El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 28
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- Capítulo 28 - 28 ¡ESE HIJO DE P$ SIGUE VIVO!
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28: ¡ESE HIJO DE P%$# SIGUE VIVO!
28: ¡ESE HIJO DE P%$# SIGUE VIVO!
—¡Deberías estar muerto!
¡Muerto, carajo!
—espetó, caminando sin rumbo, pero con el tipo de energía que solo alguien furioso y sin dirección puede tener.
Jackie lo seguía de lejos, algo incómodo.
Su expresión era un equilibrio delicado entre preocupación y resignación.
Sabía que esto iba a pasar tarde o temprano.
Solo que no esperaba que el universo decidiera ponerlos justo en el camino hacia donde estaba Park y los demás.
—Genial… —murmuró para sí mismo—.
Caminando directo a la boca del maldito caos.
Ángel, con la mirada nublada por el odio, cruzó varias puertas automáticas sin prestar atención a dónde iba.
La furia lo guiaba más que cualquier orientación.
Hasta que el olor a café tostado y metal esterilizado lo golpeó.
Había entrado en la cafetería general del complejo.
Una mesa larga, en una esquina, reunía a casi todo el grupo.
Miranda, con su porte imponente y su mirada de escáner clínico, revisaba unos informes.
Cristóbal y Sarah reían por algo que Woods había dicho.
Chaeun bebía algo rojo y viscoso, relajada pero atenta.
Woods estaba hablando por el comunicador, como siempre, sin descansar ni un segundo.
Y Park… Park estaba siendo el centro de las bromas.
Cristóbal lo empujaba con el codo, Sarah le hacía ruido con una cuchara cerca de la oreja y él, con su nuevo cuerpo robótico, bufaba como una fiera contenida.
Los sensores de su armadura se encendían ligeramente con cada provocación, como si en cualquier momento pudieran liberar el infierno.
Entonces, sin aviso, Jackie apareció ya sentado junto a Chaeun, como si hubiera estado ahí desde siempre, con los codos apoyados en la mesa y una expresión tranquila…
demasiado tranquila.
—Por cierto —dijo casualmente, sin siquiera mirar a ella directamente—.
Ángel despertó.
Chaeun, que bebía con calma, dejó el vaso a medio camino.
—¿Qué?
Jackie alzó una mano.
—Shh.
No lo digas tan alto.
Se inclinó levemente hacia ella con una sonrisa pícara.
—Es que… no está precisamente feliz de que Park siga con vida.
Chaeun lo miró, procesando la información.
—¿¡Qué!?
Jackie volvió a alzar la mano, esta vez con el dedo índice sobre sus labios.
—Silencio… Le señaló con la barbilla hacia la entrada.
—Y ahora…
espera el caos.
Ya viene entrando.
Y justo entonces, como una profecía que se cumplía al segundo, las puertas se abrieron.
Y Ángel apareció.
Frente a todos.
Con la sombra del odio arrastrándose detrás de él.
Y los ojos puestos en una sola cosa.
Park.
Ángel cruzó el umbral de la cafetería como una tormenta que apenas había contenido su primera descarga.
Su presencia cambió el aire de inmediato.
Cada paso que dio resonó en el suelo con una gravedad que no venía del peso, sino del historial detrás de él.
Pero entonces, lo vio.
A un lado, en una mesa apartada, había un hombre corpulento, con un aura que parecía curvar el espacio a su alrededor.
No estaba haciendo nada… y aun así, el poder que desprendía era palpable.
Justo detrás de él, en la pared, había un cartel digital luminoso, simple pero directo: “Si te vas a pelear, que sepas que el ruido no saldrá de aquí.
El que rompa los vidrios, también saldrá volando.
Buen provecho.” Ángel leyó la advertencia.
Luego al sujeto.
El sujeto lo miró.
Y Ángel… respiró hondo.
La furia seguía latiéndole en las venas, pero como un cuchillo dentro del agua, supo que no era el momento.
Apretó los dientes, bajó las alas lentamente… y caminó hacia la mesa donde estaba Jackie.
Sin decir una palabra, se sentó a su lado, todavía irradiando tensión.
