El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 34
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- Capítulo 34 - 34 Ahí está la meta
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34: “Ahí está la meta…
solo gana y ya…” 34: “Ahí está la meta…
solo gana y ya…” La cuenta comenzó.
—¡¡DIEZ!!
Los tres participantes estaban ya sobre sus monturas.
Jack en un híbrido de motocicleta y cuerpo blindado, sincronizado a su sistema nervioso.
Callaghan de Madera sobre el lobo metálico, que soltaba vapor por la mandíbula.
Ángel… sin montura.
Solo él, de pie, como si no la necesitara.
—¡¡NUEVE!!
Los focos giraron en círculos, envolviendo la pista.
—¡¡OCHO!!
Callaghan miró de reojo a Ángel, con una mueca de fastidio.
—¡¡SIETE!!
Jack escaneaba las trayectorias posibles, procesando datos a milímetros por segundo.
—¡¡SEIS!!
Ángel solo miraba hacia adelante, su ceño fruncido, sin expresión… pero su puño se apretaba.
—¡¡CINCO!!
Todos los paneles del público parpadearon con el conteo.
—¡¡CUATRO!!
Samantha, desde la sala flotante, miraba con una mezcla de emoción y temor.
—¡¡TRES!!
Se inclinó hacia Dharma y preguntó, con un hilo de voz: —¿Cuáles son las condiciones de combate?
Dharma no la miró.
Sonrió.
—Ninguna.
Pueden matarse si quieren.
—¿¡Qué!?
—Samantha retrocedió un poco en su asiento.
Sus ojos se ampliaron.
—Son copias —añadió Dharma, calmada—.
Fueron creados para esto.
Diseñados, afinados.
No importa si se rompen o si mueren aquí.
Samantha entrecerró los ojos, notando algo distinto en sus expresiones.
Dudó, tragó saliva, y empezó a decir: —Pero… aun así piensan.
Aun sienten… Dharma, sin girarse completamente, solo levantó un dedo largo y lo colocó suavemente frente a los labios de Samantha.
—Shhh… no.
Solo observa.
—¡¡DOS!!
La pista comenzó a vibrar.
—¡¡UNO!!
Las luces se apagaron un instante.
Y cuando todo se oscureció por un segundo…
—¡¡¡¡VAAAAAAAAAAAAAAAAN!!!!
Estalló una onda sónica.
Y empezaron a correr.
Apenas sonó la señal, el primero en tomar la delantera fue Jack, cuya motocicleta biomecánica rugía como si estuviera viva.
Sus movimientos eran precisos, mecánicos, casi proféticos.
Aceleró con tal sincronía que parecía haber nacido sobre ese tipo de vehículo.
Callaghan de Madera lo siguió de cerca, su lobo metálico saltando entre secciones del circuito como si ignorara las leyes físicas.
El vapor salía de sus patas traseras cada vez que se impulsaba, y su piloto tenía los ojos clavados en Jack con la intensidad de una promesa rota.
No era solo competencia.
Parecía odio puro.
Ángel no se movió al principio.
Se quedó unos segundos en la línea de partida, como si se tronara los huesos, preparando el cuerpo, afilando el instinto.
El suelo bajo sus pies se quebraba levemente por la presión.
Samantha lo notó y se inclinó ligeramente hacia el cristal, fascinada, mientras Dharma lo observaba como si fuese su obra maestra en pleno despertar.
Pero en la pista principal, la guerra comenzó.
Jack miró de reojo a Callaghan, y sin pensarlo dos veces sacó una especie de lanza metálica que se desplegó en su brazo derecho como una extensión de su cuerpo.
La lanzó hacia atrás con precisión milimétrica.
Callaghan giró el cuerpo, usó la estructura del lobo como escudo y el impacto rebotó en la armadura del costado.
De inmediato, Callaghan respondió con una pistola improvisada que parecía hecha de partes ensambladas a mano.
Disparó proyectiles que explotaban al contacto con cualquier superficie metálica.
Uno pasó rozando el neumático trasero de Jack, causando un desequilibrio momentáneo, pero Jack giró y lo estabilizó al instante con ayuda de un sistema giroscópico oculto.
Los espectadores gritaban como enloquecidos, mientras ambos corredores no parecían competir, sino intentar matarse.
Se lanzaban objetos filosos, giraban en curvas imposibles, chocaban a propósito, bloqueaban trayectorias y se cubrían con sus propias monturas como si fueran barricadas móviles.
