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El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 30

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  4. Capítulo 30 - 30 Perro robotico
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30: Perro robotico 30: Perro robotico En el ala de dormitorios, poco a poco todos comenzaban a instalarse.

El pasillo estaba en calma, solo interrumpido por el leve zumbido de las puertas automáticas al cerrarse y las pisadas suaves sobre el suelo pulido.

Chaeun abrió la puerta de su habitación sin apuro.

El sensor reconoció su presencia y se deslizó con un sonido limpio y seco.

El interior estaba perfectamente diseñado: luz ambiental baja, tonos azulados y grises, detalles que evocaban calma pero también una melancolía bien disimulada.

No había flores, ni decoraciones innecesarias.

Era como ella: silenciosa, elegante, y con peso.

Caminó despacio por el cuarto, repasando con la mirada cada rincón.

Había una repisa con algunos libros en coreano que no recordaba haber solicitado.

Una pequeña lámpara con un interruptor analógico, como las de los hoteles antiguos.

Un espejo circular en la pared.

Y fue entonces, mientras pasaba los dedos por el marco de la cama, que sus pensamientos regresaron a Jiwon.

Ese testarudo.

Ese tipo egoísta que discutía con ella por cada decisión, cada mínima cosa… Y sin embargo, había algo en él.

Algo que la hacía sentir vista.

Chaeun bajó la mirada, exhalando por la nariz.

No era tristeza lo que sentía, exactamente.

Era otra cosa.

Una punzada suave, como una vieja cicatriz que aún reaccionaba al tacto.

Y justo cuando esa emoción empezaba a tomar forma, una ráfaga de aire alteró la habitación.

Jackie apareció a su lado como si se hubiera teletransportado.

No había sonido de pasos, ni advertencia.

Solo él, de pie, con una sonrisa y los brazos cruzados, como si siempre hubiera estado ahí.

—¿Te gusta la habitación?

—preguntó con tono relajado, como si hablara desde la cocina de una casa.

Chaeun no se sobresaltó.

Solo giró la cabeza con su expresión neutral.

—Es…

adecuada.

Jackie asintió.

—Woods es bueno con eso.

Adivina los espacios como si pudiera leer los recuerdos.

Hubo un momento de silencio.

Jackie la miró con atención.

—¿Estás bien?

Ella no respondió de inmediato.

Solo caminó hasta la ventana, que mostraba un paisaje artificial de bosque nocturno.

No era real, pero lo parecía.

Y era más reconfortante que una pared vacía.

—Me recuerda a Jiwon —dijo finalmente, sin dramatismo, pero con sinceridad—.

Era molesto.

Terco.

Muy suyo.

Pero… sentía algo por él.

De verdad.

Jackie bajó la mirada un segundo, luego se acercó a la pared, apoyándose con el hombro.

—A veces, los que más chocan contigo son los que más te entienden.

No siempre terminan bien… pero marcan.

Chaeun asintió lentamente.

No dijo nada.

Jackie levantó la vista, un poco más serio que de costumbre.

—No necesitas hablar de él si no quieres.

Solo… no te quedes callada por orgullo.

Eso, créeme, te come desde dentro.

Hubo otro silencio.

Chaeun respiró hondo.

Se giró.

Y sin una sola palabra, lo abrazó.

Fue breve, pero firme.

Sin tensión.

Sin obligación.

Solo una conexión real, sin necesidad de explicaciones.

Jackie no dijo nada al principio.

Solo levantó los brazos con algo de torpeza al principio… y luego le devolvió el abrazo, tranquilo.

—Sabes que puedes contar conmigo, ¿no?

—dijo en voz baja—.

Siempre.

Aunque no digas nada.

Aunque me mandes a volar.

Chaeun no respondió.

No hacía falta.

Porque en ese momento, ella no veía al bromista, al veloz, al exagerado.

Veía al amigo.

Y Jackie, como siempre, estaba donde tenía que estar.

Aunque pareciera que llegó en un segundo, sin aviso.

Como si la amistad… se moviera a su misma velocidad.

El silencio en el pasillo de dormitorios era interrumpido solo por las suaves pisadas de los residentes y el ocasional zumbido de una puerta automatizada.

La calma se sostenía, momentáneamente estable, hasta que una nueva ráfaga de pasos firmes rompió la quietud.

Un grupo de soldados japoneses de TRUMAN entró desde el extremo del pasillo, guiando lo que claramente era una plataforma de contención automatizada.

Encima, sujeto con una correa de titanio reforzado, iba Park.

