Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 39

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. El Cielo También Tiene Ruinas
  4. Capítulo 39 - 39 Datos
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

39: Datos 39: Datos La voz de Dharma, suave al principio, se impuso dentro de la cabeza de todos los presentes.

Un eco cálido…

pero autoritario.

—¿Por qué están tan molestos…?

Todos ustedes…

son lo que son gracias a mí.

¿O acaso lo han olvidado?

Sus dones, sus mutaciones, sus cuerpos alterados, sus mentes expandidas…

sus malditas oportunidades.

Todo lo que fueron, son y serán…

viene de mí.

Yo los hice posibles.

¿Y así es como me agradecen?

Las luces titilaron.

El aire chispeó como estática.

Cristóbal bajó la cabeza, en silencio.

Park gruñó bajo.

Miranda apretó los dientes.

Pero Ángel no se contuvo.

Sus alas se levantaron como cuchillas.

Sus ojos, filosos como hojas encendidas.

Y explotó.

—¿¡AGRADECERTE!?

¿¡Esto es lo que nos diste!?

Su voz retumbó en la sala, desbordando en furia.

—¡Si pudiera vivir sin esto, me arrancaría las alas!

¡Si me dijeras cómo sacarme esta maldita “bendición” que tú diste, lo haría ahora mismo!

¡Aunque eso significara nunca volver a volar!

Dharma parecía observar en silencio, sin moverse, pero su presencia quemaba en el aire como una fiebre.

—¿Y sabes por qué lo haría…?

Porque tú no eres Dios.

No eres el que mi madre adoraba cuando era niña.

No eres ese Dios.

No eres Jesús.

No eres la gracia de Jehová descendiendo sobre la tierra.

¡Tú eres basura!

¡Una caricatura de un dios!

Angel escupió al suelo, como si cada palabra fuese veneno.

—Si existiera una forma de arrancarte del alma del mundo… de vomitarte del universo… ¡LO HARÍA!

¡Te mandaría a la mierda sin pensarlo ni un segundo!

Silencio.

Solo el sonido de su respiración furiosa, el roce metálico de sus alas temblando de rabia.

Woods lo miraba, pálido.

Cristóbal cerró los ojos, aún escuchando a Dharma pero sin moverse.

Miranda no dijo nada.

Le temblaban las manos.

No de miedo.

De orgullo.

Y Park… simplemente murmuró: —Demonios… Las pantallas parpadearon violentamente, una distorsión eléctrica atravesó la sala como un pulso invisible.

Todos los monitores encendidos mostraron una sola imagen: el rostro de Dharma.

Su expresión no era la habitual.

No era burla, ni juego, ni sadismo disfrazado de dulzura.

Era…

indignación pura, envuelta en un aura que rompía cualquier lógica.

Su cabello caía lacio, oscuro como el vacío.

Su cuerpo, desnudo, no parecía pertenecer a ninguna especie ni género.

Era una silueta perfecta, pero carente de humanidad.

No tenía órganos, ni textura real.

Solo una figura…

funcionalmente divina.

Recién llegaron: Sarah, Jackie, Chaeun, quienes se congelaron al tan solo escuchar la ultima oración de sus palabras, pero no hablaron para ver de qué se trata.

—¿Cómo te atreves…?

—La voz de Dharma resonó por todos lados, en estéreo imposible—.

¿Quieres ver qué tan insignificantes son sin lo que yo les di?

Pausó apenas un segundo.

—Pues…

aquí tienen.

Angel apenas tuvo tiempo de reaccionar.

Un dolor leve, más psicológico que físico, lo atravesó por completo.

Y entonces, sus alas comenzaron a separarse.

Lentamente.

Como si alguien estuviera despegando una prótesis mal pegada.

No hubo sangre, ni carne rasgada… solo una sensación hueca.

Como si una parte vital se estuviera evaporando en silencio.

Él trató de moverse, pero no pudo.

El peso de sus alas se desvanecía.

Una.

Y luego la otra.

Cayeron al suelo como si fueran nada.

El sonido que hicieron al tocar el piso no fue metálico ni crujiente.

Fue demasiado real, demasiado seco.

Como si hubieran sido parte de él desde siempre… pero nunca debieron serlo.

Angel no gritó.

No habló.

Solo apretó los dientes con fuerza, temblando.

Su espalda ardía, no de dolor físico, sino de vacío.

Como si algo que definía lo que era…

ya no estaba.

Dharma lo miró desde todas las pantallas, con los ojos muy abiertos, casi rotos por la emoción.

—¿Lo ves ahora?

