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El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 42

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  4. Capítulo 42 - Capítulo 42: E.C.O
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Capítulo 42: E.C.O

Finalmente, después de caminar por calles cada vez más silenciosas, el grupo llegó frente a una casa en Shinjuku, en la calle Yasukuni Dori 3-14-7, una zona que parecía vacía incluso para los estándares nocturnos de la ciudad. La estructura era vieja, con ventanas parcialmente cerradas y paredes agrietadas. Faroles gastados colgaban de los postes, arrojando sombras alargadas sobre la fachada.

Todos se quedaron en seco, observando. La reacción fue unánime:

—Parece casa embrujada… —murmuró Jackie, dejando escapar un silbido bajo.

—Qué cool… entremos —añadió Sarah con un brillo travieso en los ojos, tarareando suavemente mientras avanzaba hacia la puerta.

Ángel se acercó sin palabras, inspeccionando el lugar con la misma seriedad que tenía para analizar un enemigo. Cristóbal evaluaba cada detalle estructural, mientras Chaeun se mantenía alerta, silenciosa, lista para cualquier eventualidad.

Decidieron aventurarse en el interior. Los pisos crujían bajo sus pasos y el aire olía a madera vieja y polvo acumulado. Cada sombra parecía moverse con vida propia, y el eco de sus respiraciones hacía que el lugar se sintiera aún más inquietante.

Después de recorrer un par de habitaciones, Chaeun se detuvo y tomó a Jackie del brazo, hablando con urgencia baja:

—Jackie, salgamos por el exterior. Cubramos la vuelta de la casa. Así cubrimos más terreno.

Jackie asintió, resignado pero divertido.

—Bien… más riesgo, más diversión.

Mientras tanto, Ángel, Sarah y Cristóbal se quedaron dentro, vigilando cada rincón, cada sombra, cada posible entrada. La coordinación era silenciosa y natural: el grupo estaba dividido de forma estratégica, cubriendo interior y exterior sin perder contacto visual.

Sarah, mientras avanzaban, continuaba practicando suavemente su voz, modulando tonos y vibraciones en un murmullo apenas perceptible, probando de manera inconsciente cómo reaccionaba el espacio a su don.

El silencio se volvió pesado, cortado solo por sus pasos y el eco de la estructura vieja, y una sensación de expectativa flotaba en el aire: algo estaba esperando allí, dentro de esa “casa embrujada”.

Ángel, de pie en el interior de la casa, se detuvo un instante y luego levantó la voz con su tono serio y firme, como si estuviera hablando con alguien que no podía ignorarlo:

—¡Oye, demonio extraño de Shinjuku! ¡Aparecete ya! —su voz retumbó en las paredes polvorientas—. No tengo todo el tiempo del mundo… y me dio sueño. Si sales ahora, prometo no hacerte daño… o al menos, no mucho.

Un silencio pesado siguió a sus palabras. La penumbra de la casa parecía respirar, oscura y expectante.

De repente, un grito ensordecedor rompió la quietud. Era un rugido tan profundo y potente que hizo vibrar las paredes y el suelo. La sombra del “demonio” parecía moverse con fuerza en la oscuridad, y el sonido llenó cada rincón de la casa.

Cristóbal, que había permanecido serio y calculador, soltó un grito de sorpresa mezclado con alarma. Sarah, que estaba cerca de él, chilló con una nota aguda, casi desgarradora, cubriéndose la boca con las manos mientras su cuerpo se encogía.

—¡Ahhh! —gritó Sarah, claramente asustada.

Ángel, en cambio, permaneció inmóvil. Sus ojos seguían la dirección del rugido, su postura firme, como si estuviera esperando pacientemente que el “demonio” se lanzara sobre él. No había miedo, solo una calma calculadora que contrastaba con los gritos de sus compañeros.

De la penumbra de la casa emergió una figura grotesca. A primera vista parecía una persona, pero los detalles eran profundamente inquietantes: brazos que no deberían estar allí, piel morada y brillante, y la ropa completamente fusionada con su cuerpo, en constante movimiento como si respirara por sí sola. Cada paso producía un sonido húmedo, asqueroso, que hacía que incluso Cristóbal frunciera el ceño.

