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El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 38

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38: El vinculo 38: El vinculo Al día siguiente, la base de TRUMAN despertó con su habitual ritmo mecánico y disciplinado.

Puertas abriéndose, botas resonando sobre el suelo metálico, conversaciones cruzadas en pasillos y el olor persistente a café reciclado.

Cada uno de los residentes se levantaba para cumplir con su rol diario, manteniendo la rutina que los mantenía cuerdos en medio del caos.

Pero Ángel no se unió a ellos.

Él se quedó en la sala de análisis junto a Woods y Miranda, rodeados por pantallas flotantes, notas dispersas y decenas de archivos audiovisuales almacenados en servidores de todo el mundo.

En lugar de entrenamiento físico, ese día su enfoque sería intelectual.

Woods se encontraba frente a una consola, ajustando los parámetros de un programa de análisis de ondas.

Miranda repasaba informes digitales, cruzando datos de redes sociales, satélites y sensores atmosféricos.

—Lo que pasó esa noche no tiene precedentes —decía Woods, sin apartar la vista de los gráficos que aparecían en las pantallas—.

El sonido fue escuchado en un rango de frecuencia que ningún dispositivo terrestre puede emitir de forma simultánea en escala global.

Incluso en zonas sin internet o electricidad.

Ángel, con los brazos cruzados, se mantenía en silencio mientras observaba una proyección en bucle del cielo nocturno con la sinfonía de fondo.

—Ese ruido…

—murmuró—.

No era solo música.

Era como una advertencia, un espectáculo.

Un evento.

Dharma lo hizo a propósito.

No por mensaje…

por diversión.

Miranda frunció el ceño.

—¿Crees que era solo entretenimiento para ella?

—Sí.

—Ángel asintió, mirando fijamente la imagen congelada de una aurora inusual captada desde Noruega—.

Imagínalo: todo el planeta, todos los humanos, parados bajo el mismo cielo, sintiendo que algo estaba por pasar.

Y ella…

mirándonos desde donde sea que esté, riéndose.

Woods giró su silla, apuntando con un control remoto a otra pantalla.

—Recibimos también patrones coincidentes en otras partes del mundo: zonas como Río de Janeiro, El Cairo, Berlín…

incluso en Siberia.

Todos los registros coinciden en tiempo.

Dharma sincronizó todo, Ángel.

Una sinfonía…

sin director humano.

Miranda añadió, bajando el tono: —Y tú dijiste que te sonaba como música de batalla, como si anunciara algo.

—Porque lo era.

—respondió Ángel, firme—.

Está jugando.

Todavía no empezó lo serio.

Esto solo fue…

el telón subiendo.

El ambiente se volvió denso.

Ángel seguía sentado en la sala, los ojos fijos en las pantallas como si pudiese encontrar la respuesta con solo apretar los dientes un poco más fuerte.

La música…

esa sinfonía que aún resonaba en su mente, no lo dejaba en paz.

Sonaba a batalla, sí.

Pero no a una amenaza directa.

Era como si alguien —algo— quisiera verlos pelear entre ellos.

Como si el caos fuese el verdadero espectáculo.

No era una advertencia.

No era una invasión.

Era un desafío.

—No encaja…

—murmuró con la mandíbula apretada, acariciándose el entrecejo—.

No es solo hostilidad…

ni siquiera es guerra abierta.

Es una especie de…

competencia.

Miranda, desde el otro lado de la sala, lo observó un momento.

No quiso interrumpir.

Lo había visto en ese estado antes: frío, calculador, obsesivo…

pero esa vez había un matiz nuevo.

Frustración.

No porque no entendiera.

Sino porque casi entendía.

Woods cruzaba datos en segundo plano, analizando impulsos electromagnéticos, radiación, incluso la actividad cerebral global que se registró durante el evento.

Nada daba un resultado claro.

Ángel seguía en su espiral: videos de reacción, clips de streamers analizando el fenómeno con su teatralidad usual.

“Bro es como si viniera el apocalipsis con orquesta”, decía uno.

“Esto suena como cuando en un juego online alguien pone la música de jefe final solo para asustar a los demás”, decía otro.

El patrón era claro: nadie sabía qué era, pero todos sentían lo mismo.

Batalla.

Competencia.

Algo que se acercaba.

Ángel apagó uno de los monitores con fuerza y se quedó un momento en silencio.

