Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 25

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. El Cielo También Tiene Ruinas
  4. Capítulo 25 - 25 ¿Tan rapido
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

25: ¿Tan rapido?

25: ¿Tan rapido?

Y juntos, como si fueran un dúo ensayado, se lanzaron contra Park, que apenas salía de la distorsión tras su intento fallido de huida.

Jackie giró sobre sí mismo, bajó al ras del suelo y asestó un golpe ascendente al mentón de Park.

No causó daño real, pero lo sacó de balance.

Cristóbal aprovechó y le dio un puñetazo directo al pecho, suficientemente fuerte como para romper una pared… si Park tuviera una estructura física normal.

Ambos retrocedieron justo a tiempo, esquivando una contragolpe brutal en forma de látigo óseo que Park lanzó por puro reflejo.

Ángel llegó segundos después, volando con las alas abiertas como cuchillas celestiales.

Estaba herido, cojeaba levemente, la sangre le bajaba por la frente y se le metía en un ojo.

Pero no se detenía.

—¿Y quién te dijo que me robaras el momento, Jackie?

—gruñó entre jadeos.

—¡Cállate, emo con alas!

Si fuera por ti, estaríamos muertos hace rato.

—¡Juro que si no fuera por Park, te rompería la cara ahora mismo!

—¡Primero tendrías que alcanzarme!

Mientras se insultaban, seguían atacando.

Park contraatacaba sin descanso.

Cambiaba de forma, lanzaba golpes, se estiraba, se encogía.

Destrozaba.

Cada impacto era brutal.

Les causaba daño.

Especialmente a Ángel.

Pero entre los tres lograban presionarlo, contenerlo.

Apenas.

Y el neutralizador seguía firme en la mano de Ángel.

Esperando el momento adecuado.

Park se detuvo en medio del campo destrozado.

Respiraba como una bestia enjaulada.

Sus ojos ardían de furia, girando de un lado a otro.

Miró a Ángel, aún con vida.

A Jackie, aún en pie.

Y a ese hombre extraño, imperturbable, que seguía avanzando como si la muerte no lo tocara.

—¿Cómo…?

—escupió entre dientes—.

¿Cómo es posible que me estén empujando así…?

¿Y quién demonios es el tipo con la venda en el brazo izquierdo?

Su cuerpo se crispó.

La rabia estalló.

—¡NOOO!

¡BASTA!

Azotó el suelo con ambos brazos deformados, y la tierra explotó.

Una onda expansiva de pura destrucción barrió todo a su paso.

Jackie fue lanzado como un muñeco roto.

Cayó mal, resbalando por el suelo mientras chispas y aceite brotaban de sus piernas.

Su blindaje lateral estaba abierto, cortado, colgando por los bordes.

—Mierda… eso casi… —masculló con los dientes apretados.

Ángel fue golpeado de lleno.

Salió disparado hacia atrás, estrellándose contra los restos de una muralla colapsada.

Su cuerpo se dobló, pero lo peor no fue eso.

Fue el sonido.

El crujido seco.

La sensación inconfundible.

Su ala derecha se torció en un ángulo imposible.

—¡AAAAAAAHHHH!

—el grito desgarró el aire como una cuchilla rota.

No era un grito de rabia.

Era un grito de dolor puro.

Un rugido de angustia, de impotencia, de carne celestial quebrada.

Cayó al suelo de lado, jadeando, sujetándose el torso con una mano mientras la otra intentaba tocar el ala rota, temblando.

—¡NO… no!

—jadeó, con la voz rota, escupiendo sangre—.

¡¡No…!!

Intentó levantarla.

Apenas la movió unos centímetros.

El dolor fue tan profundo que gritó otra vez, esta vez con los ojos cerrados y el rostro torcido de desesperación.

—¡MIERDA!

¡¡MIERDAAAAAAAAAA!!

El ala ya no podía levantarlo.

Ya no podía protegerlo.

Ya no era lo que era.

Pero seguía ahí.

Como cuchilla.

Como hueso afilado.

Cristóbal lo observó de reojo, sin detenerse.

Recibió parte del azote de Park, fue empujado ligeramente hacia atrás… pero siguió caminando.

