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El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 35

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  4. Capítulo 35 - 35 ¡Vaya perro mas grosero!
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35: “¡Vaya perro mas grosero!” 35: “¡Vaya perro mas grosero!” De vuelta al presente.

El dormitorio de Ángel era oscuro, silencioso… hasta que no lo fue.

—¡DESPIERTA, ESCORIA BÍPEDA!

¡NO CREAS QUE POR TENER ALAS TE HACE MEJOR QUE UN PERRO!

¡ERES UN ERROR BIOLÓGICO EN FORMA DE MAL GENIO!

El rugido robótico provenía de Park Tae Hyun, aún confinado en su forma de perro mecánico, ladrándole insultos con su voz metálica filtrada por el casco.

Estaba justo al borde de la cama, sacudiendo sus patas frontales como si fuese una alarma viva.

Ángel, con los ojos aún medio cerrados y el ceño fruncido por reflejo, le metió una patada directa al chasis, lo suficientemente fuerte para lanzarlo contra la pared del cuarto, donde el perro quedó rodando como un electrodoméstico maldito.

—Cállate la puta boca ya —murmuró Ángel, entre dientes, apenas sentado.

No pasaron ni tres segundos y una puerta se abrió violentamente en el pasillo.

—¡¡¡BUENOS DÍAS!!!

—gritó Sarah, asomando medio cuerpo desde su habitación con una sonrisa casi criminal de brillante—.

¿¡Cómo amaneció el ángel!?

Estaba vestida con su uniforme a medio ajustar, como si se hubiese levantado solo para ese momento.

Tenía una expresión entre fascinada, emocionada y soñadora, como si el mismísimo protagonista de una película de acción la hubiera saludado con un guiño.

Ángel no respondió.

Solo giró su cabeza lentamente, con los ojos entrecerrados y la mandíbula tensa.

Esa cara que ponía solo cuando la paciencia le colgaba de un hilo fino.

“Esta tipeja otra vez… ugh…” Sarah no pareció captar el rechazo.

Solo agitó los dedos en un saludo torpe, casi dando un saltito en el sitio, como si la rutina de gritarle a Ángel cada mañana fuese lo más sagrado del mundo.

Park, aún tirado en el piso, soltó un pitido robótico: —¿Por qué nadie le grita a ella, eh?

Luego de unas horas, el ambiente ya se había estabilizado.

Ángel salió del baño de su dormitorio, secándose las manos con una toalla mientras su cabello, recién arreglado, caía en ese estilo suyo: desordenado, pero claramente definido, como si cada mechón tuviera una rebeldía medida al milímetro.

Una estética calculada que parecía decir “me importa, pero no lo admitiré”.

Llevaba puesto un suéter negro de mangas largas, ajustado al cuerpo pero sin exagerar.

Se acercó con pasos tranquilos al estante donde reposaba su gabardina negra, la de siempre, esa con los agujeros precisos en la espalda, hechos por él mismo para dejar pasar sus alas sin tener que quitarse nada.

Con un poco de esfuerzo —como siempre— se la colocó, ajustando hombros, cuello y alas con paciencia contenida.

Terminó con las manos en los bolsillos, la expresión neutral y la mirada entre entornada y aburrida.

Salió al pasillo como quien no necesita presentación.

Afuera, la escena ya tenía su propio caos armado.

Park, todavía atrapado en su cuerpo de perro mecánico, soltaba una ristra de insultos, discutiendo con Jackie, quien lo provocaba mientras se acomodaba como un rey sobre unas cajas.

—¡Te juro que cuando recupere mi cuerpo voy a electrocutar a cada idiota aquí empezando por ti!

—gritaba Park.

—Claro, claro, y luego conquistarás Japón con una tostadora, ¿verdad?

—respondía Jackie con media sonrisa.

Todos alrededor se reían, menos Sarah, que observaba la escena con una mezcla de miedo y desconcierto.

Su cara lo decía todo: “¿En serio piensa hacer eso?” En ese momento, Ángel pasó junto a ellos, sin detenerse.

