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El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 26

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26: Vacio 26: Vacio El dolor, el caos, el calor del campo de batalla desaparecieron.

Había luz.

Cálida.

Suave.

Como un atardecer que se niega a irse.

El concreto bajo sus pies era liso, con marcas viejas de balones gastados y líneas blancas medio borradas.

Una cancha de basketball vacía.

Silenciosa.

Real, pero no del todo.

El cielo estaba limpio, con nubes que se movían lentamente, como si tuvieran todo el tiempo del mundo.

Ángel se encontraba de pie.

Respiraba tranquilo.

Su cuerpo no dolía.

Y sus alas… no estaban.

Miró sus hombros.

Nada.

Y, por primera vez en mucho tiempo, no sintió miedo por eso.

Frente a él, al otro extremo de la cancha, alguien caminaba con paso ligero.

El cabello suelto, ese vestido blanco que tanto le gustaba, y la forma en que se detenía a ajustar el lazo de su zapato antes de girar para sentarse en la grada.

Samantha.

No lo había visto aún.

Ángel la observó con una mezcla de ternura y sorpresa.

No lloró.

No gritó.

Solo… sonrió.

Apenas.

Como si volviera a ver el sol después de años bajo tierra.

Dio un paso.

Luego otro.

Sus zapatillas golpeaban el suelo con ese eco hueco tan particular de una cancha vacía.

Y por un segundo… solo uno… se sintió niño otra vez.

Como si todo lo que había vivido no hubiera pasado.

Como si el mundo no estuviera roto.

Como si Samantha nunca se hubiera ido.

Solo se acercaba.

Lento.

Divertido.

Como si fuera a decirle algo estúpido.

Como si eso fuera lo único que importaba.

Samantha ya estaba sentada en las gradas cuando Ángel llegó frente a ella.

Lo miró.

Sonrió.

Y esa sonrisa… era idéntica a la que él guardaba en lo más profundo, esa que el tiempo no pudo borrar.

—Hace mucho que no te veía así —dijo ella, con la voz dulce, como cuando se burlaba de él sin maldad.

Ángel bajó la mirada, avergonzado por un segundo.

—Sí… demasiado.

Pero estás igual.

Bueno, no… más bonita que antes, creo.

—¿Eso crees?

—se rió ella, mirándolo de reojo—.

Tú también.

Te ves menos tenso… como si por fin te hubieras soltado.

Ángel se sentó a su lado.

No muy cerca.

Solo lo justo para no perderla de vista.

El viento era suave.

No soplaba fuerte.

No empujaba.

Solo estaba ahí.

—Extrañaba esto —murmuró él.

—¿Hablar conmigo?

—Sí… hablar.

Reír.

Mirarte.

Saber que estás viva aunque sea un rato.

Samantha lo miró.

Sus ojos brillaban como cuando lo consolaba por tonterías.

Como cuando no sabía qué decir, pero igual se quedaba.

—Yo también lo extrañaba, Ángel.

Se quedaron en silencio un momento.

Como si el mundo supiera que debía respetarlos.

Como si todo se hubiese detenido solo para permitir ese instante.

Hasta que Samantha bajó un poco la cabeza, jugueteando con un reloj que colgaba flojo en su muñeca.

—Ángel… —¿Hmm?

—Sabes que es un sueño… ¿y aun así te quedas?

Él la miró, sin responder de inmediato.

Entonces el aire cambió.

El sol empezó a oscurecerse, lento, como si alguien le estuviera bajando el volumen.

Las líneas de la cancha se distorsionaban, los bordes de las cosas parpadeaban con un movimiento suave pero antinatural.

Las hojas de los árboles, en lugar de caer, flotaban hacia arriba.

Y el reloj de Samantha… empezó a girar hacia atrás.

Ángel lo notó todo.

Lo sintió.

Pero no se movió.

—Ya que sé que es un sueño… Sus palabras salieron firmes.

No resignadas.

No quebradas.

Firmes.

—Sé que es un sueño, pero también sé que no volveré a verte.

No así.

Sus ojos se humedecieron, pero no lloró.

—Por eso… me quisiera quedar.

Con toda mi alma, me quiero quedar.

Samantha lo miró con serenidad.

No dijo nada.

Solo tomó su mano, como lo hacía antes, cuando él se sentía un desastre, y ella sabía cómo hacer que eso no importara.

Y por un momento más, nada cambió.

Ni el tiempo, ni el cielo, ni el dolor.

Solo dos personas… aferrándose a un recuerdo.

Por un instante, Ángel no dijo nada más.

Solo miró a Samantha, su perfil bañado por la luz ya enferma del sol.

Se grabó cada línea de su rostro, cada mechón de su cabello, cada mínimo detalle que el tiempo y el trauma no habían podido robarle.

Luego, desvió la mirada.

La sonrisa se le formó sola.

Tranquila.

Cansada.

Hermosa, en su forma más rota.

El mundo a su alrededor comenzaba a deshacerse.

Los bordes de la cancha se doblaban como papel mojado.

El cielo se agrietaba en silencio.

Las gradas temblaban suavemente, y la sombra de los árboles se despegaba de sus raíces, flotando como humo.

Todo entendía que Ángel ya sabía.

Y cuando volvió a girarse para ver a Samantha, su mano ya no sujetaba la suya.

Ella no estaba.

Solo el espacio vacío donde antes ella respiraba.

El banco solitario.

La forma leve del perfume en el aire.

Y luego, el mundo cayó.

No colapsó en fuego ni en explosión.

Se derrumbó en un vacío perfecto.

Como si nunca hubiera existido.

Ángel parpadeó.

Estaba sentado en un banco.

