El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 32
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32: Samantha 32: Samantha La declaración cayó como una roca.
Sin dramatismo.
Solo la verdad más cruda posible.
El Ángel alterno no respondió.
Solo bajó la mirada por un momento, las alas tensas, atrapadas en los filamentos vivos que aún lo sostenían.
Pero incluso así… seguía pensando.
No se quebró.
Dharma lo miró unos segundos más, analizando cada cambio sutil en su expresión, en su respiración, en la microtensión muscular que los humanos usaban para resistirse al colapso emocional.
Y justo cuando parecía que ya había visto suficiente… —Cosa 1, ven.
El suelo volvió a abrirse con un sonido de carne desgarrándose.
Cosa 1 emergió desde el núcleo del vacío, retorcido, amorfo, latiendo con ruido líquido.
—Crea una copia de su madre —ordenó Dharma, sin emoción.
Cosa 1 no respondió con palabras.
Solo se extendió.
Partes de su cuerpo se disolvieron en el aire, y comenzaron a reconstruirla.
Fragmento a fragmento, molécula a molécula, recuerdo por recuerdo.
No era una invocación, era una extracción de los datos profundos incrustados en la mente de Ángel.
Los más dolorosos.
Los más importantes.
Frente al Ángel alterno, suspendida por los mismos hilos viscosos, apareció ella: Miranda.
No en su uniforme militar, ni en actitud táctica.
Esta copia estaba hecha con la misma energía emocional que un recuerdo prohibido.
Miranda, su madre biológica, pero también comandante, símbolo de fortaleza y distancia.
Vestida con sencillez, como en los pocos momentos donde no era soldado, sino madre.
Su mirada se posó en Ángel de inmediato.
No lo vio como soldado.
No como copia.
Lo vio… como su hijo.
El Ángel alterno tensó los brazos, los músculos de su mandíbula apretados, su cuerpo entero temblando bajo la presión de los hilos.
—…No.
—murmuró, sin aire—.
Tú… no deberías estar aquí.
Miranda no dijo nada al principio.
Solo lo miró, escaneando cada parte de su rostro, con ese equilibrio imposible entre frialdad y ternura que solo ella podía cargar.
—Tú tampoco —respondió, finalmente, con una voz suave y firme al mismo tiempo.
Dharma dio un paso hacia un lado, estudiando sus expresiones.
—Ambos son copias.
Con los recuerdos del original.
Con la conciencia completa.
Ni uno de ustedes ha vivido… pero sienten como si lo hubieran hecho.
Ángel cerró los ojos, forzando su respiración.
—¿Por qué la hiciste?
—Para ver si podías quebrarte —respondió Dharma, sin rodeos—.
Pero no solo tú.
También ella.
Me preguntaba qué pasa cuando dos entidades que no son reales, pero se creen reales, se enfrentan al trauma real que los define.
La mirada de Ángel era de puro veneno.
—Ella es Miranda.
¿Y tú la amarras como si fuera un experimento?
—Porque lo es.
Miranda giró apenas el rostro hacia Dharma, con esa calma peligrosa que venía de una vida de decisiones crueles.
—¿Y tú?
—preguntó, sin levantar la voz—.
¿Tú también te crees real?
Por un momento, los hilos en el trono de Dharma se tensaron.
La atmósfera tembló apenas.
Pero la entidad volvió a adoptar su frialdad neutral.
—Yo soy lo que queda cuando los dioses se aburren.
No necesito ser real.
Necesito ser definitiva.
Y aún así, no podía dejar de mirar.
El cruce de miradas entre Miranda y Ángel era tan humano… Tan cargado de historia, perdón no dicho, errores antiguos, decisiones que nunca pudieron corregirse…
Ambos eran copias.
Pero en su forma de respirar, de temblar, de recordar… había más alma que en cualquier creación anterior.
Dharma, con sus ojos blancos y vacíos, los observó como quien mira algo que no entiende del todo, y eso la frustra.
La amenaza.
Dharma permanecía de pie, inmóvil, con su mirada vacía clavada en Miranda alterna, como si la estuviera escaneando sin mover un solo músculo.
No había emoción en su expresión.
Solo una fijación intensa, como quien observa un reloj que no entiende, pero que no puede dejar de mirar porque algo en su funcionamiento le fascina.