Parecía una pelea personal de años, como si lo que ocurría allí fuese la culminación de una enemistad escrita en sus huesos.
Mientras tanto, Ángel seguía atrás, caminando al inicio del recorrido como si nada lo apurara.
Sin prisa.
Sin miedo.
Mientras Jack y Callaghan continuaban su violenta competencia, la pista misma empezó a cambiar.
El suelo vibraba bajo sus monturas, y a medida que avanzaban por el gigantesco aro, se abrían secciones del circuito.
Placas del terreno se elevaban de forma aleatoria, columnas con sierras giratorias surgían del suelo, y cuchillas automatizadas colgaban de brazos mecánicos que barrían los flancos.
Desde lo alto, proyectiles empezaron a caer con intervalos impredecibles, estallando a pocos metros de ellos.
A lo lejos, podían ver cómo la meta se formaba justo detrás de ellos, en el punto exacto desde donde habían salido.
No era una pista en línea recta, sino un anillo perfecto: dar la vuelta completa y llegar al inicio.
Pero la vuelta no era un paseo.
Era una guerra.
La intensidad bajó un segundo.
Ambos corredores dejaron de atacarse y concentraron toda su atención en sobrevivir al trayecto.
Callaghan fue el primero en adaptar su estrategia.
Saltó desde la montura metálica y dejó que su lobo mecánico recorriera un lado alterno del circuito, usando una ruta elevada que se desdoblaba hacia la izquierda.
Él, mientras tanto, corrió por la sección central, más estrecha, donde tenía más control visual.
Sus manos estaban listas para invocar pequeñas distorsiones gravitatorias en caso de necesitar saltar, frenar o flotar por encima de una trampa.
Jack, desde su posición, estaba planeando algo.
Había identificado una intersección en curva, donde la trayectoria se cruzaría con la línea alterna de Callaghan.
Analizó el ángulo, la velocidad de ambos y el tiempo de impacto.
—“Si acelero ahora y tomo la curva interior, podré meterme justo en su trayectoria.
Su lobo no frenará a tiempo.
Si lo bloqueo ahí, con la fuerza de su impulso me basta para tumbarlo.
Y lo saco de competencia ya sea acabando con él o atrasándolo…
Bien, ese será el plan” Era un plan milimétrico.
Jack confiaba en sus cálculos.
Se inclinó hacia la curva con fuerza, su motocicleta escupía chispas al rozar con los bordes metálicos del suelo.
Se preparaba para embestir.
Pero al girar esa esquina… Ahí estaba Ángel.
De pie.
En medio de la curva.
Inmóvil.
Con la misma expresión seca, seria, que no mostraba ni rabia ni emoción.
Solo juicio.
Jack no tuvo tiempo de frenar.
Intentó reaccionar, pero Ángel fue más rápido.
Estiró el brazo, lo tomó brutalmente del cabello y, sin esfuerzo aparente, lo lanzó hacia atrás con violencia, haciendo que su cuerpo y montura chocaran contra una de las paredes de energía del circuito.
El impacto fue seco.
Jack logró rodar por el suelo y reactivó sus sistemas de inmediato para no quedar fuera, pero el susto fue tal, que medio aro de espectadores se alteró, soltando un grito de reacción colectiva.
Dharma, desde su asiento elevado, se movió ligeramente hacia adelante, con los ojos más abiertos que antes.
No había gritado, pero el simple hecho de que se inclinara hacia el borde lo decía todo.
Ángel había entrado a la carrera.
Callaghan sentía el pulso acelerado.
No por la carrera, ni por las trampas.
Era algo más.
Mientras avanzaba a toda velocidad sobre su lobo mecánico, con el cuerpo aún tenso por la emboscada que estaba planeando contra Jack, algo en el aire cambió.
Algo que ni su entrenamiento, ni su poder gravitacional, ni su frialdad natural podían ignorar.
Saltó desde la montura con precisión quirúrgica, pasando milimétricamente entre dos sierras giratorias que rugían al cerrar el paso como mandíbulas.
El filo rozó su abrigo.
Ni un corte.
Aterrizó perfecto en el lomo de su montura segundos después, el metal vibrando bajo sus pies.
Miró hacia atrás con rapidez.
Había superado los obstáculos.
Jack estaba abajo.
No había nadie más.
Volteó al frente.
Nada.
A los lados.
Silencio.
Pero lo sentía.
Una presencia sofocante.
Una presión invisible justo detrás de su cuello, como si alguien respirara tan cerca que el aire se le cortaba.