—No.
Estoy tranquilo.
Todo bien —dijo con una voz seca, cortante… pero que claramente mentía.
Jackie lo miró de reojo, una sonrisa leve subiéndole por la comisura.
—Sí, claro… tranquilo como una bomba sin temporizador.
Pero no dijo nada más.
Solo se estiró hacia un muffin y se lo llevó a la boca, dándole a Ángel su espacio.
Del otro lado de la mesa, Chaeun soltó una carcajada breve, levantando su vaso.
—¡Ah, carajo, ahora sí!
¡Ya tenemos al antisocial del grupo de vuelta!
Cristóbal solo sonrió con un gesto tranquilo, como si la presencia de Ángel fuera una pieza más del rompecabezas volviendo a su lugar.
No dijo nada.
Solo siguió comiendo, como si estuviera viendo una escena ya conocida.
Woods ni parpadeó.
Seguía con los ojos en su comunicador, los dedos marcando datos, su mente a veinte cosas al mismo tiempo.
—Sabía que se levantaría.
No hay anomalía más terca que él —murmuró sin alzar la voz.
Miranda, que hasta ahora no había reaccionado con ninguna expresión, simplemente se puso de pie.
Caminó sin prisa, rodeando la mesa… y lo abrazó.
Sin avisar.
Un gesto inesperado, cargado de fuerza, y por un segundo, maternal.
—No vuelvas a hacerme esperar tanto, Ángel —susurró con frialdad elegante, pero con un dejo honesto de alivio, y lo soltó del abrazo rápidamente, porque sabe que no son de su gusto.
Y al fondo, Sarah.
Sarah tenía los ojos brillando.
Literalmente.
Como si la escena frente a ella fuera el regreso de una estrella caída del cielo.
—¡Dios mío!
¡Estás vivo!
¡Estás vivo y estás aquí!
¡Ay, no sabes cuánto he esperado ver este momento, Ángel!
— Ángel solo la miró con una ceja levantada.
—¿…Quién eras tú otra vez?
—¡Sarah, Sarah Miller!
¿No me recuerdas?
¡Es igual, puedo contarte todo de nuevo!
¡Ay, esta vez no te vas a escapar!
Jackie estalló en una risa contenida, escondiendo la cara tras su vaso.
Y Ángel… por primera vez en semanas, sintió que el caos a su alrededor, aunque insoportable… era parte de algo que podía llamar hogar.
Aunque no lo admitiera.
Aunque aún quisiera arrancarle la cabeza a Park.
En medio de la algarabía contenida y las reacciones dispares, un sonido metálico, suave y mecánico, rompió la escena por completo: —Whiiiii…
— Un lamento.
Un quejido robótico.
Todos giraron la cabeza hacia el rincón donde, sentado sobre una pequeña plataforma acolchada, estaba Park.
Su nuevo cuerpo era todo menos humano: un perro robotizado, pulido en tonos oscuros, con patas reforzadas, sensores en lugar de ojos y una mandíbula sellada por un protocolo de seguridad.
Solo se activaba por comandos específicos.
En su cuello brillaba una luz intermitente azul: “Modo Inofensivo Activado”.
Los sensores se ajustaron al detectar a Ángel, y el cuerpo robótico se quedó completamente quieto.
Solo un sonido, como un gemido canino distorsionado por vocoder, emergió.
—No me hagas daño…
— dijo con una voz artificial, vibrante y apagada —ahora soy indefenso angelito… no tengo dientes.
Todos miraron a Ángel.
Él lo observó sin decir nada al principio, como si su cerebro intentara procesar la escena en cámara lenta.
Sus ojos se clavaron en el “parásito” metálico con una mezcla exacta de asco, desprecio y furia contenida.
Sus alas se alzaron ligeramente… pero se controló.
Solo respiró hondo, se acercó unos pasos, y con esa calma maldita que precede a lo peor, murmuró: —Si no fuera porque acabo de salir de un maldito hospital… y no quiero que me manden volando por romper las reglas de esta cafetería idiota…
Se agachó apenas, su rostro a centímetros de la carcasa frontal del perro.