—dijo con un tono más bajo, casi contenida—Ustedes nunca fueron nada sin mí.

Yo soy la razón por la que existen.

Por la que se salvan.

Por la que duelen.

Por la que sienten…

Sarah dio un paso al frente, queriendo hablar, pero Jackie la sostuvo por el brazo.

Chaeun solo bajó la mirada, como si presenciar esto fuera un sacrilegio.

Miranda…

solo observaba a su hijo.

Como siempre.

Y Angel, de rodillas, sin alas, aún furioso, solo murmuró una palabra entre dientes: —…puta.

Dharma lo oyó.

Y sonrió.

Miranda se lanzó de inmediato, como si pudiera detener lo inevitable.

Apretó las plumas entre sus manos, sintiendo el calor reciente de su hijo todavía en ellas.

Su cuerpo temblaba, su voz salió desgarrada: —¡Dharma, maldita…!

¡Te juro que te voy a—!

Pero se detuvo.

No por miedo.

No por resignación.

Fue porque vio a Angel.

Sonriendo.

No una sonrisa de alegría.

No de burla.

Una sonrisa calculada.

Fría.

Control total.

Y en esa fracción de segundo, Miranda entendió.

Se tragó sus insultos.

Apretó los dientes.

Se levantó.

Y guardó silencio.

Angel no respondió enseguida.

Solo miro la mesa.

Tomó una libreta con la misma calma con la que alguien se serviría café por la mañana.

Se sentó.

Y empezó a escribir.

Y mientras escribía, se reía.

Una risa amarga, sarcástica.

Una carcajada casi sincera, como si todo esto le pareciera ridículo.

—¿Esto es lo mejor que tienes?

¿Pegarme cosas en la espalda para luego quitármelas como si fueras una madre quitando los juguetes de su hijo?

Dharma no respondía aún, solo lo miraba desde todas las pantallas.

La furia temblaba en su voz.

Angel seguía.

Hablando con sarcasmo, con ingenio, insultando…

Pero todo con un propósito.

—¿Sabes qué es lo interesante de ti?

Que te molestas cuando no te agradecen.

¿Qué clase de diosa necesita palmaditas en la espalda para no explotar como una niña mimada?

Cada palabra era una aguja.

Cada frase, una provocación quirúrgica.

Mientras hablaba, iba tomando nota.

Sin que Dharma lo supiera, Angel registraba cada reacción, cada silencio, cada microgesto en su rostro artificial.

La estaba desnudando sin que ella lo notara.

Desde el otro lado, Jackie murmuró bajito, cruzándose de brazos: —Este tipo… este puto tipo… Miranda, aún con la rabia en los ojos, lo miró también.

Y entre los dos, sin despegar la vista de Angel, soltaron en sincronía: —Es un puto genio.

—Está jugando ajedrez con un dios.

Dharma respiró hondo en la pantalla, pero no sabía si hablar o destruir algo.

Angel solo siguió riendo, con la mirada oscura, más vivo que nunca.

Y anotando.

Letra tras letra.

Dato tras dato.

Porque no hay mejor arma contra un dios que conocerlo más de lo que él mismo se atreve a mirarse.

Angel seguía hablando.

No, apuñalando con palabras.

Sus insultos ya no sonaban como simples ofensas, sino como bisturís diseñados para abrir una mente divina y exponer su interior.

—¿Eso fue todo, Dharma?

¿Quitarme las alas?

Pensé que querías hacer un espectáculo…

Pero mira, te salió un acto de títeres barato.

¿Seguro que no estás aburrida ya?

Seguro que lo estás, porque tú siempre lo estás.

En las pantallas, la figura de Dharma temblaba apenas.

Su expresión se deformaba, oscilando entre el desdén, la rabia, y una contención que claramente estaba al borde de explotar.

Angel lo sabía.

Lo quería así.

Mientras sus labios escupían veneno, sus manos escribían con precisión quirúrgica.

Y luego, sin decir una palabra, le pasó la libreta a Miranda.

Siete puntos.

Siete datos.

Siete verdades.

Dharma no es omnipresente.

—Solo escucha a quien elige, no todo lo que sucede alrededor.

Eso implica limitación perceptiva.

Es emocionalmente inestable.

—Reacciona de forma infantil ante el rechazo.

Tiene baja tolerancia a la frustración.

Tiene sentido del entretenimiento.

—No actúa con objetivos divinos o trascendentes.

Busca diversión.

Eso hace que todo sea un juego para ella.

No soporta sentirse ignorada.

—Necesita atención constante.