Su voz, seca y directa, cortó la duda: —Claro que lo haría.

Y mucho más, solo por pura satisfacción.

Sarah giró hacia él, como esperando una señal.

—Ríete también, no seas la única que no lo hace.

Tragó saliva, torpe.

—¡P-park idiota…!

Park se detuvo.

Giró la cabeza hacia ella con un clic robótico lento.

—¿Eso fue una burla o el intento más triste de sociabilizar que he visto en mi vida?

Sarah se encogió apenas, roja de vergüenza.

—Lo intenté… Jackie soltó una carcajada que resonó por el pasillo, mientras Park rodaba los ojos —si es que pudiera—, y Ángel solo seguía caminando… con el cabello en caos elegante y la calma de alguien que ya había soportado suficiente estupidez por la mañana.

Ángel siguió caminando por el pasillo, los pasos lentos, con ese ritmo suyo que decía más que cualquier palabra.

A mitad de camino pasó justo frente a Cristóbal, que estaba de pie junto a una ventana, ya vestido, con una camiseta básica y su cabello ligeramente desordenado.

Sostenía su nuevo smartphone como si fuera un artefacto alienígena a punto de explotar.

—¿Y esto… cómo se baja la intensidad de brillo?

—susurraba, apretando botones sin lógica alguna.

Ángel lo miró de reojo.

Una mirada amenazante pero serena, como si con solo observarlo estuviera juzgando su existencia completa.

Cristóbal lo notó, levantó la vista… y Ángel simplemente siguió caminando.

No era necesario decir nada.

El mensaje estaba claro.

Más adelante, en un rincón del pasillo, se encontraba Chaeun, arrodillada junto a una caja de herramientas.

Estaba manipulando algo con cuidado, mientras el aire a su alrededor levantaba pequeñas partículas de polvo.

Ángel se detuvo y la observó.

—¿Qué es eso?

—preguntó, con voz baja.

—Un… filtro.

O algo parecido —respondió Chaeun sin levantar la vista—.

Woods me lo dio esta mañana.

Dijo que sirve para estabilizar mi don… hace que el polvo y la tierra que levanto puedan purificarse al pensarlo.

Algo como… limpieza mental directa.

Ángel frunció apenas el ceño.

Sin decir más, Chaeun se colocó el pequeño dispositivo contra el lateral del cráneo, justo encima de la ceja, cerca del ojo derecho.

Con un pinchazo seco, se lo inyectó directamente en la piel.

Su cara se tensó un instante, como si el metal le estuviera hablando a los nervios, pero al segundo soltó una exhalación pesada.

Una mezcla entre fastidio y alivio, difícil de describir.

Ni dolor ni placer.

Solo… algo nuevo.

—…ya está —murmuró, parpadeando un par de veces.

Entonces lo probó.

Extendió la mano lentamente y cerró los ojos.

El polvo acumulado en la esquina del pasillo comenzó a elevarse, como atraído por un campo invisible.

Se arremolinó a su alrededor como si quisiera formar algo… Y en ese instante, una nube de partículas finas se disparó como una bomba de polen en dirección a todos los que estaban cerca.

—¡Agh!

—estornudó Ángel al instante, retrocediendo medio paso.

—¡¿QUÉ…?!

—gritó Jackie desde el fondo, ahogando un estornudo robótico mal calibrado.

—¡Lo siento!

¡Lo siento!

—dijo Chaeun agachándose de nuevo, sacudiendo el aire con la mano—.

¡Todavía no sé cómo usarlo!

Ángel solo le lanzó una mirada entre desaprobación y resignación, mientras sacaba un pañuelo de la manga de su abrigo con una calma que solo él podía sostener.

—Genial… purificador nasal.

Excelente inversión.

En el centro de la base, entre las plataformas de control, Miranda y Woods estaban enfrascados en una conversación.

Ambos se inclinaban sobre una mesa digital llena de gráficos distorsionados y registros de audio.

Woods señalaba con rapidez zonas marcadas en un mapa holográfico, mientras Miranda cruzaba los brazos, su mirada fija, preocupada, pero concentrada.

