El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 36
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36: Comunicación 36: Comunicación El ambiente en la sala se congeló por un instante.
Park había quedado en silencio absoluto, sus patas metálicas temblaban con un tic nervioso.
Sus ojos robóticos se volvieron opacos…
pero no era un error del sistema.
Estaba pasando algo dentro.
De pronto, su cuerpo se estremeció.
—…Hola de nuevo, Tae Hyun —dijo una voz en su alma.
La reconoció al instante.
Dharma.
Él gruñó desde lo más profundo de su garganta robótica, y comenzó a revolcarse en el suelo, pataleando como si quisiera romper la realidad a pisotones.
—¡TÚ!
¡VETE A LA MIERDA!
¡ZORRA DEFORME!
¡JAMÁS TE PERDONARÉ!
Dharma rió.
No con crueldad…
con burla.
—Mira cómo te tienen ahora… ¿Un perro?
¿De verdad?
Qué gracioso.
Qué patético.
Eras mi obra maestra, Tae Hyun.
Un portador de caos.
Pero no… decidiste ser un juguete roto.
—¡NO TE ATREVAS A HABLARME ASÍ!
¡YO ERA TODO LO QUE TENÍAS!
¡LO DI TODO!
¡Y CUANDO TE LLAMÉ, CUANDO SUPLIQUÉ…!
—Park apretaba las patas metálicas contra el suelo— ¡TÚ NO VINISTE!
¡TÚ ME DEJASTE!
¡YO TE NECESITABA!
Dharma se quedó en silencio un segundo.
Luego suspiró, aburrida.
—Ay, cierto… ya me acuerdo.
Estaba… hmm… jugando con un planeta lleno de vida en otra galaxia.
Pero, je… se me fue la mano.
Los maté a todos.
Ups.
Park golpeó el suelo, cada palabra cargada de veneno: —¡ERAS MI DIOS, MALDITA!
¡Y ME ABANDONASTE COMO A UNA BASURA!
Intentó seguir gritando, pero su cuerpo robótico empezó a fallar.
Los insultos se volvían distorsionados, incomprensibles.
Terminó soltando una serie de ladridos agudos y rabiosos.
Ángel alzó una ceja con calma fría.
—Suban el volumen.
Quiero ver qué dice este imbécil.
Cristóbal asintió y ajustó los controles del casco traductor.
La voz distorsionada de Park volvió con claridad.
—…¡Y TE CAGAS EN TODO, MALDITA INFELIZ!
¡TE DIVIERTES MIENTRAS NOSOTROS SANGRAMOS!
¡NO ERES UNA DIOSA!
¡ERES UNA NIÑA CON PODERES DESTRUCTORAS Y COMPLEJO DE REINA!
Dharma simplemente sonrió desde su dimensión, mientras lo escuchaba.
—Te extraño, Tae Hyun.
—¡VETE A LA MIERDA!
—rugió Park, temblando— ¡Y BAJA AQUÍ, COBARDE!
¡DÉJAME MATARTE, AUNQUE SEA COMO UN MALDITO PERRO!
Ángel giró la cabeza hacia Woods sin cambiar la expresión.
—Bájale el volumen otra vez.
Ya volvió a ladrar.
El silencio regresó.
Pero todos sabían que no estaban solos.
Dharma… había vuelto.
Y había empezado a hablar.
Mientras los ladridos de Park se apagaban lentamente con el control de volumen reducido, Ángel cruzó los brazos y miró a Cristóbal sin girar del todo la cabeza.
—¿Y tú?
—preguntó con esa voz seca y grave—.
¿Puedes hacer lo mismo?
¿Hablar con ella así?
Cristóbal lo pensó un segundo.
No por no saber la respuesta, sino por si valía la pena decirla en voz alta.
—No —respondió, directo, sin adornos—.
Yo no la llamo.
Ella decide cuándo y con quién habla.
No es un teléfono, Ángel… es una fuerza.
Una presencia.
Yo solo la siento… cuando quiere que la sienta.
Ángel lo miró con el ceño fruncido.
No dudaba de él, pero le incomodaba que no pudiera manipular esa variable.
No le gustaban las variables que no podía controlar.
Especialmente cuando tenían nombre.
—Tch… maldita ególatra.
Woods, sentado cerca con su tablet en mano, observaba el comportamiento de Park, los registros del casco, los picos de energía, incluso las variaciones de temperatura dentro del circuito neurológico canino.
