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El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 22

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  4. Capítulo 22 - 22 ¡CALLATE JODER!
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22: ¡CALLATE JODER!

22: ¡CALLATE JODER!

El portal se tragó su figura.

Y segundos después, los escupió a todos.

¡PUM!

El suelo los recibió sin cortesía alguna.

Algunos rodaron, otros cayeron en pie.

Sarah gritó.

Jackie chilló algo como “¡mis riñones!”.

Chaeun se sostuvo de Ángel para no besar el asfalto.

Y al alzar la vista… Caos.

El cielo de Osaka estaba cubierto de humo.

Edificios retorcidos.

Vitrinas rotas.

Vehículos volcados.

Gente gritando a lo lejos, o peor: huyendo de cosas que ya no parecían humanas.

Woods fue el primero en hablar.

—Mierda… ¿tanto caos puede hacer este tipo en tan solo minutos?

Jackie, con un corte en la ceja, asintió.

—Es un talento, honestamente.

Chaeun tragó saliva, mirando los cuerpos flotantes, fusionados con concreto, como si la ciudad misma estuviera siendo digerida por algo invisible.

Cristóbal, que se sacudía el polvo del pantalón, preguntó con una curiosidad que parecía casi… inocente.

—¿El que hizo esto es como yo?

—miró a su alrededor, pensativo—.

A mí nunca se me ha ocurrido cambiar así el mundo… aunque si pudiera… no haría un caos de mierda.

Y entonces… Algo se movió.

A lo lejos.

Silencioso.

Una figura, humanoide, pero hueca.

Como una persona sin alma.

Un vestigio.

Desde la distancia, lanzó un látigo oscuro, hecho de energía retorcida, como si el sonido y el dolor se hubieran unido en un solo hilo.

Fue directo a Ángel.

Ángel lo vio venir y se movió en el último segundo.

Lo esquivó limpiamente, apenas girando el cuerpo.

Pero Cristóbal… no.

Cristóbal lo atrapó.

Con la mano izquierda.

La vendada.

El látigo, como si tuviera conciencia propia, reaccionó al contacto.

Tomó forma.

Espinas.

Púas.

Clavándose profundamente en la carne, rompiendo la venda y desgarrando piel.

Cristóbal no gritó.

No dijo nada.

Solo apretó el látigo.

Firme.

Tiró de él.

Y con fuerza brutal, jaló al vestigio hacia sí.

Lo levantó con una sola mano.

Y entonces lo empujó.

Contra una pared.

CRACK.

Una patada.

CRACK.

Otra.

Hasta que la pared cedió, y el cuerpo del vestigio se partió con ella.

Cristóbal lo empujó hasta dejarlo incrustado entre concreto y hierro.

Sin alma.

Sin forma.

Sin vida.

Silencio.

Hasta que Ángel, con el rostro imperturbable, murmuró sin más: —Ahora creo que confío más en él… Sarah, desde atrás, con los ojos como platos, solo dijo: —¿¡Qué carajos fue eso!?!

Y Jackie, con una mano en la nuca: —Eso, querida Sarah… fue el chico del snack.

El silencio tras el destrozo no duró mucho.

Ángel lo miraba.

A Cristóbal.

Con ese gesto de juicio silencioso que ya se le había hecho costumbre, pero ahora… había algo más.

Algo diferente.

Una punzada de celos mal disimulada, como si le molestara que ese extraño interdimensional con vendajes y ojos muertos acabara de salvarle la vida frente al grupo.

Así que, sin decir una palabra, le dio un empujón seco con el hombro al pasar junto a él.

Cristóbal apenas se movió, lo suficiente como para equilibrarse con un paso lateral.

No respondió.

Solo lo dejó pasar, como se deja pasar a una tormenta menor.

Ángel, entonces, flexionó las piernas y con un salto, algo torpe por el peso del equipo, logró subirse a un barandal de concreto medio quebrado.

Se sostuvo con una mano y desde allí miró hacia lo alto, ampliando su campo de visión.