El tipo de presencia que uno no necesita ver para saber que está ahí, observando, esperando, eligiendo cuándo atacar.
Callaghan entrecerró los ojos.
No parpadeó.
Rápido, sacó su arma improvisada, una especie de lanzador de energía distorsionada hecho de partes recogidas en ruinas, al que acopló una cápsula metálica de tamaño anormal.
No era parte del diseño original.
Era algo que él mismo había creado, algo que ni siquiera estaba seguro si explotaría al usarlo… pero lo tenía reservado para un momento como este.
—No voy a caer sin ver al bastardo —murmuró para sí, girando en círculos sobre su montura mientras el campo finalmente se abría.
Ya no había obstáculos.
Solo la recta final.
La parte más limpia del circuito.
El tramo perfecto para un enfrentamiento.
Y sin embargo, nadie aparecía.
Ni delante, ni detrás.
Solo esa presión…
como si la propia pista lo estuviera observando.
Su mano tembló por un segundo.
No de debilidad.
De instinto.
De alerta.
De miedo real.
En la pista, solo quedaba el rugido de los espectadores.
Gritos, apuestas, euforia alimentada por el caos…
pero en el circuito, silencio.
Callaghan giraba en su montura con el arma lista, buscando un enemigo invisible.
Jack se reponía atrás con sensores activados.
El tramo final estaba despejado.
Pero Ángel no estaba a la vista.
En la recámara del centro, la plataforma flotante en la que estaban Samantha y Dharma, las pantallas no lo mostraban.
Era como si se hubiese borrado del radar visual de la arena.
—¿Dónde está?
—preguntó Samantha, aún asomada al borde, inquieta.
Dharma no respondió con palabras.
Solo levantó la mano y apuntó hacia un sector oculto, ampliando el holograma manualmente con un gesto simple.
Y ahí lo vieron.
Ángel seguía en la zona de obstáculos.
Su cuerpo quieto, la cabeza gacha… pero su mano estaba enterrada en la pared de metal del circuito, dedos clavados como garras, músculos tensos como cables.
Parecía estar cargando impulso.
No para atacar.
No para destruir.
Solo para impulsarse directamente hacia la meta, sin arrasar con nada.
Samantha lo observó, algo confundida.
¿Por qué no solo corría como los otros?
Pero Dharma solo lo miraba con un brillo de fascinación peligrosa en los ojos.
Y cuando Ángel finalmente empujó su cuerpo hacia adelante, el sonido de la pared rompiéndose por la fuerza hizo eco en el aro completo.
Se lanzó como una bala.
Dharma chasqueó los dedos con una sonrisa torcida.
—No lo dejaré tan fácil.
Y justo entonces, una piedra gigantesca, materializada de la nada, apareció frente a Ángel en su trayectoria directa.
No tuvo tiempo de esquivarla.
El impacto fue brutal.
El golpe seco contra su pecho resonó como un martillo en un tambor.
Su cuerpo salió disparado hacia abajo y cayó de pie sobre la pista, dejando marcas profundas en el metal al aterrizar.
El público gritó enloquecido.
La arena vibraba.
Ángel no se movió por unos segundos.
Solo miró su torso, irritado, como si no fuese dolor… sino una molestia innecesaria.
Se quitó la camisa, revelando un pecho rojo, marcado por el impacto.
No sangraba, pero la marca era clara.
Respiró hondo.
No dijo nada audible, pero miró hacia la recámara central, y murmuró algo con desprecio.
Una maldición entre dientes.
Un “Maldito seas”, quizás, o algo peor.
Dharma solo sonrió.
Samantha sintió una presión en el estómago.
Y entonces, Ángel empezó a correr de nuevo.
Sin impulso.
Sin montura.
Sin ayuda.
Ángel seguía corriendo.
Su respiración era rítmica, constante, pero no era humana.
Era como si cada paso lo afilara más, como si cada metro recorrido alimentara una furia contenida en su pecho.
Sus ojos estaban fijos en la meta, pero en su mente, todo se volvía rojo.
Y fue entonces, desde las sombras de los obstáculos que ya parecían parte del pasado, que Jack apareció.
Emergió entre los restos mecánicos como una máquina averiada pero furiosa.
Su motocicleta chispeaba, con el chasis doblado y las ruedas temblando.
Algo le había destrozado parte del motor: probablemente una de las sierras o trampas del circuito.
La moto gimió y escupió un humo negro, apenas manteniéndose viva unos segundos más hasta apagarse definitivamente.
