El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 20
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20: Cristobal Énder 20: Cristobal Énder Cristóbal alzó la mirada.
Había algo distinto en sus ojos ahora.
No brillo.
No emoción.
Una especie de sombra vieja.
Una verdad que dolía al tocarla.
—Cristian Modal —dijo con voz baja, clara, sin orgullo ni culpa—.
Era alguien de mi mundo.
Un hombre que, sin saberlo, llevaba algo de mí dentro.
O algo que debía desaparecer.
El silencio se volvió denso, tenso.
—Sentí una conexión con él.
Cósmica.
Inexplicable.
Como si estuviéramos tejidos con el mismo hilo.
Como si él también fuera…
parte del error.
—Su mandíbula se apretó—.
Y me asustó.
Ángel frunció el ceño, las alas aún desplegadas, el aura enrareciéndose.
—¿Y qué hiciste?
Cristóbal lo miró directo.
Sin apartar la vista.
Sin disfrazarlo.
—Lo maté.
Jackie exhaló.
Chaeun tragó en seco.
—Porque sentí que si no lo hacía… algo se abriría.
Algo en mí.
Algo en él.
Pero también porque lo vi…
débil.
Demasiado débil para lo que se acercaba.
No podía permitirme que alguien así compartiera mi maldición.
Ángel dio un paso más.
Y sin previo aviso, sin dramatismo, sin gritar, una de sus alas se movió con la precisión de un bisturí bendito.
Un corte limpio.
Diagonal.
Cruel.
La mejilla de Cristóbal se abrió apenas un instante después del impacto.
Y entonces sangró.
Rojo.
Vivo.
Breve.
Pero la herida no duró más que unos segundos.
Ante los ojos de todos, la piel se cerró sola.
Lenta.
Precisa.
Como si el cuerpo se negara a ser herido por algo que ya conocía.
Como si lo que habitaba dentro de Énder tejiera carne con la calma de un dios dormido.
Cristóbal no se movió.
No dijo nada.
Solo sostuvo la mirada de Ángel.
Firme.
Silencioso.
Como si aceptara el castigo, pero no la culpa.
Como si ya hubiera vivido esta escena antes… en otro plano… en otro final.
Chaeun fue la primera en moverse.
Con suavidad, pero firmeza, tomó a Ángel del brazo derecho.
Jackie no tardó en hacer lo mismo con el izquierdo, como si la escena ya se les hubiera salido un poco de las manos… o de las alas.
Ambos lo halaron hacia atrás con gestos tranquilos, casi coreografiados, mientras Ángel se mantenía tenso, con las alas aún desplegadas y los ojos clavados en Cristóbal.
—Bueno, bueno… —dijo Jackie con una sonrisa nerviosa—.
Disculpen a nuestro pequeño ángel.
A veces puede ser un poco…
¿cómo decirlo?
Intenso.
Frío.
Apocalíptico.
—Muy protector —añadió Chaeun, forzando una sonrisa, intentando restarle peso a la amenaza reciente.
Jackie soltó una pequeña risa.
—Quién sabe… quizás por eso no está en el cielo.
La risa fue breve, un poco más débil de lo que hubiera querido, como si el aire mismo no tuviera mucho humor en ese momento.
Cristóbal no respondió.
Solo los observaba.
No con malicia.
Sino con esa calma extraña que viene después de una tormenta que aún no cae.
Ángel dejó que lo apartaran, aunque sus alas aún estaban extendidas, rígidas.
Su mirada no se despegaba de Énder ni por un segundo.
Y entonces, inclinándose apenas hacia Jackie, murmuró: —No me da buena espina.
Jackie sonrió, pero no con burla esta vez.
Más como alguien que está de acuerdo… y también está asustado.
—Sí —susurró de vuelta, sin mirarlo—.
A mí tampoco.
Pero lo peor…
es que no sé si eso lo hace peligroso… o solo más parecido a ti.
Ángel aún tensaba los músculos, apenas contenido por los brazos de Chaeun y Jackie.
Las alas no se retraían, como si una parte de él estuviera lista para volver a cortar si algo se movía mal.
Su mirada seguía fija en Cristóbal, como una sentencia esperando excusa.
—¿Y si solo lo estoy provocando?
—murmuró, apenas audible para Jackie y Chaeun—.
¿Qué pasa si realmente se vuelve como Park Tae Hyun?
Las palabras quedaron flotando.
Pesadas.
Frías.
Reales.
Y entonces… ocurrió algo completamente fuera de guion.
Miranda, que hasta entonces había estado en un segundo plano, suspiró apenas, cansada del peso del ambiente.