La ciudad seguía en ruinas.

Pero no había más criaturas a la vista.

Solo restos.

Vestigios moribundos.

Y un silencio tenso, como si la amenaza ya hubiese pasado… o estuviera esperando.

Ángel entornó los ojos.

—Parece que nos topamos con esa cosa por pura casualidad.

El resto del lugar…

está limpio.

Woods lo escuchó desde abajo y dio su orden sin esperar más análisis.

—Sigan avanzando.

—Su voz fue como una cuchilla militar—.

Acaben con lo que sea que no se vea humano.

Si algo respira raro, si camina mal, si flota… lo eliminan.

El escuadrón se reagrupó.

Jackie y Chaeun caminaron lado a lado, sin decir palabra, pero con una sincronía casi instintiva.

Cada uno cuidando la espalda del otro, girando apenas los hombros para cubrir ángulos.

Sarah, en cambio, temblaba.

Su rifle en ambas manos, con los nudillos blancos, el seguro aún puesto por si acaso…

o por nervios.

Y fue en ese momento cuando Ángel descendió.

Sin previo aviso, se dejó caer desde el barandal.

Cayó con un golpe sordo justo a su lado.

El impacto fue tan repentino que Sarah gritó y cayó sentada, su rifle cayendo de lado.

—¡AH—!

Pero antes de que tocara por completo el suelo, Ángel la sujetó del brazo y la levantó con una sola mano.

La sostuvo con fuerza, la mirada fija en la suya.

—La próxima te dejo caer.

Sarah tragó saliva.

—¿Q-qué…?

—Y ve quitándole el seguro a tu arma.

Aquí sí puedes disparar.

Sarah asintió frenéticamente mientras se tambaleaba para ajustar el rifle.

Le temblaban los dedos, pero logró destrabar el seguro con un click.

—Entendido —dijo, casi en un susurro.

El escuadrón avanzaba entre las ruinas, el sonido de sus pasos amortiguado por el concreto roto y el eco lejano de sirenas que ya nadie respondía.

El cielo sobre Osaka estaba opaco, cubierto de ceniza y niebla industrial.

Se sentía como si el mundo hubiera sido puesto en pausa, solo para ellos.

Mientras los demás escaneaban el entorno en formación, Woods caminaba unos pasos detrás, junto a Miranda, quien sostenía un pequeño monitor portátil con información en tiempo real sobre el terreno y las firmas anómalas.

Woods la miró de reojo, con esa expresión que solo usaba en momentos de sinceridad breve.

—Tu hijo.

Es… excepcional.

No solo fuerte.

No solo disciplinado.

Tiene instinto.

Instinto de combate real.

¿Cómo alguien tan joven se volvió así de letal?

Miranda no respondió de inmediato.

Sus dedos tecleaban sobre el monitor, pero su mirada no estaba del todo ahí.

—Quizá tenga la respuesta —dijo en voz baja, sin mirarlo—.

Aunque no me enorgullece cómo se formó.

Yo no… no sabía lo que le estaba pasando.

No de verdad.

No hasta que ocurrió lo de… la chica.

Woods entendió de inmediato.

No era el momento de decir el nombre “Samantha”.

No frente a los demás.

No frente a Ángel, que caminaba al frente como si nada pudiera alcanzarlo… aunque lo alcanzara todo por dentro.

—A pesar de todo el abuso —continuó Miranda, con el rostro tenso, pero controlado— Ángel nunca bajó la cabeza.

Siempre fue inteligente.

Se adaptaba rápido a los problemas, como si estuviera resolviendo ecuaciones internas todo el tiempo.

Tenía buenas calificaciones, siempre entendía todo antes que los demás.

Igual que yo, supongo.

Solo que… Hizo una pausa.

—Ese incidente… lo arruinó.

Woods la miró con calma.

—O lo rompió en el ángulo justo para convertirlo en lo que necesitábamos.

Ella no respondió a eso.

Solo tragó saliva.