Y mientras sus ojos seguían en Miranda, comenzó a hablarle.
—Eres una madre.
Una líder.
Una comandante.
Un símbolo de control.
Una mujer que sacrificó partes de sí misma en nombre de un bien mayor…
y que dejó morir otras por no saber protegerlas.
Miranda no apartó la mirada de Ángel.
—No me hables como si supieras quién soy —dijo, contenida—.
Yo sé lo que hice.
Lo que perdí.
Dharma ladeó la cabeza apenas.
—Pero aún así, tú lo amas.
Aunque no es tu hijo real.
Solo un duplicado perfecto…
y tú lo sientes como si fuera el único.
Miranda abrió la boca, temblorosa.
—Porque lo es.
En lo que importa…
lo es.
Y entonces, Dharma se giró.
Con un solo paso, cruzó la distancia hasta el Ángel alterno.
Él levantó la cabeza, jadeante, atrapado por los hilos viscosos, pero aún con la mirada desafiante.
Dharma lo miró.
Y sin previo aviso, metió la mano en su espalda, entre los tendones y placas, y con un gesto violento, le arrancó el ala izquierda de raíz.
El grito fue brutal.
Humano.
Dolorido.
Dolor real.
El tejido orgánico saltó con sangre espesa, mezcla de lo físico y lo alterado.
El ala cayó al suelo como una masa húmeda, viva aún, estremeciéndose.
Los hilos que lo ataban se tensaron más, evitando que pudiera siquiera colapsar.
Miranda gritó.
Un grito que no se oía en combate.
No era de dolor.
Era de desesperación absoluta.
—¡SUÉLTENLO!
¡SUÉLTENLO, CARAJO!
¡ES MI HIJO!
¡ES MI HIJO!
¡ÁNGEL!
Ángel, con la respiración rota, empapado en sudor, sangre y rabia contenida, levantó la cabeza como pudo.
—¡Corre…!
¡Corre… mamá…!
¡Busca una salida, rompe algo…!
—decía con la voz destrozada, como si aún creyera que había esperanza.
Dharma se echó a reír.
No una carcajada.
Una risa seca.
Despreciativa.
Como si la situación fuera tan absurda que solo pudiera ser graciosa.
—Miren esta conexión ridícula… Qué trágica.
Qué deliciosa.
Giró levemente la cabeza.
—Cosa 1, hiciste un trabajo excelente.
Y en la penumbra, Cosa 1… sonrió.
No con una boca.
Con todo su cuerpo.
Su forma tembló con un placer grotesco, vibrante.
Había satisfacción en su distorsión.
Miranda lloraba.
No por la sangre.
No por el horror.
Sino por el hecho de que, aún sabiendo que era una copia, aún sabiendo que estaba atrapada… sentía el dolor de una madre real.
Y no podía hacer nada.
Ángel, aún consciente, con la cara pegada al suelo orgánico, no se retorcía.
No gritaba más.
Solo respiraba.
Lento.
Duro.
Porque entendía todo.
Entendía que no había salida.
Que eran solo parte de un experimento.
Que todo lo que eran… había sido creado por alguien que no les tenía el menor respeto.
Dharma se quedó observando al Ángel alterno, su cuerpo inmóvil, bañado en dolor, su ala arrancada aún tirada en el suelo como un trozo de carne muerta.
Su respiración era irregular, su mirada fija en un punto que no estaba del todo allí, como si tratara de alejarse mentalmente del infierno físico que lo retenía.
Ella dio un paso más cerca, y lo miró de frente.
No con piedad.
No con burla.
Con ese tipo de atención que se reserva para lo incierto.
Y entonces, sin mover un músculo visible, se adentró en su mente.
No hubo resistencia.
Dharma no la necesitaba.
Esa mente estaba construida para ser suya.
Ahí dentro, vio capas.
Rabia.
Abandono.
Miedo.
Pero más allá, vio lo que lo mantenía aún entero.
Lo que lo hacía arrastrarse emocionalmente a pesar de saber que nada era real: un nombre.
Samantha.
Dharma se quedó quieta por un segundo, casi decepcionada.
Luego giró lentamente la cabeza hacia el rincón donde Cosa 1 flotaba, deforme, expectante.