Luego miró hacia el lado donde descansaba el cuerpo metálico de Park, inerte por ahora, y más allá, el rincón donde Cristóbal había dejado su teléfono torpemente conectado a una batería externa.

—Necesito hablar con ella…

—susurró—.

Necesito que ella venga a mí.

Se levantó.

Sus alas se extendieron levemente por impulso, tensión.

Caminó de un lado a otro de la sala.

Pensaba en lo que podía usar.

Park era caótico, impredecible, molesto…

pero Dharma lo escuchaba.

Incluso ahora.

Y Cristóbal, a su manera, también servía de canal.

—Si ella los elige para hablar…

entonces tengo que usar eso.

—Dio media vuelta y miró a Miranda—.

Si ella aparece cuando se le provoca…

entonces hay que provocarla.

Miranda alzó la ceja.

—¿Qué planeas hacer?

—No lo sé aún…

pero sea lo que sea, no pienso seguir esperando.

Dharma quiere vernos como juguetes.

Voy a demostrarle que hasta los juguetes pueden romperse…

y cortarte las manos.

Una pequeña sonrisa rota se dibujó en su rostro mientras se alejaba del panel, y murmuró para sí: —Vas a hablarme, perra celestial.

Vas a explicarme lo que querías decir con esa música, y entonces…

sabré cómo destruirte.

Ángel apretó los dientes con tanta fuerza que crujieron.

El murmullo de los sistemas de monitoreo, las pantallas encendidas, los videos pausados…

todo se sentía como una burla.

Su cabeza empezaba a dolerle por el esfuerzo, por la impotencia, por esa presión silenciosa que sólo él parecía sentir con tanta intensidad.

—Mierda…

—susurró con una voz grave, contenida.

Se levantó bruscamente de la silla, sus alas se estiraron con un impulso involuntario.

Miró la sala…

luego bajó la vista al piso…

y ahí lo dijo, con rabia, pero también con miedo: —Si la provoco demasiado, puede acabar conmigo…

con todos nosotros…

Sus ojos temblaban.

—Quiero investigarla, no que me mate…

—cerró el puño, su respiración empezó a acelerarse.

Y finalmente gritó: —¡CARAJO!

—y golpeó la mesa con el puño y las alas a la vez.

El impacto fue brutal.

La superficie de acero se deformó con el golpe, y sus alas, afiladas como navajas, se extendieron sin control.

El aire se cortó con violencia.

Tres sillas volaron al otro lado de la sala, una perdió la mitad de su respaldo, y la otra simplemente perdió la cabeza.

Woods, que estaba a su lado, reaccionó medio segundo tarde: la onda cortante pasó rozando su cabeza y le arrancó una pequeña franja de cabello en la coronilla.

—¡¡MIERDA, ÁNGEL!!

—gritó al instante, llevándose la mano al cuero cabelludo—.

¡Te pasaste, idiota!

Miranda no gritó, no se sobresaltó.

Solo activó su piel de diamante como un acto reflejo y se agachó ligeramente.

Sus ojos estaban bien abiertos, no por miedo…

sino por lo que significaba ver a su hijo llegar a ese punto.

Ángel respiraba con fuerza, jadeando como si acabara de correr diez kilómetros.

Cerró los ojos con rabia, los puños firmes, las alas vibrando en tensión.

—No soy estúpido…

—gruñó—.

Soy suficientemente inteligente como para saber que esto no es una pelea cualquiera.

No es un enemigo con un patrón de ataque.

Es un puto dios.

Y no hay nada, nada directo que nos diga qué es, qué quiere o cómo se detiene.

Miranda volvió a erguirse, y aunque su piel seguía cristalizada, su voz fue serena.

—Entonces, ¿por qué lo intentas solo?

Ángel no respondió.

Solo la miró de reojo.

Woods, aún arreglándose el cabello arrancado, bufó.

—Estás tratando de crear tus propias reglas en un juego sin reglas.

Lo sabemos.

Pero si te quemas por querer jugar al mismo nivel que ella, solo serás otra copia rota que Dharma se divierta en aplastar.

Ángel se sentó nuevamente.

No por cansancio, sino porque si no lo hacía, seguiría destruyendo la sala.

Se cubrió la cara con una mano, frustrado, mordiéndose los pensamientos.

Sabía que tenía razón.

Todos lo sabían.

Y aún así…

—Tengo que hacerlo, —dijo en voz baja—.

