El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 41
- Inicio
- Todas las novelas
- El Cielo También Tiene Ruinas
- Capítulo 41 - 41 La casa embrujada en Shinjuku
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
41: La casa embrujada en Shinjuku 41: La casa embrujada en Shinjuku La puerta volvió a abrirse, esta vez con brusquedad.
Woods apareció en el marco con su porte inconfundible, imponente incluso sin necesidad de levantar la voz.
Sus ojos recorrieron la habitación, el círculo en el suelo, Park en reposo, Sarah todavía cantando entre risas, y la tensión se impuso de inmediato.
—Se acabó el recreo —anunció, directo—.
Hay una misión programada para ustedes.
El silencio fue instantáneo.
Sarah interrumpió su canto como si le hubieran apagado la luz, y Ángel levantó apenas la cabeza, expectante.
—En Shinjuku —continuó Woods—.
Se ha reportado la aparición de un “demonio” que sale cada noche.
Truman ya envió a dos de sus leones a verificar, pero ninguno ha regresado.
A partir de ahora, el asunto queda en manos del escuadrón de Ángel.
Jackie, con la espalda todavía apoyada contra la cama, chasqueó la lengua y levantó una mano como quien pide turno.
—¿El escuadrón de Ángel?
¿En serio?
Digo… con todo respeto, Woods, pero… ¿ya se olvidó que el jefe perdió las alas?
El comentario dejó un aire incómodo, como si hubiera atravesado la habitación con filo.
Ángel no se movió ni un milímetro, pero la sombra en su mirada se volvió más densa.
Woods, sin embargo, no tardó en responder.
Su voz fue firme, pero no agresiva: —Lo sé.
Y precisamente por eso lo quiero ahí.
Ángel puede adaptarse mejor que nadie.
Este es el momento de empezar a pelear sin las alas, de acostumbrarse al vacío que dejaron.
Jackie parpadeó, sorprendido por la frialdad lógica de la respuesta.
Chaeun bajó la mirada hacia sus cartas, como si no quisiera intervenir, y Cristóbal mantuvo el gesto imperturbable, aunque un destello de interés brilló en sus ojos.
Ángel, tras un par de segundos, simplemente exhaló.
Sus labios se curvaron en una mueca leve, difícil de descifrar.
—Shinjuku, ¿eh?
—dijo, más para sí mismo que para los demás.
Sarah, que había permanecido callada y un tanto nerviosa, levantó la mano como si de repente volviera a estar en una clase.
—¿Eso significa que… canto o no canto en la misión?
La tensión se rompió apenas con esa pregunta ingenua.
Woods la miró con una ceja arqueada, sin perder su seriedad.
—Significa que usarás tu don si es necesario.
Nada de improvisar.
Sarah bajó la mano de golpe, pero una pequeña sonrisa siguió en su rostro.
La misión había comenzado antes de que siquiera salieran de la habitación.
Horas después, el escuadrón estaba reunido en la armería.
El aire olía a aceite metálico, pólvora y acero recién limpiado.
Cada uno estaba ocupado en lo suyo: Jackie probaba el mecanismo de un rifle, ajustando miras con la paciencia de un cirujano; Chaeun revisaba cuchillas y fundas con meticulosa atención; Sarah iba de un lado a otro, tocando objetos con curiosidad y canturreando bajito como si estuviera en un parque de diversiones en lugar de un arsenal.
Woods se mantenía de pie, observando el grupo con los brazos cruzados, pero en ese momento se giró hacia Cristóbal.
—Podrías abrir un portal y ahorrarles el trayecto.
¿Lo harás?
Cristóbal, que estaba ajustándose los guantes negros con calma, levantó apenas la vista.
Su tono fue tan seco como siempre: —Podría, sí.
Pero no lo haré.
Cada vez que abro uno, me causa daño.
Dolor real.
Y… no tiene sentido gastar eso ahora.
Woods frunció el ceño.