—Haz una versión de Samantha.
Cosa 1 emitió un sonido espeso, vibrante.
Se preparaba para formar una figura exacta.
Pero Dharma levantó la mano de inmediato, con un tono más tajante.
—No.
No la buena.
No la que ama.
No la que lo protegía.
Quiero que hagas lo más cruel de ella.
La parte que lo destruyó.
La que lo hizo dudar de sí mismo.
La que lo hizo pensar que no valía nada.
Hazla con cada palabra que nunca dijo, con cada mirada que lo rompió.
Cosa 1 se contrajo violentamente, y del centro de su masa, comenzaron a desprenderse fragmentos arrancados directamente de los pensamientos más reprimidos del Ángel alterno.
No eran memorias.
Eran impresiones emocionales: culpa, confusión, cariño malinterpretado, necesidad insatisfecha.
Frente a Ángel, mientras él seguía respirando con dificultad en el suelo, esa figura empezó a tomar forma.
Piernas delgadas, postura arrogante, rostro precioso pero frío, y unos ojos que no miraban… juzgaban.
Samantha, pero no como era: como él la temía.
Ángel levantó apenas el rostro.
No dijo nada.
No gritó.
No pidió.
Solo la miró aparecer, con la cara pálida, la sangre aún bajando por su cuello desde donde antes había estado su ala.
Sabía que no era ella, pero al verla… dolía como si sí lo fuera.
Dharma cruzó los brazos, observando en completo silencio.
Y Cosa 1… por primera vez… vibró con algo que casi parecía orgullo.
Como si en esa réplica oscura de amor fallido, en esa manifestación distorsionada del trauma, hubiera logrado algo real.
O al menos, tan real como el dolor.
La figura ya completamente formada de Samantha parpadeó como si acabara de despertarse de un sueño extraño.
Su expresión era neutral al principio, hasta que su mirada recorrió el espacio distorsionado, el trono palpitante de Dharma, los hilos orgánicos, y los cuerpos atrapados.
—¿Qué… qué onda está pasando aquí?
¿Dónde estoy?
¿Qué es esto?
—preguntó, con una mezcla de desconcierto y tensión.
Su voz era la misma, pero su tono cargaba una frialdad que no parecía del todo consciente.
Aún estaba ubicándose.
Dharma caminó con calma hacia ella, extendiendo la mano con la elegancia antinatural de algo que imita lo humano sin serlo.
Con un solo gesto, señaló a Ángel alterno, aún tumbado en el suelo, sangrando, jadeando, con una de sus alas arrancadas.
—Fuiste manifestada desde su mente —dijo con tono plano—.
No eres tú.
Eres lo que él recuerda.
Lo que guarda de ti.
Lo que más le duele.
Samantha la miró confundida.
—¿Él?
¿Ese chico de allá?
¿Qué tiene que ver conmigo?
Desde el lado opuesto, Miranda, aún suspendida por los hilos, alzó la voz entre gritos y sollozos.
—¡No le hagas caso!
¡No la escuches!
¡Dharma es cruel!
¡Es sádica, es horrible!
¡No te dejes usar por ella!
Samantha se giró hacia el sonido de esa voz, y cuando sus ojos se encontraron con los de Miranda, sus cejas se fruncieron.
Dio un paso inconsciente hacia adelante.
—…Te conozco.
Tú… yo te conozco.
Pero Dharma levantó la mano.
El ambiente se tensó como si el aire se congelara.
—No.
No es momento para eso.
No viniste para recordar.
Quiero que hagas algo.
Mira a Ángel —señaló directamente hacia él—.
Y dile exactamente lo que sientes por él.
Sin adornos.
Sin filtros.
Solo la verdad.
Samantha alterna se volvió lentamente.
Sus ojos se clavaron en Ángel.
Él intentó incorporarse apenas, los brazos temblorosos, los dientes apretados.
Aun con la herida abierta, aun bañado en sangre, aún creyendo en lo imposible.
Y entonces, Samantha habló.
—La verdad… —repitió—.
Muy bien.
Su voz se mantuvo firme.
No gritó.
No fingió ternura.
Solo habló como si sacara algo que llevaba demasiado tiempo dentro.
—Te odio.
El mundo pareció detenerse.
Hasta los hilos temblaron.