Si no lo hago yo…

¿quién más?…

Los otros no llegarían a este punto, y tampoco saldrían vivos en una pelea con Park…

y eso que es solo una abominación cualquiera de Dharma… Mierda… Esto tengo que hacerlo yo.

Minutos después, en la sala principal de operaciones de Truman, el ambiente era espeso.

Luces bajas, monitores encendidos, todos parados alrededor de la gran mesa central.

Miranda observaba en silencio.

Woods anotaba algo.

Y Ángel estaba de pie con los brazos cruzados, sus alas recogidas con tensión evidente.

Cristóbal llegó primero, sereno como siempre.

Caminaba con sus manos en los bolsillos, su mirada inexpresiva pero calculadora.

Park vino después, arrastrado en su forma de perro metálico, maldiciendo y gruñendo desde el momento en que cruzó la puerta.

Ángel los observó un momento antes de hablar.

—Bien…

escuchen.

Tengo una idea.

No me gusta, pero es lo único que tengo.

—Se acercó un poco más a la mesa, donde el mapa digital del mundo seguía proyectado—.

Ustedes dos tienen algo que los demás no.

Dharma los nota.

Los escucha.

Y aunque es arriesgado, necesito que la llamen.

Cristóbal lo miró con una ceja alzada.

—¿Llamar a una entidad interdimensional impredecible por capricho?

Suena como un mal plan.

—Sí —dijo Ángel, seco—.

Y es el único que tenemos.

Quiero saber qué fue esa música.

Necesito una reacción.

Un mensaje, una señal, algo.

Pero si yo lo intento…

me borra.

Ustedes…

ya han lidiado con ella.

Y aún están aquí.

Park ladró algo incomprensible, su voz distorsionada aún filtrada por el sistema.

Woods le subió el volumen a la consola.

—¡SI ME VUELVEN A MUTEAR, LES ARRANCO LAS MALDITAS EXTREMIDADES, Y SI NO ME ESCUCHAN BIEN, ¡TAMBIÉN LES VOY A ARRANCAR LOS PUTOS ÓRGANOS SENSORIALES UNO POR UNO!

—Perfecto, te escuchamos.

Felicidades —respondió Ángel con desdén—.

Concéntrate en el maldito plan.

—Pff, plan dice…

—gruñó Park mientras se sentaba como un chucho resignado, pero sus ojos metálicos brillaban con más seriedad que de costumbre—.

¿Y si la llamamos y decide jugarnos como fichas otra vez?

¿Y si le gusta tanto que no se va?

—Lo sé —respondió Ángel, clavando la mirada en él—.

Por eso el que no reciba contacto directo será el que me comunique lo que pasa.

Si ella aparece…

espero que solo sea en uno de ustedes.

Cristóbal entrecerró los ojos.

—Eso es asumir que solo puede hablar con uno a la vez.

—Es suerte —dijo Ángel—.

La misma suerte que me queda.

Hubo silencio.

Un silencio de aceptación tensa.

Entonces Park, contra todo pronóstico, se calló…

y asintió.

Sin burlas, sin sarcasmo.

—Entonces que empiece la función —dijo con una sonrisa torcida en su hocico metálico—.

A ver si a esa perra interdimensional todavía le gusta jugar con nosotros.

Mientras tanto, muy lejos de cualquier concepto conocido de espacio o tiempo, en su propio rincón de la existencia, Dharma jugaba.

Sentada sobre un trono pulsante, formado por fibras orgánicas y estructuras imposibles, observaba con atención cómo Samantha (la copia) miraba una de las tantas simulaciones que se desplegaban en el vacío infinito.

Mundos enteros aparecían y desaparecían en cuestión de segundos, arrasados por tsunamis de fuego, invertidos en su lógica física, o reiniciados como si fueran simples niveles de un videojuego.

—¿Ves?

—decía Dharma, agitando un dedo hacia un planeta que acababa de ser tragado por una espiral de vacío— Eso es lo que pasa cuando un mundo decide adorar a la bondad.

Es aburrido.

Mira ahora…

Chasqueó los dedos, y ese mismo mundo apareció de nuevo, esta vez en una guerra constante entre clones de sí mismos.

Samantha observaba en silencio, confundida, sus manos sobre sus piernas, quieta.

—¿Y esto…

está bien?

—preguntó ella, tímidamente.

Dharma sonrió.

—No hay “bien” ni “mal”, muñeca.

Solo está lo que me entretiene…

y lo que no.