Parecía un soldado de Truman, pero algo había salido terriblemente mal. La criatura se detuvo unos metros frente al grupo y, con una voz gutural y distorsionada, comenzó a hablar, pidiendo ayuda.

—¡Ayuda…! —gruñó, mientras sus extremidades adicionales se retorcían en todas direcciones.

Pero antes de que pudiera acercarse más, la criatura se lanzó sobre Ángel con una velocidad sorprendente. Sus múltiples brazos golpeaban, cortaban y buscaban inmovilizarlo, cada movimiento impredecible y violento.

Sarah y Cristóbal reaccionaron de inmediato, intentando intervenir. Pero antes de que pudieran acercarse, tres más emergieron de las sombras, sus cuerpos igual de deformes, haciendo que los mantuvieran ocupados de inmediato.

Sarah corrió esquivando ataques, su corazón latiendo a toda prisa mientras intentaba encontrar un ángulo seguro para usar su don. Cristóbal, en cambio, activó su poder otorgado por Dharma: una energía concentrada que podía proyectar para atacar. Sin embargo, apenas usó un solo despliegue, un dolor agudo le subió por la nariz; empezó a sangrar profusamente.

—Maldita sea… —murmuró, limpiándose la sangre y decidiendo que no valía la pena arriesgar más. Con un rápido movimiento, dejó de lado su poder y se preparó para pelear a mano, confiando en su fuerza física y habilidad.

Mientras tanto, Ángel esquivaba los ataques con precisión calculada, esperando el momento exacto para contraatacar. Los deformes soldados avanzaban con movimientos erráticos pero peligrosos, y la batalla en el interior de la casa se volvía cada vez más caótica, con cada miembro del escuadrón usando su ingenio y habilidades al límite para mantenerse con vida.

Ángel endureció la piel al máximo, el impacto de los golpes apenas lograba rozarlo. Con un movimiento rápido y preciso, soltó un golpe seco a uno de los monstruos, enviándolo a volar contra la pared con un estruendoso golpe que hizo temblar el suelo y las ventanas de la casa.

En lugar de detenerse o retroceder, Ángel empezó a caminar directamente hacia la criatura deformada que había atacado primero. Cada paso era firme, decidido, y sus ojos fríos reflejaban concentración absoluta.

Mientras avanzaba, un recuerdo surgió en su mente, claro como si Woods se lo hubiera dicho ayer mismo:

“Esos soldados deformados que viste en Corea, le llamamos vestigios. Son marionetas aun con pensamiento de cuando eran humanos, pero ya son incurables. Cualquier contacto con ellos es peligroso. Son conscientes, y peor aún si hay un E.C.O. presente. Los E.C.O son similares, pero poseen más inteligencia y suelen armar tácticas junto a los vestigios.”

El eco de esas palabras hizo que su paso no se detuviera, pero que su mente analizara cada movimiento del monstruo frente a él. Sabía que no podía subestimarlo: incluso si uno parecía “solo un monstruo”, había vestigios y E.C.O que podían anticipar ataques y usar su entorno contra ellos.

Cristóbal, luchando contra los otros tres monstruos, lanzó un golpe más, pero sus ojos se movían hacia Ángel con un leve gesto de advertencia: sabía que enfrentarse a uno solo no era lo mismo que enfrentarse a todos ellos juntos, y que ese monstruo podría tener más de lo que parecía.

Sarah, corriendo y modulando su voz, empezaba a probar la manipulación auditiva, generando pequeñas vibraciones que hacían que uno de los monstruos retrocediera, pero el principal seguía avanzando hacia Ángel.

Cada paso de Ángel resonaba en la madera vieja del piso, como si cada golpe, cada mirada, hubiera sido calculado desde el primer instante, mientras el recuerdo de Woods le daba un marco para medir la amenaza de estos vestigios deformados.

Justo cuando la situación parecía volverse caótica, Jackie y Chaeun irrumpieron con rapidez. Con movimientos fluidos, quitaron de encima a los monstruos que estaban atacando a Sarah, dándole espacio para que pudiera concentrarse nuevamente en su manipulación auditiva.