Su cuerpo robótico emitía chasquidos mecánicos a cada metro, y sus sensores titilaban con molestia visible.

La correa iba anclada a una base móvil, controlada manualmente por los soldados, aunque Park podía mover ligeramente la cabeza y emitir voz.

No tenía control del resto del cuerpo.

Los soldados hablaban entre ellos en japonés, pero sus cascos activaban la función de traducción automática, haciendo que se escuchara en el idioma común de todos: —Este perro es insoportable —murmuró uno con fastidio—.

No ha dejado de hablar desde que lo sacamos del área de contención.

—Deberían ponerle un sistema de silencio, como a los drones de combate.

—Es más grosero que un criminal de guerra.

Park resopló con su voz distorsionada, elevando el tono sin pudor: —¿Grosero?

¡Idiotas!

¡Ustedes deberían estar arrodillándose ante mí!

¿Saben cuántos como ustedes he mutilado?

¿Asesinado?

¡Algunos ni sabían que ya estaban muertos hasta que dejaron de respirar!

Los soldados no reaccionaron más allá de apretar con más fuerza el sistema de sujeción.

—¿Y las veces que violé a sus compañeros antes de ejecutarlos, eh?

¡Eso no lo ponen en los reportes, ¿verdad?!

¡Basura sentimental!

¡Yo era superior a todos ustedes!

¡Yo—!

Uno de los soldados finalmente se detuvo, giró lentamente la cabeza hacia él y, con voz firme pero sin levantar el tono, respondió: —Cierra la boca.

Park se congeló un segundo.

Luego, su tono cambió, bruscamente: —OK SEÑOR, COMO DIGA…

carajo…

Hubo una pausa incómoda.

—…¡Eso no lo dije yo!

¿¡Eh!?

¿¡Qué carajos fue eso!?

Su cuerpo se agitó ligeramente en la plataforma, los servomecanismos protestando al intentar resistirse sin éxito.

—¡No dije eso!

¡No me hagan decir esa clase de mierda obediente!

¡NO ME CONTROLAN ASÍ, ¿ENTIENDEN?!

Uno de los soldados revisó su panel de control sin mirar a Park.

—El inhibidor de lenguaje secundario está funcionando.

Se activa automáticamente cuando detecta amenazas o expresiones ilegales.

Modifica la frase antes de enviarla al sintetizador.

Jackie, que justo salía del cuarto de Chaeun al escuchar el escándalo, no pudo evitar sonreír.

—Le están corrigiendo la lengua al perro.

Increíble.

Chaeun se apoyó en el marco de su puerta, cruzando los brazos.

—Aún habla demasiado para alguien con tanto acero encima.

Park siguió forcejeando, frustrado.

—¡Voy a quemar esta base cuando recupere el control, lo juro!

¡¡Quítenme esta correa y lo hago ahora mismo!!

El soldado volvió a presionar un comando.

—Advertencia: lenguaje ofensivo detectado.

Corrigiendo.

La voz de Park se volvió repentinamente dulce y obediente: —Por favor…

agradecería que me permitieran…

la libertad de…

patear sus cabezas de manera educada…

—¡NOOO!

¡¡ESO NO ES LO QUE QUERÍA DECIR!!

—gritó Park, casi desesperado.

El pasillo se llenó de miradas incómodas, burlonas… y una sola reacción neutral: Ángel, que observaba desde su puerta sin moverse.

Sin opinar.

Solo mirando con esos ojos fríos de quien ya no ve una amenaza… sino algo que, poco a poco, se está volviendo irrelevante.

El pasillo comenzaba a tranquilizarse.

Los soldados arrastraban a Park hacia el final del ala, entre zumbidos de servo y correas tensas, mientras el resto del grupo se dispersaba por sus respectivas habitaciones.

Y entonces, la voz de Woods se escuchó por los altavoces interiores, seca, directa, sin espacio para interpretación: —Actualización de asignaciones temporales: Park estará bajo observación compartida.

Dormirá en la habitación de Ángel Stone.

El silencio que siguió fue absoluto.

Por un segundo.

Hasta que la puerta de Ángel se abrió de golpe.

Él salió con paso firme, con Cristóbal justo detrás, que ni siquiera había terminado de cerrar su chaqueta.

La mirada de Ángel era una mezcla exacta de incredulidad, rabia y “esto tiene que ser una broma mal hecha”.

—¿¡Qué mierda acabas de decir!?

—gritó, con la voz golpeando las paredes metálicas del pasillo como una explosión contenida.

