El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 21
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- Capítulo 21 - 21 Misión inesperada
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21: Misión inesperada 21: Misión inesperada Ángel chasqueó la lengua y giró la cara, como si el universo acabara de darle dolor de cabeza.
Jackie se carcajeó sin disimulo.
Chaeun se llevó una mano al pecho, riendo.
Sarah solo quería que la tierra la tragara.
O que Ángel la mirara otra vez.
O ambas cosas al mismo tiempo.
Ángel, con la expresión firme de siempre, se acercó a Sarah en completo silencio.
Ella se congeló por un segundo, como si no supiera si prepararse para un saludo… o un juicio final.
Y entonces él extendió la mano.
—Ángel.
Unidad cero.
Ala directa de intervención de emergencia.
Nivel veintiséis.
Especialidad: destrucción a gran escala.
—Su tono fue plano, exacto, y sin esfuerzo alguno.
Sarah se quedó mirándolo como si el mismísimo Dios acabara de dictarle su nombre personal.
Él estrechó su mano con precisión, sin apretar de más, sin ceremonia extra.
Cuando soltó, se limpió ligeramente la palma en un costado de su gabardina negra, con ese gesto suyo que no denotaba desagrado, pero sí una preferencia clara por no repetirlo demasiado.
Acto seguido, desvió la mirada.
Sin urgencia.
Simplemente notó que la puerta de la sala comenzaba a cerrarse lentamente con un zumbido suave.
Se enfocó en eso como si el momento social ya hubiese concluido para él.
Sarah, mientras tanto, giró automáticamente hacia Chaeun.
Con los ojos grandes y una sonrisa que no sabía cómo contener, murmuró en un tono de niña enamorada: —Me tocó la manooo~… Y acto seguido cayó de rodillas en el suelo, con los brazos colgando a los lados como si se hubiera derretido completamente en su uniforme.
Jackie se doblaba de la risa.
Chaeun solo le dio una palmadita en la espalda, divertida.
Pero Sarah se reincorporó rápido, sacudiéndose el polvo invisible del pantalón, y volvió a cuadrarse con torpeza frente a Ángel.
—¡Soldado de Segunda Clase Sarah Miller!
Unidad de Intervención Número 8, manipuladora auditiva, rango híbrido leona, nivel veinte, señor.
Ángel ni la miró del todo.
Solo ladeó un poco el rostro y dijo con tono seco: —Sí, sí.
Nivel, rango, blablá.
Ya te escuché.
Sarah soltó un chillido ahogado de felicidad.
—¡También me dirigió la palabraaaa…!
Jackie casi se cae de espaldas de la risa.
Y con el entusiasmo desbordado, Sarah volvió a extenderle la mano con convicción.
—Nos vamos a llevar bien, compañero de batalla.
Lo presiento.
¡Somos compatibles de combate!
Ángel la miró.
Despacio.
Muy despacio.
—Ya te di la mano una vez.
Silencio.
—La próxima será mañana.
O pasado.
Quizás la próxima semana.
Y dicho eso, se dio la vuelta.
Sarah quedó con la mano extendida en el aire… un segundo… dos… y luego simplemente la abrazó con la otra, como si guardara un tesoro.
—Lo vale.
Valió cada segundo —dijo en voz baja, completamente seria.
Chaeun murmuró desde atrás: —Estamos en problemas.
Y Jackie agregó, aún riendo: —Sí.
Pero al menos serán divertidos.
La tranquilidad que apenas se estaba armando fue demolida en un segundo.
¡BANG!
La puerta de la sala de entrenamiento se abrió con fuerza, casi saliendo de sus rieles.
Un soldado de alto rango —nivel León, por la insignia grabada en su uniforme— entró con la respiración agitada y los ojos encendidos de urgencia.
—¡Comandante Woods!
¡El tipo coreano extraño… apareció en Japón!
¡En Osaka!
¡Está causando destrozos, varias zonas ya están colapsadas!
La frase cayó como un relámpago seco.
Woods no necesitó más.
Giró con firmeza hacia el escuadrón y habló con la voz de quien ya no explica, solo ordena: —Nos vamos.
De inmediato.
Sus ojos recorrieron a cada uno de los presentes.
—Prepárense.
Quiero ver cuánto han aprendido en estas dos semanas.
Es hora de salir del aula.
Sarah tragó saliva tan fuerte que se escuchó.
—¿¡Dos semanas!?
¡Yo no entrené para esto!
Yo entrené para— —No me importa —interrumpió Woods sin siquiera mirarla—.
Te preparas.
Ya.
Sarah se congeló, soltando un débil “sí, señor” mientras su expresión pasaba de pánico a resignación resignadamente optimista.
Woods luego giró hacia Miranda, que ya había comenzado a sacar información desde un panel lateral.
—Tú te vas con nosotros.
Monitorea.
Si algo sale mal, envías transporte y refuerzos.
Miranda asintió sin dudar.