Jackie comenzó a desplazarse por todo el lugar, atacando con precisión y evitando cada golpe que los deformes intentaban lanzarle. Sus movimientos eran casi imposibles de seguir, esquivando y golpeando con una coordinación que mantenía a todos los vestigios ocupados. Parecía intocable… hasta que de repente, un E.C.O emergió de la penumbra.

Con un movimiento sorprendentemente rápido, el E.C.O atrapó a Jackie del cuello, levantándolo del suelo con facilidad. Su voz retumbó por la casa, distorsionada y firme:

—Ustedes… ¿cómo fueron encontrados? ¡Tantos años de perfección desperdiciados! ¡Tan absurdamente talentosos! Todos… excepto la chica.

Las palabras resonaron en la mente de Ángel. “Excepción de la chica… Sarah”, pensó, comprendiendo que el E.C.O era consciente y podía analizar a los miembros del escuadrón. Sin pensarlo dos veces, Ángel soltó al vestigio que tenía frente a él y avanzó directo hacia el E.C.O, decidido a enfrentar la amenaza principal.

El E.C.O reaccionó inmediatamente con agilidad sorprendente. Antes de que Ángel pudiera acercarse del todo, le lanzó una patada giratoria que impactó con fuerza, enviándolo fuera de la casa y un poco lejos, el viento del golpe levantando polvo y escombros a su alrededor.

Mientras Ángel se levantaba y se preparaba para volver a atacar, el E.C.O giró su mirada hacia los otros tres vestigios que seguían dentro de la casa y comenzó a hablar, con una calma y confianza que contrastaba con su grotesca apariencia:

—Miren lo que tenemos aquí… unos humanos extraordinarios, pero tan frágiles. Interesante… realmente interesante.

Dentro, Cristóbal y Chaeun mantenían a los vestigios ocupados, mientras Sarah seguía modulando su voz con precisión para afectar a los enemigos.

Mientras la batalla continuaba dentro de la casa, Sarah se detuvo un instante, respiró hondo y comenzó a entonar una nota sostenida. Al principio parecía solo un canto más, pero pronto se volvió evidente que algo estaba cambiando en el ambiente. La nota se expandió, resonando en todas las paredes y el aire mismo, armonizándose de manera perfecta, como si cuatro voces distintas estuvieran cantando al unísono.

El efecto fue inmediato. Los vestigios que atacaban a Cristóbal y Chaeun comenzaron a tambalear, sus movimientos se hicieron menos coordinados. Incluso el E.C.O, que estaba interactuando con ellos y observando la batalla desde un costado, se estremeció, el rugido de su presencia distorsionándose bajo la influencia del canto.

—¡Eso… eso es…! —Cristóbal gritó entre golpes y esquivas, asombrado—. ¡Su voz… está afectando a todos!

Sarah, concentrada, seguía entonando, su rostro sereno pero decidido. Ángel, aún un poco alejado por la patada giratoria, lo observó con una mezcla de sorpresa y evaluación. Podía sentir que la manipulación auditiva de Sarah estaba haciendo más que un simple ruido: estaba infiltrándose en los sistemas de los vestigios y debilitando sus reflejos.

—Ya desbloqueé… el 25% de mi potencial —murmuró Sarah, casi para sí misma—. Es poco… pero puedo entonar.

Y en efecto, aunque la nota no era suficiente para incapacitar por completo a los enemigos, sí los dejó vulnerables, ralentizando sus movimientos y dándoles a los humanos un pequeño respiro estratégico.

El E.C.O gruñó, claramente irritado, pero el cambio temporal en el equilibrio de la batalla era evidente. Ángel aprovechó la oportunidad: comenzó a planear su regreso, evaluando cómo entrar de nuevo para enfrentarse directamente al E.C.O, mientras Cristóbal y Chaeun mantenían a raya a los vestigios debilitados, y Sarah continuaba modulando su voz con precisión, consciente de que cada nota contaba.

Por primera vez, el escuadrón empezó a ver un resquicio de ventaja en medio del caos de aquella casa en Shinjuku.

Ángel avanzaba cojeando, la sangre bajándole por un costado de la cabeza, pegándose a su cabello y manchando su cuello. Los rasguños ardían, y cada paso resonaba en el silencio tenso de la calle. Había fallado en sus cálculos, y lo sabía.

