El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 23
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23: “Me preparé” 23: “Me preparé” Ángel la soltó de golpe, como si acabara de despertar de una pesadilla que él mismo se provocó.
Su respiración era irregular.
Se notaba el peso de la culpa colgando de sus alas.
La miró.
El rostro de Sarah era puro desconcierto y un leve dolor.
Y eso fue suficiente para romper algo dentro de él.
—Yo… no quise— empezó Ángel, con la voz más baja—.
Fue demasiado, perdón.
Pero Sarah negó suavemente con la cabeza, dando un paso tímido hacia él.
—No… no tienes que disculparte así.
Yo debería conocerte mejor primero.
Solo… solo me emociona esta misión y me deje llevar.
Y antes de que él pudiera responder, ella lo abrazó.
—Discúlpame… —dijo Sarah abrazando a Ángel.
Fue como si un trueno cayese en silencio.
Las alas de Ángel se estremecieron.
Una, dos, tres plumas blancas se soltaron al instante, flotando en cámara lenta en el aire.
Sus ojos se abrieron de par en par.
El contacto era simple… pero para él, era insoportable.
—¡No hagas eso!
—exclamó, empujándola con fuerza, sus alas vibrando detrás de él como si hubieran sido insultadas—.
¡No me toques así, bicho raro!
Tomó su brazo, casi sin pensar, y la empujó hacia el grupo con una firmeza más emocional que física.
La dejó ahí, confundida, caminando unos pasos detrás de él.
El viento sopló suave.
Las plumas aún descendían.
Una de ellas cayó entre los dedos de Sarah.
Ella la observó… y no dijo nada.
Ángel no miró atrás.
Los pasos de Ángel eran mecánicos.
El grupo avanzaba entre murmullos apagados y crujidos de ramas secas, pero su mente… su mente estaba lejos.
Ese abrazo.
Como un golpe invisible, seguía doliendo.
No por lo que fue, sino por lo que provocó.
¿Fue tierno?
Quizás.
¿Una disculpa?
¿Amistad?
¿Otra cosa?
No sabía.
No entendía.
Para Ángel, el afecto era una criatura extraña, un animal salvaje que no se dejaba mirar a los ojos.
Lo más cercano al cariño que recordaba eran las manos de su madre al peinarle el cabello cuando tenía fiebre.
Todo lo demás… eran cuchillas disfrazadas de caricias.
¿Por qué me abrazó así…?
pensaba, con las manos hundidas en los bolsillos, sus alas dobladas con tensión.
El cuerpo le pedía rechazarlo.
La mente le pedía entenderlo.
Pero el corazón… el corazón solo temblaba.
Y entonces, como una grieta cortando su pensamiento, un grito eufórico cortó el aire.
Un chillido lejano, agudo, lleno de júbilo… y de locura.
Todos se detuvieron.
Una chispa de tensión cruzó los rostros del grupo.
Woods alzó la vista, y uno de los más jóvenes balbuceó: —¿Qué carajo fue eso?
Pero Ángel ya no estaba ahí.
Saltó la ladera sin pensar, ignorando las advertencias, ignorando los gritos de los demás que pedían que se detuviera.
—¡Ángel, vuelve!
—gritó Sarah desde atrás.
—¡Es una trampa, idiota!
—gritó otro.
Pero no les escuchó.
No podía.
Esa voz… esa jodida voz… Era imposible no reconocerla.
Park Tae Hyun.
Corrió como si el suelo se incendiara tras sus pasos.
Y cuando por fin lo vio… Su sangre se volvió plomo líquido.
Ahí estaba.
Park, con esa sonrisa torcida, los ojos brillantes como brasas en la oscuridad, los dedos aún humeando de energía negra, mientras a sus pies yacía una chica… no mayor de diecisiete… su cuerpo temblando, envuelta en un aura púrpura deformante, la piel empezando a fracturarse, como si su alma estuviera siendo reemplazada por algo que no le pertenecía.
Un vestigio.
Uno más.
Un ser vacío, moldeado por la Anomalía.
Ángel no necesitaba verlo dos veces.
—No… —susurró, con la voz cargada de furia.
Sus alas se activaron como cuchillas de luz manchada.
Park giró lentamente, sin prisa.
Alzó una mano en un gesto casual, como si saludara a un viejo amigo en una tarde cualquiera.
—Ángel… qué gusto verte, hermano —dijo con una voz suave, burlona, y peligrosa—.
Justo a tiempo para la ceremonia.
El rostro de Ángel se endureció.
Ya no pensaba.
No razonaba.
Solo hervía.
—Voy a arrancarte los huesos, bastardo —escupió Ángel, y el suelo crujió bajo sus pies al tensar los músculos.
Park simplemente sonrió.
—¿Otra vez con ese drama, Ángel?
Vamos… solo estoy haciendo arte.
Esta chica… no iba a llegar muy lejos de todos modos.