—Confío en que mi hijo no dejará que nada salga mal.
Y eso bastó.
Ángel, ya de espaldas al grupo, estaba revisando su equipo.
Colocaba las placas de su armadura negra con precisión quirúrgica, una tras otra, cada broche cerrado como si lo hiciera con rabia domada.
Dejó la gabardina sobre una silla cercana, y se amarraba los protectores sin casco, el rostro completamente visible… y afilado.
Pero antes de terminar, se giró.
La mirada como una lanza.
Directa a Cristóbal.
—Más te vale servir de algo contra Park —dijo, con la voz baja, firme, como una ejecución aún sin fecha—.
O personalmente te corto en dos.
Cristóbal levantó lentamente la vista mientras ajustaba su vendaje izquierdo.
Y respondió, con su tono habitual, perfectamente razonable y perfectamente irritante: —No me gustaría ser cortado en dos.
Complicaría mis rutinas.
Ángel apretó la mandíbula y lo ignoró.
Ya había dicho lo que tenía que decir.
Cristóbal solo volvió la mirada al frente, recogiendo su propio equipo sin prisa.
No tenía armadura, pero sí ese aire de quien no la necesita.
Como si el daño fuera parte del uniforme.
Jackie ya se ajustaba los guantes, su expresión más seria de lo normal.
Chaeun se ponía el arnés, apretando los broches con los dedos tensos.
Sarah tropezaba con sus propios cinturones, pero lo lograba.
Todos estaban en movimiento.
Preparándose.
El grupo avanzó en formación improvisada por los pasillos iluminados de la base, siguiendo al soldado de alto rango que los había interrumpido.
Sus pasos eran apresurados, pero firmes, como quien ya ha visto el desastre antes y no quiere volver a llegar tarde.
Woods caminaba a la par, sin perder el ritmo, hasta que el soldado rompió el silencio: —La tecnología perdida de Corea…
ha dado frutos inesperados.
—Hablaba sin mirar atrás—.
Tuvimos acceso a planos antiguos, archivos ocultos.
Logramos construir un prototipo de teletransportador… no es del todo estable, pero funciona.
A veces.
Woods apenas giró el rostro.
—Lo usaremos.
—Pero, señor, la inestabilidad— —He dicho que lo usaremos.
Nadie protestó.
Aunque Sarah murmuró algo como “por eso firmo sin leer el contrato…”, mientras ajustaba sus botas con manos temblorosas.
Pero justo antes de llegar a la sala de transporte, Cristóbal se detuvo.
En seco.
Los demás siguieron dos pasos más hasta notar que él no avanzaba.
Se giraron.
Él alzó una mano vendada y habló con calma: —Yo puedo hacerlo.
Woods lo miró de reojo.
—¿Qué cosa?
Cristóbal cerró los ojos.
Exhaló.
—Abrir un agujero.
Un canal.
Un salto espacio-temporal.
Dharma los hacía por mí antes.
Pero ahora que estoy “listo”… No dijo más.
Se puso en posición.
No era épico.
No levantó los brazos.
No gritó.
No invocó nada.
Solo parecía cansado.
Como si estuviera a punto de vomitar un recuerdo mal digerido.
El aire a su alrededor comenzó a doblarse.
El espacio crujía sin sonido, como si el universo tuviera vértigo.
La distorsión empujaba al resto hacia atrás: Jackie perdió el equilibrio, Sarah gritó “¡ay mis orejas!”, Chaeun se cubrió los ojos.
Ángel se mantuvo firme.
Con esfuerzo.
Sus alas estaban plegadas, pero su cuerpo entero parecía contener una tormenta que no era suya.
Cristóbal no gritaba.
Pero su respiración era más y más pesada.
Su nariz sangró.
Primero una gota, luego un hilo delgado.
Su cabeza se inclinó hacia un lado… y luego hacia el otro, como si su cuello ya no estuviera del todo seguro de su función.
Y entonces… Todo volvió a la normalidad.
El aire se estabilizó.
El empuje se detuvo.
Cristóbal cayó de rodillas, jadeando.
Pero su cuerpo, casi de inmediato, empezó a recomponerse solo.
La sangre se detuvo.
Su cabeza dejó de inclinarse con ese espasmo errático.
Sus músculos tensos se relajaron, uno por uno, como si alguien apagara los síntomas.
Levantó la cabeza.
Su voz era baja, pero clara.
—Antes, Dharma abría los portales por mí.
Ahora… ya no.
Se incorporó lentamente.
—Porque ya estoy “listo”.
Y frente a ellos… un agujero dimensional.
Apenas pusieron un pie en el portal, todo fue velocidad y distorsión.
El espacio los tragó uno por uno, disparándolos como proyectiles en espiral hacia lo desconocido.
Una mezcla de vértigo, vacío, y esa sensación viscosa que no debería tener el aire.
Cristóbal fue el último en entrar.
No corrió.
Solo caminó.
Calmado.
Como si fuera a casa.
Y entonces…
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