Justo entonces, un zumbido agudo se coló en su mente.

Le molestó.

Parpadeó, irritada, y se llevó dos dedos a la sien.

—Ugh… ¿qué es eso?

—masculló— ¿Qué idiota está intentando llamar mi atención?

Samantha se giró preocupada.

—¿Pasa algo?

—Nada grave —respondió Dharma con un tono ácido—.

Seguro es uno de mis fallos.

Alguno de los tontos que les regalé un don al azar y ahora se creen importantes.

¿Será el malcriado?

¿O el nuevo?

Ugh… molestos.

Cerró los ojos por un momento, y la conexión se abrió.

Un puente invisible entre su conciencia y la de Cristobal se activó, y su voz emergió directamente en su alma, clara, vibrante, como si la estuviera susurrando al oído, aunque la distancia fuera infinita.

—¿Tú, otra vez?

—dijo Dharma, con fastidio y una sonrisa burlona que Samantha no entendía— ¿Qué quieres ahora, criatura deforme?

¿Viniste a pedirme más poder o a llorar porque los humanos te miran raro?

Samantha solo alcanzó a ver cómo una sombra surgía detrás del trono, la forma etérea del canal de comunicación que Dharma abría con Cristobal.

En la sala, el ambiente se mantenía denso.

La energía distorsionada de Cristobal se agitaba como una ola invisible, mientras los dispositivos parpadeaban y las luces parpadeaban intermitentes.

De pronto, Park Tae Hyun, aún en su forma de perro mecánico, dejó escapar una risa chirriante.

—¡JA!

¡Lo sabía, volvió, esa hija de—!

¡CLANK!

Un tajo limpio, seco, preciso.

La hoja de ala de Ángel cruzó el aire en un instante y le arrancó el hocico metálico a Park, haciéndolo chocar contra la pared con un golpe sordo.

Los fragmentos chispearon en el suelo, dejando solo el silencio.

—Cállate.

No la alertes más de lo necesario —murmuró Ángel, frío, sin mirarlo siquiera.

Park gruñó, pero su voz seguía activa desde el intercomunicador interno de su garganta mecánica.

El volumen fue bajado a un nivel casi inaudible, como si no quisieran correr el riesgo de que Dharma escuchara más de la cuenta.

Nadie en la sala sabía a ciencia cierta cómo funcionaba su percepción: si escuchaba todo a través de su canal activo, o si su conciencia flotaba por cada espacio donde alguien la nombrara.

Desde el suelo, aún sacudiéndose de la sorpresa, Park habló con voz distorsionada: —Dice…

que qué mierda quieren, que por qué la molestan como si estuvieran pidiendo más poder.

O si ya se olvidaron de quién es…

Pfff…

—sacó una risita metálica— Se notaba molesta, pero también…

curiosa.

Como si quisiera jugar.

Ángel no respondió de inmediato.

Solo tomó un bolígrafo y escribió algo rápido en una hoja.

“Preguntas simples.

Que parezca que no te importa.

Hazla hablar.

Nada agresivo aún.” Le pasó el papel a Cristobal, que lo leyó sin levantar la mirada.

Luego, su voz emergió suave, neutra, controlada, como si estuviera preguntando por el clima.

—La música…

la que todos escucharon esa noche.

¿Fuiste tú?

¿Tenía algún significado?

Dharma rió en su mente.

No era una risa amable, era de esas que se sienten como un zumbido ácido en el cráneo.

—¿Significado?

Solo para mí.

No fue una advertencia ni un anuncio.

Era ambientación, como le dicen ustedes.

Una buena competencia necesita una buena banda sonora, ¿no crees?

Ángel, al escuchar eso desde los parlantes bajos donde Park traducía todo lo que Dharma respondía a Cristóbal, alzó la mirada con los ojos entrecerrados.

Su mandíbula se tensó.

—¿Ambientación…?

—repitió entre dientes.

Cristóbal continuó: —¿Te refieres a una competencia real?

Dharma respondió como si estuviera girando entre carcajadas: —Por supuesto.

Una carrera en el espacio, con versiones alternas de algunas de mis piezas favoritas.

Uno de tus amiguitos…

¿cómo se llamaba?

Ah, sí.

Ángel.

Su copia participó.

Bueno, hasta que lo volaron en pedazos, ¡jajaja!

Miranda se tapó la boca, conteniendo un escalofrío.

Woods murmuró: —Entonces la música…

era literal.