Ángel dio un paso al frente, sus ojos encendidos, sus alas extendidas como presagios de muerte.
—No me importa qué excusa vomites hoy.
El aire tembló.
—Hoy te mueres.
Ángel salió disparado como una flecha envuelta en rabia.
Sus alas se desplegaron de golpe, dejando una explosión de polvo, hojas y fragmentos de tierra mientras su cuerpo se lanzaba como un proyectil de luz manchada.
El grupo apenas tuvo tiempo de reaccionar, todos se giraron, pero él ya había desaparecido entre los árboles como un disparo sin retorno.
Miranda se detuvo en seco.
Su muñeca vibró.
El radar en su brazo comenzó a emitir un pitido agudo y errático, una señal de energía distorsionada.
Sus ojos se clavaron en la lectura, pero no necesitaba confirmación.
Esa firma, ese patrón…
lo conocía.
—No… no puede ser él… —murmuró.
Pero lo era.
Park Tae Hyun estaba allí, en medio del claro, con esa sonrisa torcida y la mirada de quien ya lo ha visto todo pudrirse.
Frente a él, una chica de unos diecisiete años temblaba en el suelo, mientras su cuerpo comenzaba a quebrarse en placas púrpuras.
Era el proceso.
El comienzo de su ruina.
La conversión.
Un vestigio más, fabricado como si la humanidad fuese plastilina.
Park la miraba con admiración morbosa, como quien observa un cuadro deformándose justo antes de terminarse.
Sus ojos, vacíos y burlones, se levantaron hacia el grupo.
Y entonces la vio a ella.
—Vaya, vaya… ¿trajeron un juguete nuevo?
Sarah retrocedió un paso, tragando saliva sin saber por qué su corazón latía tan fuerte.
Miranda dio un paso al frente, su voz apenas saliendo de su garganta.
—Ángel… Pero ya era tarde.
Ángel cayó como una tormenta.
Sin palabras.
Sin gritos.
Sin advertencias.
Su ala derecha descendió en seco, buscando partir el cuerpo de Park en dos.
Pero Park se movió como un reflejo roto, esquivando con esa gracia antinatural que solo los monstruos dominan.
Sonrió, pero no por mucho.
Ángel lo tomó del brazo.
Y lo abrazó.
Fue un instante sellado por el odio.
Las alas de Ángel se cerraron a su alrededor como una prisión mortal, y comenzaron a girar.
Las plumas brillaron con un filo que no pertenecía a este mundo.
Era una danza asesina.
Un torbellino blanco.
Una trampa sin escapatoria.
—La tumba de la niña… —susurró Ángel, con los dientes apretados, recordando el abrazo que mató a Samantha.
El interior del abrazo fue una licuadora.
Las alas giraron como si quisieran borrar al enemigo del mundo.
Sangre, carne y fragmentos deformes comenzaron a volar en todas direcciones.
Park desapareció dentro de ese remolino afilado, siendo triturado sin misericordia.
Cuando las alas se abrieron, solo quedó un charco de carne palpitante.
Pero la carne se movió.
Y sonrió.
—Eso… sí fue emocionante.
La masa retorcida comenzó a unirse sola, pedazo por pedazo.
Los huesos se formaban al revés y luego se enderezaban, los músculos volvían a su sitio, y el rostro se recompuso en una mueca aún más amplia.
Park extendió una mano.
Y empujó a Ángel con una fuerza descomunal, lanzándolo varios metros lejos, como si fuera un trozo de carne podrida estrellándose contra los árboles.
El impacto sacudió el bosque.
Las ramas crujieron, el suelo se partió, y Ángel quedó tendido, medio enterrado entre raíces, su respiración cortada por la fuerza del golpe.
Jackie y Chaeun dieron un paso al frente.
Jackie activó su don en un parpadeo, su mirada se afiló, leyendo el tiempo como si todo se volviera cámara lenta a su alrededor.
Chaeun cerró los puños y la energía se arremolinó en sus palmas como un relámpago contenido.
Pero antes de que cualquiera pudiera moverse, una voz los atravesó como una orden impuesta al universo.
—Basta.
Cristóbal no había levantado la voz, pero el mundo respondió.
El aire se fracturó como una pantalla glitcheada.
El espacio se contrajo en un parpadeo, y de repente, todo y todos quedaron paralizados.
No inmóviles del todo, no dormidos, pero atrapados.
La realidad vibraba como si estuviera al borde de un colapso digital.
Las hojas dejaron de caer.
El viento se suspendió.
Los cuerpos podían moverse… pero apenas.
Como si una presión invisible los aplastara.
Cristóbal caminó en medio del caos suspendido como si nada le afectara.
Sus pasos eran suaves, tranquilos, como si ya supiera cómo iba a terminar todo.
Se detuvo frente a Park, cara a cara.
Park, aún reconstruyéndose, parpadeó con cierta sorpresa.
Cristóbal lo miró a los ojos.
