El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 29
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- Capítulo 29 - 29 Hermosos compañeros de cuarto
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29: Hermosos compañeros de cuarto 29: Hermosos compañeros de cuarto El grupo salió en silencio de la cafetería.
No hizo falta que nadie diera la señal; todos sabían que era momento de moverse.
La tensión aún colgaba en el aire, arrastrada por el interrogatorio de Ángel a Park, como una cuerda invisible que los unía a todos.
Afuera, una camioneta militar blindada esperaba estacionada junto al edificio.
El logotipo de TRUMAN estaba marcado en ambos lados del vehículo, junto a caracteres japoneses pintados con precisión.
Dos soldados japoneses ocupaban la cabina frontal: uno al volante, el otro operando una tableta conectada a la base central.
Subieron uno tras otro, sin hablar.
Jackie se acomodó en la parte trasera del vehículo, con los pies sobre el borde y los brazos cruzados como si estuviera a punto de tomar una siesta.
Chaeun tomó asiento a su lado, colocándose los auriculares.
Miranda se sentó con postura firme, mientras Woods abría su panel portátil sobre las rodillas sin levantar la vista.
Cristóbal se apoyó contra la ventana, en busca de algo de paz.
Ángel subió con paso firme, sin decir una palabra.
Por azares del destino —o castigo divino— terminó sentado junto a Sarah.
Apenas se cerraron las puertas y el vehículo arrancó por las calles de Tokio, ella se giró con una sonrisa amplia, los ojos brillando como si estuviera frente a una celebridad.
—Primera pregunta: ¿duermes con las alas extendidas o las recoges?
—Recogidas —respondió Ángel, sin mirarla—.
Es más práctico.
—¿Y duelen si te acuestas mal?
—Sí.
—¿Tienes que estirarlas por la mañana como si fueran brazos?
—Sí.
Sarah asintió con emoción.
—¿Las entrenas?
¿O se mantienen fuertes por sí solas?
—Se entrenan, como cualquier parte del cuerpo.
—¡Eso es genial!
¿Puedes hacer algún tipo de maniobra aérea especial?
¿Girar en el aire, picar en caída libre, planear con precisión?
—Sí, sí, sí.
Jackie se echó hacia atrás, tapándose la cara con una mano para contener la risa.
—Es como ver a alguien intentar entrevistar a un bloque de granito.
Sarah lo ignoró por completo.
—¿Sientes el aire pasar entre las plumas?
¿Te ayuda a relajarte?
¿Vuelas por gusto o solo cuando es necesario?
—Depende del día.
Y de mi humor.
—¿Te da miedo volar en medio de tormentas?
—No.
—¿Y si llueve, se te pega el agua?
¿Se te congelan si vuelas muy alto?
Ángel finalmente giró la cabeza hacia ella, con una expresión totalmente neutra.
—Sarah.
—¿Sí?
—Mira hacia otro lado.
—¿Por qué?
—Porque si haces otra pregunta, voy a saltar del vehículo.
Sarah lo miró, sorprendida por la calma de su amenaza.
—…Si saltas, salto contigo.
—Perfecto.
Así caen dos.
Desde el asiento de adelante, Cristóbal murmuró: —¿Pueden tranquilizarse ambos antes de que los tengamos que recoger con pala?
Chaeun sonrió levemente, sin apartar la vista del paisaje: —Esto es más entretenido que cualquier película.
Woods, sin apartar los ojos de su pantalla, solo comentó: —No se recomienda provocar a un paciente recién dado de alta con historial de trauma emocional severo.
Jackie soltó una risa breve.
—Lo mejor de todo es que aún no ha perdido la paciencia.
Esto es su versión tranquila.
La camioneta continuaba su recorrido entre las luces de Tokio, deslizándose por avenidas amplias y puentes elevados, con el zumbido suave del motor eléctrico llenando el interior.
Sarah, aún emocionada, hablaba consigo misma mientras revisaba el seguro de su rifle.
Lo sostenía entre las manos, jugando con una correa suelta, distraída por completo.
En un momento, un giro más brusco del vehículo la tomó por sorpresa, y el rifle resbaló.
CLANG.