Ángel se acercó sin hacer ruido, como era costumbre, las manos aún en los bolsillos y el abrigo balanceándose levemente a cada paso.

No dijo nada, solo se detuvo a medio metro de ellos.

Woods alzó la vista de inmediato.

—Justo a tiempo —dijo, con un tono seco pero directo—.

Ángel, necesito que escuches esto.

Ángel ladeó un poco la cabeza.

—¿Qué pasa?

Woods cambió la proyección del mapa a una grabación de sonido, un espectrograma agitado de frecuencias imposibles.

—A las cuatro de la madrugada —comenzó—, todos los residentes de Japón, especialmente entre Shinjuku y Aoyama, reportaron lo mismo.

Y no solo ellos.

También llegó una señal idéntica desde Brasil, y ahora sabemos que fue global.

Miranda añadió en voz baja: —Incluso en zonas sin cobertura… sin electricidad… la gente lo escuchó igual.

Woods continuó: —No fue un temblor, ni un estruendo natural.

Fue…

música.

Como una especie de sinfonía bélica.

Épica.

Sonaba como si un ejército descendiera del cielo.

Algunos testigos dijeron que pensaron que era el juicio final.

Ángel parpadeó una vez, lento.

—¿Y en dónde más?

—República Dominicana…

pensaron que era Dios llegando con trompetas.

En Estados Unidos, igual.

Un pánico raro, como si todos sintieran que algo viejo había despertado —Woods se masajeó el puente de la nariz—.

Pero lo que lo vuelve aún más extraño es que todos escucharon la misma melodía, al mismo tiempo, sin importar la ubicación o idioma.

Hubo un silencio breve.

Miranda miró a Ángel y luego a Woods.

Woods asintió.

—Sé que Miranda te explicó ya tus capacidades… tus habilidades deductivas, y también sé —tosió ligeramente—…

que tienes cierta aversión visceral a todo lo que venga de… Dharma y sus “creaciones”.

En ese momento, Park, desde otra habitación, gritó: —¡¿YO QUÉ HICE AHORA, EH?!

¡DÉJENME EN PAZ UN DÍA!

Woods ignoró el grito.

—Queremos que seas tú quien investigue esto.

Lo que sea que está pasando, no es normal.

Y si hay alguien que puede encontrarle sentido antes de que escale, eres tú.

Ángel solo entrecerró los ojos.

Ángel bajó un poco la mirada, clavándola en el centro del mapa holográfico.

El retumbar de la música aún seguía grabado en los dispositivos, vibrando como si nunca se hubiese ido.

Pero su expresión no era de interés.

Era desdén.

—Yo solo me encargo de neutralizar y matar todo lo que venga de Dharma —dijo al fin, con frialdad—.

No vine aquí para hacer el trabajo de gente que debería usar el cerebro, no para ser un detective.

Ese no es mi problema.

La última oración llevaba una carga envenenada, y Woods, aunque profesional, no fue ciego al golpe indirecto.

Lejos de alterarse, inclinó la cabeza apenas, con esa calma clínica que usaba cuando se ponía serio.

—No necesitas que te guste tu papel, solo necesitas entender que fuiste hecho para él —respondió—.

Yo no soy de los que creen en “elegidos”, pero si existiera tal cosa, te vi como uno desde que vi tu historial.

No me equivoqué.

No lo hice entonces, y no lo estoy haciendo ahora.

Ángel chasqueó la lengua, molesto.

—¿Y dónde están las pruebas de que sé deducir algo más que cómo abrirle la cabeza a un engendro?

Woods no dudó ni un segundo.

Sacó una tablet robusta de una de sus fundas y la proyectó contra el aire.

Un bloc digital comenzó a pasar hojas rápidamente, clasificadas por fecha, etapa escolar y materia.

—Aquí.

Desde preescolar hasta ahora.

Te ofrecieron becas de investigación antes incluso de terminar la secundaria.

Tu nota más baja fue un noventa y uno, y eso fue por no firmar el examen.

En física te devoraste las clases antes que los profesores, hasta tocaste física cuántica sin tener acceso al material completo.

Tus capacidades en matemáticas están fuera de norma.

Ni hablar de tus análisis en temas de biología, química aplicada, diseño tecnológico…

Ángel, eras un prodigio antes de que alguien te pusiera un arma en la mano.

Miranda lo miraba en silencio, con los brazos cruzados.

Woods bajó la pantalla con un gesto.

—Y eso explica por qué, en combate, te adaptas como si hubieras vivido diez veces la misma pelea antes de que empiece.

Esa cabeza tuya no es solo para sobrevivir.

Es para anticipar.

Ángel se quedó quieto.

Su expresión no cambió mucho, pero el leve endurecimiento de la mandíbula lo traicionó.

Le molestaba.

No que lo supieran.

Sino que tuvieran razón.

Treinta minutos después de aquella conversación, el ambiente en la sala de proyección seguía denso, casi estancado.

Ángel se encontraba reclinado en una silla metálica, sus alas extendidas hacia los lados, desparramadas como si no tuviera fuerza ni para recogerlas.

Llevaba los ojos entrecerrados, sin dormir, pero tampoco atento.

Había pronunciado una única frase hace un rato, con voz seca, sin emoción: —Jódanse los dos… mi madre y tú.

Que os jodan.

Woods, sentado delante de una pantalla gigante de visualización táctica, no dijo nada.

Solo lo observó de reojo.

A su izquierda, Miranda, con las manos cruzadas sobre las piernas, contenía su expresión maternal con una mezcla de cansancio y entendimiento.

No lo tomaba personal.

Sabía que su hijo tenía razón de sentirse así, aunque no lo dijera con las mejores palabras.

Woods alzó una mano y tocó el panel.

—Voy a reproducir los primeros videos capturados esa noche —anunció con su tono mecánico habitual—.

Hay cientos, en todas las redes sociales.

Vamos a empezar con… TicTac, claro.

Los influencers tienen el peor criterio humano, pero las mejores cámaras.

Pierden su dignidad…

pero captan todo.

La pantalla se iluminó.

Un video apareció, grabado verticalmente desde un edificio en Shinjuku.

Se escuchaba la música.

Leve al principio, luego creciendo en intensidad.

Era una mezcla entre sinfónico, metal y algo más…

algo que ponía la piel de gallina.

Del otro lado de la pantalla, una voz temblorosa hablaba: —Bro…

¿escuchas eso?

Bro…

eso no es el tren, eso no es…

no es nada de aquí, ¡¿qué coño es eso?!

¡Bro…

el cielo se mueve!

¡¿Bro, estás grabando esto?!

Otro clip apareció.

Una chica con filtros de mariposas en la cara: —Chicos, se los juro…

esto no es un efecto de sonido…

está viniendo del cielo…

está literalmente como si fuera el tráiler de mi muerte, ¿qué está pasaaaaando?

Y otro, desde Brasil: —Tô falando sério, cara, parece que vai cair o céu!

É tipo…

música de boss final de jogo!

Isso é real?!

Ángel cerró los ojos unos segundos mientras escuchaba.

La música era real.

La sensación, también.

—¿Lo sientes?

—preguntó Miranda, con voz suave.

Ángel se irguió un poco.

Abrió los ojos.

Su tono fue tranquilo, casi pensativo, pero tenía esa dureza cruda que lo caracterizaba: —Dios… se está entreteniendo.

Woods y Miranda lo miraron al instante.

—¿Qué?

—preguntó Woods, arqueando una ceja—.

¿Dios?

Ángel negó con la cabeza.

—Dharma.

Fue Dharma.

Nadie más tiene esa capacidad.

Nadie puede reproducir una melodía sinfónica desde el cielo, a escala global, sin usar absolutamente ningún medio de transmisión tradicional.

Es imposible.

Y si es imposible, entonces es ella.

Solo ella juega así.

Solo ella disfruta vernos reaccionar como ratas atrapadas con música de batalla sonando encima.

Se recostó otra vez, lentamente.

—Y esa música… no era solo música.

Sonaba como si…

estuviera por empezar algo tan grande que si no corrías, morías.

Y no solo era sensación.

Esa mierda estaba diseñada para hacerte sentir exactamente eso.

La sala quedó en silencio.

Pero tanto Miranda como Woods sabían que, si Ángel lo decía, no era paranoia.

Ángel apenas terminó de hablar cuando volvió a tomar postura en su asiento.

Sus alas se retrajeron lentamente, la mirada helada enfocada en la pantalla por un segundo más… hasta que rompió el silencio con una orden seca.

Ángel chasqueó la lengua, no con molestia esta vez, sino en señal de entendimiento.

Se incorporó ligeramente en su asiento, sus alas aún extendidas tras la silla, rozando el suelo como si fueran parte de una sombra viva.

—Traigan a Cristóbal —dijo de forma seca.

Woods no preguntó por qué.

Bastó con una señal y un mensaje.

Unos minutos más tarde, la puerta se abrió con un leve zumbido neumático, y Cristóbal entró caminando con calma.

Su postura era recta, los ojos serenos, pero su aura seguía siendo esa mezcla rara entre alguien que ya había visto demasiado… y alguien que seguía observando todo por primera vez.

Se sentó frente a Ángel, justo al borde del campo de visión de la pantalla aún reproduciendo imágenes de la noche del retumbar.

Ángel fue directo.

—¿Hay algo que sepas sobre Dharma?

Algo útil sobre ella.

Cristóbal lo miró sin prisa, su expresión imperturbable como siempre, pero cargada de ese tono que solo alguien muy despierto podía mantener sin parecer arrogante.

—Se frustra con nada —respondió con sencillez—.

Es algo… infantil.

Impulsiva.

Es raro que te refirieras a ella como “ella”, considerando que nunca viste su género.

Pero…

así me gusta llamarla.

Tiene forma femenina.

Al menos, cuando la vi.

Ángel desvió la mirada apenas, exhalando con una pequeña sonrisa seca, casi burlona.

—No lo deduje.

Solo le atiné —dijo con apatía—.

Pero igual… quiero hacerte una pregunta.

Cristóbal asintió.

—¿Dharma es el tipo de persona que, por diversión, haría un escándalo a escala universal solo para entretenerse… o algo así?

Cristóbal apenas abrió la boca para empezar a responder, pero Ángel levantó una mano, interrumpiéndolo sin miramientos.

—Ok.

Ya lo sé.

No importa.

Sí lo es.

Es alguien que, por lo que veo, odia perder.

Es infantil, dramatiza todo para que parezca más entretenido, y según tú, se frustra con nada.

Así que actúa como una niña con un poder inmenso, que definitivamente no es inocente de nada.

El silencio que quedó no fue incómodo.

Fue respetuoso.

Woods sonrió por primera vez en toda la conversación.

No una sonrisa burlona ni orgullosa, sino una leve curvatura en los labios como alguien que acaba de ver una prueba superada.

—Exactamente lo que esperaba —murmuró en voz baja.

Miranda, por su parte, lo miró con cierta calidez.

No dijo nada, pero en su mirada había una mezcla entre admiración silenciosa y orgullo contenido.

Ver a su hijo deducir con esa claridad…

hacía que, aunque no lo demostrara, el peso de sus decisiones doliera un poco menos.

—Tráiganme a Park.

Sin decir una palabra, Cristóbal se giró hacia la puerta.

Solo levantó una mano y apuntó con un gesto lento.

Como si la indicación bastara, un segundo después se escucharon pasos metálicos, luego el chirrido de garras mecánicas arrastrándose, y finalmente, gritos distorsionados por un modulador robótico.

—¡SÁQUENME DE ESTA MIERDA DE CUERPO!

¡CUANDO SALGA DE AQUÍ, LOS VOY A DESTRIPAR A TODOS, ¡UNO POR UNO!

¡ESPECIALMENTE A TI, MALDITO IDIOTA!

—la voz reverberaba como una mezcla entre perro enojado y radio dañada, modulada por una inteligencia artificial de muy mal humor.