—Te juro que destruiría lo que queda de ti en este estúpido chasis oxidado.
El cuerpo robótico de Park se congeló.
El “modo indefenso” parpadeó dos veces.
Un sonido bajísimo emergió, casi como un “guau” depresivo.
Jackie tapó la cara con una mano, conteniendo la risa.
—Hermano… estás matando a un perro robot con solo palabras.
Chaeun sorbió su bebida, sin apartar la vista.
—Esto es mejor que la televisión.
Mientras tanto, Sarah ya tenía su teléfono levantado, grabando todo en silencio con una sonrisa enorme.
—¡Esto es oro!
Ángel, ya sentado nuevamente, con los codos sobre la mesa y las alas aún levemente alzadas —como si su cuerpo entero siguiera en modo amenaza latente— giró lentamente la cabeza hacia Park.
El perro robótico no se movió.
Solo lo observaba con esos sensores luminosos, parpadeando con un ritmo que parecía… nervioso.
Ángel entrecerró los ojos, su voz salió áspera, con esa mezcla de calma y veneno que solo él sabía conjurar.
—Vas a responderme.
Todas las preguntas.
Y si dices aunque sea una puta palabra que huela a mentira… Levantó lentamente la mano, extendiendo apenas dos dedos mientras el filo de su ala se inclinaba, reflejando la luz de la lámpara más cercana.
—Te corto aquí mismo.
No me importa si me revientan contra una pared después.
El ambiente se congeló.
Nadie se atrevió a intervenir.
Porque todos sabían… Sólo Ángel estaba lo suficientemente jodido de la cabeza como para hablar en serio.
Park soltó un chirrido metálico desde su garganta sintetizada y su voz salió temblorosa, digitalizada: —Affirmative.
Haré lo que quieras.
Sin mentiras.
Cero sarcasmo.
Modo “honestidad forzada” activado… Jackie levantó ambas cejas, impresionado.
—¿Eso es una función real o solo está asustado?
—Ambas, quizas —respondió Chaeun sin mirar, mientras comía—.
Uno a uno, Ángel lanzó preguntas, frías y directas.
Dónde había estado Park.
Qué recordaba.
Quién lo encerró.
Qué sintió.
Qué escuchó.
Qué hizo antes.
Qué hizo durante.
Qué hacía ahora.
Park respondió.
Todo.
Sin filtros.
Sin quejas.
Y cuando parecía que el interrogatorio seguía su curso, la voz de Sarah se escapó por encima de todo: —Ay por Dios… su ceño fruncido es igualito al de cuando mira desde la ventana como si planeara volarse el mundo…
Ángel, sin siquiera voltear el rostro del todo, solo giró lentamente los ojos hacia ella.
Silencio.
Luego habló.
—Sarah… Ella se quedó congelada.
—¿S-sí?
—Mirá para otro lado.
Sarah parpadeó, con una sonrisa nerviosa.
—¿E-en serio?
Ángel la miró fijamente.
—Estoy hablando con un tipo loco homicida atrapado en un microondas con patas.
No necesito una niña mirándome como si estuviera viendo un comercial de colonia.
Sarah bajó el teléfono como si acabara de cometer un crimen.
—Lo siento…
es que te ves tan cool cuando estás enojado…
—Mirá.
Para.
Otro.
Lado.
Sarah se giró lentamente hacia Miranda, hundiéndose en su abrigo como un gato culpable.
Miranda solo negó con la cabeza con una leve sonrisa, cruzando los brazos.
Jackie se inclinó hacia Ángel, todavía entretenido: —Y eso que recién saliste del hospital, eh.
Estás en forma.
Ángel no respondió.
Solo volvió a mirar al perro.
—Sigue hablando, Park.
No he terminado.
Mientras el interrogatorio a Park seguía su curso —una especie de juicio informal con Ángel como juez, fiscal y posible verdugo—, el resto de la mesa comenzó a dispersar su atención.
Cristóbal, con la calma habitual de quien nunca se toma nada demasiado en serio, dejó los cubiertos sobre la bandeja, se limpió las manos y se recostó en la silla, cruzando los brazos con naturalidad.