Su respiración era irregular, cargada de furia. El recuerdo de su madre y el don heredado atravesó su mente como un rayo. No lo tenía tan desarrollado como ella, apenas sabía cómo activarlo… pero la rabia no le dio espacio para dudar.

—Carajo… —murmuró entre dientes, tambaleándose un poco mientras se acercaba a la entrada de la casa.

Su voz creció, dura, quebrada por la ira:

—¡Mierda! ¡Mierda! ¡Sabía que no tenía que confiar en esos cálculos estúpidos! —golpeó la pared con un puño ensangrentado, dejando una mancha roja—. ¿Y cómo demonios olvidé mi propio don? ¡El maldito don que mi madre me dejó!

Le escocía cada palabra, cada movimiento. El dolor se mezclaba con una furia visceral que lo hacía temblar.

—Soy un idiota… un maldito idiota —gruñó, arrastrando un pie al avanzar—. No voy a perder contra esa cosa… ¡No ahora, no aquí!

Sus ojos se fijaron en la silueta del E.C.O dentro de la casa, aún sosteniendo a Jackie por el cuello y riéndose con esa voz distorsionada. El zumbido de la voz de Sarah resonaba todavía, debilitando a los vestigios, pero Ángel ya no escuchaba nada más.

—Te voy a matar… —dijo en voz baja, su mandíbula apretada hasta el dolor—. Te voy a matar aunque me cueste lo que queda de mí.

Un paso más, tambaleante, con la sangre cayéndole al suelo en gotas pesadas. Su cuerpo gritaba que parara, pero la furia lo impulsaba hacia adelante. En su mente, la idea se repetía una y otra vez: activar el don. Forzarlo aunque no supiera cómo, aunque no lo tuviera dominado. No había espacio para más errores.

Entró en la casa como un vendaval. La madera crujió bajo sus botas y el aire caliente olía a hierro y a algo más podrido. Se plantó frente al E.C.O con la furia colándose por cada palabra:

—¡MALDITO MONSTRUO HIJO DE PUTA!

La voz le salió como un gruñido, pero algo en el plano sonoro de la casa cambió: justo en ese instante Sarah, que se iba retirando cantando para mantener a los vestigios distraídos y debilitados, alargó una nota. La nota de ella, pura y controlada, y el grito de Ángel se encontraron en el aire.

Sin darse cuenta arrancó a entonar. No era canto limpio al principio, sino un rugido que se transformó en tono sostenido; su voz, áspera por la rabia y la sangre, comenzó a armonizar con la de Sarah. La habitación vibró.

En su cabeza vino la certeza fría y rápida:

—Lo tengo… vestigios debilitados… están enfocados en Sarah… ella los debilita; la frecuencia es suficiente para… carajo…

Sintió un sabor metálico en la boca. Un hilo de sangre le recorría el canal auditivo; sus oídos sangraban un poco por la presión y por la intensidad de la resonancia. En vez de detenerlo, ese dolor lo electrificó. Sonrió con rabia, eufórico.

El efecto fue inmediato y brutal: los vestigios en la casa titubearon, sus movimientos se hicieron torpes, los miembros extra comenzaron a convulsionar como si la estructura muscular y los implantes reaccionaran a una interferencia. Uno de ellos dejó caer a Cristóbal de un empujón, que rodó y se incorporó gruñendo, pero con más sangre en la nariz aún; Chaeun aprovechó el balanceo para enganchar a otro con un movimiento de polvo que cegó temporalmente su visión y lo inmovilizó. Jackie, aún agarrado por el E.C.O, entornó los ojos y notó cómo la presa que tenía en el cuello aflojaba.

El E.C.O, por su parte, siseó con algo semejante a ira:

—¡No…! —La voz le salía cargada de interferencias, como si algo le rompiera los receptores—. ¿Qué hacen…? ¡Rompan su enlace!

Angel siguió adelante con la estrategia que se le armaba en la cabeza: mantener la armonía con Sarah para amplificar el efecto. Empezó a modular con intención, a seguir las notas de ella, buscando un punto de quiebre en la anatomía sintética de los vestigios. No sabía exactamente cómo funcionaría, solo que su herencia —algo que nunca había aprendido a controlar— respondía a la vibración del sonido y la transformaba en daño localizado a los cuerpos “fusionados”.