Estaba sonando allá, y por alguna razón…

la oímos acá.

Cristóbal lanzó otra pregunta: —¿Por qué la oímos?

¿Por qué no se quedó en ese universo?

Dharma suspiró teatralmente.

—Es que ese universo…

está conectado al suyo.

Por un pequeño agujero que dejé abierto sin querer.

O tal vez fue a propósito, quién sabe.

Me distraje con una copia de Samantha en medio del evento…

En fin, no soy buena cerrando puertas.

Ángel se quedó helado por un segundo.

Su ceño se frunció con rabia e incomodidad.

—… Park, ya con el volumen apenas audible, masculló: —Qué hija de puta…

Dharma, como si lo escuchara, soltó otra risa aguda a través de la conexión con Cristóbal.

—¿Y sabes qué es lo más divertido?

Que ese universo sigue ahí.

Funcionando.

Observado.

Repetido.

A veces lo reinicio y dejo que mueran de nuevo.

O cambio el ganador.

O hago que exploten todos.

Es mío.

Cristóbal recibió la nueva nota escrita por Ángel.

La leyó sin levantar la mirada, solo parpadeó una vez.

Las instrucciones eran claras pero indirectas.

Nada demasiado obvio, pero lo suficiente como para empujar la conversación hacia lo que Ángel quería saber.

Miranda lo observaba de reojo.

A su lado, Ángel estaba en silencio, con los puños cerrados sobre sus rodillas, los nudillos blancos y la mandíbula tan apretada que crujía.

Su ala derecha se movía con un tic nervioso, apenas perceptible.

No gritaba, no reaccionaba…

pero ardía.

Miranda lo sabía.

Ese no era enojo cualquiera.

Era ira concentrada, calculada, algo que solo había visto en él una vez antes…

el día en que lo encontró cubierto en sangre, de pie, frente al cuerpo sin vida de ella.

Cristóbal habló en voz alta, pero pausado: —Y dime algo, Dharma…

ya que estás tan entretenida con tus copias, tus carreras, tus mundos desechables…

¿has hecho alguna copia basada en los recuerdos de otros?

Algo más emocional, más…

íntimo.

No por utilidad, sino por pura curiosidad.

¿Has jugado con eso?

Un leve silencio.

Luego la voz en su mente volvió.

—¿A qué te refieres, Cristóbal?

¿Copias basadas en vínculos emocionales?

Por supuesto.

Es más divertido cuando tienen sentimientos que los arrastran como cadenas.

De hecho…

recientemente, tomé los fragmentos más intensos de uno de los tuyos y construí una chica.

¿Cómo se llamaba?

Ah sí…

Samantha.

Cristóbal apenas parpadeó.

Lo había logrado.

Ángel lo había hecho hablar de ella sin siquiera mencionar su nombre directamente.

Ángel no se movió.

Pero Miranda lo notó.

Su espalda se tensó.

Sus alas se recogieron como si prepararan un golpe invisible.

Cristóbal fingió curiosidad casual: —¿Y qué hiciste con esa tal Samantha?

Dharma respondió divertida: —Nada complejo.

La manifesté.

La puse a hablar con otra copia.

Le dije que fuera cruel.

Que lo destruyera.

Fue…

educativo.

¿Por qué lo preguntas?

¿Tenías cariño por esa imagen?

Ángel, desde el fondo, apretó los dientes.

El sonido de la silla que crujía bajo su fuerza hizo que Woods alzara la vista.

Miranda lo notó.

—Ángel…

Él no respondió.

Cristóbal siguió con su papel.

Ya ni siquiera leía notas.

Ángel solo alzaba una ceja, asentía o negaba con un leve movimiento.

Se estaban entendiendo con miradas.

—¿Y cómo sabías qué sentimientos ponerle?

¿Quién te inspiró para crearla?

Dharma soltó una carcajada ligera.

—De uno de ustedes.

De él.

Del Ángel original.

¡Dios mío, cuánto odio y amor reprimido, cuánta culpa, cuánta necesidad absurda de redención!

¡Uf!

Me daba pena y asco al mismo tiempo.

Pero me sirvió.

Esa chica, aunque no fuera real…

lo hizo temblar.

Ahí fue cuando Ángel se levantó.

No hizo ruido.

No gritó.

Solo caminó hacia la pared más cercana y, con un solo movimiento de ala, la reventó, creando una grieta profunda de arriba a abajo.

