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El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 19

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  4. Capítulo 19 - 19 Chico de otro mundo
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19: Chico de otro mundo 19: Chico de otro mundo Woods se giró para irse, pero se detuvo a medio camino.

—Ah… antes de que lo olvide —añadió con calma—.

En las próximas horas llegará un nuevo recluta.

Miranda levantó una ceja.

—¿Otro experimento de TRUMAN?

—No exactamente —respondió Woods—.

Solo un chico especial.

Como ellos.

Tal vez… incluso logre llevarse bien con Ángel.

Jackie bufó.

—Buena suerte con eso.

Nadie respondió.

Pero en los ojos de Miranda, hubo un destello.

No de esperanza… sino de duda.

Ángel no dijo nada.

Solo siguió sentado, con las alas plegadas, como si todo el combate hubiera sido apenas una canción de fondo.

El campo quedó en silencio, salvo por el eco metálico de un corazón artificial apagado, olvidado en el suelo.

Chaeun y Jackie caminaban lado a lado por el pasillo de concreto, dejando atrás el campo de entrenamiento.

El ruido de los mecanismos quedaba atrás, y con él, también la tensión del combate.

El ambiente se volvía más liviano, casi como si el aire ya no pesara tanto.

Parecían inseparables.

Reían en voz baja, compartiendo bromas entre correcciones y gestos torpes.

La amistad entre ellos crecía de forma natural, sin necesidad de demasiadas palabras.

—No se dice “yo querer ir” —le explicaba Jackie mientras bebía de una botella de agua—.

Es solo “quiero ir”.

En inglés eso ya se entiende sin poner el “yo”.

—Quiero… ir —repitió Chaeun con esfuerzo, como si cada palabra fuera una piedra que debía colocar con precisión.

—Exacto.

Si dices “yo querer ir”, suena como si hubieras aprendido inglés viendo caricaturas —bromeó Jackie, sonriendo.

Chaeun lo miró de reojo, y aunque no respondió, esbozó una leve sonrisa.

Estaba aprendiendo.

Y lo sabía.

Detrás de ellos, en silencio absoluto, Ángel los seguía.

No decía nada, no intentaba alcanzarles el paso.

Solo caminaba a unos metros de distancia, con las alas plegadas y el cuerpo relajado, como si formar parte del grupo fuera un acto opcional… uno que aún no decidía si valía la pena.

Al llegar a una bifurcación antes de la cafetería, Chaeun giró levemente la cabeza.

No dijo nada.

Solo extendió una mano hacia Ángel, invitándolo a unirse a la conversación.

Ángel bajó la mirada a la mano, y luego lo observó de pies a cabeza.

—¿Tengo cara de querer compartir algo?

Chaeun se encogió de hombros sin decir nada más, y volvió a enfocarse en Jackie mientras seguían caminando.

Al llegar a la cafetería, las miradas no tardaron en caer sobre ellos.

Soldados de TRUMAN, técnicos, personal de limpieza, hasta algunos miembros del escuadrón León que estaban de paso… todos los vieron entrar.

Algunos los observaban con admiración, otros con una mueca de burla mal disimulada.

Pero no era desprecio real.

Era envidia.

Pura y dura.

Y había otros que incluso los saludaban con respeto.

Reconocían sus rostros.

Los llamaban, sin necesidad de decirlo en voz alta, las anomalías de Japón.

Y Ángel, caminando detrás, ignoraba todo.

Como si el mundo entero fuera solo un escenario que no le interesaba.

Como si ya lo hubiera visto todo… y no quedara nada nuevo que valiera la pena.

La cafetería era amplia, iluminada por paneles blancos que simulaban luz natural.

El olor era una mezcla de lo industrial con lo hogareño, como si intentaran convencer a los soldados de que aún existía algo parecido al descanso.

Chaeun y Jackie caminaron directo hacia la línea de autoservicio, hablando entre ellos con la familiaridad de quien ya conoce los gustos del otro.

Jackie no lo pensó mucho: cargó su bandeja con hamburguesas, hot dogs, papas fritas y salsa por todos lados.

Se sentía como en casa.

Chaeun, en cambio, fue directo al arroz con salmón.

Un plato simple, tradicional, que le sabía a infancia.

A Corea.

Ángel apareció más tarde.

Caminaba despacio, sin prisa.

Tomó una batida de banana que rebosaba de espuma, como si hubiera sido hecha con exageración a propósito, y junto a ella, llenó su bandeja de snacks dulces: galletas, barras de chocolate, pastelillos empaquetados.

Había una calma especial en la forma en que los elegía, como si ese fuera el único momento del día en el que realmente se permitía elegir algo por placer.

Cuando encontraron una mesa vacía, no estaban completamente solos.

Había un hombre sentado allí.

Joven, pero con la expresión cansada de quien ya vio demasiado.

Tenía una barba mañanera mal afeitada y el cabello despeinado.

Llevaba una gran venda en el brazo izquierdo, que le cubría desde el hombro hasta la muñeca.

Tenía esa mirada como dormida, no porque tuviera sueño… sino porque su alma parecía ir a otro ritmo.

Jackie lo miró con curiosidad, pero no dijo nada.