Sarah, sorprendida pero adaptándose con rapidez, elevó y refinó su nota para encajar con la áspera base de Ángel. Su 25% brilló en esa sincronía: las notas juntas crearon armónicos que resonaban en los conectores y tejidos cosidos de los vestigios. Las costuras de la ropa-fusión crujieron y una luz pálida recorrió las venas moradas de los atacantes; uno por uno, fueron perdiendo fuerza, cayendo al suelo sin coordinación.

El E.C.O intentó maniobrar: con Jackie aún en su mano, dio un giro y propinó una patada en dirección a Ángel para romper la armonía. El impacto lanzó a Ángel contra un montículo de escombros y el ruido del choque hizo vibrar su cráneo. La sangre brotó más fuerte del oído, caliente y amarga en su mejilla. Aun así, Ángel se reincorporó, tocándose la sien y forzando su garganta otra vez.

—¡Cántalo con más fuerza, Sarah! —gritó entre dientes, la voz casi quebrada—. ¡Dale… dame la nota baja!

Sarah lo entendió al vuelo y bajó su tono, hundiendo la nota hacia lo grave. Ángel ajustó la suya para hacerla de contrabajo, una frecuencia sucia que hacía resonar los implantes internos de los vestigios. El zumbido en la casa se volvió tan intenso que la porcelana de una repisa estalló en pedazos.

Dentro, Cristóbal se lanzó hacia el E.C.O con golpes secos para distraerlo; Chaeun aprovechó para enredar polvo en los miembros inmóviles; Jackie, recuperando algo de movilidad, pataleó y por fin logró soltarse lo suficiente para caer al suelo y rodar hacia la salida, sujetando a un pequeño vestigio que había tratado de levantarse.

El E.C.O rugió, perdiendo momentáneamente su compostura. Sus intentos por coordinar a los vestigios se volvían contradictorios: algunos caían, otros se quedaban paralizados, y los que quedaban parecían sufrir espasmos coordinados al ritmo del canto. Pero no era perfecto: la voz de Ángel temblaba, los oídos le dolían con punzadas agudas, y cada nota le costaba sangre y fuerza. El precio era real.

Aun así, la ventana estratégica que había descubierto se agrandaba: si mantenían la sincronía unos segundos más, podrían desarmar la táctica del E.C.O por completo. Ángel apretó la mandíbula, aguantando la náusea que le producía el zumbido en los oídos, y gritó con voz rota pero firme:

—No te muevas… ¡rompe ahora!

Sarah redobló la nota. La casa pareció comprimir el sonido y, por un instante, todo se congeló: los vestigios se desplomaron como marionetas a las que cortasen los hilos, y el E.C.O dejó de hablar, intentando recalibrar.

Angel sintió que se tambaleaba —la sangre en sus oídos le impedía distinguir bien— pero la euforia de la victoria parcial le quemaba las entrañas. Sabía que empujar más significaría perder la audición, quizá algo peor, pero por primera vez en la noche no pensaba retroceder.

El E.C.O, con la voz entrecortada, murmuró:

—¿Qué eres…?

Ángel se acercó cojeando, con una sonrisa torcida llena de rabia:

—Soy el que no se rinde.

Y, mientras la casa vibraba todavía con el eco de sus voces, Ángel preparó la siguiente nota, dispuesto a pagar lo que hiciera falta para romper a ese monstruo.

Ángel, tambaleante y con la sangre bajándole por la sien, recordó de golpe lo que había estado mirando en el restaurante horas antes: videos de canto, especialmente técnicas de metal. Había puesto atención a algo llamado fry scream, un rugido vocal extraño que apenas estaba practicando en silencio, escondido tras la pantalla de su celular mientras todos se reían de Cristóbal y su wasabi.

Ahora, con la garganta ardiendo, la adrenalina hirviendo y Sarah sosteniendo esa nota aguda, delicada pero firme, Ángel apretó los dientes.

—Mierda… si sale, sale… —gruñó.

Probó una primera vez: lo que salió fue un “gallo” horrible, quebrado y agudo, tanto que hasta uno de los vestigios titubeó, confundido. Cristóbal, jadeando con sangre en la nariz, gritó desde el suelo:

—¡Entona, estúpido de mierda! ¡O cállate!