Sin hablar.

Sin fruncir el ceño.

Como si ya hubiera visto peores tormentas.

Como si la destrucción no lo sacara del paso.

—¡¿POR QUÉ NO TE DETIENES?!

—gritó Park con una mezcla de furia y miedo—.

¡¿QUÉ DIABLOS ERES?!

Cristóbal se detuvo por un segundo.

Bajó la mirada.

Su voz fue seca, tranquila.

—El final de tus excusas.

Y dio otro paso más.

Cristóbal pasó junto a Ángel.

Su ala rota yacía sobre el suelo como un ala de mármol trizado, aún sangrando.

El grito de Ángel seguía rompiendo el aire, estridente, visceral, sin contención alguna.

—¡AAAAAAAAHHH!

Temblaba.

Apretaba los dientes.

Quería moverse, pero cada intento era un látigo de dolor recorriéndole el cuerpo.

Levantó la cabeza apenas, con los ojos nublados.

—¡Cristóbal…!

Cristóbal no respondió.

Solo se agachó con calma, tomó el neutralizador del suelo, lo miró un segundo… y siguió caminando.

Delante de él, Park se estaba descontrolando.

La carne se deformaba a cada segundo.

Cortes, garras, lenguas, espinas, alas falsas.

Las paredes que quedaban se derretían con su energía.

Los edificios cercanos empezaban a colapsar por la presión.

Todo se volvía maleable, irreal, como si la estructura del mundo mismo se estuviera rindiendo.

Era una tormenta viviente.

Y sin embargo, Cristóbal seguía avanzando.

Cada corte que recibía, lo regeneraba.

Cada empuje, lo absorbía.

Era como mirar a Park, pero sin su arrogancia.

Como si fuera su reflejo…

sin la debilidad del ego.

—Veremos para qué sirve esto —murmuró Cristóbal, observando el neutralizador en su mano mientras seguía caminando directo hacia la bestia.

Park lo vio venir.

No lo entendía.

Gritaba.

Azotaba.

Se partía y se reconstruía.

—¡NO VAS A DETENERME!

¡¡NO PUEDES!!

Cristóbal no respondió.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, esquivó el último ataque con una elegancia brutal.

Se inclinó a la izquierda, giró por debajo de una garra que parecía una sierra, y con un movimiento repentino, saltó sobre Park.

Lo atrapó.

Brazo contra brazo.

Lo giró.

Y lo colocó con fuerza en una llave inversa, con su espalda contra su pecho.

Los pies de Cristóbal se cerraron sobre las piernas de Park como grilletes.

Era una trampa.

Una sujeción imposible de romper por simple fuerza.

Park se agitaba.

—¡¿Qué estás haciendo?!

¡¿QUÉ ESTÁS HACIENDO?!

Cristóbal miró el cilindro.

Sus ojos no mostraban emoción.

Solo propósito.

—Es hora de probarlo.

Y entonces, activó el neutralizador.

En el instante en que Cristóbal activó el neutralizador, el aire pareció desaparecer.

No hubo estallido.

No hubo luz cegadora.

Hubo silencio.

Luego, distorsión.

Ambos cuerpos —el de Park y el de Cristóbal— comenzaron a temblar.

No como si sintieran frío… sino como si estuvieran siendo reescritos.

Cristóbal vibraba más.

Su brazo izquierdo, el de la venda, se estiró en formas imposibles, su torso se quebró en líneas blancas, su rostro… fluctuaba entre lo humano y lo roto.

Y aún así, lo sostenía.

—¡AGHHHH!

—gritó con una voz que no parecía suya.

El cuerpo de Park también reaccionó.

La piel se abría en segmentos irregulares, sus mutaciones se detenían a la mitad, sus garras retrocedían y se derretían como si el código de su existencia estuviera colapsando.

Ambos cayeron como una roca desde el cielo.

¡BOOM!

El impacto sacudió la tierra.

El suelo se resquebrajó.

La presión del neutralizador seguía activa.

El aire silbaba.

El sonido se arrastraba como un eco moribundo.