—El trayecto es largo.
Perderán tiempo.
Cristóbal se permitió un leve encogimiento de hombros.
—Mejor así.
Caminando gastamos horas… y llegamos a Shinjuku justo cuando cae la noche.
Justo cuando ese “demonio” sale.
¿No es más eficiente?
El razonamiento era impecable, aunque cargado de cierta ironía que Woods no pasó por alto.
El oficial lo sostuvo con la mirada por unos segundos, pero terminó asintiendo.
—Muy bien.
Entonces irán a pie.
Jackie, que había escuchado la conversación desde el fondo, soltó una carcajada breve.
—Genial.
Una caminata turística antes de que un demonio nos intente arrancar la cabeza.
Qué planazo.
Chaeun lo fulminó con la mirada mientras se ajustaba la correa de su pantalón.
—Mejor cállate y guarda energías.
Sarah, en cambio, se giró hacia Ángel, que estaba revisando su equipo en silencio, y canturreó con una sonrisa ligera: —¿Caminaremos juntitos hasta el demonio~?
Ángel levantó la vista un segundo, la observó y luego siguió en lo suyo, sin dar respuesta.
Jackie rodó los ojos con una sonrisa torcida.
—Ay, Dios, esto va a ser un circo.
La armería quedó en silencio unos segundos más, roto solo por el chasquido de armas cargándose y el eco metálico de las preparaciones.
Afuera, el sol ya comenzaba a descender.
Salieron de la armería con el sol todavía golpeando bajo, como a las 4:52 de la tarde.
El aire estaba tibio, cargado del murmullo de la ciudad que nunca terminaba de detenerse.
El grupo avanzaba a paso constante, mezclándose entre transeúntes y el ruido del tráfico lejano.
Sarah iba al frente, como si su energía la empujara a abrir camino.
Cantaba sin pausa, cambiando entre melodías dulces y frases en japonés improvisadas, intercalando preguntas hacia Ángel sin descanso: —¿Y cómo peleabas con alas?~ —¿Y ahora que no las tienes, te duele?~ —¿Crees que algún día vuelvan a crecer?~ Ángel respondía con una frialdad calculada, sin levantar demasiado la voz: —Sí.
—No.
—No lo sé.
Pero al ver que Sarah no pensaba parar, terminó lanzándole una mirada seca.
—Recuerda tu entrenamiento.
Canta.
Canta todo lo que digas.
No olvides que tu don es manipulación sonora.
Empieza a usarlo ahora, no después.
Sarah asintió con una sonrisita traviesa y, fiel a la instrucción, transformó incluso su respuesta en una frase musical: —¡Siiiiií, maestrooo~!
Jackie, rezagado un poco detrás, seguía ajustando un arma mientras caminaba.
Se notaba que ya estaba harto del constante canto.
Con un suspiro resignado, se acercó y le tendió el arma a Sarah.
—Toma.
Úsala en semi-automático.
Así ahorras balas y no terminas vaciando el cargador a la primera.
Sarah la recibió con ojos brillantes, como si fuera un juguete nuevo.
—¡Un regalo musical para mí~!
Jackie apretó los dientes, rascándose la nuca.
—…Voy a arrepentirme de esto.
Más atrás, Chaeun caminaba tranquila, distraída con su propio entretenimiento.
Sus manos se movían suavemente en el aire, y con ellas hacía que el polvo de las calles se levantara en pequeños remolinos, moldeándolo en formas caprichosas que solo ella parecía entender: espirales, figuras humanas difusas, destellos que desaparecían al instante.
Para ella era un show privado, un juego de concentración.
Cristóbal observaba todo desde el borde del grupo, en silencio, con esa expresión imperturbable que ocultaba si lo encontraba ridículo, fascinante o irrelevante.
Woods se mantenía a la retaguardia, vigilando como un centinela, sin intervenir en las dinámicas del escuadrón.