Desvía todo a ella.

La indiferencia podría debilitarla más que el ataque.

Su comunicación no es simultánea.

—No puede mantener múltiples diálogos profundos a la vez.

Al menos, no lo hace.

Lo que limita su “omnipotencia”.

Su poder es canalizado.

—No actúa en todas partes a la vez, tiene que manifestarse.

Y eso toma tiempo y energía.

Tiene memoria fragmentaria.

—Olvida detalles, incluso promesas o llamados importantes.

Lo demostró cuando ignoró a Park.

Podría olvidarse de cosas importantes por entretenerse.

Miranda leyó en silencio.

Jackie lo leyó por encima de su hombro.

Sus ojos se abrieron.

No en miedo.

En comprensión.

Angel no solo estaba ganando tiempo.

Estaba escribiendo el manual para destruir a un dios.

Dharma, desde la pantalla, se inclinó hacia adelante.

—¿Estás tratando de provocarme, Ángel sin alas?

Angel no le respondió directamente.

Solo volvió a escribir.

Y luego, mirando la pantalla con esa sonrisa cansada pero letal, se dijo a el mismo en su mente: —Tú sola te estás desarmando, querida.

Solo tengo que mirar y tomar nota.

La tensión en la sala era sofocante.

Las luces parpadeaban al compás de la rabieta divina que crepitaba a través de las pantallas.

Dharma, histérica, golpeaba con sus propias manos invisibles la realidad que la sostenía.

Su rostro se retorcía, su voz vibraba como un trueno rasgado: —¡Maldito seas, Ángel!

No debí crearte…

jamás debí dejar que existieras.

¡Eres mi error, mi falla, mi vergüenza!

El aire mismo pareció quebrarse con sus palabras.

Pero Ángel no se doblegó.

Se rio.

Primero bajo, seco.

Luego fuerte, burlón, hasta que su carcajada se volvió un grito histérico, atravesando la sala como una cuchilla.

—¿¡No debiste crearme!?

¡Entonces bórrame, puta!

¡BORRAME!

Levantó los brazos como si estuviera ofreciendo su cuerpo para ser pulverizado en ese instante.

Su risa era la de alguien que ya había aceptado la muerte hace tiempo, y por eso mismo, era invencible.

Dharma calló.

Su rostro en la pantalla se congeló.

Sus ojos, oscuros, se entrecerraron.

—No…

—murmuró, casi con calma fingida—.

Aún quiero divertirme contigo.

Angel dejó que su risa se apagara poco a poco, hasta que lo único que quedó fue su respiración fuerte, pesada, y esa sonrisa torcida que helaba la sangre de cualquiera que lo viera.

Entonces se inclinó hacia adelante.

Se apoyó en la mesa, hasta que su frente casi tocó la superficie fría de la pantalla.

Sus ojos y los de Dharma se encontraron, separados solo por el cristal.

Su voz bajó, pero no perdió ni un ápice de veneno: —Jamás… he visto ni en ficción.

Ni en películas, ni en novelas.

Ni en animes, ni en obras, ni siquiera en música o garabatos de niños de dos meses… algo tan pusilánime, glitché y estúpidamente patético como tu mera existencia como “Dios”…

niña malcriada.

Un silencio absoluto cayó en la sala.

Sarah apretó las manos contra su pecho, con el corazón desbocado.

Jackie soltó un suspiro entre dientes, incrédulo.

Chaeun apartó la mirada.

Cristóbal se quedó inmóvil, como una estatua.

Miranda observaba a su hijo, con lágrimas contenidas que no dejaría caer.

Y Woods… solo se llevó una mano a la frente, sin saber si debía temer por la vida de todos o admirar lo que acababa de presenciar.

Las pantallas parpadearon una última vez.

La silueta de Dharma desapareció.

Solo quedó la voz, reverberando como un eco en sus cráneos: —…Niña malcriada…

Y luego, nada.

…

Horas después, el ambiente era otro.

El comedor de la base vibraba con las voces de los soldados, platos de metal golpeando mesas, olor a arroz, carne y sopa flotando en el aire.

Angel estaba ahí, sentado junto a los demás, comiendo sin prisa, como si nada hubiera pasado.

Jackie lo observaba de reojo, masticando despacio.

Fue el primero en romper el silencio: —Oye… ¿estás bien?

Angel ni levantó la mirada.

Masticó, tragó, y respondió con su tono seco de siempre: —Cállate.

Jackie sonrió con ironía y alzó las manos, rindiéndose.