Woods, con una exhalación que no contenía juicio, asintió.

—Deberías sentirte orgullosa.

Tienes un hijo más que talentoso.

Miranda apenas murmuró: —Lo estoy.

Pero ojalá no hubiera tenido que llegar a serlo así.

El silencio entre ambos duró poco.

Porque Woods volvió a hablar, esta vez con una voz más baja.

Más medida.

—¿Y Caleb Voss?

¿Sabes si—?

No terminó la frase.

Porque Miranda se giró lentamente hacia él.

Y lo miró.

No con tristeza.

No con incomodidad.

Con enojo puro.

—No vuelvas a mencionar su nombre —dijo con frialdad—.

No aquí.

No ahora.

No hasta que sea el momento de hablar de él.

Woods asintió una vez, firme.

No discutió.

Porque entendió que ese nombre… aún dolía más que todas las batallas que estaban por venir.

Sarah caminaba al ritmo de Ángel, casi pegada a su lado, su rifle temblando un poco entre sus manos, pero su voz, en cambio, imparable.

—¿Y entonces tú puedes volar, o solo flotas?

—Desplazarme.

—¿Y las alas te duelen si duermes sobre ellas?

—Duermo boca arriba.

—¿Cuánto pesas con las alas?

—No es relevante.

—¿Y si las cortas, vuelven a crecer?

—No las corto.

—¿Alguna vez te han cortado una?

—No, pero me han llegado a fracturar un brazo, y luego me lo arranque.

—¿Qué se siente?

—Dolor.

—¿Más que una fractura?

—Mucho más, obviamente.

—¿Has matado a alguien con solo mirarlo?

—No, pero lo he dejado paralizado.

Sarah asintió con los ojos grandes, casi brillando de emoción absurda.

Como si hablara con una estrella de cine y no con un arma biológica de alas blancas.

—¡Increíble!

O sea, sí, terrorífico…

pero increíble.

Ángel, con el ceño fruncido, finalmente suspiró, con una mano apretando ligeramente la correa de su arma.

—Sarah.

—¿Sí?

—Cálmate.

—Estoy tranquila.

Él se detuvo un segundo, la miró de reojo.

—Vamos a enfrentar una anomalía de la realidad misma.

Una distorsión en el tiempo y espacio.

No es una fiesta.

No es un paseo.

No es para emocionarse.

Sarah solo sonrió, apretando su rifle con una mano, la otra haciendo un pulgar arriba.

—¡Justamente por eso estoy emocionada!

¡Es como estar en una película de ciencia ficción, pero sin guion!

Ángel soltó un bufido, como si lamentara cada palabra.

Y entonces, desde atrás, la voz tranquila y reconocible de Cristóbal irrumpió en la conversación: —Técnicamente, yo también soy parte de esas anomalías.

Una distorsión, como dijiste.

Algo que no debería estar aquí.

Sarah giró sorprendida, pero Ángel no lo miró.

—No tengo problema con las anomalías —dijo en voz baja, mientras ajustaba la mirilla de su arma.

Cristóbal ladeó ligeramente la cabeza, curioso.

—¿Entonces por qué me odias?

Ángel se detuvo.

Lo miró por fin.

—No te odio a ti.

Un segundo de silencio.

—Solo odio a Park Tae Hyun.

Porque él no es raro.

Ni extraño.

Ni incomprendido.

Él es cruel.

Y eso sí es intolerable.

Cristóbal sostuvo su mirada, sin emoción visible.

—Bien.

Entonces odiemos a alguien juntos por una vez.

Sarah se quedó entre ambos, mirando a uno y a otro como si estuviera presenciando la versión sobrenatural de una discusión entre dos hermanos incompatibles.

Y luego dijo, bajito, con una sonrisa: —Vamos a hacer un equipo raro…

pero va a funcionar.

¿Verdad?

Nadie respondió.

Pero el silencio… no fue un “no”.

Mientras el escuadrón continuaba su avance por las calles agrietadas de Osaka, Miranda caminaba en silencio, unos pasos detrás del grupo.