Una de las puertas laterales se había deslizado ligeramente por la vibración, y el arma cayó con fuerza al asfalto, rebotando dos veces antes de quedar atrás, entre la línea divisoria y la acera.
Sarah se quedó congelada, los ojos abiertos, el rostro pálido.
—…No… no, no, no, ¡mi rifle!
—dijo con pánico, presionando la puerta—.
¡Mi papá me lo dio!
¡No puedo dejarlo!
—¿Se cayó?
—preguntó Jackie, asomándose.
—Lo dejaste ir, genia —comentó Chaeun, sin moverse de su sitio.
—¿Podemos dar vuelta?
—preguntó Sarah a los soldados, desesperada.
Los pilotos no respondieron.
La misión seguía.
Pero Ángel ya se había incorporado sin decir una palabra.
Sus alas se extendieron con precisión, equilibrando su cuerpo mientras calculaba distancia y velocidad en cuestión de segundos.
Todos lo vieron avanzar hacia la puerta lateral.
En un solo movimiento, se impulsó y saltó al aire, dejando tras de sí un fuerte batir de alas que levantó una ráfaga dentro del vehículo.
Planear en la ciudad no era sencillo, pero Ángel lo hizo con facilidad.
Descendió con precisión hasta la calle, sus botas tocando el asfalto justo al lado del rifle.
Lo levantó, giró el cuerpo y en tres zancadas se impulsó de nuevo.
Voló a baja altura, siguiendo la camioneta, hasta alcanzar la parte trasera.
Con un batir fuerte, se posó sobre el techo por un segundo y luego descendió otra vez al interior del vehículo.
Todo el grupo lo miraba, en silencio absoluto.
Ángel extendió el rifle hacia Sarah, que apenas lo podía creer.
—Si lo dejas caer de nuevo —dijo, con voz firme pero tranquila—, no lo recogeré.
Sarah recibió el arma con cuidado, los ojos brillando.
—G-Gracias… Jackie se le quedó viendo con una ceja levantada.
Chaeun giró lentamente la cabeza.
Miranda lo observó en silencio, con una expresión extrañamente satisfecha.
Woods lo notó, aunque no comentó nada.
Cristóbal fue el único que rompió el momento.
—¿Qué pasa?
Solo se lo devolvió.
¿Por qué están todos tan…
impactados?
Jackie se inclinó hacia él.
—No es que haya volado.
Todos sabíamos que podía.
Chaeun añadió: —Es lo que dijo.
O más bien, cómo lo dijo.
—Fue… amable —dijo Sarah, abrazando el rifle con cuidado, como si Ángel le hubiera devuelto algo más que un arma.
Cristóbal parpadeó.
—¿Amable?
¿Él?
¿Estamos hablando del mismo tipo que amenazó con por un snack?
Ángel se sentó de nuevo, sin decir nada.
Cerró los ojos como si nada hubiera pasado.
El ambiente dentro de la camioneta aún estaba envuelto en un extraño silencio, como si nadie supiera cómo reaccionar del todo.
El gesto de Ángel, por simple que fuera, había dejado una marca.
No era solo lo que había hecho…
era que lo había hecho él.
Ángel se volvió a acomodar en su asiento, con el rostro serio, las alas plegadas con precisión detrás de él, y la mirada fija en un punto invisible del suelo.
—Cierren la boca —dijo, sin levantar la voz—.
Ya lo hice.
Es lo que importa.
La frase fue un punto final.
O al menos, lo habría sido, si no fuera por Park.
El cuerpo robótico activó sus motores internos para girarse un poco, los sensores luminosos parpadeando con ese tono mecánico que a veces hacía parecer que sonreía…
aunque no lo hiciera.
—Sabes… tú no harías algo así —dijo con su voz distorsionada, sin siquiera mirar a Sarah—.
Lo correcto habría sido dejar el arma ahí y verla llorar.
Nunca la he visto llorar.
Sería… interesante.
Una novedad.
Se hizo un silencio seco.
Frío.
Sarah lo miró, horrorizada.
Jackie, sin pensarlo dos veces, se giró desde su asiento y le dio una patada firme al costado del chasis de Park, haciendo que una parte del soporte se desestabilizara por un segundo.