Pero no era de madera, ni de concreto.

Era algo más abstracto, como si el banco solo existiera porque alguien necesitaba sentarse.

El suelo era blanco, pero no brillaba.

El cielo era un espacio sin arriba ni abajo.

Y a su lado… alguien estaba sentado.

Ya no era la sombra.

No había barba mañanera.

No había una sola ala.

No había ojos dorados.

No había oscuridad goteando de su cuerpo.

Era Ángel.

Pero no el Ángel de ahora.

Este estaba erguido, relajado.

Su postura no cargaba el peso de un pasado mutilado.

Llevaba la misma ropa, pero más limpia.

Sus alas no estaban, pero no se notaba que faltaran.

Su rostro… sereno.

Casi burlón.

Y sus ojos, completamente oscuros.

Sin pupilas.

Sin brillo.

Solo negro.

Pero no maldad.

Solo profundidad.

—Tardaste —dijo esa versión de sí mismo, sin mirarlo, con un tono tranquilo, incluso sarcástico.

Ángel no respondió.

—¿La viste?

—preguntó la sombra sin sombra—.

¿La tocaste?

¿La sentiste?

Silencio.

—Duele, ¿verdad?

El Ángel del presente apretó los puños.

Pero no habló.

El otro sonrió, de lado.

—Tranquilo.

No vine a romperte más… vine a ayudarte a juntar los pedazos.

Y el vacío, que parecía quieto, comenzó a temblar levemente.

Como si lo que venía… no fuera un simple despertar.

La figura seguía ahí, tan inmóvil como el vacío mismo, como si el tiempo no le afectara.

Ángel no necesitaba verlo para saberlo.

Lo sentía.

Era ese peso constante en la habitación, esa presencia que no hacía ruido pero lo ahogaba igual.

—¿Y ahora qué mierda quieres?

—preguntó Ángel sin girarse, con la voz áspera, casi apagada por la costumbre.

Hubo una pausa.

Luego, la voz lo envolvió otra vez, profunda, seca, como si no viniera de un cuerpo, sino de dentro de su cabeza.

—Quiero ayudarte.

Ángel giró entonces, frunciendo el ceño.

Esa palabra… no encajaba.

—¿Qué?

La figura sonrió apenas, con una expresión que no tenía nada de cálida.

No era ternura.

No era compasión.

Era algo más parecido al desprecio… disfrazado de interés.

—Eres tan patético… que prefiero ayudarte.

La frase golpeó como una bofetada.

Sin gritos, sin violencia… pero con toda la carga de alguien que te conoce lo suficiente como para saber exactamente dónde romperte.

Ángel retrocedió medio paso, confuso, herido… y jodidamente enojado.

—¿Qué carajo se supone que significa eso?

El hombre no se movió.

No necesitaba hacerlo.

Su voz, ahora más firme, más decidida, llenó el espacio como humo espeso: —Te voy a ayudar… pero no voy a hacerlo por ti.

Ángel entrecerró los ojos, como si intentara leer entre líneas, pero no le alcanzaba.

Su sombra continuó: —No vas a encontrar paz en nadie.

Ni en Jackie.

Ni en lo que perdiste.

Ni siquiera en tus malditos intentos de volar.

Hubo un silencio.

—Si quieres paz…

vas a tener que hacerla tú mismo.

Nadie te la va a regalar.

Ángel tragó saliva.

Sentía las palabras como cuchillas lentas, arrastrándose por dentro.

—¿Y tú qué sabes de paz?

El hombre sonrió de nuevo, pero esta vez, la oscuridad pareció volverse más espesa a su alrededor.

—Yo sé lo que se siente vivir sin ella.

Ángel bajó la mirada, apretando los puños.

No dijo nada más.

Porque, en el fondo, parte de él sabía que tenía razón.

Y eso…

era lo que más dolía.

La sombra dio un paso más, la oscuridad alrededor suyo agitándose como humo pesado bajo agua estancada.

—Vamos —dijo, sin emoción, como si no se tratara de una elección.

—Volvamos al presente.

Es hora de que despiertes de ese estúpido sueño en el que te metiste por tanto dolor.

Ángel frunció el ceño, confuso.

—¿Qué…?

—Este lugar, este silencio cómodo —continuó la sombra, señalando todo a su alrededor, ese espacio entre recuerdos, culpas y fragmentos que Ángel creía que eran reales—.

No es más que una distracción.

Un rincón seguro para no enfrentar lo que todavía te espera allá afuera.

La sombra lo miró directo a los ojos, y por primera vez, la voz sonó con una mezcla peligrosa de orgullo y desprecio.

—Tú estás vivo gracias a mí.

Ángel lo miró con rabia, pero no respondió.

La sombra dio otro paso.

—Tu ira, tu odio, tu desprecio por ti mismo y por el mundo.

Todo eso… me creó.

Yo soy eso.

No soy un visitante.

No soy un parásito.

Se inclinó un poco hacia adelante, apenas unos centímetros.

—Tú y yo… somos el mismo.

Yo vivo en tu cabeza.

Tú me arrastras contigo en cada respiro.

Soy la voz que no puedes apagar cuando cierras los ojos.

Soy lo que queda cuando ya no puedes con nada más.

Ángel quiso decir algo.

Cualquier cosa.

Pero el entorno comenzó a temblar, desvaneciéndose como una imagen mal proyectada.

La sombra se quedó inmóvil mientras el mundo alrededor comenzaba a desaparecer, una mueca torcida en su rostro.

—Despierta, Ángel.

Te guste o no… aún hay cosas que debes romper antes de descansar.

Y entonces, el silencio se rompió.

¡BIP!

¡BIP!

¡BIP!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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