Su rostro, sereno, contrastaba con el caos que los rodeaba.

Cerró los ojos sin miedo, como si confiara plenamente en que ningún obstáculo se interpondría en su camino.

Juntó sus palmas al nivel del pecho.

Y empezó a orar.

Sin voz, pero con intensidad.

Por cada uno de ellos.

Por Ángel.

Por el escuadrón.

Por la esperanza en medio de tanta distorsión.

Cristóbal la observó desde el costado, caminando con ese paso que no parecía pertenecer del todo al plano físico.

Después de unos segundos, habló.

Su tono, igual que siempre: calmo, honesto, y peligrosamente directo.

—¿A qué Dios se supone que le estás rezando?

Fue apenas un comentario.

Pero no pasó desapercibido.

En menos de un segundo, el ala derecha de Ángel se desplegó con fuerza, apuntando como una lanza de juicio al cuello de Cristóbal.

Una línea blanca.

Cortante.

Cristóbal reaccionó rápido.

No con miedo.

Con reflejo.

Se inclinó a un lado con un paso fluido, pero no completamente a salvo.

El borde del ala le cortó un pequeño tramo del cuello.

Nada letal.

Un hilo de sangre escapó, roja y cálida.

Pero como siempre, se cerró en segundos.

Cristóbal se llevó la mano al corte, sin apuro.

Miró la sangre.

Luego a Ángel.

Aún con ese aire neutral, desinteresado.

Como si se preguntara si la herida había valido la pena.

Ángel bajó el ala lentamente, pero su mirada era una tempestad contenida.

—Déjala terminar —dijo con voz firme—.

Es mi madre.

Es mi seno.

Mi casa.

Si alguien se burla, si alguien la interrumpe, si alguien siquiera insinúa una falta de respeto… lo mato.

Cristóbal parpadeó.

Luego, casi como quien analiza un fenómeno ajeno, preguntó con total naturalidad: —¿Te abusaban mucho en la escuela?

Ángel lo miró.

Despiadado.

—¿Quieres que te intente matar otra vez?

Cristóbal alzó una ceja.

—No.

—Pues cállate —sentenció Ángel, volviendo a mirar al frente, como si ya no valiera la pena invertir un pensamiento más.

Cristóbal no respondió.

Solo caminó.

Callado.

Con la herida ya cerrada.

Mientras caminaban más, el sol filtraba su luz a través de las hojas como una confesión a medias.

Sarah, animada por la calma después del caos, comenzó a hacerle preguntas a Ángel con la inocencia de quien no sabe que está bailando sobre cristales.

—¿Tu color favorito sigue siendo el negro o es solo una etapa?

—No tengo tiempo para colores.

—¿Alguna vez has tenido una mascota?

—No.

—¿Y qué te hace sentir en paz… además de destruir cosas?

—Dormir.

A veces.

La voz de ella temblaba entre risas.

Se sentía cómoda.

Curiosa.

Viva.

—¿Alguna vez estuviste enamorado?

Ángel se detuvo en seco.

Su sombra se alargó como una amenaza bajo el sol.

El viento dejó de jugar con las ramas.

—Por el amor de nuestro señor en el cielo… —murmuró Ángel, girando lentamente hacia ella, sus ojos tan afilados como sus alas—.

¡Cierra la puta boca!

—gritó de pronto, con una furia repentina, tomando a Sarah de los hombros con fuerza—.

¡CÁLLATE, JODER!

El silencio cayó como un puñal clavado en seco.

Las palabras retumbaron más allá de la escena.

A lo lejos, los demás se detuvieron.

Algunos tensaron los hombros.

Pero solo uno giró la cabeza: Woods.

Lo miró con una ceja alzada, sin sorpresa.

Como si ya lo esperara.

Y luego volvió la vista al frente, retomando el paso, como si la historia no necesitara intervención.

Sarah no supo qué decir.

El temblor le subió por la espalda.

—Lo… lo siento… yo solo…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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