Jack no dijo nada.
Saltó de la moto en movimiento, dejándola atrás sin mirar.
Y corrió junto a Ángel, alcanzando poco a poco su velocidad, mientras el metal moría tras ellos.
Ambos corrían.
El público contenía la respiración.
Y en medio de ese ritmo frenético, sus miradas se cruzaron.
Primero una mirada de reconocimiento.
Después, de odio.
Y sin previo aviso, empezaron a pelear.
Ángel usaba sus manos desnudas como puños de plomo.
Jack sacó una lanza de metal oscuro de su espalda, que se desplegó con un zumbido eléctrico.
Y todo eso sin dejar de correr.
Golpes, bloqueos, desplazamientos laterales, cortes que rozaban la piel, choques de fuerza cruda contra precisión cibernética.
Era una danza de violencia exacta, donde cada paso los acercaba a la meta, pero cada ataque podía costarles el cuello.
Mientras tanto, Callaghan ya iba más adelante, montado firme sobre su lobo mecánico.
El circuito se abría con claridad frente a él.
Observaba el caos detrás desde su posición elevada, y apenas necesitó girar para ver cómo los dos titanes se destrozaban mutuamente en la carrera.
Con calma, le dio una palmada suave en el costado al lobo.
—Buen chico —murmuró.
Entonces se dejó caer lentamente sobre el lomo del animal, acostado boca arriba, como si el espectáculo le perteneciera.
Con movimientos tranquilos, retiró el dispositivo grande y extraño que había colocado antes en su arma.
Lo acopló con cuidado a su cañón improvisado.
El sistema de energía zumbó, distorsionando el aire a su alrededor.
Apuntó hacia atrás, justo donde Jack y Ángel seguían chocando con brutalidad.
—“Si al menos mato a uno, me gano la mitad del premio…” —“…y si tengo suerte, me llevo el doble.” —“…nunca dijeron que tenía que cruzar la meta limpio.” Una sonrisa torcida se dibujó en su rostro.
—Hora de hacer mi trabajo aqui…
Y el arma se encendió.
Una luz púrpura comenzó a girar en espiral en el interior del dispositivo.
La próxima descarga no iba a ser defensiva.
Era para eliminar.
Mientras el combate entre Ángel y Jack alcanzaba su punto más salvaje, una tensión invisible se formaba detrás de ellos, justo donde Callaghan cargaba su disparo.
El arma, combinada con el dispositivo extraño, comenzó a emitir un sonido grave y envolvente, como si arrastrara la gravedad en cada pulso.
El aire se ondulaba alrededor del cañón.
Era un rugido contenido.
Y entonces, el disparo.
No fue un estruendo.
Fue un sonido agudo, limpio, violento, que cortó el silencio de la arena como una nota final escrita con odio.
Una línea de luz púrpura cruzó el circuito como una lanza de energía comprimida.
Jack lo sintió antes de verlo.
Algo en sus sensores le advirtió.
Dio un último golpe a Ángel, y sin mirar atrás, saltó hacia adelante, esquivando el impacto como un rayo negro.
Ángel no tuvo esa oportunidad.
Se giró un segundo, aún en posición de combate… y entonces su cuerpo se congeló.
El proyectil lo atravesó de lado a lado, entrando por la esquina inferior del pecho, arrancando materia con fuerza bestial.
El agujero era tan limpio y amplio que no había sangre, solo una quemadura brutal, un vacío en su torso, como si una parte de su existencia hubiera sido borrada con fuego.
Por un segundo, todo se detuvo para él.
Sus piernas aún estaban firmes.
Su respiración temblaba.
Miró a Jack, que se alejaba corriendo sin volver atrás, sin remordimiento alguno, sin victoria ni burla.
Solo esa cara seca que decía: “Este tipo ya está muerto.
Ni loco peleo con él otra vez.” Ángel cayó de rodillas.
La oscuridad llegó lenta, como si no fuera dolor, sino resignación.
Y ese fue el último segundo que vio.
Desde la cabina central, el comentarista bajó la voz, interrumpido por la repentina señal del sistema.
—Participante Ángel… eliminado.
Qué trágico… tenía tantas apuestas a su favor.
Tantas esperanzas.
Tantas… Samantha se levantó del asiento, horrorizada, sin saber qué decir.
Su rostro estaba helado.
—¿¡Qué…!?
¿¡Pero si era solo una copia…!?
A su lado, Dharma estaba furiosa.