Luego volvió a su silla, como si nada hubiera pasado.

Woods tragó saliva.

Miranda lo entendió todo.

La copia de ella.

Samantha.

Dharma la había usado para torturarlo de una manera que ni un dios debería permitirse.

Ahora todo tenía sentido: por qué Ángel estaba así, por qué su rabia no se iba, por qué no podía hablar de ella ni siquiera con su madre.

Cristóbal entonces preguntó, como si nada: —¿Y qué pasó con esa copia?

Dharma, divertida, respondió: —Explotó.

Como todos.

Pero valió la pena.

Y frente a ella, al menos sabe que es la muerte.

Ángel se levantó de golpe.

La sala se estremeció.

Sus alas se desplegaron por completo, y al mover el brazo, apagó bruscamente el volumen de Park con una sola orden.

—Silencio ya.

Pero Woods, sin dudar, presionó de nuevo el control.

—No.

Aún no terminamos.

Cristóbal, sigue preguntando.

Cristóbal asintió en silencio, pero Miranda ya no miraba a nadie más que a su hijo.

Sus ojos se clavaban en cada detalle de su cuerpo, notando cómo el temblor no venía del miedo, sino de la ira absoluta.

La furia del chico que había criado con tanto esfuerzo, tan callado y analítico… ahora era una bomba de odio, apenas contenida por piel y hueso.

Entonces, la voz de Dharma volvió, burlona, teatral, viva: —Oh, ordené a esa copia de Samantha que odiara a la de Ángel.

Quería ver cómo reaccionaban…

cómo sufrían.

¡Y vaya que lo hicieron!

Uno se quebró del dolor, la otra implosionó…

¡maravilloso!

Hasta probé con la madre también, ¡por si tenían alguna conexión emocional trágica!

Una joya de experimento.

Lástima que…

boom.

Ya no existen.

Y ahí todo se rompió.

Ángel golpeó la mesa con tanta fuerza que partió el metal por la mitad.

Un estruendo agudo sacudió la sala.

Todos se congelaron, pero no fue el golpe lo que heló la sangre de los presentes.

Fue cuando Ángel habló.

En voz alta.

Y Dharma lo escuchó.

Su tono era contenido, sí.

Su dicción, perfecta.

Su lenguaje, medido.

Pero cada palabra estaba hecha con veneno, fuego y plomo.

Una amenaza disfrazada de discurso.

Una maldición con forma de verdad.

—Dharma…

–empezó–.

Mata.

Destruye.

Revienta este edificio, esta ciudad, el puto planeta si quieres.

Hazlo.

Haz tu berrinche de niñata con omnipotencia.

Llena el universo de tus copias deformes, de tus juegos podridos, de tus gritos de diosa frustrada.

Yo no me voy a detener.

No importa si me desintegras mil veces.

No importa si creas cien versiones de mí solo para torturarlas.

No soy infinito.

Pero soy algo que ni tú puedes controlar.

Soy…

memoria.

Dharma calló por un momento.

Todos sentían su presencia en su mente.

La voz llegó, lenta, arrastrada como un gas venenoso por dentro: —Entonces…

¿me estaban espiando?

¡Jajajaja!

¡Increíble!

Increíble.

¡Divertido!

Peeeeeero…

—¡Hazlo!

–le gritó Ángel, interrumpiéndola, el tono al borde de lo demencial—.

¡Mátanos!

¡Vamos!

¿No es eso lo que haces?

¿No te cansas de jugar a ser diosa mientras ignoras lo básico del ser?

¿Qué te queda, Dharma?

¿Qué más?

Un millón de copias tuyas no es suficiente para contener todo el odio que te tengo.

¿Sabes por qué?

Porque tú no eres Dios.

—Tú…

eres un error.

Una niña malcriada con poder absoluto.

Una abominación divina con complejo de princesa y rabietas cósmicas.

Dios está en el cielo.

Y tú, tú no te pareces a nada divino.

Tú…

eres lo más repugnante que ha tocado este mundo.

Y con un rugido de ira, sus alas se agitaron, el aire de la sala se comprimió, la madera y el metal estallaron por la vibración del grito silencioso que había lanzado.

Cristóbal retrocedió un paso.

Woods lo miraba, sin palabras.

Park, incluso en forma de perro, bajó el hocico.

El aire se volvió pesado, como si el oxígeno mismo empezara a temer lo que se estaba diciendo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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