Se llevó una mano al bolsillo interior de su chaqueta, sacó un pequeño snack envuelto en papel plateado.
Algo simple.
Práctico.
Barato.
Lo empezó a desenvolver en silencio.
Pero antes de que pudiera siquiera abrirlo por completo… Cristóbal reaccionó.
Rápido.
Instintivo.
Casi infantil.
Dio dos pasos hacia ella, los ojos ligeramente más abiertos, la expresión sin rastro de su habitual neutralidad.
Y con un tono inesperadamente suave, sin dureza ni violencia, solo urgencia, preguntó: —¿Puedo…?
¿Puedo comer un poco?
La sala se congeló.
Woods parpadeó.
Chaeun soltó lentamente el brazo de Ángel.
Jackie simplemente murmuró: —¿Qué carajos…?
Incluso Miranda se quedó estática, con el envoltorio a medio abrir y la expresión cruzada entre sorpresa y desconfianza.
Cristóbal no bajó la mirada.
No era una súplica.
No era manipulación.
Solo… una necesidad básica atravesando la frialdad.
—Tengo hambre —dijo, como si eso lo explicara todo.
Miranda, con una lentitud medida, le extendió el snack.
Cristóbal lo tomó con cuidado.
Como si fuera algo frágil.
Como si agradeciera, pero sin saber cómo.
Y se lo comió ahí mismo.
Mordidas pequeñas, serenas.
Sin decir nada.
Con esa misma mirada dormida, callada.
Como si el universo hubiera decidido que él estaba roto en los bordes, pero aún era capaz de saborear algo dulce.
Nadie dijo nada por un rato.
El silencio que siguió a la escena del snack era espeso y confuso.
Cristóbal masticaba lentamente, con esa misma expresión neutral, como si no estuviera rodeado de sospechas ni a centímetros de ser atravesado por otra de las alas de Ángel.
Y fue entonces que se escuchó un pequeño sonido.
—Awwww —soltó Chaeun, con una sonrisa genuina, suave, como si hubiera olvidado por un segundo toda la tensión anterior.
Jackie la miró de reojo, contagiándose un poco, como si ese breve instante de ternura hubiera desconectado el miedo.
Pero Ángel no lo tomó así.
No del todo.
Su ceja tembló apenas.
Las alas por fin empezaban a replegarse, pero su gesto no era calma.
Era… fastidio.
No dijo nada al principio.
Solo lo miró.
A Cristóbal.
A su madre.
Al snack.
Y luego, en voz más alta de lo que pensó, murmuró: —Pudo haberle pedido a cualquiera.
Pero no.
Tenía que pedírselo a mi madre.
Chaeun y Jackie se giraron con ojos grandes, como si acabaran de presenciar a un volcán quejarse de una nube.
Cristóbal, por su parte, terminó de masticar, se limpió un poco la boca con el pulgar, y respondió como si fuera lo más obvio del universo: —Ella tenía comida.
Ustedes no.
Ángel entornó los ojos.
—¿Y te parece lógico ir corriendo como un cachorro por un maldito snack?
—Tenía hambre —respondió Cristóbal, encogiéndose de hombros.
—¿Y qué?
¿También te ibas a acostar en su regazo si te ofrecía una manta?
—Dependería del clima.
Jackie se llevó una mano a la boca para no reírse.
Chaeun ya no podía ocultar la sonrisa divertida.
Ángel lo fulminaba con la mirada.
—¿No te parece raro pedirle comida a la madre de alguien que claramente te está amenazando?
Cristóbal se encogió ligeramente de hombros.
—No si tiene comida y yo tengo hambre.
Eso se llama intercambio racional.
Ángel soltó un bufido, entre rabia y frustración.
—¿Eres idiota o te haces?
—No sabría cómo responder eso sin que suene ofensivo para alguno de los dos.
Jackie ya se estaba alejando un poco, tapándose la risa con ambas manos.
Y Ángel… solo cruzó los brazos.
Sus alas plegadas, pero tensas, como un suspiro que no termina de salir.
—Lo estoy vigilando —murmuró para sí.
—Perfecto —respondió Cristóbal, mientras lamía con calma un poco de chocolate del envoltorio—.
Menos trabajo para mí.
Y justo cuando la situación parecía alcanzar su equilibrio —ese extraño punto entre el sarcasmo, el resentimiento y un envoltorio vacío de snack—, la puerta de la sala de entrenamiento se abrió de golpe con un ¡clang!
demasiado entusiasta.
—¡Hola!
¿Perdón por llegar tarde, había un problema con—!
CLACK.
¡PUM!