Woods, aún calmado, respondió a través del intercomunicador sin siquiera inmutarse: —Repito: Park estará en tu habitación.

Evaluación conjunta.

Observación directa.

Decisión de comando.

Ángel apretó los puños, los músculos de su cuello tensos.

—¿Quieres poner eso a dormir en el mismo espacio que yo?

¿Después de todo lo que hizo?

¿Después de lo que me dijo?

¿Después de lo que hizo a todos?

Cristóbal levantó una mano a medio camino, incómodo.

—Hey, hermano, creo que podemos— —¡No!

—lo interrumpió Ángel, con un tono brutal—.

¡Esto es una jodida falta de respeto!

Park, aún sujeto a la plataforma, soltó una carcajada robótica.

—¿Te molesta tener que dormir conmigo, ala bonita?

¿Qué pasa, te da miedo que te vuelva a hacer soñar con lo que te hice en el pasado?

Ángel giró en seco hacia él, y sus alas se alzaron parcialmente como reflejo puro.

—Sigue hablando, y juro que te entierro contra la pared aunque me tiren todas las torretas encima.

Park inclinó apenas su cabeza metálica.

—Hazlo.

No tienes el valor.

Solo hablas.

Como siempre.

Misterioso, callado…

pero al final, obediente como un perro más.

—¿Perro?

—espetó Ángel, dando un paso adelante—.

Lo único que huele a perro aquí eres tú.

Literalmente.

Y si duermes en mi habitación, voy a dejarte en piezas antes de que suene el primer maldito despertador.

Jackie asomó la cabeza desde su habitación, y murmuró: —Esto…

no va a terminar bien.

Sarah asomó desde la suya, preocupada.

—¡¿Van a matarse en medio de la noche?!

¡¿Y si explota algo?!

Woods volvió a hablar, sin subir el tono.

—La decisión no está sujeta a discusión.

Se monitoreará todo el cuarto con sensores internos.

Primera señal de agresión real…

y ambos serán encerrados.

Ángel miró hacia la cámara en el techo.

No gritó.

Pero su mirada…

era hielo puro.

—Quiero que quede claro.

Si este…

experimento sale mal, la sangre no va a ser mía.

Y no me va a temblar la mano.

Park soltó un gruñido digital, ya sin la carcajada: —Si llego a recuperar el control, lo último que verás será mi reflejo en tu sangre.

Cristóbal, en el medio de ambos, levantó las manos, en modo puro defensa: —Vale.

Vale.

Hagamos como que nadie dijo nada de dormir juntos.

¿Sí?

¿No podemos simplemente, no sé… atornillarlo a otra pared?

Pero Ángel ya se estaba alejando.

Paso firme.

No quería discutir más.

Quería sobrevivir la noche… sin matarlo.

Y eso, para alguien como él, era una guerra entera.

El ambiente seguía cargado, aunque la tensión principal comenzaba a disiparse, más por desgaste emocional que por verdadera calma.

Ángel ya se había alejado unos pasos, murmurando para sí con las alas aún levemente tensas, y Park seguía asegurado en su plataforma, moviendo apenas su cabeza mecánica de un lado a otro.

Pero, cómo no, Park no se callaba.

—Awwww, pobrecito Ángel…

¿te vas a quedar toda la noche mirando el techo, esperando a que no te muerda?

—decía con tono burlón, distorsionado, arrastrando las palabras—.

Pensé que eras el soldadito estrella.

El ángel de la muerte.

Qué decepción.

Ángel, sin siquiera voltear, contestó seco: —Sigue hablando y vas a dormir con la garganta en modo manual.

Jackie intentaba suavizar la situación, aún desde el fondo: —¿No quieren resolverlo con una partida de cartas o algo?

¡Yo tengo una baraja con reglas que nadie entiende!

Cristóbal murmuró a medias: —Con ellos, jugar a las cartas termina en asesinato.

En medio del caos verbal, Miranda, que hasta ahora se había mantenido de brazos cruzados junto a Woods, observando todo con frialdad quirúrgica, dio un paso hacia él.

Woods apenas notó el movimiento cuando ella le arrancó la tableta de las manos con un solo gesto ágil, sin siquiera mirarlo.

—¿Qué estás haciendo?

—preguntó Woods con calma, aunque visiblemente molesto.

—Una mejora de calidad de vida —respondió Miranda sin emoción.

Con elegancia mecánica, navegó por el sistema de control lingüístico del software de voz de Park.

Tocó el menú de preferencias y cambió el idioma primario del sintetizador a Español (Puerto Rico), activando un módulo adicional de expresiones anglo-caribeñas mezcladas con slang.