—Nunca me sentí cómoda cerca de ti.
Nunca entendí qué querías de mí.
Tus alas… siempre me dieron miedo.
No sabías controlarlas.
No sabías controlarte a ti mismo.
Siempre eras un problema a punto de pasar.
Una explosión contenida.
Me angustiabas.
Me incomodabas.
Y lo peor… es que aún así intentabas acercarte.
Como si estuvieras convencido de que merecías algo de mí.
Como si no supieras que ya habías arruinado todo.
Dharma no dijo nada.
Observaba en silencio.
Fascinada.
Ángel respiró con fuerza, el cuerpo temblando, los ojos completamente abiertos.
Trató de hablar.
Tosió sangre.
Pero aun así, habló.
—No… no eres tú… Tú no dirías eso… Tú nunca… Tú… Samantha lo miró con desprecio.
—¿No soy yo?
¿O es exactamente lo que temías que yo pensara?
Porque yo solo estoy diciendo lo que tú llevas cargando.
El reflejo que nunca tuviste el valor de enfrentar.
Ángel estiró una mano temblorosa hacia ella, la sangre bajando por su brazo.
Su voz sonaba más rota que su cuerpo.
—Samantha… por favor… no digas eso.
Dime que es mentira.
Dime que no lo sientes de verdad… que no… —¿Y si sí?
—interrumpió ella, firme.
Y en ese instante, Ángel alterno se rompió.
No como una explosión.
No como rabia.
No como furia que arde.
Sino como un colapso silencioso y lento, que comienza desde dentro y deja todo vacío.
El silencio que quedó tras las palabras de Samantha era espeso, podrido, irrespirable.
Ángel, atrapado, mutilado, con el alma rota frente a una versión deformada del amor, bajó la cabeza.
No por resignación… sino porque ya no quedaba nada más por levantar.
Y entonces, Dharma extendió su mano, sin expresión.
Un solo chasquido.
Y el cuerpo de Ángel alterno explotó.
No con fuego, no con ruido ensordecedor, sino con una expansión rápida y brutal de carne, sangre y energía descompuesta.
Una implosión orgánica, silenciosa y repentina.
Su grito fue ahogado en la presión.
Su ala restante se desintegró al instante.
Solo quedaron fragmentos, residuos, pedazos cayendo como lluvia viscosa sobre el suelo, las paredes… y los demás.
Miranda gritó, la voz desgarrada, impotente, ahogada en furia.
Cubierta en sangre.
Samantha, salpicada, retrocedió instintivamente.
Cosa 1 y Cosa 2 vibraban con una especie de placer enfermizo, resonando por la distorsión como si esa muerte les hubiera alimentado.
Y Dharma, en medio del desastre, rió.
No una risa malvada.
Sino una risa emocionada, como una niña frente a su juguete favorito estallando en pedazos.
Como si acabara de ver algo tan humanamente hermoso, que su retorcida percepción lo viera como arte.
Miranda forcejeaba, los hilos orgánicos tensos sujetándola, pero su voz no se detenía.
Escupía insultos imposibles, maldiciones en todos los idiomas que conocía y otros que no había hablado en años.
Su grito era rabia pura.
—¡Vas a morir!
¡¡VAS A MORIR!!
¡Te voy a arrancar la cabeza, maldita!
¡Por mi hijo!
¡POR MI HIJO!
Samantha se tambaleó, aún con restos sobre su rostro, la expresión apagada, pero algo en esa voz… Algo en la forma en que Miranda gritaba “mi hijo” … la quebró un poco.
No era pena.
Era desconcierto emocional.
Dolor reflejado.
—Él… no era más que escoria —dijo, con voz insegura—.
¿Por qué llora…?
¿Por qué le duele tanto…?
Miranda la miró, los ojos rojos, la boca llena de furia.
—Porque no eres real.
No fuiste creada para amar.
Fuiste creada para hacerle daño.
Dharma te hizo para eso.
¡Te distorsionó!
¡Tú no eras así!
Samantha negó con la cabeza, pero con menos seguridad que antes.
—No… eso es mentira… Yo… pero… —bajó la mirada—.
Duele… ¿por qué me duele?
Y en ese instante, Dharma se acercó a ella, silenciosa.