Incluso Park, en su forma de perro mecánico, lo miraba desde el suelo, con los ojos brillando como faros apagados.

Se inclinó hacia adelante, con esa voz robótica arrastrada: —Míralo… comiendo como si fuera un santo, el héroe trágico.

Qué teatro, Angelito.

Angel no lo volteó a ver.

Ni siquiera le dedicó un insulto.

Solo siguió con su plato, imperturbable.

Fue entonces cuando la puerta del comedor se abrió.

Un soldado de TRUMAN, común y corriente, entró con paso firme.

El ruido bajó de golpe; no era usual que alguien entrara buscando a un solo hombre.

El soldado se plantó frente a Angel.

—Ángel Stone… quiero ser tu aliado.

El comedor quedó en silencio.

Cristóbal levantó una ceja.

Sarah entrecerró los ojos, sorprendida.

Jackie casi se atraganta con el agua.

Angel levantó la vista por fin, con un pedazo de comida aún en la boca.

Lo masticó lento.

Tragó.

Y lo miró directo a los ojos con expresión seca.

—¿Huh?

Su voz, aunque baja, cortó el aire como un cuchillo.

El soldado no retrocedió.

Su mirada temblaba apenas, pero se mantenía firme.

—No vine a bromear.

Quiero seguirte.

Sé lo que hiciste allá afuera, sé lo que pasó con… esa cosa en las pantallas.

No voy a quedarme como uno más esperando órdenes.

El murmullo de los demás en el comedor estalló como un enjambre.

Angel apoyó el codo en la mesa, descansó la cabeza sobre la mano y lo observó como quien analiza una pieza de ajedrez.

Sus labios apenas se curvaron en una sonrisa incrédula.

—¿Tú…?

¿Aliado mío?

El soldado tragó saliva, pero sostuvo la mirada.

—Sí.

El silencio volvió a caer en el comedor.

Y entonces, Park soltó una carcajada metálica, burlona, que resonó como un eco oxidado.

—Jajaja… oh, esto va a estar bueno.

Angel no respondió al soldado.

Ni un sí, ni un no.

Simplemente giró la cabeza hacia Sarah y la miró fijo.

—Levántate.

Sarah lo miró, confundida.

—¿Eh… yo?

—Sí.

Tú.

—Angel se incorporó con calma, dejando el plato medio lleno a un lado—.

Vamos a entrenar… a los dos.

El comedor entero se quedó helado.

Nadie se atrevía a comentar nada, salvo Park, que soltó un bufido metálico: —Esto va a ser un circo de mierda.

Angel pasó por al lado del soldado sin darle permiso ni explicación.

Lo único que hizo fue girar levemente la cabeza y soltar: —Si me sigues, agárrate fuerte.

Sarah, nerviosa, se levantó apresurada, casi tirando la silla.

El soldado lo siguió con paso firme, sin titubear.

Mientras caminaban por los pasillos de la base, Sarah no pudo evitar preguntar: —Angel… ¿en serio vas a entrenarlo?

¿Y a mí también?

Angel ni la miró.

—Tú me vas a ayudar con el tablero.

No entiendo nada del japonés, así que traduce y cállate.

El tono era amenazante, seco, casi cruel.

Sarah apretó los labios, un poco ofendida, pero obedeció.

El soldado, en cambio, no abrió la boca.

Caminaba unos pasos detrás, con la espalda recta y la mirada fija.

Determinado.

Tras unos minutos, llegaron al campo de entrenamiento de batalla.

Un espacio abierto, lleno de estructuras metálicas, torretas simuladas y plataformas para generar los enemigos virtuales y robóticos.

El aire estaba cargado de electricidad artificial, como si el lugar siempre estuviera listo para la guerra.

Angel cruzó los brazos y se giró hacia Sarah.

—Ejecuta doscientos enemigos.

Solo para calentar.

Sarah parpadeó, con el rostro pálido.

—¿Doscientos?

¿De una sola vez?

Angel inclinó la cabeza.

Su expresión era tan fría como siempre, pero había un brillo nuevo en sus ojos: la ira transformada en estrategia.

—¿Escuchaste mal?

Dije doscientos.

Y rápido.

El soldado apretó los puños.

Sarah tragó saliva, nerviosa, mientras se dirigía al panel de control, manos temblorosas.

El campo pronto empezó a brillar con siluetas mecánicas emergiendo del suelo.

Uno.

Dos.

Diez.

Veinte.

En menos de un minuto, el espacio estaba plagado de enemigos.

Y Angel sonrió apenas, sin alegría.

—Ahora… veamos si de verdad sirves para algo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo