El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 31
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31: Solo una copia 31: Solo una copia El sonido se apagó.
El aire desapareció.
No hubo más base, ni pasillo, ni habitación.
Solo oscuridad, desplazamiento, algo intangible.
Estamos lejos.
Inimaginablemente lejos.
No hay arriba ni abajo.
No hay hora, ni dirección.
Solo un espacio que existe fuera de cualquier lógica, de cualquier línea temporal.
En el centro, un trono.
Orgánico.
Grotesco.
Palpitante.
Construido de carne distorsionada, materia viva fusionada con energía muerta, como si algo hubiera intentado imitar lo humano, lo celestial… y hubiera fracasado.
Y sentada en él, Dharma.
Una figura femenina, desnuda, pero sin sexualidad.
No hay pezones.
No hay órganos.
No hay detalles humanos.
Solo la idea de un cuerpo.
Su piel es suave, pulida, casi líquida, y sus ojos son dos pozos blancos sin expresión ni pupilas.
Con una mano, sostiene un hilo.
Está hecho del mismo material que su trono: nervios, tejidos, partículas imposibles.
Vibra al contacto con su dedo, como si respirara.
Es un hilo de conexión, un ancla entre mundos.
Con un solo movimiento, Dharma lo estira.
Y los universos se abren.
Miles de fragmentos flotan ante ella, proyecciones simultáneas de realidades infinitas.
Algunos giran.
Otros tiemblan.
Todos están vivos.
En uno, Cristóbal jamás escapó.
Aún sirve a Dharma, su mente retorcida y su alma enterrada bajo programación emocional.
En otro, Woods es solo un estudiante de química en un laboratorio universitario, ajeno a la guerra, a las decisiones, a la culpa.
En otro, Ángel es un joven inofensivo, sin alas, sin cicatrices, encerrado en su habitación, gritando en línea frente a una pantalla con luces LED, obsesionado con juegos y figuras coleccionables.
Y hay más.
Universos donde el cielo nunca colapsó.
Donde TRUMAN no existe.
Donde Samantha nunca murió.
Donde Park jamás fue reconstruido.
Donde nadie tuvo que sangrar por tener un don.
Dharma no sonríe.
No ríe.
No parpadea.
Solo mueve el hilo.
A veces tensa.
A veces suelta.
Como quien juega con algo que ya le pertenece.
Porque eso es lo que hace.
Ella no crea.
No destruye.
Solo ajusta.
Dharma seguía sentada en su trono orgánico, la mirada clavada en el tejido de universos abiertos frente a ella, pero algo en su expresión había cambiado.
No era calma.
No era satisfacción.
Era…
aburrimiento.
Sus dedos ya no se movían con gracia.
El hilo que manipulaba palpitaba lentamente, sin entusiasmo.
Cada fragmento de realidad frente a ella parecía perder color, textura, interés.
Y entonces, sin levantar la voz, habló.
—Cosa 2.
No hubo transición.
No hubo portal, ni sonido.
Simplemente apareció.
De pie, a unos metros del trono, Cosa 2 se manifestó: una figura vagamente humanoide, construida de segmentos desajustados, como si alguien hubiera armado un cuerpo con piezas que no encajaban.
Su superficie vibraba, temblaba a veces.
Su rostro era una máscara parcial, siempre a punto de caerse, sin simetría.
Dharma ni siquiera lo miró.
—Tráeme el informe.
Cosa 2 extendió un brazo largo, articulado de forma extraña, y un cilindro de datos flotantes emergió, girando.
Dharma lo tocó con un dedo.
La información se desplegó frente a ella en formas abstractas, solo comprensibles para seres como ella.
Revisó en silencio.
Universos, desviaciones, individuos.
Todo seguía un patrón…
pero no uno que la emocionara.
Suspiró.
El trono pareció contraerse bajo ella.
—¿Sabes por qué metí a Cristóbal con ellos?
Cosa 2 no respondió.
Solo emitió un zumbido afirmativo, como un animal obediente.
Dharma giró un poco el rostro.
—Porque necesitaba una contraparte de Jackie.
Alguien que tuviera sus reflejos…
pero ninguno de sus filtros.
Uno que pudiera caer…
o romper…
según el ángulo.
Jackie es impulsivo, sí, pero tiene corazón.
Cristóbal no.
Al menos, no completo.
Sus ojos se iluminaron brevemente.
