El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 27
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27: Hospital 27: Hospital Ángel se incorporó de golpe, sudoroso, jadeando como si acabara de escapar de una pesadilla.
Su cuerpo entero se tensó por reflejo, las alas no estaban extendidas… ni siquiera sentía su espalda del todo.
El cuarto era blanco.
Frío.
Clínico.
Las luces de neón vibraban en sus ojos sensibles.
Varios hombres de bata blanca giraron la cabeza de inmediato al verlo moverse.
Voces en japonés estallaron de inmediato.
Rápidas, sorprendidas, médicas.
—彼が目を覚ました! —モニターをチェックして! —神経応答は正常か? Ángel entrecerró los ojos, molesto, confundido, sin entender una palabra.
Intentó moverse, pero sentía las muñecas con marcas de haber estado atadas.
Todo le dolía.
El mundo le era ajeno.
Entonces, la puerta metálica se abrió con un sonido firme.
Un hombre vestido con uniforme militar entró con paso seguro.
El símbolo de TRUMAN brillaba en su pecho.
Llevaba un casco gris oscuro, con visores que se ajustaban automáticamente al rostro.
Sin decir nada al principio, se acercó, activando un dispositivo en su cuello.
La voz salió clara, neutral… traducida automáticamente.
—Ángel Stone.
Bienvenido de vuelta.
Puedes entenderme ahora.
Este casco traduce en ambas direcciones.
Ángel parpadeó.
Su respiración aún era agitada.
No tenía idea de dónde estaba.
No sabía por qué.
Solo sabía que no estaba soñando más.
Y eso, por alguna razón, le parecía peor.
Los doctores hablaban rápido, moviéndose alrededor de la cama con tabletas digitales y expresiones tensas.
Uno de ellos se acercó al soldado, murmurándole algo en japonés con precisión quirúrgica.
El soldado asintió, sin quitarle la vista a Ángel, luego revisó la pantalla de su casco, donde una interfaz automática traducía en tiempo real los informes médicos.
Bajó ligeramente la cabeza y hojeó un archivo digital en su guante.
—Te desmayaste —dijo el soldado, su voz robótica pero clara—.
Por exceso de dolor físico.
Se detuvo un segundo, escaneando el texto.
—Causado por… ruptura de miembro mutado.
Ángel frunció el ceño.
—¿Qué?
El soldado parpadeó.
Tocó la pantalla una vez más, y continuó: —Tus alas.
Estaban fracturadas en múltiples puntos.
Hueso desgarrado.
El cartílago…
colapsó.
Ángel tragó saliva sin querer.
—Además —continuó el soldado, impasible—, tenías varias fracturas en costillas, clavícula derecha, y…
Se detuvo un momento, como dudando si decir lo siguiente.
Luego alzó una ceja por protocolo.
—Tu fémur.
Estaba roto como si alguien hubiese usado una barra de acero para partirlo en dos.
Literalmente.
Los doctores dijeron que parecía una rama seca.
Ángel solo bajó la mirada, su mandíbula apretada.
El zumbido de las máquinas a su alrededor se hacía más intenso con cada palabra.
El soldado inclinó la cabeza.
—Aun así, sigues vivo.
Lo cual, según dicen, es médicamente absurdo.
Ángel no respondió.
No tenía por qué hacerlo.
La sombra en su mente, aunque ausente físicamente, seguía sonriendo desde algún rincón invisible.
Como si le dijera: “Ves.
Te rompiste… pero no caíste.” Ángel llevó una mano temblorosa a su cabeza, cerrando los ojos un segundo.
El dolor era punzante, como si le hubieran abierto la mente con un cuchillo sin filo… pero no era solo físico.
—Cállate… —murmuró en voz baja, con los dientes apretados.
No para el soldado.
Ni para los doctores.
Para él.
Para esa voz.
Para la sombra que, incluso ahora, seguía hablándole desde dentro.
Uno de los médicos, al escuchar el murmullo, se acercó un poco más, mirando con confusión.
—なに? (¿Qué?) —preguntó, directo al soldado.
El soldado miró de reojo a Ángel, esperando que repitiera.
Ángel se acomodó lentamente en la camilla, evitando cualquier contacto visual, con una expresión que intentaba ocultar el caos que traía por dentro.
—Nada —respondió con voz tensa, pero más controlada—.
Disculpe.
Ya… entiendo lo que pasó.
El soldado transmitió la traducción al doctor, que asintió lentamente, aunque con una mirada que dejaba en claro que no le creía del todo.
Ángel respiró hondo, sintiendo aún cómo el dolor le recorría los nervios como si fueran cables expuestos.
Cada movimiento era una sacudida interna, pero no tan letal como antes.
Se obligó a sentarse con lentitud, apoyando las palmas en la camilla.
Al hacerlo, notó algo.
Sus alas.
Se movieron con él.
Sin crujidos.
Sin desgarrarse.
Enteras.
Ángel parpadeó.
Extendió una, luego la otra, temeroso de que algo estuviera mal… pero no.
Estaban allí.
Íntegras.
Firmes.
—Espera… —dijo en voz baja, mirando al soldado con una mezcla de duda y recelo—.
Dijiste que estaba crítico.
Si mi fémur se partió, si mis alas estaban hechas mierda… ¿cómo me curaron?