Eso lo picó justo donde necesitaba. Ángel volvió a inhalar, sintió cómo le raspaba la garganta y lo soltó: un fry scream brutal, desprolijo, crudo, pero cargado de pura rabia.

El efecto fue inmediato. La nota, aunque desafinada respecto a la melodía de Sarah, encontró su hueco en la composición. Fue como si el canto suave de ella y el rugido de él fueran polos opuestos que de pronto se alineaban.

El aire vibró. Los vestigios se convulsionaron, retorciéndose con espasmos grotescos. El E.C.O, por primera vez, se dobló, soltando a Jackie como si le hubieran roto la mano. El sonido perforó no solo los implantes de esas criaturas, sino también los tímpanos de todos los presentes.

Cristóbal apretó los dientes, aguantando mientras un hilo de sangre le bajaba más fuerte por la nariz. Chaeun se cubrió un oído, con lágrimas involuntarias en los ojos. Jackie, recién liberado, se encorvó tosiendo sangre, pero aún alcanzó a escupir:

—¡Maldito… ¡Ángel, casi me revientas el cráneo!

Ángel tampoco salió ileso: el fry scream desgarró su garganta y sintió cómo sus oídos se humedecían más. Cuando pasó un dedo, lo sacó empapado en rojo. El dolor lo sacudía, pero en sus labios se dibujaba una sonrisa torcida, casi eufórica.

En contraste, Sarah no parecía afectada en lo absoluto. Ni una gota de sangre, ni una mueca de dolor. Sus ojos, grandes y brillantes, se fijaron en Ángel con una emoción que rozaba la fascinación. Ella saltó hacia él, aún entonando entre respiraciones, y se unió al grupo que poco a poco se reagrupaba en el centro de la sala.

Los vestigios, debilitados, se arrastraban por el suelo incapaces de coordinarse. El E.C.O respiraba entrecortado, su piel fusionada con la ropa vibrando como si quisiera desprenderse.

La sangre le chirriaba en los oídos como un metrónomo, pero Ángel no titubeó. Se plantó en el centro del suelo cubierto de polvo y escombros, mandíbula apretada, y con la voz gruesa y destrozada por el fry scream dio las órdenes como si marcara la única jugada posible:

—Escuchen bien —gruñó, cada palabra arrastrada por la rabia—. Sarah corre. Esquiva todo. Jackie, tú la cubres a toda costa. Si te tienen que atravesar por la mitad para salvarla… que me atraviesen. —Miró a Jackie con una intensidad que quemaba—. No la toquen. ¿Me oyen? NO TOQUEN A SARAH.

Su tono no admitía réplica. Los ojos de Jackie se abrieron un instante, luego asintió con un gruñido que no perdió la ironía:

—¿Qué? ¿No me vas a dejar el papel de primera línea? Vale… —y apretó los puños, preparándose.

Ángel continuó, cada palabra una orden practicada en la urgencia:

—Sarah queda cantando. Si alguien puede entonar con ella, que lo haga: cualquier entonación amplifica el efecto. Pero cuidado: la frecuencia nos daña a todos. No se pasen. Chaeun, tú vas mano a mano con los vestigios. Úsalos, córtalos, haz que se caigan. Cristóbal, cúbrenos desde donde puedas; tu poder… úsalo con mesura, una explosión mínima si hace falta. Yo me encargo del E.C.O.

Cristóbal, con sangre en la nariz y el ceño fruncido, limpió el rostro con el dorso de la mano y asintió frío:

—Control. Un disparo medido. Nada más.

Chaeun hundió los dedos en el polvo de la bota, dejando que el polvo se arremolinara a su alrededor como una promesa, y sonrió con aire concentrado:

—Perfecto. Me gusta mancharme las manos.

Sarah, sujetando aún la nota como si fuera un talismán, clavó su mirada en Ángel. No había miedo; había devoción y una curiosidad feroz. Con voz baja, cantada y decidida, respondió:

—Cantaré. No pararé. Ustedes… protéjanme.