—Y además…
quería divertirme.
Estaba aburrida.
La distorsión a su alrededor tembló.
Dharma bajó el hilo, como si ya no le interesara sostenerlo.
—Este universo…
me está cansando.
Ya no tengo dones buenos.
Me quedé sin ideas.
Antes era fácil.
Gente con control del tiempo.
Alteradores de masa.
Proyectores de memoria, transmutadores de conciencia…
Movió la mano, y apareció una pequeña proyección de un don actual: alguien que solo podía manipular cobre si los cables estaban mojados.
La figura en la ilusión movía cables con lentitud y torpeza.
—Mira esto.
¿Qué se supone que haga con esto?
¿Un protagonista de drama que necesita un vaso con agua para existir?
Cosa 2 emitió otro zumbido, más confuso esta vez.
Dharma chasqueó los dedos, y el hilo volvió a tensarse.
—Entonces lo intenté.
Corea.
Después Japón.
Lo convertí en un generador biológico de dones.
Alteré estructuras sociales, impulsé mutaciones dormidas, enfoqué el trauma colectivo en evolución genética acelerada.
Y funcionó.
Apareció Park, proyectado en forma simbólica: mitad carne, mitad código, dientes y metal.
El experimento fallido que casi fue exitoso.
—Park fue el primer resultado.
Brutal.
Efectivo.
Inestable.
Pero…
útil.
Otro gesto.
Se mostró una imagen borrosa: ciudadanos transformados, semizombis con capacidades fragmentadas, creados por el paso de Park por esas tierras.
—Convirtió a los demás en despojos.
Pero funcionó.
Se reescribían solos.
¡Era brillante!
Dharma apretó el puño.
El trono se tensó con un latido sordo.
—Y ese maldito se dejó atrapar.
Como un perro viejo en una trampa oxidada.
Todo mi plan…
arruinado por su idiotez mecánica.
¡Ni siquiera tenía dientes activos!
Cosa 2 retrocedió un poco al ver la energía distorsionarse en el ambiente.
Dharma cerró los ojos.
Profundo.
Lento.
—Ahora estoy atrapada viendo a mis piezas rebotar en jaulas pequeñas, con dones inútiles, y un mundo que ya no me inspira.
Sus ojos se abrieron, intensos.
—Pero todavía puedo arreglarlo.
Miró los universos flotantes.
Uno brilló tenuemente: el actual.
Donde Ángel no duerme.
Donde Cristóbal observa.
Donde Park, inútil y patético, aguanta el silencio impuesto.
Donde todo… podría romperse.
—Este…
va a ser mi último intento —dijo al fin—.
Pero si este se arruina también…
El trono vibró más fuerte.
El hilo se tensó.
Y Dharma sonrió por primera vez.
Fría.
Inmensa.
Vacía.
—…entonces lo reinicio todo.
Desde cero.
Con sangre.
Dharma seguía sentada en su trono pulsante, observando los universos flotantes frente a ella, uno por uno, como si fueran velas que se apagan lentamente.
Sus dedos seguían en el aire, inquietos.
Irritados.
El hilo orgánico que manipulaba se tensaba cada vez que recordaba el fallo de Park, su experimento más grotesco… y su decepción más grande.
Su rostro inmutable se torció, apenas, con una chispa de impaciencia.
—¿Dónde está Cosa 1?
Cosa 2, a su lado, tembló suavemente, su forma inestable acomodándose como si sintiera la presión invisible en el aire.
—Inactivo… no ha sido convocado.
Está en latencia.
Dharma se quedó en silencio unos segundos.
Luego suspiró, y por primera vez mostró un gesto de verdadera frustración.
—Siempre me olvido de él… Apretó el hilo con dos dedos, lo torció en un gesto simbólico, y el aire frente a ella se rasgó con un chasquido húmedo, como si la realidad misma hubiese sido abierta con garras.
De esa fisura emergió Cosa 1.
Su forma era más densa, más malformada que la de Cosa 2.
Era una masa viva que parecía no haber decidido aún qué forma adoptar: órganos que flotaban bajo la piel transparente, extremidades que se doblaban al revés, respiraciones donde no había boca, y ojos que se abrían y cerraban en lugares que no deberían existir.
El trono de Dharma respondió al verlo, contrayéndose, como si esa cosa fuera su extensión más íntima.
Dharma no perdió tiempo.