—¡Cállate, maldito pedazo de chatarra!
—dijo con los dientes apretados.
Park soltó un chirrido breve, más por efecto que por dolor real.
—¡Ya, ya!
¡Me calmo!
Me calmo… fue un comentario objetivo…
Entonces Ángel lo miró.
No dijo una sola palabra.
Solo giró la cabeza lentamente, clavando en él esa mirada que parecía haber sido forjada para hacer temblar a dioses.
Esa expresión vacía, pulida por la rabia, la guerra, y la decepción.
No tenía fuego, pero ardía.
No tenía gritos, pero pesaba como toneladas de juicio.
Park se quedó completamente inmóvil.
Los sensores parpadearon con un tono azul más tenue.
—Está bien… ya no digo nada más.
Jackie se dejó caer de nuevo en su asiento, frotándose la pierna.
—Un día de estos, te apago yo mismo —masculló.
Sarah abrazó su rifle con fuerza, con los ojos hacia abajo.
Y Ángel… volvió a mirar por la ventana.
Como si nada hubiera pasado.
Como si el acto de humanidad, la interrupción, la amenaza y el juicio hubieran sido solo pequeñas piedras en el camino.
Después de una hora de recorrido por las calles silenciosas y luminosas de Tokio, la camioneta finalmente se desvió hacia un complejo subterráneo oculto tras una serie de portones blindados.
No había señalización visible, ni banderas.
Solo sensores, cámaras, y estructuras de concreto que parecían más viejas que la ciudad misma.
La base TRUMAN en Japón no era imponente por su tamaño.
Lo era por su precisión.
Todo estaba donde debía estar.
Ni un centímetro de más, ni uno de sobra.
Al llegar, los soldados japoneses abrieron las puertas traseras y los guiaron por un corredor de paredes lisas, iluminadas con luces tenues que emitían un zumbido sutil.
Avanzaron hasta llegar a un pasillo largo y perfectamente alineado: el ala de dormitorios individuales.
Cada puerta tenía una placa digital con el nombre del ocupante.
Ángel.
Miranda.
Jackie.
Chaeun.
Sarah.
Park (modo de contención).
Pero al llegar al final del pasillo, Cristóbal se detuvo frente a una puerta sin nombre.
Vacía.
Genérica.
Una luz tenue parpadeaba en su esquina.
—Bueno…
—dijo encogiéndose de hombros—.
No esperaba una alfombra roja, tampoco.
No parecía molesto.
De hecho, parecía hasta cómodo con la falta de expectativas.
Sarah, en cambio, no estaba nada conforme.
—¡¿Por qué me pusieron junto a Miranda?!
—exclamó con un tono de queja teatral—.
¡Yo pedí estar al lado de Ángel!
—No se hacen asignaciones por capricho adolescente —respondió Miranda, sin siquiera voltear—.
Además, no dormirías.
Te la pasarías espiando por la rendija.
—¡No es espiar si dejo notas por debajo de la puerta!
—Eso suena peor.
Ángel caminaba junto a Jackie, ambos observando las puertas mientras se dirigían a las suyas.
Las placas digitales no solo mostraban sus nombres, también tenían pequeños símbolos personalizables, colores distintivos y estructuras ligeramente diferentes.
Algunas con un diseño minimalista.
Otras, más técnicas.
Unas eran acogedoras.
Otras, frías como una celda.
—¿Te fijaste?
—dijo Jackie, señalando la suya—.
El marco tiene detalles metálicos, las luces son cálidas y hay una estantería justo al lado de la cama.
Exactamente como me gusta.
Ángel asintió con un leve gesto, observando su propia puerta.
El diseño era sobrio.
Limpio.
Silencioso.
Ni muy abierto, ni demasiado cerrado.
Una combinación entre funcionalidad y espacio personal.
—Woods se encargó de decirle a los arquitectos todo lo que sabía de nosotros —murmuró Ángel—.
No es solo estética.
Sabe lo que necesitamos para no volvernos locos.
—Sí —respondió Jackie, cruzando los brazos—.
Espacios que parecen fríos…
pero que en el fondo se sienten seguros.
—Exactamente.
Jackie miró a Ángel con una sonrisa rápida.