Park, que seguía insultando en su voz grave robótica, se detuvo de pronto cuando su sistema hizo una pequeña pausa.

Sus ojos parpadearon… y luego, la voz cambió por completo: —Mira, papo, tú no me vas a decir a mí lo que tengo que hacer, ¿tamo?

Tú no mandas en esta perrera, bro.

Yo estoy aquí por contrato de guerra, y no por tu carita de ángel caído, ¿me sigues?

Hubo un silencio.

Y luego: Estalló la risa.

Jackie se dobló en dos contra la pared.

—¡Oh por favor!

¡¿Qué es esa voz?!

¡Suena como si estuviera en una barbería de Miami con Wi-Fi malo!

Sarah se tiró al suelo, riéndose.

—¡Esto es lo mejor que ha pasado desde que me cayó sopa encima en la cafetería!

Chaeun solo levantó una ceja, sonriendo un poco.

Cristóbal tenía los brazos cruzados, tratando de mantener la compostura, pero los hombros le temblaban.

Ángel se giró lentamente, mirándolo.

Park, aún sin aceptar lo que pasaba, siguió: —Ey, ey, no me mires así, bro.

Te meto una prendía que ni tus plumas van a reconocer el GPS de vuelta, ¿oíste?

Te me relajas, que esto aquí no es Disney Channel.

Ángel parpadeó.

Se giró hacia Miranda.

—¿Qué fue eso?

Miranda le devolvió la tablet a Woods sin inmutarse.

—Optimización del entorno.

Woods suspiró, resignado.

—Técnicamente, está dentro de los parámetros aceptables.

Park seguía hablando.

—Me van a sacar de esta jaula y voy a poner la base a gozar, mi loco.

Cuando me suelten, papi, voy a hacer una barbacoa con tus alas.

Low and slow, ya tú sabes.

Ángel volvió a mirar al frente con total seriedad.

—Voy a matarlo más rápido solo por el acento.

—No puedes, papi.

Estoy bendecido y asegurado.

Jackie se derrumbó contra la pared de nuevo, sin aire de tanto reírse.

Y así, lo que había sido una tarde de amenazas de muerte, frustración contenida y vigilancia tensa…

se convirtió, al menos por unos minutos, en el show involuntario de Park, el perro boricua homicida en correa.

Ángel se detuvo justo frente a la puerta de su habitación.

Sus alas se movieron apenas con un leve crujido, y su mirada se clavó en el umbral como si fuera a cruzar una línea de guerra más que una entrada común.

Detrás de él, las risas por el “nuevo idioma” de Park aún se desvanecían, pero él ya no estaba en eso.

Su mente iba adelantada.

Planeando.

Midiendo.

Antes de entrar, probó algo.

Giró ligeramente la cabeza hacia donde estaba el perro robótico, y con voz baja, firme y sin emoción, pronunció: —Park, funciones.

El cuerpo metálico de Park se sacudió levemente, como si acabara de reiniciarse.

Sus ojos, usualmente de un tono rojo pálido, brillaron de repente en color plateado, y su voz dejó de tener acento boricua al instante.

La distorsión cambió a una entonación neutral y automatizada, como si una IA más profunda hubiera tomado control.

—Reconocido.

Activando panel de acceso de operador secundario: Ángel Stone.

Nivel de prioridad: manual, autorizado.

Los soldados que sostenían su plataforma se quedaron en seco, uno de ellos tocando su tablet para verificar lo que acababa de pasar.

Park seguía hablando, aunque claramente no con voluntad: —Funciones disponibles: —Control de volumen.

—Modo silencioso total.

—Seguimiento auditivo pasivo.

—Limitación de movilidad…

—Cambio de canal de voz.

—Almacenamiento de grabaciones.

—Desactivación de expresiones emocionales simuladas.

En medio de esa lista, Park seguía quejándose por debajo, pero ahora como si estuviera siendo arrastrado por sus propios circuitos.

—¡Oye, qué carajos estás tocando!

¡No metas mano en eso!

¡Yo tengo derechos tecnológicos!

¡Derechos…

de…

de…

propietario de alma mecánica o algo así!

Ángel ya había accedido a la configuración.

Su dedo se deslizó por la interfaz flotante que había aparecido brevemente en su visor ocular autorizado.

Sin decir palabra, deslizó la barra de volumen.

100%…

80%…

50%…

30%…

20%.

Clic.

Confirmar.

El cambio fue inmediato.

Park seguía hablando.