—Quiero que crees una versión alterna de Ángel —dijo sin emoción—.
Mismo carácter.
Misma historia.
Mismas decisiones.
Pero no él.
Una copia perfecta, estructural, emocional, psicológica.
Solo… separada.
Independiente.
Cosa 1 no respondió con palabras.
Solo emitió un sonido húmedo, burbujeante, como si digiriera la orden.
Dharma lo observó con dureza.
—Quiero simular cómo es convivir con él, sin el verdadero Ángel involucrado.
Quiero estudiar cómo se quiebra el entorno al rozarlo.
Cómo lo sostienen los demás.
Cómo lo desgasta todo a su paso sin romperlo… y cómo sigue de pie.
El trono volvió a latir.
Los hilos vibraban con más fuerza.
—No lo pongas en el universo original.
Crea uno paralelo.
Uno en el que no importa si se deshace.
No necesito estabilidad.
Necesito datos.
Cosa 1 se desfiguró aún más, como si su forma tratara de capturar lo que era Ángel, sin poder imitarlo del todo.
Dharma le señaló un fragmento nuevo, vacío, recién rasgado del tejido multiversal.
Un mundo sin destino.
Sin alma aún.
—Ponlo ahí.
Que respire.
Que viva.
Que repita.
Que falle.
Quiero verlo…
sin que él lo sepa.
Cosa 1 se arrastró hacia el fragmento flotante, dejando un rastro viscoso y palpitante, mientras comenzaba a construir… al otro Ángel.
Pasaron apenas unos minutos desde que Cosa 1 se arrastró hacia el nuevo fragmento de realidad.
El espacio en blanco vibraba, inestable, como si aún no supiera si quería existir.
La materia se reescribía sola, modelada por un patrón profundo: el patrón de Ángel.
Y entonces, apareció.
En medio del vacío flotante frente al trono, el nuevo Ángel se manifestó.
Estaba de pie, desnudo como un recién nacido en la existencia, pero no parecía frío.
No sangraba, no temblaba.
Su cuerpo estaba completo, su postura firme… pero sus ojos reflejaban confusión absoluta.
Respiraba rápido, agitado, los ojos recorriendo el entorno distorsionado que lo rodeaba: vacío oscuro, luz imposible, estructuras que no deberían sostenerse.
Dharma, por primera vez desde que había convocado ese lugar, se levantó de su trono.
Su cuerpo se movía como si no pesara, como si flotara con cada paso, pero cada desplazamiento dejaba una marca orgánica en el suelo, como si el mismo universo tuviera que curarse tras tocarla.
Se acercó al Ángel alterno, que dio un paso hacia atrás, sin saber por qué.
Su instinto gritaba que no debía confiar en ella, pero su cuerpo no sabía dónde más podría estar.
—¿Dónde… estoy?
—preguntó él, con la voz seca.
Dharma lo miró en silencio.
Luego habló, despacio, con su tono plano y sin alma.
—¿Cómo puedes adaptarte tan rápido?
Apenas acabas de nacer.
Pero ya estás pensando como si supieras todo.
Lo siento.
Lo huelo.
Tu inteligencia.
Tu miedo.
Tu ira escondida.
Tus recuerdos…
que ni viviste realmente.
Todo está en ti.
Ángel entrecerró los ojos, tenso.
—Mándame de vuelta… donde estaba.
Con los demás.
Antes de que mate a Dios solo —murmuró—.
No planeaba hacerlo.
Pero…
iba a pasar.
Con ayuda o sin ella.
Dharma ladeó la cabeza.
—No eres el original.
Ángel se congeló.
—¿Qué?
—No eres él.
Eres una copia.
Un duplicado perfecto, hecho para simular cómo reaccionas.
Pero tú no estuviste en esa habitación.
No compartiste el mismo aire que Park.
Solo tienes el recuerdo de hacerlo.
Ángel dio un paso atrás.
Algo en su rostro se rompió por dentro.
—No…
no puede ser.
Acabo de estar ahí.
Yo lo vi.
Yo le hablé.
Sentí todo.
—Porque fuiste construido con la memoria exacta —explicó Dharma—.
Con su trauma.
Su forma de pensar.
Su dolor.
Su silencio.
Hasta su desprecio.
Pero no eres él.
Solo eres mi experimento.
El Ángel alterno bajó la cabeza un segundo.
No hablaba.
No lloraba.
Solo… procesaba.