El grupo avanzaba por la avenida cuando Woods redujo el paso, quedándose atrás.
Su figura se recortó contra el resplandor naranja del atardecer.
—Hasta aquí los acompaño —dijo con tono seco, casi militar—.
El resto es asunto suyo.
Nadie discutió.
Jackie levantó una mano en señal de despedida.
—Nos vemos, jefe.
No se preocupe, que si morimos será con estilo.
Chaeun inclinó apenas la cabeza.
—Hasta luego.
Cristóbal simplemente asintió.
Sarah, en cambio, le dedicó una nota larga y juguetona como despedida: —¡Byeeee~!
Woods se dio media vuelta y se perdió entre la multitud, dejándolos por fin solos.
Ángel, en silencio, dejó que su mirada se desviara hacia un costado.
Allí, un pequeño restaurante japonés con farolillos rojos exhibía un menú de sushi en la vitrina.
El olor a arroz avinagrado y pescado fresco flotaba hasta la calle.
Se quedó observando un rato, como si aquello fuera algo completamente ajeno a su mundo.
—Nunca he comido eso —murmuró, casi sin darse cuenta de que lo había dicho en voz alta.
Jackie apareció a su lado y le dio un toque en el hombro.
Ángel tensó los músculos, irritado por el contacto, pero no lo apartó.
—¿Sushi?
Hermano, es increíble.
Tienes que probarlo.
Definitivamente.
Ángel lo miró de reojo, serio, pero no respondió.
Sarah, por supuesto, no perdió la oportunidad de intervenir.
Con voz cantada, alargando las sílabas como si fuera un anuncio comercial, dijo: —¡Deberíaaaaas probarlooo~!
Y antes de darse cuenta, Ángel ya estaba dentro del restaurante con todos los demás.
El ambiente cálido, el murmullo de conversaciones en japonés y el tintinear de platos contrastaban con la tensión de hace un rato.
Sentados alrededor de una mesa baja, el menú desplegado frente a ellos, parecían por un instante un grupo normal.
Jackie hojeaba la carta con entusiasmo.
—Mira, este con salmón es una locura.
Y este otro con tempura, uff… te cambia la vida.
Chaeun observaba la decoración tradicional del lugar, distraída, mientras jugaba con los palillos entre los dedos.
Cristóbal leía el menú con meticulosidad, como si cada opción escondiera un código secreto.
Sarah, sin embargo, no dejaba de cantar.
Practicaba su voz sobre cada palabra japonesa que veía escrita, modulando, variando tonos, probando qué vibraciones conseguían incomodar o fascinar a los clientes de las mesas cercanas.
Alguno volteó con gesto confundido, como si algo extraño les recorriera los nervios, pero Sarah sonrió orgullosa.
Ángel, en silencio, se quedó mirando la carta.
Los símbolos japoneses, los dibujos de rollos y nigiris.
Su expresión seguía seria, pero algo en sus ojos dejaba entrever curiosidad.
Por un instante, antes de la noche y del supuesto demonio, el escuadrón era solo un grupo de personas decidiendo qué cenar.
Ángel seguía repasando el menú con calma, cuando de pronto apareció la camarera.
Era una chica joven, uniforme impecable, y con una sonrisa cortés comenzó a hablar rápido en japonés: —いらっしゃいませ!ご注文は何にいたしますか? Todos se quedaron congelados.
Chaeun pestañeó con cara de “ni idea”, Jackie miró a los demás como esperando que alguien sacara un diccionario de la manga, y Cristóbal apenas arqueó una ceja.
Ángel, por su parte, siguió mirando el menú, impasible, como si no fuera su problema.
Sarah se adelantó de inmediato, con una sonrisa pícara y un tono cantado, aprovechando que era la única que entendía algo: —¡Tranquilos, yo me encargo~!
Se giró hacia el grupo y comenzó a traducir.
—Dice que qué quieren pedir.
Venga, suelten sus elecciones y yo se las paso.