Su boca robótica se movía, su cuerpo vibraba ligeramente por la frustración, pero… No se le oía absolutamente nada.

Tal vez, si alguien ponía la oreja contra el metal o usaba un amplificador…

tal vez.

Pero, a nivel auditivo humano normal: silencio total.

Jackie apareció desde el pasillo y se asomó con una lata de bebida en la mano.

—¿Qué hiciste?

Ángel sin mirar, simplemente respondió: —Ahora puedo escucharlo… solo si me esfuerzo mucho.

Como debe ser.

Park, aún agitado, solo podía ser visto meneando la cabeza y mascullando insultos mudos al aire, mientras el brillo plateado de sus ojos lentamente volvía a su tono original.

Ángel cruzó el umbral de su habitación.

La puerta se cerró detrás de él con un sonido suave, final.

Y por primera vez en horas… El pasillo se quedó en paz.

Silencio absoluto.

Excepto, claro, por Park.

Que seguía gritando a todo volumen…

sin que nadie lo oyera.

La noche cayó sobre la base TRUMAN como una sábana pesada.

Las luces del pasillo pasaron a modo tenue, parpadeando suavemente cada cierto tiempo.

Los sistemas entraron en estado nocturno: sensores activos, pero menos invasivos; cámaras con visión pasiva; temperatura regulada.

Todo se volvió más silencioso… más lento.

Uno a uno, los residentes fueron rindiéndose al agotamiento.

Miranda, ordenada, ya dormía como si su cuerpo tuviera un temporizador programado.

Chaeun descansaba con los audífonos puestos, aunque el volumen había bajado tanto que solo se escuchaban latidos sintéticos.

Cristóbal, tirado sobre la cama sin siquiera cambiarse de ropa, roncaba leve, como si nada le afectara.

Jackie se había quedado dormido boca abajo con un libro que claramente no estaba leyendo.

Sarah, en su habitación junto a Miranda, dormía abrazando el rifle que Ángel le había devuelto, con una sonrisa tranquila en el rostro.

Y entonces estaba Ángel.

Despierto.

Su habitación, aunque sobria, conservaba esa estética sombría impuesta por la energía de Cristóbal.

No era incómoda.

Era suya, ahora.

Ángel estaba acostado, pero no dormía.

El cuerpo descansaba… pero la mente no.

En el rincón, conectado a una plataforma de contención con anclajes magnéticos al piso, estaba Park.

El volumen seguía en 20%.

Apenas se oía nada.

Solo un zumbido ocasional.

Y el parpadeo tenue de los sensores oculares del perro mecánico.

Pero Ángel sabía que estaba despierto.

Y lo sentía mirarlo.

—No vas a dormir nunca, ¿cierto?

—preguntó Ángel en voz baja, sin voltear.

Park respondió, con un tono distorsionado, pero muy leve, apenas perceptible: —Dormir es para los que se sienten seguros.

Yo no lo estoy.

Porque tú estás aquí.

Ángel giró lentamente la cabeza, sin expresión.

—Buena decisión.

Hubo una pausa.

Luego, Park, con voz aún baja, añadió: —Tú tampoco estás dormido.

No puedes.

Te conozco lo suficiente como para saberlo.

Tienes miedo de que te despiertes y yo ya esté sobre ti, ¿cierto?

Ángel no respondió.

Solo respiró por la nariz y mantuvo la mirada en el techo.

Park continuó: —Y aunque no lo admitas… parte de ti se pregunta si no eres igual que yo.

Ángel giró la cabeza por completo esta vez, su mirada más afilada en la penumbra.

—No soy como tú.

—No todavía.

—dijo Park, con ese tono venenoso que sólo él podía pronunciar incluso en susurros— Pero lo estás considerando.

Solo te falta una noche sin control…

y verás cómo empieza todo.

Un largo silencio se extendió.

Ni Ángel ni Park dijeron nada más.

Hasta que Ángel volvió a hablar, tranquilo, con voz baja, pero firme: —Tú ya perdiste lo que eras.

Yo todavía estoy peleando con lo que no quiero ser.

Esa es la diferencia.

Park soltó una especie de risa leve, apenas audible.

—Entonces peleemos, Ángel.

Hasta que uno de los dos deje de tener razón.

Ángel lo observó un segundo más, sin parpadear, sin responder.

No había odio en su mirada.

Ni temor.

Solo ese silencio tan profundo que solo tienen los que llevan una guerra dentro.

Un segundo… congelado en el aire.

Y entonces, todo se quebró.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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