El soldado alzó el visor ligeramente para leer mejor los datos del informe.
Luego, con un tono más neutro, respondió: —Recibiste tratamiento con una tecnología médica recuperada recientemente.
Es experimental, pero efectiva.
Ángel frunció el ceño.
—¿Recuperada de dónde?
El soldado pasó un dedo por su tableta, buscando el archivo correcto.
—Directamente de la anomalía.
Fue modificada por nuestros científicos después de que un grupo especializado la trajo.
El equipo liderado por el Capitán Callaghan Woods.
Hubo una breve pausa.
—Los informes indican que varios jóvenes altamente capacitados, incluyendo anomalías, sacrificaron su seguridad para recuperar ese equipo.
Ángel entrecerró los ojos, procesando esa información con un dejo de reconocimiento.
—Yo… —dijo de repente, mirando hacia el suelo—.
Yo estuve en esa operación.
Yo ayudé a recuperar esa tecnología.
El soldado lo miró por unos segundos, sin cambiar de expresión.
Luego, simplemente asintió.
—Entonces, sobreviviste gracias a algo que tú mismo ayudaste a traer.
Ángel soltó una risa seca, más amargada que divertida.
—Qué ironía de mierda… Se llevó una mano al rostro, cubriendo sus ojos por un momento.
Entonces, como si algo se encendiera en su cabeza, preguntó con más firmeza: —¿Cuánto tiempo estuve… dormido?
El doctor, que había estado revisando los monitores, se acercó.
Tocó su propio collar traductor y respondió con voz mecánica, clara y sin rodeos: —Casi una semana.
Se recuperó justo hoy, domingo.
Ángel se quedó en silencio.
No reaccionó de inmediato.
Solo bajó la mirada y murmuró: —Una semana… El doctor observó su expresión, esperando quizá algún tipo de sorpresa.
Pero Ángel solo exhaló con lentitud.
—No es nada —dijo finalmente, su voz apagada—.
No se compara con cuando estuve entre cinco y nueve meses en coma… y desperté con las alas modificadas como si fueran un maldito traje de combate.
El cuarto quedó en silencio.
El soldado lo miró en silencio.
El doctor no entendió el contexto.
El pasillo se quedó en completo silencio… hasta que Ángel bajó lentamente la mirada, clavándola en Jackie con una expresión que se volvió más y más rígida.
La voz le salió baja, casi un susurro… pero distorsionada.
Como si su garganta llevara contenida una tormenta.
—Deja… de abrazarme.
Jackie parpadeó, sorprendido, aún con los brazos a medio camino de un gesto fraterno.
—¿Eh…?
—Te dije… —repitió Ángel, más grave, más tenso—.
Que no me abraces.
Su voz se quebraba entre palabras, pero no por debilidad.
Era el sonido de alguien conteniéndose para no estallar.
—No me gusta.
No después de todo.
No después de lo de la chica de la cual no mencionare el nombre… El nombre se sintió como un filo arrastrado en seco.
Jackie, como si lo hubieran electrocutado, dio un salto hacia atrás con expresión de susto.
—¡Mierda!
Cierto… ¡cierto!
Se me fue, perdón.
¡Está bien, bro, está bien!
Se frotó la nuca rápidamente, esquivando la mirada por un instante.
Luego intentó desviar la tensión con una típica estrategia suya: hablar demasiado, muy rápido.
—Te perdiste de mucho, por cierto.
Park… sí, ese Park… ahora es básicamente un puto perro agresivo.
Una bestia.
Grosero como la mierda.
Casi me muerde por decirle “buenos días”.
Jackie sonrió un poco.
—Te caería bien.
Ángel chasqueó la lengua con furia contenida, dando un paso hacia él.
—No me cae bien.
No ahora.
Y menos si aún está vivo.
Sus alas se alzaron apenas, como si el solo hecho de decirlo lo activara por reflejo.
—Creí que lo habían matado.
Jackie alzó las manos, retrocediendo un poco con gesto conciliador.
—No, no.
Lo encerraron.
No lo mataron.
Miró hacia los lados, como asegurándose de que nadie los escuchaba.
—Woods… les tiró un dispositivo raro a ustedes en plena pelea.
Como un neutralizador, una caja que lo tragó y lo dejó paralizado.
Luego, lo pasaron a un robot.
Ángel frunció el ceño, confundido.
—¿Qué?
—Sí, un perro.
Un robot.
Sin dientes a menos que se los activen por comando.
Jackie negó con la cabeza, medio sonriendo.
—Literalmente, un perro sin dientes con agresividad acumulada.
Una mala combinación con patas.
Ángel lo miró sin expresión, solo un ligero parpadeo… y un suspiro largo, cansado.
No sabía qué era peor: haber estado inconsciente todo ese tiempo, o volver al mundo y descubrir que nada tenía sentido.
Ángel apretó los puños, sus alas temblando a su espalda con cada paso firme que daba.
Su respiración era agitada, como si todo lo que había estado conteniendo desde que abrió los ojos en esa sala estéril finalmente se estuviera liberando, gota a gota, en forma de pura rabia.
—Park…
maldito hijo de puta…
¿cómo carajos sigues vivo?
—masculló, su voz baja, rasposa, envenenada por el desprecio.
Cada sílaba que salía de su boca era una maldición sin filtro.
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