Jackie señaló con el dedo una foto del menú.
—Ese.
El que parece un rollo de salmón con aguacate.
—¡Entendido!
—respondió Sarah en japonés con entusiasmo, provocando que la camarera asintiera sonriendo.
Chaeun pidió algo al azar, señalando un plato con tempura.
Cristóbal pidió un sashimi variado con un gesto seco.
Sarah tradujo todo entre risitas, disfrutando de ser el centro de atención por un momento.
Finalmente, la camarera giró hacia Ángel.
Él levantó la mirada del menú y la fijó directamente en sus ojos.
Su voz fue firme, sin titubeos: —Quiero el Happy Delight.
No había necesidad de más palabras.
Lo dijo con una naturalidad tal que la camarera, al sostener esa mirada directa y fría, se quedó petrificada por un instante.
Luego, un rubor intenso le subió a las mejillas, como si la frase hubiera tenido un doble sentido secreto que solo ella entendiera.
Sarah, a su lado, casi no pudo contener la risa antes de traducir con voz alegre en japonés: —ハッピーデライトをお願いします! La camarera asintió apresurada, todavía roja como un tomate, y se retiró casi tropezándose con la bandeja que llevaba.
Jackie se inclinó hacia Ángel con media sonrisa burlona.
—Hermano… no sé si pediste comida o le declaraste la guerra a su corazón.
Chaeun se llevó una mano a la frente, intentando ocultar su sonrisa.
Cristóbal solo negó con la cabeza, resignado a la escena.
Sarah no dejó pasar la oportunidad de rematar la broma, cantando con un tonito juguetón: —¡Ángeeel tiene una fan secretaaa~!
Ángel solo bufó, cerrando el menú con un golpe seco.
—No hice nada… solo pedí… Los minutos pasaron entre el murmullo de conversaciones y el repiqueteo de platos desde la cocina.
Ángel, mientras tanto, sacó su celular y lo revisó con expresión neutra, como si el resto del mundo dejara de importar.
El brillo de la pantalla iluminaba su rostro en tonos fríos, contrastando con la calidez del lugar.
De pronto, la camarera regresó.
Traía una bandeja enorme con los pedidos cuidadosamente acomodados: nigiris brillando como joyas, rolls bien alineados, tempura humeante.
Junto a todo eso, colocó también varias batidas de banana en vasos altos, coronadas con espuma ligera.
Sarah fue la primera en reaccionar.
—¿Batida de bananaaa~?
¡Ni siquiera la pedimos!
La camarera inclinó la cabeza, nerviosa pero sonriente, y explicó en japonés.
Sarah la escuchó atenta y enseguida su cara se iluminó.
—Dice que son de la casa… cortesía.
Por cierto muchacho que está sentado en esta mesa.
Todos giraron a verla extrañados, excepto Ángel, que apenas levantó la vista del celular.
Sarah, sin dejar pasar la oportunidad, agregó con un tono pícaro: —Al parecer… eres demasiado bonito y hermoso.
Jackie casi escupió de risa, golpeando la mesa con la palma.
—¡No me jodas!
¿Así, tan directo?
Chaeun escondió la sonrisa detrás de la mano.
Cristóbal simplemente resopló, como si todo aquello le pareciera una pérdida de tiempo.
La camarera, roja hasta las orejas, dejó los platos con cuidado frente a cada uno.
Cuando colocó el de Ángel, él guardó el celular lentamente, le lanzó un “gracias” breve y seco de reojo, y volvió a fijar la vista en la bandeja de sushi como si lo demás no existiera.
Sin más, tomó los palillos, separó un rollo con precisión y lo llevó a la boca.
Masticó despacio, analizando el sabor con el mismo silencio con el que solía analizar a sus enemigos.
Sarah observaba con los ojos brillantes, esperando una reacción.
Jackie estaba listo para burlarse.
Chaeun, curiosa.