El estallido fue breve pero ensordecedor: un disparo rebotó en el techo, dejando una quemadura circular a centímetros del foco principal.
Todos se agacharon por reflejo… excepto Cristóbal, que ni parpadeó.
La chica, una joven soldado de cabello corto y rizado, con un uniforme que le quedaba un poco desordenado, estaba en el suelo, su arma aún humeante, los ojos muy abiertos de la vergüenza.
—¡Yo…!
¡Perdón, perdón!
¡Es que se me resbaló el dedo, y el seguro estaba, o no estaba, o tal vez estaba al revés…!
—decía, tratando de incorporarse mientras su rifle se le volvía a enganchar en la correa y casi la hacía tropezar de nuevo.
Jackie se llevó la mano al rostro.
Chaeun soltó un pequeño gemido ahogado entre risa y espanto.
Ángel solo la observó como quien mira una bomba atómica en pañales.
Woods, sin moverse, sin sorpresa, como si esto ya lo hubiera vivido demasiadas veces, simplemente exhaló por la nariz y dijo con tono neutral: —Sarah Miller.
Ella se cuadró de inmediato, casi cayéndose otra vez en el proceso.
—¡Presente, señor!
¡Y… y ahora el seguro sí está puesto!
¡Creo!
Woods no respondió.
Solo giró un poco el rostro hacia los demás, como quien dice “sí, ella es parte del grupo, acostúmbrense”.
Cristóbal la observó por un momento.
Parpadeó lentamente.
Luego asintió, como si fuera un dato más que almacenar entre dimensiones rotas y amenazas celestiales.
—Me agrada —dijo.
Ángel soltó un suspiro larguísimo, cruzando los brazos como si se preparara mentalmente para una semana muy larga.
Jackie murmuró, con una sonrisa contenida: —Esto se va a poner interesante.
Sarah Miller, aún un poco desordenada, se reincorporó con una mezcla de energía torpe y formalidad militar.
Enderezó su postura, tomó una bocanada de aire y dio un paso al frente con toda la dignidad que le quedaba.
—¡Soldado de Segunda Clase Sarah Miller!
Unidad de Intervención Número 8.
Rango táctico: Manipuladora auditiva.
Clase híbrida: leona.
Nivel veinte.
No es mucho, pero lo sé usar —agregó con una sonrisa ancha y orgullosa, mientras hacía un saludo rápido con la mano derecha, que casi se le va contra la cara.
Woods asintió sin decir mucho, como si tuviera una carpeta imaginaria confirmando cada palabra.
Jackie le sonrió, Chaeun le devolvió el gesto con calidez, y no tardó en acercarse para darle un pequeño golpe con el puño cerrado en el brazo —ese gesto universal de bienvenida informal, como una amistad instantánea improvisada sobre la marcha.
—Bienvenida a la locura —le dijo Chaeun, con esa chispa ligera en la voz.
Sarah rió con un sonido breve, de nervios mezclados con alegría, pero apenas giró para seguir conociendo al resto… se topó con él.
Ángel.
Estaba ahí.
Quieto.
Imponente.
Las alas parcialmente desplegadas, la mirada afilada.
No estaba intentando intimidar, pero intimidaba de todos modos.
Sus ojos no parpadeaban, su cuerpo proyectaba autoridad con la calma brutal de un león dormido que nunca ha tenido que rugir para ser temido.
Y Sarah lo miró.
Y no parpadeó tampoco.
Sus ojos se abrieron un poco más, la sonrisa se le congeló a medio camino, y su respiración vaciló apenas.
No por miedo.
Sino porque era, para ella, sublime.
Como si un ángel bíblico hubiese bajado para juzgar su existencia.
Su mandíbula se aflojó levemente.
Era difícil saber si quería hablar o arrodillarse.
Y Ángel, sin necesidad de que nadie le dijera nada, la notó.
La miró con el ceño apenas fruncido, ladeando la cabeza con una mezcla de incomodidad y desconcierto.
—¿Tengo mierda en la cara?
—soltó seco, con esa voz que no usaba adornos.
Sarah parpadeó por fin, tragando saliva.
—¿Qué?
¡No!
¡No, no!
Es que… ¡tienes una cara muy…!
—calló.
Demasiado tarde para evitar el caos mental interno.
Y en ese momento, mientras el silencio los envolvía a todos entre incomodidad y diversión no declarada, Cristóbal alzó levemente la mirada desde donde estaba, revisando sin apuro las vendas de su mano izquierda.
Sin emoción, sin burla, pero con una precisión quirúrgica, murmuró: —Al parecer, le gustas.
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