Ni furia, ni miedo.
Solo… curiosidad.
—Entonces… ¿eres como yo?
Park ladeó la cabeza, aún sonriendo con un ojo reconstruyéndose lentamente.
Cristóbal entrecerró los suyos.
—Pensé que serías más… débil.
La realidad seguía distorsionándose alrededor de ellos.
El bosque entero se sentía como si estuviera conteniendo el aliento.
Y lo que vendría después… no tendría nada de humano.
Park observó a Cristóbal con esa sonrisa suya que parecía tallada con bisturí.
El ojo reconstruido parpadeó con lentitud, y por un segundo, la distorsión en el ambiente se volvió aún más pesada, como si la burla que estaba por salir de su boca tuviera su propio campo gravitacional.
—Ah… ya veo.
Otro más —dijo con un tono despectivo, suave, casi relajado—.
Igual que Miranda… paralizando gente, lanzando frases crípticas, caminando como si el suelo te debiera respeto.
¿También vas a escupirme un versículo bíblico, Cristóbal?
La sonrisa no se borró.
Al contrario, se hizo más marcada.
—Porque ella lo hizo.
¿Lo sabías?
Justo después de que destrocé a su hijito.
Me agarró del cuello, temblando de furia, llorando como una viuda que aún cree en los milagros.
Y ahí, entre gritos y sangre, me citó a Ezequiel.
“Que tu culpa sea sobre tu cabeza, y no se quite el juicio que ha de venir”, o algo asi, no me acuerdo.
Me lo escupió como si fuera un conjuro.
Chasqueó la lengua, mirando hacia Miranda a lo lejos.
—Pero ya sabes cómo terminó eso.
Ninguna palabra puede hacer sangrar a un dios.
Y justo cuando sus dedos comenzaron a cerrarse, apenas insinuando un movimiento ofensivo, una sombra apareció detrás de él como un rayo.
Jackie.
Sin previo aviso, lo tomó por ambos brazos con una precisión quirúrgica, sujetándolo con fuerza desde atrás.
Sus ojos se encendieron con su don, viendo la mínima intención de Park antes de que siquiera se concretara.
El tiempo para él corría en un lenguaje distinto.
—No vas a mover un puto músculo —dijo Jackie, con la voz firme como piedra recién partida.
Park apenas giró ligeramente la cabeza, sin perder la sonrisa.
Había pasado de la provocación al interés.
Los brazos de Park cambiaron de forma repentinamente.
Sus huesos se quebraron hacia afuera y se rearmaron como lanzas negras.
Las púas salieron disparadas desde sus codos como raíces que buscaban desgarrar todo a su paso.
Jackie apenas alcanzó a reaccionar, soltándolo para no ser atravesado, retrocediendo con una expresión helada, aún con su don activado.
Park giró sobre sí mismo con un impulso torpe pero efectivo, y golpeó a Cristóbal con el dorso reforzado de su brazo-púa.
El impacto resonó como un metal contra mármol.
Cristóbal fue arrastrado varios centímetros por el suelo, levantando una nube de polvo y hojas, aunque nunca perdió el equilibrio por completo.
Cayó con una rodilla y una mano al suelo, la cabeza baja, pero ya se estaba levantando antes de que la nube se disipara.
Sus ojos estaban intactos.
Sin ira.
Sin sorpresa.
Solo intensidad.
Desde lo alto de un barandal oxidado, Ángel observaba con desprecio.
Su silueta se recortaba contra el cielo gris.
Cruzado de brazos, con las alas semiextendidas y la mirada hundida en rabia seca, habló como quien ya sabía el resultado de todo.
—Sabía que no podías con él… hace rato que yo lo habría matado.
Saltó del barandal sin esfuerzo, aterrizando con fuerza, levantando tierra bajo sus botas.
Sus puños se cerraron con un sonido seco, tronando cada nudillo como si afinara armas.
Caminó hacia el centro con paso constante, directo, sin miedo ni prisa.
Chaeun, con su español torpe pero ya formulado, dio un paso junto a él, frunciendo el ceño.
—Un momento… tú… tú estabas tirado en un edificio.
Muy mal… ¿cómo estás aquí tan rápido?
Ángel giró el rostro apenas, sin dejar de caminar, y lo miró de reojo con media sonrisa de acero.
—¿La sala de entrenamiento en la base?
No era solo para pelear.
Yo… me dejaba golpear.
Repetidas veces.
Cada día.
A eso le llamo adaptación.
Aprendí a resistir cada ataque como si mi cuerpo fuera una esponja que absorbe veneno.
No me hice fuerte por entrenar.
Me hice fuerte por no caer muerto.
Siguió caminando.
La tierra parecía temblar con cada paso.
Sus alas soltaban una que otra pluma, tensas, afiladas.
El aire a su alrededor era denso.
El enfrentamiento estaba por comenzar… otra vez.
Y esta vez, Ángel no iba a perdonar nada.
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