Incluso Cristóbal inclinó levemente la cabeza, como si esa primera mordida de Ángel tuviera algún significado oculto.
El sabor del arroz avinagrado, el salmón fresco y la suavidad del alga se mezclaron en su boca.
Ángel tragó, bebió un sorbo de la batida, y siguió comiendo sin decir una palabra.
El silencio duró lo suficiente como para que Jackie soltara: —Bueno… supongo que le gustó.
Sarah, por su parte, canturreó con voz triunfante: —¡Ángel probó el sushi~ y sobrevivióoo~!
Ángel, observando todo el circo que había armado Cristóbal, levantó una ceja y decidió probar por sí mismo el wasabi, pero con control absoluto.
Tomó un pequeño trozo, lo combinó cuidadosamente con un bocado de sushi, y lo llevó a la boca.
Sus labios apenas se tensaron al primer golpe del picante.
Masticó despacio, calibrando la mezcla de sabores: el arroz avinagrado, el pescado fresco y el fuego del wasabi.
No hizo muecas, no saltó de la silla, solo continuó comiendo con esa calma que lo caracterizaba, como si estuviera evaluando una misión complicada.
Todo parecía en orden, hasta que su mano se movió hacia un pedazo de gengibre encurtido, pensando que era algo como repollo para limpiar el paladar.
Apenas lo probó, sus pupilas se achicaron un instante; el sabor era inesperado, fuerte, punzante.
—¡Carajo!
—soltó un poco más alto de lo habitual, sorprendiendo a los demás.
Pero la sorpresa no lo detuvo.
Masticó despacio, disfrutando de la intensidad del gengibre que ardía y refrescaba al mismo tiempo, y continuó con su sushi como si nada.
Su expresión volvía a ser neutral, aunque el destello en sus ojos delataba que sí había sentido el golpe de sabor.
Sarah lo miró con los ojos brillantes, entonando suavemente una nota alta que parecía acompañar el pequeño momento de “sorpresa” de Ángel.
Jackie soltó un silbido divertido y Chaeun volvió a sonreír con discreción, mientras Cristóbal, aún recuperándose del wasabi, lo observaba con mezcla de respeto y resignación.
Por un instante, el grupo compartió un raro momento de calma y diversión en medio del caos de la ciudad y la misión que les esperaba.
Ángel dejó los palillos sobre el plato y levantó la mirada hacia el grupo, con esa seriedad que parecía natural en él.
—Rápido.
Coman lo que falta.
Tenemos que salir del restaurante.
Todos obedecieron de inmediato, terminando los últimos bocados en silencio, salvo por algún comentario ocasional de Sarah que no dejaba de cantar suavemente.
Después de unos minutos, los platos quedaron vacíos.
Ninguno se sentía completamente lleno, pero sí satisfecho; el sabor del sushi y la intensidad de los wasabi y gengibre habían dejado una sensación de plenitud controlada.
Jackie tomó los vasos de batida de banana, se los entregó al grupo.
—Aquí, nos los llevamos.
En el camino nos los bebemos.
Sarah los aceptó con entusiasmo, mientras Ángel guardaba el suyo con la misma calma que mostró durante toda la comida.
Al salir del restaurante, las luces de la calle empezaban a contrastar con el cielo que se teñía de naranja y violeta.
La ciudad respiraba un murmullo constante de autos, personas y letreros de neón.
De repente, una chica joven, de unos 18 o 19 años, se adelantó y detuvo a Ángel tocándole suavemente la espalda.
Él se giró, y la sorpresa se reflejó en su expresión.
—Eh… hola… —dijo la chica, un poco nerviosa pero firme—.
¿Podría… tener tu número?
Ángel parpadeó, completamente desconcertado.
Nadie le había pedido algo así jamás.
Nadie.
Su mirada se quedó fija en la chica, en silencio, procesando la pregunta.
Por un instante, el bullicio de la ciudad, el murmullo del grupo detrás de él, y hasta el zumbido distante de Park parecieron desaparecer.