La tocó por el hombro con una mano pálida y perfecta.
Y como si fuera una madre consolando a una hija, se le acercó al oído.
—Déjala tranquila —susurró, con voz suave—.
Solo le duele su hijo.
Nada más.
Samantha tembló.
No por miedo.
Sino por algo peor: Confusión emocional.
El grito de Miranda aún resonaba, desgarrado, vivo… hasta que Dharma lo cortó.
Sin aviso.
Sin palabras.
Solo un gesto sutil con los dedos.
Y Miranda alterna explotó igual que su hijo.
Así, sin más.
Dharma la desintegró en una fracción de segundo, como si ya no le sirviera, como si su presencia hubiera cumplido su propósito.
Lo hizo con un simple movimiento de mano, con la misma tranquilidad con la que una persona se quita polvo del hombro.
Los restos de su cuerpo, esparcidos en fragmentos biológicos distorsionados, se adhirieron a las superficies como carne arrojada sobre mármol.
Samantha gritó.
No entendía por qué, pero la pérdida la atravesó.
No era real, se lo habían dicho, pero lo había sentido.
La había escuchado gritar por su hijo.
La había sentido llorar.
Y ahora ya no estaba.
Dharma estiró la mano otra vez, y como si hubiera reescrito la misma existencia con un parpadeo, limpió todo.
La sangre, la carne, el olor.
Todo fue absorbido por una distorsión espacial orgánica que se cerró con un chasquido húmedo, dejando el lugar impecable.
El espacio volvió a ser blanco, vacío, perfecto en su asfixiante calma.
Samantha quedó de pie en medio de ese vacío, temblando.
Su mirada iba de un lado a otro.
Nadie hablaba.
Cosa 1 y Cosa 2 observaban sin emoción.
Dharma solo la contemplaba.
Ella dio un paso atrás.
—¿Dónde estoy?
¿Qué es esto?
¿Por qué no me acuerdo bien…?
¿Por qué todo esto me duele?
Dharma se acercó a ella sin prisas.
No flotaba como antes, no se imponía.
Caminaba como si intentara parecer algo que no era.
Se detuvo frente a Samantha, le tocó la mejilla con una mano perfecta, sin temperatura.
—Tranquila —dijo con una voz cálida, casi materna—.
No estás sola.
Todo está bien ahora.
Estoy contigo.
Samantha no supo cómo reaccionar.
La mirada que le devolvía Dharma no era de amenaza, sino de interés… de afecto artificial.
—¿Quién soy?
—murmuró Samantha, con la voz quebrada.
—Eres especial —respondió Dharma—.
Eres un experimento, sí… pero uno único.
Uno que puede ser más.
Una posibilidad.
Solo espero que no acabes como el ultimo… ugh, realmente me decepciono.
Samantha no respondió.
No supo qué decir.
Solo se quedó ahí, inmóvil, con la confusión creciendo dentro de ella, con el eco del dolor aún latiendo en su pecho.
Mientras tanto, Dharma la rodeaba con su presencia, no como un dios… sino como algo mucho más peligroso: alguien que empieza a querer.
Alguien que empieza a cuidar.
Porque en el fondo, para Dharma, Samantha ya no era solo un reflejo.
Era un nuevo experimento… con valor emocional.
Y eso la hacía mucho más interesante.
Mucho Más suya.
Luego del silencio cargado que quedó entre ambas, Dharma aplaudió una sola vez.
El sonido fue seco, expandiéndose como una onda distorsionada por el espacio inexistente.
De inmediato, todo a su alrededor empezó a temblar levemente, como si la realidad misma se encogiera para cambiar de forma.
El suelo se deformó primero, alargándose, estirándose hasta formar un gran círculo delimitado por una línea roja.
A su alrededor, crecieron estructuras orgánicas en forma de asientos, como gradas hechas de una carne petrificada que latía lentamente.
En cada extremo del círculo, dos arcos gigantes se levantaban, marcando entradas y salidas, como puertas hacia lo inevitable.
La luz se tornó blanca intensa, irreal, y desde la nada, empezó a surgir una audiencia.
Miles de formas humanoides, deformes, gritaban, reían, aplaudían.
Algunos tenían máscaras, otros eran rostros sin expresión, pero todos celebraban.
Todos observaban.
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