—Eso lo confirma —murmuró—.
Dharma está presente… ahora mismo.
Está escuchando.
Miranda cruzó las piernas, seria, sin desviar los ojos de la pantalla gigante que reproducía la telemetría.
Habló por primera vez desde que Park comenzó a ladrar.
—Si Park puede hablar con ella… y Cristóbal puede percibirla…
entonces tenemos dos enlaces.
Dos únicos puntos de contacto con Dharma.
Todos se quedaron en silencio.
Incluso Park, aunque aún gesticulaba y se retorcía con frustración, se notaba que el volumen bajo ya no dejaba oír nada.
Solo quedaban sus gestos, sus gruñidos silenciados, su rabia muda.
Ángel miró primero a Park, luego a Cristóbal.
Su mente giraba.
—Entonces vamos a necesitar a los dos —sentenció—.
Uno para provocarla.
El otro para leerla.
Woods asintió.
—Podemos diseñar algo a partir de eso.
Si la obligamos a aparecer…
aunque sea por segundos… podríamos obtener algo.
—Una debilidad —añadió Miranda—.
Un rastro.
Un patrón.
Cristóbal los miró a todos, sin cambiar su tono.
—Solo recuerden algo…
A ella le encanta jugar.
Si intentamos manipularla, se va a dar cuenta.
Y entonces no va a responder con palabras.
Va a responder con universos rotos.
Ángel lo escuchó, pero no cambió de expresión.
Solo cerró los ojos por un momento.
—Entonces juguemos mejor que ella.
Después de unas horas, Ángel se encontraba solo en el área de entrenamiento subterránea de TRUMAN.
El ambiente era amplio, con luces blancas frías y plataformas móviles que se activaban a través de una consola integrada al centro del piso.
Frente a él, varios muñecos robóticos estaban desactivados, esperando órdenes.
Ángel ya llevaba rato intentando iniciar la simulación de combate, pero lo único que lograba era hacer que una voz robótica repitiera comandos en japonés que no entendía en lo más mínimo.
—Katachi o kakunin shite kudasai —decía la voz una y otra vez.
—Cállate ya…
—masculló Ángel entre dientes, presionando el mismo botón por cuarta vez.
La pantalla solo arrojaba menús incomprensibles.
Ángel apretó los dientes, frustrado, y golpeó la máquina con el puño cerrado.
Nada.
El sistema seguía igual de inútil para él.
Fue entonces cuando se escuchó una voz ligera, casi entusiasta.
—¡¿Ángel?!
¿Qué haces aquí solito?
Él no necesitó girar para saber quién era.
Solo apretó más fuerte los botones, como si con eso la ignorara.
—¿Otra vez tú…?
—respondió sin voltearla a ver, con su tono seco y plano.
Sarah se acercó con su típico paso algo torpe, aún sujetando su rifle con ambos brazos como si fuera parte de su cuerpo.
—¡Oye!
Solo preguntaba —dijo con media sonrisa, aunque parecía que no sabía si debía ofenderse—.
¿Estás entrenando o rompiendo la máquina?
—Estoy intentando iniciar el protocolo de combate…
—respondió Ángel finalmente, mirando la consola con fastidio—.
Pero claro, como todo está en japonés y los idiotas de aquí no actualizan el sistema, tengo que adivinar si estoy activando el entrenamiento…
o pidiendo sushi.
Sarah contuvo una risa, pero no lo logró del todo.
—¿Quieres que te ayude?
—…No.
Ella igual se acercó, como si no hubiera escuchado.
Miró el panel por encima del hombro de Ángel, y murmuró algo.
—Mmm…
creo que este botón activa los niveles básicos.
¡Oh!
Este es para las armas holográficas…
Ángel frunció el ceño, sin moverse.
—Hazlo entonces, ya que viniste —dijo, resignado—.
Pero si explota, vas a la cabeza.
—¡Qué confianza me tienes!
Sarah pulsó unos botones, y la consola cambió de color.
Un nuevo mensaje apareció en japonés, pero esta vez, los robots comenzaron a moverse.
Ángel se puso de pie inmediatamente, tensando los músculos.
—Hmph.
Por fin.
—De nada, por cierto…
—dijo Sarah con una sonrisa, mientras retrocedía con el rifle en brazos—.
¡Buena suerte!
Ángel no respondió.
Ya tenía los ojos clavados en los objetivos.
Ángel ya se encontraba completamente inmerso en su entrenamiento.
La sala vibraba con cada impacto que generaba; sus movimientos eran precisos, letales, sin desperdiciar energía.
Un solo golpe bastaba para quebrar el torso metálico de uno de los autómatas, y cuando usaba sus alas, eran como hojas vivas cortando el aire.
Los sensores apenas lograban seguirlo.
Era una máquina de matar sin necesidad de armas—inteligencia, adaptación y puños, eso era todo lo que necesitaba.
Uno de los robots activó un señuelo holográfico.
Ángel lo supo, pero el engaño era bueno.
El real apareció desde otro ángulo y logró darle un golpe seco en el costado.
Ángel retrocedió un paso, gruñó entre dientes, y antes de que el autómata pudiese atacar de nuevo, lo destruyó de un solo puñetazo en el cráneo.
Su respiración era profunda pero contenida; el golpe lo había dolido, pero no importaba.
No estaba ahí para no recibir golpes.
Estaba ahí para hacerlos parte de su avance.
Sarah, sentada en una esquina, no podía apartar los ojos de él.
Había visto pelear a muchos, incluso había entrenado con varios…
pero lo que Ángel hacía no era simplemente pelear.
Era moldear el combate a su favor.
—Yo…
yo también puedo hacer eso…
¿verdad?
—se dijo en voz baja.
Se levantó, corrió hacia el campo, y con toda la fuerza que tenía, imitó el movimiento de puño que Ángel había hecho antes.
Lo lanzó con todo…
pero no alcanzó.
Un robot activado detectó su presencia y un filo de brazo cortante se dirigió directo a su cuello.
En una fracción de segundo, Ángel apareció frente a ella.
El ala se expandió y rebanó el brazo del autómata, mientras con su otra mano empujaba a Sarah hacia atrás.
El robot cayó en pedazos.
—¿Estás loca o qué?
—le gruñó, sin ocultar el enfado.
Sarah apenas podía respirar.
No solo por el susto, sino porque su cuerpo no estaba hecho para ese ritmo.
—Yo…
quería intentarlo…
pensé que si solo me metía y— —No te metas en mi entrenamiento —la interrumpió Ángel, seco, directo, sin siquiera verla.
Sarah se quedó en silencio.
Ángel se giró hacia los robots restantes, y antes de volver al combate, soltó sin emoción: —Vete.
No necesito una espectadora torpe aquí.
Al escuchar esas palabras tan frías y contundentes, Sarah bajó la mirada.
No estaba devastada, pero sí se sintió herida.
Lo suficiente como para que el entusiasmo con el que había llegado se esfumara.
Dio media vuelta, con pasos suaves, y salió de la sala con una expresión seria, labios apretados y una pequeña puchera que no pudo disimular.
Al cabo de unos minutos, se encontró con Jackie y Chaeun, quienes estaban sentados cerca de una de las esquinas del pasillo, platicando entre ellos.
Sarah se acercó arrastrando un poco los pies y se dejó caer a su lado, suspirando con fuerza.
—¿Ustedes… saben por qué Ángel es así?
—preguntó sin rodeos, con el ceño fruncido y una mezcla de confusión e incomodidad en la voz—.
Siempre es tan…
distante.
Tan agresivo.
Jackie se encogió de hombros, ladeando la cabeza mientras pensaba cómo decirlo sin sonar demasiado rudo.
—Ese tipo tiene una historia que no se le cuenta a cualquiera —empezó—.
Pero lo poco que sé…
ya es suficiente para entenderlo.
Ha pasado por cosas que romperían a cualquiera.
Tuvo un accidente que se lamenta cada mañana tarde y noche con una chica llamada Samantha.
Lo mutilaron, lo traicionaron, lo forzaron a cosas que ni él mismo entendía.
No confía en nadie porque todos los que ha conocido lo usaron o lo lastimaron.
Incluso cuando ayuda, lo hace con rabia.
Chaeun, que escuchaba en silencio, asintió con suavidad.
—No lo conozco tanto como Jackie, pero…
sí.
Siempre ha sido así.
No es algo nuevo.
Su forma de ser no es por casualidad.
Es como si tuviera que pelear todos los días para no romperse…
y para no romper a los demás.
Sarah bajó un poco la cabeza, pensativa.
Sus manos se entrelazaron sobre sus piernas.
—No sé…
siento que hay más detrás de esa cara de piedra.
Algo que nadie ha visto todavía…
Jackie sonrió un poco, sin humor.
—O tal vez ya lo vimos.
Solo que no supimos qué hacer con eso cuando apareció.
Miranda apareció en la conversación de forma inesperada, como si su sola presencia silenciara las inquietudes con una mezcla de nostalgia y gravedad.
Se acercó con una taza de café en las manos, los ojos ligeramente entrecerrados, y una expresión que llevaba años sin mostrarse.
—¿Hablan de Ángel, cierto?
—dijo con suavidad.
Jackie, Sarah y Chaeun asintieron al unísono.
Sarah, con la mirada aún cargada de preguntas, fue la primera en hablar.
—Se ve que lo conocen…
pero… ¿qué le pasó realmente?
Mencionaron algo sobre un accidente…
¿Y quién es Samantha?
Miranda inhaló profundamente.
Tomó asiento junto a ellos, manteniendo su mirada fija en un punto vacío, como si al hablar pudiera ver el pasado pasar frente a sus ojos.
—Samantha… no sé bien quién es.
Y eso lo digo como su madre —admitió, con cierta impotencia—.
Ángel no habla de ella.
La esconde incluso de sí mismo.
Pero por lo poco que supe… fue alguien que le gustaba.
Alguien que lo hacía sonreír.
Y alguien a quien… mató.
Accidentalmente.
Sarah abrió los ojos, horrorizada.
Jackie bajó la mirada, serio.
Chaeun mantuvo el silencio, cruzando los brazos con expresión pesada.
—Fue un accidente…
uno que lo marcó de por vida.
—Miranda bajó la voz—.
Cada noche, me culpo por no haber estado ahí.
Yo trabajaba junto con Woods en ese tiempo… investigábamos los orígenes de Dharma, cuando aún solo la conocíamos como la anomalía.
Dejé a Ángel solo muchas veces…
él era apenas un niño.
La voz de Miranda se quebró sutilmente, y fue Jackie quien preguntó lo que todos estaban pensando.
—¿Y su padre?
Miranda tardó en responder.
Se llevó la taza a los labios pero no bebió.
Luego bajó la mirada, con una sonrisa triste y resignada.
—Se fue.
Caleb Voss.
—La mención del nombre pareció sacudir a todos, incluso a los que apenas lo conocían por referencias vagas.
—¿Se fue…?
¿Así sin más?
—preguntó Chaeun, sin ocultar su sorpresa.
—Sí.
Dijo que todo esto era su culpa.
Que nunca debió casarse conmigo… que ese accidente fue su culpa también, de algún modo.
Se sentía como un peso para la familia.
Y quizás…
tenía razón.
O quizás no.
No lo sabré nunca.
Pero desde que se fue… las cosas simplemente han estado subiendo y bajando.
Como una rueda rota.
Pero lo curioso…
es que la suerte nunca fue el problema después de su partida.
Solo el vacío.
El silencio los envolvió.
Sarah bajó la mirada, tocándose los dedos como si buscara algo que decir.
Jackie se apoyó en sus rodillas, pensativo.
Y Chaeun solo miraba a Miranda con una mezcla de respeto y tristeza.
—Ángel no necesita compasión —dijo Miranda por último—.
Lo que necesita… es espacio.
Y, si tiene suerte, algo de redención.
Aunque ni él mismo crea que la merece.
Sarah, con la ceja fruncida y los brazos cruzados, preguntó de pronto: —¿Y cuándo es su cumpleaños?
Jackie y Chaeun se miraron entre sí, dudando.
—Nunca me lo había preguntado —dijo Chaeun con una expresión neutra.
—Tampoco yo… —añadió Jackie, rascándose la cabeza— ¿Tú sabes, Miranda?
Miranda asintió, con una leve sonrisa algo nostálgica.
—Es el 27 de junio… ¿por qué la pregunta?
Sarah infló las mejillas y respondió: —Quizá… dándole algo.
Un regalo.
Algo que muestre aprecio sincero… pueda suavizarlo un poco.
Jackie soltó una carcajada breve y negó con la cabeza.
—Eso es inútil, lo hemos intentado.
Y no es que no le guste, simplemente… tira las cosas, o ni siquiera las abre.
No es que no los quiera… es que él siente que no los merece.
Ahí es cuando Sarah explota.
—¡Eso es RIDÍCULO!
—gritó, con el rostro rojo y la voz quebrada de indignación— ¡Él merece mucho más de lo que cree!
¡No puedo creer cómo alguien como él, alguien que SALVÓ Corea y luego Osaka, alguien que…
que lo ha dado todo, se tenga tanto odio a sí mismo!
El silencio fue inmediato.
Jackie la miraba sorprendido.
Chaeun parpadeaba.
Y Miranda… solo agachó un poco la cabeza, conmovida por esas palabras.
Sarah continuó, con voz más baja pero firme: —Es patético.
No él… sino lo que se ha hecho a sí mismo.
Se ve y se siente tan roto… tan perdido… y no puedo soportar que mi ídolo sea alguien que cree que merece sufrir.
Ella se tapó la boca después de decir eso, y sus ojos se abrieron como si recién se diera cuenta de todo lo que había dicho.
—¡Perdón!
Me pasé… lo siento —murmuró, girando la cabeza con vergüenza—.
Es que… lo admiro mucho.
De verdad.
Jackie, con una sonrisa socarrona, aprovechó el momento.
—Una pregunta, Sarah… —dijo con voz más baja, entre burlesca y curiosa— ¿Te gusta Ángel de alguna forma?
Sabemos que tiene buen aspecto, sí, pero… si crees que puedes arreglarlo, meh…
Sarah se sonrojó de inmediato y dio un paso atrás.
—¡¿Qué?!
¡¡No, no me gusta!!
¿Qué están diciendo ustedes?
¡Yo solo lo aprecio!
¡Es todo!
¿De qué están hablando exactamente!?
Chaeun soltó una risa baja y se cruzó de brazos.
Miranda, con una sonrisa tenue pero clara, intervino con seriedad maternal: —Sarah… Ángel no está listo para algo así.
Lo digo como su madre.
Él ha vivido cosas que nadie debería vivir… y aunque agradezco tu cariño, él no es una persona fácil.
No porque sea malo, sino porque… no cree merecer amor.
Sarah bajó la mirada, cruzando los brazos con fuerza.
—No importa si está listo o no… no quiero que me vea como alguien que lo quiere cambiar.
Solo quiero que se dé cuenta de que… hay personas que sí lo valoran.
Aunque él no pueda verlo todavía.
Miranda respiró hondo y asintió con suavidad.
Jackie se encogió de hombros con una leve sonrisa.
—Tú sabrás, Sarah.
Solo no te rompas tú también en el proceso.
Sarah no dijo nada.
Solo cerró los ojos un momento.
Luego de un breve silencio tras la conversación con Miranda, Sarah se levantó del banco junto a Jackie y Chaeun, decidida.
—Voy a volver a la sala de entrenamiento —dijo con firmeza.
Jackie levantó una ceja.
—¿Otra vez?
¿No te fue suficiente el susto?
Sarah asintió, determinada.
—Voy a intentar hablar con él… de verdad.
Chaeun sonrió y alzó una mano.
—¡Suerte, amiga!
Sarah le respondió haciendo la clásica seña de paz con los dedos, medio girando sobre sus talones antes de marcharse con pasos apresurados pero sin dudar.
Cuando abrió la puerta de la sala de entrenamiento, lo primero que vio fue una escena brutal: Ángel estaba con las alas desplegadas, ensangrentado de negro, arrancándole a puño limpio el núcleo sintético al último robot que quedaba.
El líquido oscuro, aceitoso, salpicaba por todos lados.
Sus manos estaban empapadas, al igual que sus brazos y parte de su gabardina.
Su expresión era completamente fría, vacía, como si ese fuera su único propósito: destruir.
Sarah dio un pequeño sobresalto, abriendo los ojos… pero no retrocedió.
Solo se llevó la mano al pecho un instante y tragó saliva.
Después caminó hacia un banco alejado, sin decir nada, y se sentó, observándolo desde lejos.
Ángel no tardó en notarla.
—¿Otra vez tú?
—gruñó, sin voltearse del todo—.
¿Qué haces aquí?
Te dije que te fueras.
¿No entiendes el puto concepto de “dejar de joder”?
Sarah se quedó callada un momento.
Pero no se fue.
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