Jackie se colocó al lado de Sarah, corriendo a preparar la guardia: sus movimientos eran ágiles, casi circulares, listo para interceptar. Ángel, con la respiración entrecortada, inclinó la cabeza una fracción y añadió, más para sí que para los demás:

—Si esto sale mal… que sea por algo mejor que quedarnos de brazos cruzados.

Se alinearon en segundos. Jackie adelantó un paso protector; Chaeun avanzó en posición de lucha, manos enviando pequeñas corrientes de polvo como preámbulo de su ataque cuerpo a cuerpo; Cristóbal retrocedió dos metros, buscando un ángulo para su intervención medida; Sarah retrocedió a la esquina más despejada, cerrando los ojos un instante para fijar la nota que sostendría.

Ángel exhaló, esa respiración temblorosa que era mezcla de furia y concentración. Se acercó con paso cojo hacia el E.C.O que aún trataba de recomponerse, clavando los ojos en su objetivo.

—Cuando yo diga —dijo, la voz rota de costumbre—, Sarah sube la nota. Jackie, muévete con ella. Chaeun, rompe a los vestigios. Cristóbal… dispara solo si el patrón cambia.

Un silencio breve y cargado. Luego, como un único cuerpo con roles claros, el escuadrón arrancó: Sarah empezó a correr, entonando su nota baja que pronto se elevaría; Jackie la cubrió con un escudo corporal y una sonrisa feroz; Chaeun se lanzó a la carne de los vestigios; Cristóbal levantó el brazo, listo para soltar su recurso limitado.

Ángel dio el primer paso hacia el E.C.O, la mandíbula apretada, ojos enrojecidos de sangre y determinación. En su interior, la euforia del descubrimiento —la resonancia que debilitaba a los monstruos— ardía como un combustible nuevo. Estaban a punto de jugársela. Estaban a punto de quemarlo todo para ganar.

El plan estalló en movimiento como una máquina engrasada a la perfección… hasta que el E.C.O. alzó la mano y disparó algo oscuro y viscoso directo hacia Sarah.

Jackie apareció como un relámpago, interponiéndose. El proyectil le rozó, pero en lugar de dejarlo hundirse en su cuerpo, lo tomó, lo redirigió, y con una patada de pura velocidad lo devolvió contra un vestigio que estaba a punto de abalanzarse sobre Cristóbal. El impacto lo desintegró en un chasquido húmedo. Jackie sonrió entre jadeos.

—Ni idea de qué carajo fue eso… pero no me tocó.

El E.C.O. siseó, cargando otro disparo, esta vez apuntado directo a Sarah otra vez.

Ángel reaccionó sin pensar: endureció el brazo, se lanzó hacia adelante y lo atrapó por el cuello. La fuerza del contacto resonó como un trueno en el aire. Con un rugido, lo arrastró hacia atrás y lo lanzó con todas sus fuerzas a través de la entrada rota de la casa. El cuerpo del E.C.O salió disparado, cruzando el polvo y chocando contra el pavimento de la calle. El impacto levantó una nube de escombros, pero el enemigo se incorporó con movimientos torpes, como si apenas le hubiera afectado.

Ángel salió tras él de un salto. Endureció sus piernas antes de caer para no romperse por el impacto, y al aterrizar, pisó las estructuras de piedra que aún quedaban de la colisión anterior. Estas se partieron bajo su peso como vidrio frágil.

El E.C.O lo miró fijo, y sus palabras eran un eco metálico en la calle:

—Eres… interesante. Débil, sangras, tiemblas. Y aún así… no debo subestimarte. ¿Qué estás calculando tanto en tu cabeza?

Ángel caminaba hacia él, lento pero firme, la sangre marcándole la sien. Cada paso aumentaba la tensión en el aire. El silencio de Shinjuku se volvió insoportable, roto solo por la vibración lejana de la voz de Sarah y los choques dentro de la casa.

El E.C.O levantó otra vez el brazo, y disparó de nuevo ese proyectil oscuro que ya había lanzado antes. Ángel lo vio venir, y en el instante preciso endureció el torso, buscando recibirlo. El proyectil golpeó su pecho… y rebotó contra su brazo izquierdo. El impacto fue devastador: le abrió un agujero a la altura del bíceps, la carne se desgarró y la sangre salió a borbotones.