Y cuando volvió a mirarla, su rostro ya no mostraba miedo.
—Entonces no me importa.
Si soy una copia, si soy un eco… sigo siendo Ángel.
Y vas a tener que lidiar conmigo igual.
Dharma lo observó detenidamente.
No respondió de inmediato.
Pero su mirada… por primera vez en una eternidad, se llenó de una chispa.
No de control.
No de poder.
Sino de interés genuino.
Dharma, aún de pie, extendió su brazo con un gesto sutil.
El aire se partió en una fractura perfecta, y de ella emergió un portal de visión: un círculo irregular, flotante, bordeado de tejido orgánico pulsante, como un ojo que no parpadea.
Dentro, se proyectó con nitidez la habitación real.
Ángel, el original, despierto, acostado de lado con la mirada fija en el techo.
Y a unos metros, encadenado a su plataforma, Park, en su forma de perro mecánico, completamente silencioso, los ojos apagados.
Dharma señaló la imagen sin entusiasmo.
—Ahí está.
El original.
El que te dio forma.
Pero el Ángel alterno ni siquiera giró a mirar.
Su expresión cambió, endurecida, como si la revelación no significara nada para él.
Sus ojos, clavados en Dharma, transmitían algo que ni el mismo entendía: urgencia.
—No me importa.
Quiero acabar contigo ahora.
Dharma ni se inmutó.
Solo levantó una mano.
En un instante, hilos orgánicos surgieron desde el suelo, gruesos, viscosos, temblorosos, y se enroscaron con violencia alrededor del cuerpo del Ángel alterno.
Lo atraparon por los brazos, el torso, las piernas, y, con especial cuidado, lo sujetaron por las alas.
Él intentó liberarse, moviéndose con furia, y sus alas se alzaron con fuerza, los bordes brillando con filo… pero cuando intentaron cortar las fibras que lo sujetaban, fallaron.
Las alas rasparon el material… pero no lo atravesaron.
Era como si ese tejido estuviera hecho específicamente para resistirlas.
El Ángel alterno se quedó quieto por un momento.
Su respiración se agitó.
Miró alrededor.
No había salida.
No había ayuda.
No había ruido.
Solo ella.
Por primera vez desde su aparición, se sintió solo de verdad.
No abandonado.
No exiliado.
Solo.
Ante algo tan superior que no parecía real.
Su miedo no era evidente.
No lloraba.
No gritaba.
Pero se notaba en la rigidez de su cuerpo, en cómo sus ojos buscaban instintivamente una lógica que ya no existía.
Dharma se acercó, despacio, como si el tiempo no le afectara.
—¿Sabes lo que eres?
Una mutación.
Un caso especial.
Fuiste el único al que yo decidí alterar de esa forma.
Las alas… la habilidad de cortar, la composición nerviosa…
No fue accidente.
Quise ver qué pasaba si alguien sentía con el cuerpo algo que debía ser solo simbólico.
Lo miró con expresión muerta.
—Y funcionó.
Eres interesante.
Por eso existes.
Por eso fuiste copiado.
Porque después de ti, ya no supe qué más hacer.
El portal de visión seguía mostrando a Ángel original… aún despierto.
Aún inmóvil.
Su respiración lenta.
Vigilante.
Dharma siguió hablando.
—Después de ti, lo intenté.
Le di a uno piel de dragón.
Otro podía absorber nitrógeno si gritaba.
Uno más podía controlar la tristeza… pero solo si la gente se la contaba de forma detallada.
Todos inútiles.
El de la piel… murió a los tres días.
Así que no importa.
Ángel alterno bajó la mirada un instante.
—No soy el único…
Soy el error que te salió bien.
¿Eso soy?
Dharma no respondió.
Solo lo observó.
Y por primera vez, le prestó verdadera atención.
Dharma observó al Ángel alterno con una mezcla peculiar de desdén y fastidio.
Luego chasqueó la lengua con fuerza, un sonido húmedo y seco al mismo tiempo que reverberó por el espacio sin eco.
Sus dedos extendieron uno de los hilos orgánicos hacia el portal de visión, donde el Ángel original aún estaba acostado, inmóvil, pero despierto.
La habitación junto a Park seguía intacta, silenciosa y en tensión.
—No, no, no… —dijo Dharma con un gesto de impaciencia—.
Él no es tú.
Él es el original.
Tú solo eres una copia.
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