—…Eh —logró responder finalmente, su voz baja y medida—.
Sarah se acercó un poco, cantando suavemente una nota para romper la tensión.
Jackie rodó los ojos, divertido, y Chaeun y Cristóbal intercambiaron miradas que mezclaban curiosidad y diversión.
Ángel continuó mirándola, sin apartar la vista, como si estuviera evaluando qué hacer frente a algo completamente nuevo para él.
—¿Para qué quieres mi número?
La chica, un poco nerviosa pero firme, le sonrió tímidamente: —Porque… me pareces muy lindo.
La palabra flotó en el aire y Ángel se quedó paralizado un instante.
Sus ojos se entrecerraron apenas, como si estuviera analizando algo completamente nuevo: “lindo”.
Sus manos descansaban junto a su cuerpo, y su mente parecía dar vueltas alrededor de esa sola palabra, como un cavernícola que descubre el fuego por primera vez.
Sin decir nada más, dejó que su mirada bajara de arriba a abajo sobre la chica, evaluando su figura con la misma concentración que podría tener al estudiar un objetivo en combate.
La chica sintió cada segundo de esa inspección; un escalofrío recorrió su espalda y su rostro se tiñó de rojo intenso, con un cosquilleo extraño y excitante que no podía controlar.
Antes de que pudiera reaccionar, Ángel giró sobre sus talones y continuó caminando, ignorando a la chica, aunque no sin echar un último vistazo de reojo.
Jackie, observando la escena desde un paso atrás, soltó una risa baja y comentó con un guiño hacia la chica: —Será para otro momento.
Ángel Stone no está preparado para estas situaciones.
La chica, claramente indignada y aún sonrojada, respondió con una bofetada rápida en el brazo de Jackie antes de darse la vuelta y marcharse, murmurando palabras entre dientes.
Sarah, a su lado, susurró cantando una nota baja, divertida: —¡Ay, esto es más entretenido que comer sushi~!
Jackie se sacudió la mano y rodó los ojos, mientras el grupo continuaba avanzando por la calle.
Ángel seguía serio, como si nada hubiera pasado, pero la palabra “lindo” seguía resonando en su cabeza.
“Lindo… Lindo… Lindo…” —la palabra retumbaba en la cabeza de Ángel mientras caminaban por la calle.
Cada repetición era como un eco extraño, un concepto nuevo que no sabía cómo procesar.
Su semblante seguía serio, pero su mente daba vueltas, intentando darle sentido a algo que nunca había experimentado.
Cristóbal, caminando un paso detrás, observaba el rostro de Ángel con curiosidad y rompió el silencio: —Supongo que… gracias a que tus alas no están, eres menos intimidante.
Tal vez por eso te miran así.
Ángel giró apenas los ojos hacia él, frunciendo levemente el ceño.
—¿Qué?
—preguntó, como si la idea fuera absurda—.
¿Crees que será por eso?
Jamás… jamás sentí tantas miradas… o sea… miradas “así”.
Fue extraño… raro… repugnante… Cristóbal arqueó una ceja, sin pronunciar palabra, dejándole claro que entendía que aquel tema era complejo, y siguió caminando a su ritmo.
Ángel se quedó unos pasos atrás, reflexionando.
La sensación de ser observado de una manera completamente distinta lo mantenía en tensión, mezclada con una curiosidad que no sabía cómo clasificar.
No era miedo, ni peligro… era algo nuevo, algo que todavía no tenía un nombre.
Sarah, tarareando suavemente, parecía ignorar la conversación, pero Ángel no podía evitar notar cómo su propia percepción del mundo comenzaba a abrirse a nuevas experiencias, algo que nunca había esperado mientras se concentraba únicamente en el combate y la supervivencia.
La ciudad empezaba a teñirse de sombras y luces de neón.
Cada paso los acercaba más a Shinjuku… y a la misión que los esperaba.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com