Se giró hacia Chaeun, luego hacia Jackie, y por último hacia Sarah… quien, para sorpresa de nadie, seguía con la mirada fija en Ángel.
No pestañeaba.
No respiraba muy profundo.
Solo lo miraba con una mezcla de admiración y obsesión absolutamente desproporcionada.
Cristóbal ladeó la cabeza.
—Oye, Sarah.
—¿Mmm?
—respondió sin apartar la vista de Ángel.
Cristóbal la señaló con la cabeza, apoyándose contra el respaldo.
—¿Qué ves en él?
En serio.
Solo es un tipo… completamente jodido.
Literalmente.
Se nota desde el otro lado del continente que tiene más traumas que horas de sueño.
Jackie soltó una carcajada suave.
—Gracias, pensé que solo yo lo pensaba.
Chaeun, sin mirar, se limitó a decir: —El 99% de la atracción viene con alas mortales y cero expresión emocional.
Classic.
Sarah, sin inmutarse, sonrió como si acabara de ver a una estrella de rock bajar del cielo.
—Se ve… Geniaaaaall~.
La palabra se alargó como si flotara, bañada en purpurina imaginaria.
Cristóbal la miró con incredulidad.
—¿Eso es todo lo que tienes?
¿“Genial”?
Sarah asintió con total convicción, sin pestañear.
—Sí.
Genial.
Como cuando ves a un chico callado en una película con un pasado trágico y un poder peligroso, pero sabes que en el fondo solo necesita cariño… ¡y terapia!
Jackie levantó el pulgar sin dejar de mirar a Ángel y Park.
—Casi lo mató con una amenaza luego de cortar su cuello por comer un snack de su madre.
¿Eso también entra en el “genial”?
—¡Es que lo dice con una voz tan profunda y seria!
Ughhh, si no fuera porque sus alas me dan pánico, me sentaría en su regazo como un gato…
Chaeun suspiró y bebió otro trago.
—Algún día esa frase va a terminar en una orden de separación.
Jackie escucha la palabra “separación” de Chaeun y la corrige.
—No no, te refieres a una “orden de alejamiento” —Uhh… si, eso mismo Cristóbal negó con la cabeza y murmuró: —La generación perdida.
Cristóbal, distraído entre el chisme de Sarah y el interrogatorio de Ángel, metió la mano al bolsillo de su chaqueta y sacó su teléfono con gesto pensativo.
Era un modelo bastante moderno, con interfaz táctil, cámara múltiple y sistema operativo actualizado… al menos en teoría.
Pero para alguien que venía de un universo donde aún reinaban los Nokia y los politonos, el dispositivo era poco menos que brujería de vidrio.
Lo miró un momento, lo desbloqueó a duras penas con el patrón (que todavía escribía con un dedo como si fuera a marcar una bomba), y de repente, el teléfono empezó a leer todo en voz alta.
—MENÚ PRINCIPAL.
APLICACIONES.
CONFIGURACIÓN.
AJUSTES DE VOZ ACTIVADOS.
VOLUMEN MÁXIMO.
Cristóbal frunció el ceño.
—¿Qué mierda…?
Jackie se giró hacia él al escuchar la voz robótica del teléfono hablar como si estuviera narrando una presentación de PowerPoint.
—¿Tu teléfono está maldito o qué?
—No sé.
Hizo esto solo —Cristóbal murmuró, dándole unos golpecitos al borde—.
¿Cómo se quita esta voz?
Me está hablando como si yo fuera ciego.
Jackie tomó el celular, lo giró, lo miró como si le acabaran de entregar una tabla mágica.
—Mierda… bro… yo tengo el modelo viejo.
Este no lo conozco.
Ambos se quedaron tocando la pantalla, deslizando menús al azar, abriendo configuraciones incomprensibles mientras el celular seguía narrando TODO.
—ACCESIBILIDAD.
SUBMENÚ: LECTURA DE PANTALLA.
NAVEGANDO A…
GESTOS.
—¡Basta!
—exclamó Cristóbal entre dientes—.
Me siento como si el teléfono supiera más que yo.
