorios.

Jackie pasó por debajo con una voltereta, apenas esquivando un ataque giratorio.

Chaeun invocó una onda de polvo tan densa que cegó a tres al mismo tiempo.

Y Ángel… Ángel al fin levantaba la mirada.

—Ningún otro soldado —continuó Woods— puede seguirles el ritmo.

Así que dejamos de entrenarlos como soldados.

Y empezamos a prepararlos como anomalías.

Miranda bajó la cabeza.

—¿Y si no quieren serlo?

—Entonces morirán como humanos —respondió Woods con calma—.

Y eso no es una opción.

Jackie se movía como si el campo entero le perteneciera.

Cada enemigo que se le acercaba era solo otro intento fallido de alcanzarlo.

Sus reflejos lo mantenían siempre dos segundos por delante, como si el tiempo mismo le pidiera permiso para tocarlo.

Pero incluso con eso, los enemigos eran demasiados.

—¡Chaeun!

—gritó de pronto, lanzando su voz con fuerza entre la ráfaga de sonidos metálicos.

Chaeun, que en ese momento estaba rodeado por tres autómatas, giró la cabeza sin dudar.

No hubo necesidad de más palabras.

Lo entendió al instante.

Con un movimiento rápido, alzó una nube de polvo que cegó a uno de los robots, mientras Jackie se impulsaba con una voltereta por encima del mismo.

En el aire, giró sobre su eje y, en perfecta sincronía, ambos atacaron desde ángulos opuestos.

El golpe de Jackie al cuello fue seco y preciso.

El de Chaeun al núcleo, cargado de fuerza de impacto redirigida por una piedra controlada.

El robot cayó como una estatua que perdió el alma.

El primero eliminado.

Y en medio del caos, algo curioso ocurrió.

Jackie alzó el puño en alto, moviéndolo lentamente, como si aún estuviera atrapado en su propio tiempo reducido.

Chaeun lo entendió, y chocó los nudillos con él.

En cuanto el tiempo volvió a su velocidad normal, Chaeun sintió el golpe con nitidez.

El calor, el contacto, la energía.

Jackie le sonrió con una mezcla de burla y reconocimiento.

—Felicidades.

Estás aprendiendo inglés más rápido de lo que esperaba.

Chaeun bajó el puño con una pequeña sonrisa y sin responder, solo le dio una mirada que decía “ya estoy entendiendo más de lo que imaginas”.

Mientras tanto, Ángel no parecía formar parte del mismo combate.

No se agitaba.

No sudaba.

Sus movimientos eran fluidos, casi artísticos.

Se deslizaba entre los ataques enemigos como si los hubiera ensayado miles de veces antes de que ocurrieran.

Su cuerpo no reaccionaba… se anticipaba.

Cada tajo de sus alas era quirúrgico.

Preciso.

Letal.

Y lo más aterrador: parecía que no lo estaba intentando.

Uno de los autómatas lo embistió desde atrás, y Ángel giró apenas un centímetro con la cadera, dejando que el ataque pasara rozando su espalda.

Su ala izquierda se desplegó con suavidad… y el torso del enemigo se partió en dos.

El siguiente robot intentó atacarlo desde arriba, y Ángel simplemente alzó una mano, endureciendo su piel.

El impacto del golpe rebotó, y sin emoción alguna, lo atravesó con un solo movimiento seco de su ala derecha.

No gritaba.

No dudaba.

No miraba a nadie.

Solo avanzaba.

Uno a uno, los enemigos caían.

El metal oxidado se acumulaba como polvo bajo sus pies.

Desde la cabina, Miranda observaba con los brazos cruzados.

—No es solo habilidad —murmuró—.

Se adapta.

Más rápido que cualquiera que haya visto.

Woods asintió.

—No hay instrucciones para él.

Solo reacciones.

Ángel no aprende como los demás.

Él nace sabiendo cómo sobrevivir.

—Es un prodigio —dijo Miranda con voz baja, casi sin querer.

—No.

Es un arma —corrigió Woods—.

La diferencia está en que aún no decide en qué dirección va a apuntar.

Miranda apretó la mandíbula al escuchar las palabras de Woods.

Lo miró de lado, con una expresión que no contenía rabia… sino una amenaza fría, tan real como el metal del campo.