—¿Y si tu habitación es tan perfecta, vas a encerrarte ahí a ignorarnos el resto del mes?
Ángel se giró hacia él, serio.
—Si me das un buen motivo para salir… lo pensaré.
Jackie levantó las cejas, divertido.
—Es lo más cerca de un “quizá” que me has dado en semanas.
Detrás de ellos, Sarah seguía protestando en voz baja mientras entraba a su habitación junto a Miranda, quien ya había activado su bloqueo digital con una huella y código verbal.
Cristóbal simplemente abrió la puerta sin nombre y dijo: —Para mí, mientras tenga cama y no me explote nada en la cara mientras duermo, ya estoy en casa.
Y con eso, uno por uno, comenzaron a entrar en sus habitaciones.
Mientras Jackie y Ángel seguían conversando frente a sus habitaciones, se escucharon pasos relajados acercándose desde el fondo del pasillo.
—¿Interrumpo la reunión de diseño interior?
—dijo Cristóbal, con las manos en los bolsillos y una sonrisa despreocupada.
Se detuvo frente a ellos, luego dirigió la mirada directamente hacia Ángel.
Sus ojos lo estudiaron con un breve segundo de atención silenciosa.
Después, se giró hacia la puerta de Ángel, observándola con una expresión que cambiaba entre curiosidad y análisis.
—¿Sabes qué le falta a tu habitación?
Jackie alzó una ceja.
—¿Una alarma de “no molestar” para Sarah?
—No —respondió Cristóbal sin quitarle la vista a la puerta—.
El color.
Ángel lo miró, sin mostrar mucha emoción, pero atento.
—Hm.
Puede ser… quizá sí debieron pintar algo.
Pero— Antes de que terminara la frase, Cristóbal empujó suavemente la puerta de la habitación de Ángel y entró sin pedir permiso.
El interior estaba como lo habían diseñado: funcional, neutral, con tonos metálicos y blancos suaves.
No era frío… pero tampoco cálido.
Parecía un lugar creado para que nada dentro distrajera al ocupante de sus propios pensamientos.
Cristóbal avanzó al centro de la habitación y entonces, sin advertencia alguna, su cuerpo comenzó a emitir una ligera distorsión visual.
Un aura tenue, como un filtro translúcido, onduló en el aire a su alrededor.
No era visible a simple vista, pero Ángel lo sintió.
Era una presencia extraña.
Vieja.
Dharma.
La atmósfera de la habitación cambió casi al instante.
Las sombras se hicieron más densas.
Las paredes adoptaron un tono más profundo, más oscuro.
El techo parecía más alto, y las luces se tornaron más tenues, como si la habitación respirara de forma distinta.
No era terrorífico.
Era… sobrio.
Denso.
Con cierta melancolía estética.
Jackie dio un paso hacia adelante desde la puerta.
—¿Qué demonios acabas de hacer?
Ángel estaba por decir algo también—ya tenía el ceño fruncido, los labios medio abiertos—pero se quedó callado a mitad del reproche.
Miró alrededor.
Y… no lo dijo.
Pero le gustó.
No porque fuera exactamente su estilo, sino porque tenía peso.
Era silencioso, pero no vacío.
Sombrío, pero no muerto.
Cristóbal se giró sobre sus talones, relajado.
—Mucho mejor, ¿no?
Jackie lo miró como si acabara de ver magia negra.
—¿Acabas de… reconfigurar una habitación con tu presencia?
Cristóbal se encogió de hombros.
—No lo hago a propósito.
Dharma dejó cosas en mí.
Algunas salen solas.
Ángel cruzó los brazos, sin confirmar ni negar nada.
Solo observó el entorno con calma.
—…Está bien así.
Jackie casi se atraganta.
—¿¿Qué??
¡¿Eso fue un “me gusta” en idioma Ángel?!
¡Anótenlo, por favor!
Cristóbal solo sonrió y salió caminando de nuevo, como si no hubiera hecho absolutamente nada fuera de lo normal.
—Si necesitas que te lo reconfigure otra vez…
ya sabes dónde encontrarme.
Ángel no respondió.
Pero se quedó un poco más en la entrada de su habitación, mirando el nuevo entorno en silencio.
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