Chaeun bajó su bandeja con respeto silencioso.

Ángel solo se sentó y empezó a beber la batida como si no hubiera nadie más en la mesa.

El hombre apenas los miró.

Solo alzó la vista un segundo, los reconoció, y luego volvió a clavar los ojos en la nada.

Pero había algo en él.

Algo que no se podía ignorar.

Una presencia que no hablaba… pero pesaba.

Ángel tomó un sorbo más de su batida, sin pensar mucho, sin mirar a nadie.

La pajilla burbujeó con un sonido suave y luego, al alzar la cabeza, un bigote de espuma le decoraba el labio superior.

No se dio cuenta.

Chaeun lo vio.

No lo dijo de inmediato.

Solo lo observó… con esa manera silenciosa que tiene quien no necesita palabras para reírse.

Y luego, sin contenerse, soltó una risa clara, breve.

No de burla, sino de sorpresa suave, como un chispazo de luz en un lugar sin ventanas.

Ángel alzó una ceja, confuso.

Y cuando notó la espuma, su gesto cambió.

No por vergüenza.

No del todo.

Era irritación leve.

Una irritación con sonrojo.

—No viste nada —le dijo a Chaeun, mientras se limpiaba con el dorso de la mano, evitando mirarla demasiado.

Ella no respondió.

Solo le sostuvo la mirada con esa sonrisa imposible de borrar del todo.

Como si acabara de descubrir un secreto que no pensaba guardar.

Y entonces, como si el ambiente lo hubiera permitido recién ahora, Cristóbal Énder habló.

—¿Tú cómo te llamas?

Su voz cortó el momento con precisión quirúrgica.

No con rudeza, pero sí con esa calma que suena a gravedad.

Como si sus palabras siempre vinieran desde muy lejos.

Ángel bajó la mirada un momento.

Dudó.

Luego, sin mucha intención de complacer, respondió: —Ángel.

—¿Y quién eres, Ángel?

La pregunta no era trivial.

No era una cortesía.

Era una forma de disección.

Como si Cristóbal no quisiera saber el nombre, sino el núcleo.

Ángel masticó la respuesta.

Literal y mentalmente.

Un pedazo de banana quedó atrapado entre los dientes.

—Soy…

alguien que solo quería desayunar tranquilo.

Cristóbal asintió, casi imperceptiblemente.

Su rostro no mostró juicio.

Ni aceptación.

Ni risa.

Solo algo parecido al reconocimiento.

—Eso suena a una buena mentira —murmuró.

Jackie sonrió desde su taza, sin mirar a nadie.

Solo meneó la cabeza, como si la escena ya la hubiese vivido antes, en otro lugar, en otra versión del mundo.

Chaeun no dijo nada.

Pero su mirada estaba clavada en Cristóbal.

No como quien sospecha, sino como quien escucha con todos los sentidos.

Cristóbal se recostó levemente, dejando que el vendaje de su mano izquierda se asomara un poco más por la manga.

Nadie le preguntó qué había pasado.

Nadie se atrevía a hacerlo.

Y él, como quien no espera empatía, ni tampoco la necesita, simplemente dijo: —No me gusta la gente que se esconde detrás del desayuno.

Silencio.

La batida de Ángel tembló en su mano.

Solo un poco.

Jackie y Chaeun siguieron hablando, como si el resto del mundo no existiera.

Ella gesticulaba con suavidad, con esos ademanes que parecen dibujos en el aire, mientras Jackie respondía con su humor casi automático, liviano, como un péndulo que jamás se detiene.

Se reían en silencio, compartiendo un lenguaje que Ángel ni intentaba entender.

Ángel solo disfrutaba su comida.

Sin prisa.

Cada bocado era una excusa para no hablar.

Cada sorbo, un muro entre él y el resto.

Ni siquiera se inmutó cuando Jackie soltó una broma que hizo a Chaeun cubrirse la boca para no escupir el jugo.

Cuando la hora del almuerzo terminó, el comedor se fue vaciando.

Ecos de bandejas chocando, sillas arrastradas, pasos dispersos.

Y ellos tres, junto con Énder, salieron.

Bueno… cuatro.

Porque Énder los seguía.

No dijo nada.

No pidió permiso.

Solo caminaba detrás, con esa misma expresión suya: entre la calma forzada y la muerte anticipada.

Con la mano izquierda vendada y la mirada que no miraba nada.

Ángel fue el primero en notar la presencia detrás.

Se giró, frunció el ceño.

Jackie también se dio cuenta, pero solo sonrió.

—¿Nos estás siguiendo o es coincidencia cósmica?

—Ambas —respondió Énder, sin cambiar el paso.

Chaeun lo miró por sobre el hombro, incómoda.

No por miedo, sino porque…

bueno, ya era raro de por sí.

Y entonces, llegaron a la sala de entrenamientos.

La puerta corrediza se abrió con ese zumbido suave que anunciaba más que entrada: anunciaba tensión.

Adentro estaban Woods… y una mujer que Ángel reconoció al instante.

Miranda.

Su madre.

El gesto de Ángel cambió al verla, pero no dijo nada.