El dolor fue agudo, blanco, pero Ángel ni siquiera bajó la mirada. Se tambaleó un segundo, apretó la mandíbula y siguió avanzando, el brazo colgando inútil, el cuerpo hecho jirones.

El E.C.O parpadeó —si es que sus ojos podían hacerlo—.

—¿Qué eres? ¿Qué clase de humano no retrocede con un agujero en el brazo?

Ángel escupió al suelo, sonrió con la boca llena de sangre, y respondió con la voz rota, grave:

—Soy el hijo de mi madre, hijo de puta. Y no voy a caer antes que tú.

Dio otro paso más, sin frenar, sin vacilar. La presión se sentía como una cuerda tensada a punto de romperse. El E.C.O apretó los dientes metálicos. Sabía que ese hombre herido, cojo, sangrante, era una amenaza real.

El aire de la calle vibró de nuevo cuando Ángel, con la garganta rota por el abuso del fry scream, forzó sus cuerdas vocales a producir un grito entonado. No era limpio, no era bello: era áspero, lleno de sangre, pero tenía la misma frecuencia que había descubierto antes.

El E.C.O se tambaleó, sus miembros convulsionando como si la carne y el metal que lo componían no supieran cómo mantenerse unidos. Fue apenas un par de segundos, pero suficiente.

Ángel endureció sus piernas, se lanzó hacia adelante con toda la fuerza que quedaba en su cuerpo, y giró para soltar una patada directa a la cabeza del monstruo. El impacto sonó como una bomba: la cabeza se desintegró por completo en una nube de masa viscosa y ropa fundida, como si no existiera hueso ni carne real.

El cuerpo tambaleó, sin cabeza, y cayó de rodillas. Pero no hubo sangre. No hubo nada humano. En cuestión de segundos, la masa empezó a temblar, y la cabeza se regeneró frente a los ojos de Ángel, volviendo a formarse con un chillido metálico y distorsionado.

Definitivamente no era un vestigio común. Era de Dharma.

El E.C.O levantó el brazo de inmediato y lo descargó contra Ángel, buscando atravesarlo. Ángel, jadeante y sangrando, reaccionó agachándose. Sintió el viento del golpe rozarle el cabello, y antes de que el enemigo pudiera reacomodarse, Ángel descargó otra patada en el abdomen, hundiéndolo con la fuerza de un martillo.

El E.C.O se dobló, pero no cayó. Ángel endureció el suelo bajo sus pies, y con una explosión de fuerza lo pateó hacia atrás para impulsarse, desplazándose como un proyectil humano. Al alcanzar al monstruo, lo golpeó de nuevo en la cabeza con la pierna endurecida, pulverizándola por segunda vez en mil pedazos.

El cuerpo volvió a tambalearse, sin dirección. Ángel aterrizó jadeando, con la respiración rota y los oídos goteando sangre.

Y entonces, como una pesadilla repetida, la cabeza volvió a regenerarse. La masa bullía, recomponiéndose con lentitud, formando otra vez esa silueta grotesca.

El E.C.O rio, una risa áspera que parecía provenir de cada fibra de su cuerpo en lugar de una boca.

—Inútil… puedes destruirme las veces que quieras… yo siempre vuelvo.

Ángel escupió al suelo, los dientes apretados, el cuerpo temblando por el esfuerzo. Su pierna aún vibraba por la fuerza de los impactos. Y con la voz hecha jirones, dijo:

—Entonces… te destruiré hasta que no quede nada que volver a armar.

La tensión en la casa se transformó en algo surreal.

Sarah, que había estado corriendo y sosteniendo notas largas, de pronto se detuvo en seco.

Alzó las manos y, con una calma que contrastaba con la carnicería, empezó a cantar con más fuerza. Su voz cambió: seguía siendo pura y afinada, pero ahora era un metal aplastante, profundo y pesado, como si viniera de un concierto brutal. Y, aun así, lo hacía con gestos dulces, con sonrisas, moviéndose como una idol de K-pop en un escenario. Era extraño y hermoso, pero sobre todo, devastador.

Un “bebé metal”. Esa era la sensación. Una voz angelical disfrazada en la brutalidad del género más áspero.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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