Fue entonces cuando Miranda, sin decir una sola palabra, estiró la mano con elegancia y firmeza.
—Dámelo.
Cristóbal le pasó el celular como si entregara un artefacto radioactivo.
Miranda presionó un par de comandos con velocidad quirúrgica, deslizó tres veces con dos dedos y luego hizo un gesto circular que ninguno de los dos entendió.
El teléfono… se calló.
Inmediatamente.
—Ahí está —dijo con tono neutro—.
Lo activaste sin querer con gestos.
Tenías el modo lectura de pantalla activo.
Jackie y Cristóbal se quedaron boquiabiertos.
—¿Cómo hiciste eso?
—preguntó Cristóbal, sorprendido, con los ojos bien abiertos.
Miranda le devolvió el teléfono con una pequeña sonrisa, y luego le mostró lentamente, con paciencia, los movimientos que había hecho.
—No quiero que me vuelva a pasar eso jamás —dijo Cristóbal, casi en tono solemne, como si hubiera sobrevivido a una invasión digital.
—Bienvenido al futuro —le dijo Miranda con un toque de sarcasmo elegante, mientras se sentaba de nuevo.
—…En mi año 2002, esto sería brujería —murmuró Cristóbal, volviendo a mirar el celular como si ahora le debiera respeto.
Jackie solo rió, apoyándose contra la mesa.
—Sí, bro.
Y Miranda es la hechicera suprema.
Mientras Ángel seguía interrogando con calma tensa, Woods no apartaba la vista de su panel de control.
Sus dedos se movían con precisión sobre la pantalla holográfica, configurando parámetros, escaneando emociones y leyendo respuestas antes de que Park siquiera las pronunciara.
Ahí estaban: Nivel de estrés: elevado Capacidad de respuesta: controlada Índice de veracidad: moderado Emociones actuales: ansiedad, duda, frustración contenida Era como si Woods estuviera monitoreando no solo un cuerpo robótico, sino una mente atrapada en una celda digital.
Ángel, mientras tanto, mantenía su mirada fija en Park.
Su tono era frío, seco, y cada pregunta pesaba más que la anterior.
—¿Qué te hizo convertirte en un asesino obediente?
¿Dónde empezó todo eso?
¿Por qué tanta violencia?
Park respondió con su voz metálica, neutra, sin ningún matiz real: —Solo seguí órdenes.
Dharma me dio la misión.
Eso fue todo.
No hay más.
Un silencio incómodo siguió a esa respuesta.
Fue entonces cuando Cristóbal, que hasta ese momento había estado hablando con Jackie y Chaeun, levantó la cabeza y lo interrumpió.
—Eso mismo me dijo a mí.
Todos giraron hacia él.
Cristóbal apoyó los codos sobre la mesa, con expresión seria.
—“Solo seguí órdenes.” Eso fue lo que repetí una y otra vez mientras también estaba metido en esa porquería.
Lo mismo que decía cada vez que hacía algo imperdonable.
Miró a Park con desprecio.
—Y después me abandonó.
Así, sin más.
Me dejó cuando más necesitaba respuestas.
Cuando todo se estaba desmoronando.
Park no respondió.
Los sensores de su rostro robótico titilaron un poco, registrando la sobrecarga de datos y contradicciones emocionales.
Woods, sin alzar la voz, murmuró mientras observaba los registros: —Sus respuestas son mecánicas.
Su nivel de convicción está en el mínimo aceptable.
Técnicamente, dice la verdad… pero no cree en lo que dice.
Ángel no dijo nada.
Solo bajó la cabeza un poco, pensativo.
Como si, en el fondo, estuviera buscando algo… cualquier cosa… que lo hiciera pensar que aún quedaba humanidad ahí dentro.
Cristóbal lo miró de reojo.
—No vas a encontrar una justificación.
Yo también fui manipulado por Dharma, pero no me convertí en eso.
Y por un momento, el silencio volvió a cubrir la mesa como un manto pesado.
Solo se escuchaba el zumbido del panel de Woods.
Y el lento respirar de Ángel, que aún no decidía si quería entender… …o terminar lo que Dharma comenzó.
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