—Vuelve a comparar a mi hijo con un arma… y te arranco la espina dorsal en este mismo instante.

Woods no la miró.

Solo bajó un poco la cabeza y asintió con la misma tranquilidad de siempre.

—Está bien.

No lo volveré a hacer.

Abajo, el combate seguía.

Jackie y Chaeun habían encontrado una cadencia entre ellos.

Jackie esquivaba como si bailara entre sombras, moviéndose en círculos cerrados, usando sus reflejos como un escudo invisible.

Chaeun lo apoyaba desde la distancia, desviando los ataques enemigos con ráfagas de polvo y proyectiles improvisados, forzando a los autómatas a mirar hacia donde él quería.

Ambos se movían con intención.

Calculaban.

Pensaban.

Pero eso era lo que los hacía lentos.

Uno de los robots estuvo a punto de rozar la pierna de Jackie con una cuchilla rotatoria.

Chaeun reaccionó, lo cegó justo a tiempo.

Otro se lanzó contra ellos desde un ángulo ciego.

Jackie lo esquivó por un pelo.

Coordinados, sí.

Eficientes… tal vez.

Pero no lo suficiente.

Y Ángel lo vio.

Sin cambiar su expresión, simplemente se levantó.

Dio un solo paso hacia el caos.

Y entonces entró.

En menos de cinco segundos, la escena cambió por completo.

El aire pareció doblarse a su alrededor.

Su cuerpo se deslizó como una sombra viva entre los autómatas.

Sus alas se extendieron con precisión quirúrgica, cortando piernas, brazos y torsos con la gracia de un movimiento ensayado en sueños.

Su piel endurecida bloqueó golpes que habrían pulverizado huesos humanos, y en medio del combate… incluso jugó.

Empujó a uno de los robots contra otro, los hizo chocar como si fueran juguetes mal ensamblados.

Otro intentó huir y Ángel lo hizo girar sobre sí mismo con un solo impacto en la base de su cráneo.

Al último, lo dejó de pie, temblando, y le arrancó el núcleo con la mano desnuda.

El corazón del autómata palpitó un segundo más… luego se apagó.

Ángel lo miró brevemente.

Luego lo lanzó.

El núcleo impactó con fuerza en el pecho de Chaeun, haciéndolo retroceder un paso.

No lo hirió, pero dejó una marca.

Una señal.

Una palabra no dicha.

Ángel se sentó entre los restos del combate.

Exhaló como si apenas hubiera calentado los músculos.

Y alzando la voz, sin mirarlos, dijo solo una cosa.

—Lentos.

Un zumbido bajo comenzó a llenar el campo, casi imperceptible al principio.

Luego, el sonido metálico de un mecanismo oculto marcó la llegada del ascensor desde la torre de control.

Con un movimiento lento, descendieron Woods y Miranda, envueltos en el humo tenue que aún flotaba en el aire tras el combate.

El ascensor tocó tierra con un leve temblor.

Ambos caminaron entre los restos de los autómatas sin decir una palabra al principio.

Chaeun permanecía quieto, con el núcleo aún en sus brazos.

Lo sostenía como si aún palpitara, como si tuviera un corazón entre las manos que no supiera si debía proteger o destruir.

Su mirada estaba fija en Ángel, que seguía sentado entre los restos, sereno, sin ninguna marca de cansancio.

Había algo en él que no encajaba con el resto del mundo.

Era hermoso, preciso, devastador.

Una armonía hecha para la guerra.

Y Chaeun, aunque lo admiraba, también sentía una punzada en el pecho.

No era envidia.

Era algo peor.

Era la certeza de que jamás alcanzaría ese nivel.

Dejó caer el núcleo.

El metal golpeó el suelo con un sonido hueco, seco.

Woods se detuvo frente al grupo.

Sus ojos recorrieron a cada uno, midiendo más que heridas o rendimiento.

Medía algo invisible.

—Tomen un descanso —dijo, con tono neutral—.

Luego hablaré con ustedes.

Jackie se dejó caer en el suelo, respirando agitado.

Chaeun dio un paso hacia atrás, aún mirando a Ángel como si buscara una explicación en su rostro.

Pero Ángel solo lo ignoraba.

Su mirada estaba perdida en el cielo artificial que se proyectaba sobre el domo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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