Su mandíbula apretada.
Sus ojos encendidos.
Golpeó su copa con rabia y se maldijo a sí misma entre dientes, murmurando palabras que distorsionaban el aire.
—No debí sabotear su salida… Estúpida, estúpida… fue mi culpa, ¡MIERDA!
Se reía.
De frustración.
De rabia.
De algo que solo una entidad como ella podía considerar gracioso: el fracaso de su experimento más entretenido.
Y lo peor era… que ni siquiera había terminado el juego.
Dharma chasqueó la lengua, frustrada, aunque no apartó la vista del campo de batalla.
—Lo que sea… sigamos viendo —dijo, acomodándose con fingida indiferencia.
En la pista, Callaghan seguía cargando su arma.
El zumbido que emitía era profundo, vibrante, casi épico.
Jack corría delante de él, zigzagueando, sabiendo que un solo impacto más significaba su final.
A pesar de que parte de su cuerpo era cibernético y rápido, no podía arriesgarse a otro disparo.
No después del que ya lo había alcanzado.
Cuando el lobo metálico de Callaghan alcanzó la línea de meta, él no se detuvo.
Saltó de su montura justo antes de cruzar la línea, deslizándose por el aire como una sombra.
No quería terminar la carrera aún.
Quería cerrar el combate.
En pleno salto, acopló una mira y una culata improvisada a su arma distorsionadora.
Lo hizo en un solo movimiento fluido, preciso, como si llevara años perfeccionándolo.
Cayó en cuclillas, apuntando de inmediato.
¡RREAAAUHMMM!
El haz agudo rompió el aire como un silbido de muerte.
Jack sintió el pulso energético, pero no logró esquivarlo del todo.
Su lanza fue desintegrada al instante, junto con su mano derecha.
Una llamarada púrpura envolvió la extremidad antes de hacerla desaparecer sin dejar rastro.
Jack apenas reaccionó.
No gritó.
No sangró.
Solo notó el vacío, al alzar el brazo… y ver que ya no estaba.
Pero no fue solo el disparo lo que lo estaba limitando.
Era el daño previo.
En la zona de obstáculos, mucho antes, Ángel le había dado un tirón brutal del cabello, un movimiento que parecía simple… pero que había afectado algo más profundo: los servomecanismos de Jack.
Desde entonces, su equilibrio interno estaba desincronizado, sus motores internos en el pecho y columna daban errores constantes.
El golpe fue tan preciso, tan violento, que ahora no podía usar sus proporciones electrónicas con precisión, no sin correr el riesgo de que su cuerpo colapsara o explotara desde dentro.
Ahora, corría con todo lo que le quedaba, respirando agitado, su rostro sin expresión, pero con la urgencia de alguien que sabía que el siguiente disparo sería el último.
Detrás, Callaghan recargaba con rapidez, murmurando por lo bajo mientras lo enfocaba: —Ya muérete… es solo una carrera… ugh, ¿¡por qué te mueves TANTO!?
Jack, jadeando, lo oyó y giró apenas el cuello.
—Ya ganaste… solo cruza la maldita línea… Pero Callaghan no quería solo cruzar.
Quería destruir.
Disparó de nuevo.
El segundo haz fue igual de certero.
Jack alzó su otra mano para recoger un arma caída… y también fue desintegrada.
Un segundo más, y no tendría brazos.
El impacto, sin embargo, lo empujó hacia adelante, justo en el momento final.
Ambos cuerpos cruzaron la línea de meta al mismo tiempo.
Un instante de silencio absoluto.
Las pantallas no reaccionaban.
La audiencia contuvo el aliento.
Y luego… una explosión de gritos y júbilo.
Fuegos artificiales digitales iluminando el circuito.
Proyecciones de repetición en cámara lenta mostraban el momento exacto del cruce.
El comentarista gritaba con emoción: —¡Empate técnico!
¡Jack y Callaghan cruzan la meta simultáneamente!
¡Una final de locura!
¡Una masacre gloriosa!
¡Recuento en curso… 35.400 unidades energéticas acumuladas!
¡División de apuestas iniciada!
¡Un alma fracturada ha sido estabilizada!
En la cabina, Samantha estaba pasmada.
Apenas podía creer lo que había visto.
Y junto a ella, Dharma, aunque cruzada de brazos, sonreía.
—Así me gusta… caos hasta el último segundo.
Pero en el fondo, sus ojos aún buscaban algo más allá del resultado.
Ángel.
Ángel… Ángel…
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