Park Tae Hyun, encerrado en su forma metálica, fue literalmente lanzado dentro de la sala por dos soldados de TRUMAN.

Las patas resbalaron al entrar, raspando el suelo con un chirrido feo.

Su hocico robótico se movía como si pudiera fruncir el ceño.

—¡¿QUÉ MIERDA QUIEREN AHORA, ¿EH?!

¡NO SOY SU PUTO JUGUETE!

¡NO MÁS EXPERIMENTOS!

¡NO MÁS CIRCO, CARAJO!

Cristóbal se acercó tranquilo, lo tomó de un costado con una facilidad insultante y lo sentó sobre sus piernas.

Park pataleaba y agitaba su cuerpo como si pudiera arrancarse de ahí, pero los mecanismos no le daban la libertad que su ira exigía.

—¡SUÉLTAME, IMBÉCIL DE MIERDA!

¡TE VOY A METER ESA CALMA TUYA POR EL RECTO!

Ángel no se inmutó.

Lo miró un rato, frío, y luego lanzó la pregunta con un tono seco.

—¿Qué sabes de Dharma?

Park Tae Hyun, aún en su forma de perro robótico, soltó una risa rasposa y artificial.

Su voz parecía cargada de estática y frustración.

—¿Dharma…?

—repitió con sarcasmo— Esa maldita…

Dharma no es una persona, es una jodida fuerza del universo con complejo de niña malcriada.

¿Sabes qué hace alguien con ese poder?

Se aburre.

Solo eso.

Se aburre y cuando eso pasa, empieza a crear cosas.

Universos, mutaciones, juegos, lo que sea.

Solo por entretenimiento.

Cristóbal seguía sujetándolo, mientras Park se revolvía con rabia contenida.

—¡Y cuando algo no sale como quiere, cuando una de sus mierdas no se comporta como ella planeó…

se enoja!

¡Y no como una genio furiosa!

No… se enoja como una nena de cinco años que tiró el juguete al piso porque no le habló.

Explota cosas, destruye planetas, reinicia realidades como si fueran videojuegos con bugs.

¡Y luego se ríe, como si fuera parte del show!

Ángel apretó la mandíbula.

Su mirada era fuego contenido.

—¿Entonces eso fue?

¿La música en el cielo?

Park lo miró, con un brillo oscuro en los ojos metálicos.

—Obviamente fue ella.

Solo Dharma haría algo así.

Música épica en el puto cielo como si fuera la gran final de una pelea cósmica.

¿Sabes qué es eso?

Es ella diciendo “miren lo que puedo hacer”, porque no tiene otra forma de divertirse.

¡Y si no le funciona, se frustra, lo borra todo y vuelve a empezar!

¡Así de jodida está!

Se detuvo.

La voz le vibraba por la ira impotente.

—A mí me pasó.

Vi cómo se reía cuando todo se iba a la mierda.

Yo también fui uno de sus juguetes.

Uno que se rompió, y por eso me abandono.

Ángel cerró los ojos por un momento.

Su voz fue más baja, pero cargada.

—Entonces lo confirmé.

Park gruñó con amargura.

—¡Ya te lo dije, idiota!

Dharma no tiene un plan.

¡Tiene caprichos!

¡Y cuando los caprichos no salen, todos sangramos por eso!

Cristóbal lo bajó lentamente al suelo mientras Park pataleaba en el aire.

—¡SÁQUENME DE AQUÍ, MALDITOS!

¡LOS MATO A TODOS!

¡ESCUCHEN BIEN, HIJOS DE…!

Ángel solo se recostó, sin mirarlo más.

—Bájale el volumen al 5%, Cristóbal.

Ya escuchamos lo importante.

Y se hizo el silencio…

solo interrumpido por el murmullo metálico ahogado de un perro robot que aún quería comerse al mundo.

—¡Vaya perro más grosero que eres!

Agrego Miranda, con una pizca de risa en su voz, pero mas porque realmente siente que esta siendo demasiado grosero y dramático.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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