Park y Cristóbal cayeron juntos, aún enlazados por esa llave brutal, y se separaron por el rebote.

Ambos empezaron a arrastrarse en el polvo, sin coordinación, sin fuerza real.

El dispositivo, aún encendido, seguía flotando a poca distancia… pero parecía atraerlos, deformarlos, destruirlos lentamente.

Cristóbal jadeaba.

—Nghhh… ¡ah… aaaaah!

¡AGHHHHHHH!

Sus músculos se estiraban y se contraían a la vez.

Su cuerpo se llenaba de parpadeos, como si fuera una señal fallando.

Y Park… —¡¡DHARMA!!

¡¡DHAARMAAAAAAA!!

Rugía como un niño herido.

Sus dedos se clavaban en el suelo, sangrando.

Su rostro ya no tenía forma definida.

Las mutaciones lo abandonaban.

—¡DIJISTE QUE VENÍAS!

¡ME LO PROMETISTE, MALDITA!

¡¡ME ESTÁN MATANDO!!

Pero ella no llegaba.

El tiempo se volvía un abismo.

Un segundo parecía durar un año.

Y cada segundo era una tortura.

Cristóbal abrió los ojos de golpe.

Por primera vez en mucho, se abrieron del todo.

Tan grandes que dolía mirarlos.

Como si su alma misma se asomara por ahí, luchando por quedarse entera.

—AAAAAAAAGHHHHHHHHHHH… Cristóbal seguía gritando.

Su cuerpo se convulsionaba al borde del colapso.

Park, a unos metros, lloraba, gritaba, se deformaba.

El dispositivo vibraba como si el mundo entero quisiera escapar de él.

Y entonces… —¡HIJO DE PUTA!

La voz de Ángel atravesó la tensión como una lanza.

Rasgada, rota, pero viva.

Seguía gritando del dolor, su ala colgaba torcida, y aún así se arrastraba por el suelo, jadeando, escupiendo sangre, con los ojos ardiendo de furia y orgullo.

—¡Hijo de perra…!

¡Aún… no estás muerto…!

Se arrastraba, palmo a palmo, como si cada centímetro fuera una guerra.

Con una mano temblorosa, tomó el neutralizador que seguía parpadeando frente a los cuerpos deformados de Cristóbal y Park.

La distorsión lo golpeó al instante.

Su piel se llenó de venas grises, su sangre se agitó, su cabeza ardía.

Pero no soltó el artefacto.

—¡Vamos… vamos, maldito engendro…!

—jadeó—.

¡No saldrás… vivo de esta!

Park, aún a medio mutar, giró el rostro hacia él.

Su voz era apenas un gruñido.

—N-no… no… tú no… Ángel lo ignoró.

Apretó los dientes y se lanzó encima, con el neutralizador en la mano, empujándolo contra el pecho de Park.

La distorsión fue inmediata.

CRACK—FWWZZZTTT El espacio alrededor tembló.

Park gritó con un tono tan alto que dejó de sonar humano.

Sus extremidades empezaron a torcerse hacia adentro.

Su rostro se fracturó como vidrio en reversa.

El dispositivo lo absorbía, lo rompía, lo contenía.

—¡AAAAAAAHHHHHH!

¡¡DHARMAAAAAAAAAAAA!!

Ángel no paró.

Gritaba también, pero ya no de dolor.

Ahora era odio.

Puro, completo, ardiente.

—¡¡MUERE, PARK!!

¡¡MUERE DE UNA PUTA VEZ!!

El cuerpo de Park se hizo pedazos dentro de la luz inversa del neutralizador.

Parte por parte, su esencia era reducida, encapsulada, devorada por algo mayor que él.

Y en el suelo, Ángel aún lo sostenía con una mano sangrante.

Respirando como una bestia.

Con el ala rota.

Y el alma entera.

El dispositivo dejó de parpadear.

Park ya no estaba.

Solo quedaban las ruinas.

El polvo suspendido.

El silencio.

Y el cuerpo de Ángel, tendido sobre el suelo, con la mano aún cerrada sobre el neutralizador, como si no pudiera soltarlo ni muerto.

Y entonces… se apagó.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo