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El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 24

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  4. Capítulo 24 - 24 Siempre estoy listo bro
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24: “Siempre estoy listo bro” 24: “Siempre estoy listo bro” Park comenzó a caminar hacia Ángel con una calma grotesca.

Su cuerpo se retorcía a cada paso, cambiando de forma como si no existiera una estructura ósea fija.

Un brazo se alargaba, luego se contraía; sus costillas se expandían y volvían a cerrarse como si respiraran por sí solas.

Su cuello se torcía un poco más de lo necesario, y su rostro parecía fundirse y recomponerse en micro expresiones monstruosas.

Caminaba como si su forma humana solo fuera un chiste que jugaba a sostener por cortesía.

—Vamos a ver… —murmuró, ladeando la cabeza con los ojos fijos en Ángel—.

¿Qué aprendiste, Ángelito… en tan solo dos semanas?

Una sonrisa lenta se le dibujó, deformando el rostro a medida que hablaba, mientras sus pies tocaban el suelo como si ni siquiera pesara.

—¿Te enseñaron a morir con más estilo?

La tensión entre ambos era como una cuerda de acero a punto de partirse.

El aire ya no se movía.

Nadie respiraba demasiado fuerte.

Solo el sonido del cuerpo mutante de Park acercándose.

Solo la determinación callada de Ángel, cuyos ojos ya no parpadeaban.

Su puño derecho se cerró con violencia.

Mientras el caos se desataba, mientras los árboles eran convertidos en astillas y el suelo se abría como si el planeta estuviera harto de aguantar, Park recibió una voz.

No una voz de fuera.

No una de los presentes.

Sino una voz que venía desde lo más profundo de su cabeza, arrastrándose por los márgenes de su conciencia como un gusano de luz púrpura.

Una voz suave.

Casi maternal.

Casi divina.

Dharma.

—¿En qué te encuentras, Park…?

¿Por qué hay tanta dificultad?

¿Por qué estás fallándome?

La voz no era de reproche, sino de decepción.

Esa que no grita… pero pesa.

Park apretó los dientes, su forma convulsionando por un instante.

Uno de sus brazos se partió mal, y volvió a recomponerse de forma brutal.

Su rostro se crispó.

—¡Cállate!

—susurró con rabia contenida—.

¡Cálmate!

Osaka fue solo el principio… ¡solo el maldito principio!

Pero no tuvo tiempo para más.

Cristóbal lo alcanzó.

Emergió de un portal apenas estable, justo detrás de él, y le sujetó el brazo con fuerza.

Sin advertencia, distorsionó la realidad alrededor de su rodilla izquierda, haciéndola girar en un ángulo antinatural como si la articulación obedeciera otras leyes.

En un solo impulso, usó ese punto para impulsarse y hundió su rodilla en el abdomen de Park con precisión quirúrgica.

No lo hirió.

Pero lo conmocionó.

El cuerpo de Park vibró.

La sonrisa desapareció por un segundo.

No por dolor, sino por sorpresa.

Fue un golpe que no entendió.

Un movimiento que rompía sus cálculos.

Cristóbal, sin soltarlo, lo miró directo a los ojos.

Estaban cara a cara.

No con odio.

Sino con algo más profundo.

—Lo escuché… —murmuró Cristóbal con voz pesada—.

Yo conozco esa voz extraña.

Los ojos de Park se abrieron apenas.

Un reflejo de reconocimiento cruzó su rostro.

—La escuché en ti.

Cristóbal acercó más su rostro, como si le hablara a un espejo deforme.

—Al parecer… sí somos iguales.

La distorsión alrededor de ellos crepitaba.

El aire se doblaba como si el universo intentara entender lo que estaba pasando entre esas dos criaturas.

Desde el otro lado, con el rostro aún manchado de polvo y sangre seca, Ángel alzó la voz sin dejar de avanzar con los puños cerrados.

No era un grito.

Era una orden disfrazada de consejo.

—¡Cristóbal…!

¡Apunta al punto morado en su cara!

En el costado.

No se regenera como el resto.

¡Es su puto talón de Aquiles!

Cristóbal apenas desvió la mirada.

Y ahí lo vio.

Una zona rasgada, púrpura, con grietas brillando bajo la piel blanda.

Oculto entre mutaciones, pero constante.

Como si ese fragmento no perteneciera al resto del cuerpo.

Park se giró al instante, los ojos desencajados.

—¡CIERRA LA BOCA, ÁNGEL!

—rugió, furioso, con una voz que parecía mezclar cien gargantas a la vez.

Y entonces todo se volvió pesadilla.

Ambas bestias corrieron directo hacia él.

Cristóbal desde el frente, Ángel desde el flanco, las alas desplegadas como cuchillas.

El objetivo era claro: ese punto morado, ese error en su carne perfecta.

Park retrocedió de inmediato.

Su cuerpo se alargó, se hundió en el suelo, emergió por otro lado como si no tuviera límites.

Esquivó a Cristóbal girando sobre su propio torso, luego evitó una estocada de ala de Ángel con una torsión antinatural.

Cambiaba su estructura en tiempo real, sus extremidades se volvieron látigos, luego escudos, luego púas que explotaban con cada contacto.

Aguantaba.

Como todo un guerrero.

No solo esquivaba.

También golpeaba.

Cada embestida suya era un terremoto, y cada acierto dolía.

Ángel recibió la peor parte.

Fue lanzado contra una roca, luego barrido por un giro espiral del brazo de Park.

Sangraba.

Tosía.

Pero se levantaba.

Cristóbal, más frío, aguantaba con mejor ritmo.

Distorsionaba su cuerpo en puntos específicos, reduciendo el impacto.

Pero incluso él, por momentos, temblaba.

Aun así, Park lo sabía.

Un solo toque en el lugar equivocado… y su historia se terminaba.

Y en medio de todo, entre dientes apretados y carne temblando, la voz de Dharma volvió a sonar en su cabeza como un cuchillo oxidado.

—Ya voy para allá.

Te acompañaré en esa pelea.

Su tono era otro.

Más molesto.

Más impaciente.

Más real.

—Te están por joder justo cuando te di otra misión, carajo.

Qué maldito error me conseguí en Corea.

Perro faldero de mierda… Park apretó los dientes, su rostro mutando una vez más, pero ahora con algo más que furia: desesperación.

Porque si Dharma descendía… Ya no sería solo su pelea.

Sería juicio final.

Jackie apareció detrás de Park.

—No me olvides tan fácil, basura.

¡CRACK!

Le tronó el cuello con fuerza.

Park no cayó.

No gritó.

Solo quedó aturdido, los ojos girando, el cuerpo desequilibrado por un segundo.

Cristóbal ya estaba frente a él.

—Gracias, Jackie.

Le guiñó el ojo.

Sin perder el tiempo, metió la mano completa en el torso de Park.

—¿Y esto te duele?

La atravesó hasta salir por la espalda, y antes de que Park pudiera regenerarse, lo haló con violencia y lo lanzó por los aires.

—¡Tuyo, Ángel!

Ángel atrapó a Park en el aire.

—Ya era hora.

Extendió sus alas, subió tan alto como pudo, y allá arriba, entre el humo y el calor…

—Bajá, maldito.

Lo arrojó como un meteorito.

¡BOOM!

Park impactó contra el suelo con un estruendo.

El terreno se resquebrajó.

Quedó inmóvil por un segundo.

Solo un segundo.

Cristóbal caminaba hacia él.

Park gruñía, retorciéndose.

—Esto…

esto no puede estar pasando…

—Sí puede —respondió Ángel, caminando desde el costado con sangre en la boca—.

¿Dónde quedó tu risa ahora?

Park giró los ojos, los músculos cambiando, deformándose.

El miedo se metía entre sus palabras.

—No…

yo…

esto no termina aquí…

Cristóbal frunció el ceño.

—¿Otra vez escapando?

¿Como un perro?

Park escupió sangre negra.

Su cuerpo empezó a cambiar.

—¡No me subestimen!

¡No me entienden!

¡No entienden lo que soy!

Su cuerpo mutaba.

Garras, ojos, lenguas rotas, picos falsos, espinas.

El mundo empezó a doblarse.

Sarah cayó de rodillas.

—¿Q-qué es eso…?

Miranda murmuró: —Su forma real…

Chaeun tragó saliva.

—No puedo…

no puedo moverme…

Pero Cristóbal siguió avanzando.

Sin miedo.

Sin prisa.

—Ya no asustas a nadie, Park.

Park se arrastraba hacia la distorsión, temblando.

Mientras el polvo aún flotaba en el aire y el silencio tras la huida de Park era denso como plomo, Woods se acercó a Sarah.

Ella seguía mirando el cielo vacío donde antes estaban peleando, con una mezcla de asombro infantil y terror puro.

—Sarah —dijo Woods con su voz tranquila pero firme.

—¿S-sí?

—¿Tenés el neutralizador en tu mochila?

Sarah se giró rápido, con los ojos bien abiertos.

—Sí…

sí, desde que me dijiste que lo guarde.

No lo solté.

Se quitó la mochila con torpeza y rebuscó adentro hasta que lo encontró: un cilindro metálico con una serie de runas y pulsos de energía apenas perceptibles.

Se lo entregó a Woods sin pensarlo.

—¿Es para Ángel?

Woods asintió, ya girándose hacia el frente.

—Sí.

Pero él no me va a escuchar a mí.

Sarah tragó saliva.

Miró hacia donde estaba Ángel, de pie, cubierto de polvo y sangre, con las alas abiertas como si aún esperara un segundo round.

Se acercó un poco, vacilante.

—¡Ángel!

¡¡ÁNGEL!!

Él giró apenas la cabeza.

—¡Woods dice que uses esto!

—gritó, levantando el brazo con el neutralizador en alto—.

¡¡Es ahora o nunca!!

Woods, desde atrás, murmuró sin apartar la vista: —Que lo entienda a su modo.

Pero que lo use.

Sarah apenas había levantado el brazo con el neutralizador cuando una ráfaga cruzó a su lado.

El viento le revolvió el cabello.

Jackie.

—¡Gracias, princesa!

Le arrebató el artefacto de las manos en un segundo y salió disparado hacia Ángel, que estaba jadeando, cubierto de polvo y sangre.

—¡ÁNGEL!

—gritó Jackie, lanzando el neutralizador con precisión—.

¡Atrápalo, cara de funeral!

Ángel lo atrapó al vuelo sin siquiera mirar.

Lo sostuvo con fuerza.

No preguntó.

No dudó.

—¿Qué demonios es esto…?

—murmuró—.

Da igual, lo descubriré después.

Jackie ya estaba al lado de Cristóbal, que le lanzó una rápida mirada.

—¿Listo?

—Siempre lo estoy bro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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