Miranda le dedicó una mirada rápida, contenida, sin dulzura, pero tampoco con dureza.

Como si lo hubiese estado esperando.

Como si supiera más de lo que estaba dispuesta a decir.

Woods los observó a todos por un segundo, evaluando la escena como un tablero de ajedrez que alguien más había movido por él.

Y luego habló.

—Ya veo que conocieron al nuevo —dijo, mirando directamente a Énder—.

O al menos, lo suficiente como para no saber nada aún.

Jackie levantó una ceja.

—¿Nuevo?

¿Recluta?

¿Él?

—Sí —confirmó Woods, cruzando los brazos—.

Su nombre es Cristóbal Énder.

Y antes de que pregunten: no, no es de aquí.

Literalmente.

El silencio que cayó fue distinto.

No incómodo.

No escéptico.

Distinto.

Woods continuó, sin dejar espacio para interrupciones.

—Viene de otro plano.

Otro mundo.

Uno donde las reglas que conocemos apenas aplican.

Donde el tiempo es más una sugerencia que una ley.

Lo que hizo allá… no es lo importante.

Lo que viene con él, sí lo es.

Miranda lo observaba de reojo, con una tensión que Ángel notó, pero no comentó.

La misma tensión que uno siente antes de que algo llegue… y cambie todo.

Chaeun miró a Énder, más que antes.

Buscando algo.

Una grieta.

Un error.

Y Énder… solo se quedó ahí.

Callado.

Como si todo lo que decían ya lo hubiese escuchado cientos de veces.

O como si no le importara.

Woods mantuvo la mirada en Énder, pero sus palabras ahora iban dirigidas a todos.

—Sí —dijo, con voz pesada—.

Él también es una víctima de Dharma.

Los ojos de Chaeun se agrandaron apenas.

Jackie dejó de balancearse en sus talones.

Miranda cerró los párpados por un segundo, como si esperara ese nombre y aún así doliera.

Woods continuó: —Pero no terminó como Park Tae Hyun.

El aire pareció detenerse solo con esa frase.

—Dharma…

—siguió— le dijo que estaba “listo”.

Y luego lo soltó.

Literalmente.

Apareció aquí.

Sin aviso.

Sin rastro de cómo.

Lo contuvimos en cuanto nos dimos cuenta de lo que traía encima.

La energía.

El rastro de ruptura dimensional.

Era como tener una grieta viva caminando entre nosotros.

Lo encerramos.

Le hicimos preguntas.

Muchísimas.

Pero lo más jodido es que… Woods hizo una pausa.

No porque no supiera cómo decirlo, sino porque incluso diciéndolo, no sonaba lógico.

—…se escapa cuando quiere.

Lo hemos visto en cámaras.

En Kenia.

En Japón.

En medio del océano Índico.

Y luego… vuelve.

Sin un rasguño.

Sin explicación.

Solo… vuelve.

Jackie levantó una ceja, asintiendo como quien no quiere creer, pero sabe que debe hacerlo.

—Entonces, ¿por qué sigue aquí?

—preguntó Chaeun, cruzando los brazos.

Woods respondió sin titubeo: —Porque él sabe que tiene que estar aquí.

Por alguna razón que no ha querido decir, o no puede explicar… sabe que su lugar está con ustedes.

Y en ese momento, la sala dejó de ser silenciosa y pasó a ser tensa.

Ángel dio un paso adelante.

Su expresión no cambió, pero sus ojos se volvieron duros como piedra.

—¿Otra grieta?

—murmuró—.

¿Otro portador de lo imposible?

Y entonces… extendió sus alas.

Blancas.

Inmensas.

Casi cegadoras bajo la luz artificial.

El aire se estremeció con el solo hecho de desplegarse.

Todos retrocedieron un paso, por puro instinto.

Énder no se movió.

Ángel habló con la voz cortante, firme, como filo recién afilado: —Escúchame bien.

Un silencio fiero se apoderó del momento.

—Si llegas a ser como Park Tae Hyun.

Si te atreves a arrastrar aquí lo que él dejó allá.

Si noto que estás mintiendo, que escondes algo.

Si veo una sola sombra que no debería estar donde estás tú… te mataré.

Sin avisos.

Sin dudas.

Sin miedo.

Énder alzó la mirada hacia él.

No respondió.

Ni una palabra.

Solo lo miró como quien ya ha escuchado sentencias de muerte antes.

Y ha vivido para recordarlas.

Jackie se pasó una mano por el cabello, incómodo.

Chaeun tragó saliva.

Miranda no dijo nada.

Woods no intervino.

Porque no era una amenaza.

Era una promesa.

Y todos sabían que Ángel… no hacía promesas a la ligera.

Cristóbal no se movió.

No reaccionó a la amenaza.

Solo bajó la mirada un segundo, como si algo se abriera dentro de él.

Un recuerdo.

Un eco que cruzaba dimensiones con el peso de algo que no murió del todo.

—Cristian… —murmuró, más para sí que para los demás.

Jackie giró la cabeza.

Chaeun parpadeó.

Miranda, tensa.

Ángel, en cambio, no lo dejó escapar.

—¿Quién mierda es Cristian?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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