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El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 43

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43: ¡Canta, Salta, Esquiva!

43: ¡Canta, Salta, Esquiva!

Los vestigios reaccionaron de inmediato.

El sonido los partía desde dentro.

Uno de ellos, que todavía resistía los ataques de Chaeun, se tambaleó al borde del colapso.

Chaeun lo aprovechó: endureció la concentración de polvo en su puño y descargó un golpe seco en la sien.

El cráneo crujió… pero el vestigio no murió.

Se regeneró, lento, torpe, como si el proceso se hubiera dañado.

Cristóbal, jadeando a unos metros, se adelantó y lo remató pisándole la cabeza con un golpe brutal.

La masa se disolvió como carne en proceso de putrefacción.

Pero, ante los ojos del grupo, la misma sustancia comenzó a reptar por la pierna de Cristóbal, tratando de rehacerse.

—¡¿Qué mierda…?!

—gruñó, apretando los dientes.

La masa subía, temblorosa, pegándose a su pantorrilla.

Entonces, un destello lo envolvió.

El cuerpo de Cristóbal emanó un aura roja, carmesí intenso, vibrante como fuego líquido.

Esa energía empujó la masa hacia atrás, quemándola, debilitándola aún más.

El vestigio chilló, una nota gutural, antes de desplomarse incompleto.

El poder de Dharma en Cristóbal se manifestaba sin filtro: hostil, vivo, imposible de ignorar.

Pero la descarga fue demasiado.

Cristóbal apenas pudo mantenerla unos segundos antes de que sus rodillas se doblaran.

Cayó al suelo, una mano clavada contra el piso, la otra en la nariz que sangraba a chorros.

El aura se apagó lentamente, dejándolo exhausto, jadeando como si el aire no fuera suficiente.

—Carajo… —murmuró entre dientes, el sudor cayéndole a gotas—.

No puedo forzarlo… mucho más.

Sarah lo miró desde la distancia, aún cantando, sus gestos tiernos contrastando con la violencia de su voz metálica.

Y lo entendió: todos estaban al límite, todos sangrando, todos sufriendo.

Pero algo en su canto se amplificaba con cada intento desesperado del grupo.

Los vestigios se retorcían cada vez con menos control.

El E.C.O, afuera con Ángel, giró el rostro hacia la casa, notando cómo sus soldados se estaban debilitando de forma inusual.

Jackie tiró de Cristóbal con fuerza y lo ayudó a incorporarse entre el polvo y los restos de escombro.

Cristóbal, con la nariz aún chorreando y la respiración entrecortada, miró de reojo a los vestigios tambaleantes y masculló con la gravedad que le quedaba: —La debilidad está en sus cabezas… las conexiones, los núcleos… pero una vez que las destrozas no terminan de morir.

El problema es cómo eliminarlo después.

—Se pasó la mano por la cara, intentando ordenar las ideas—.

Si solo pudiéramos quemarlo o… quemar el nodo de regeneración.

Chaeun no respondió con palabras.

Estaba en ese trance fuera de sí que había empezado hace segundos: sus manos dibujaban en el aire y el polvo obedecía.

Con un grito gutural en coreano —una sola palabra que sonó a mandato— reunió la suciedad del suelo y la compactó hasta formar una pared sólida de polvo, una losa de arena endurecida que brilló por un instante bajo la luz mortecina.

La lanzó contra uno de los vestigios como quien arroja un martillo, y el impacto lo dejó clavado, sus movimientos se ralentizaron aún más.

En ese instante la canción de Sarah se amplificó por sí sola: la nota que sostenía se volvió más ancha, tomó cuerpo y retumbó en las costuras mismas de la casa.

Era como si el ritmo de la música marcara los latidos del combate.

Sin darse cuenta, Chaeun comenzó a pelear a ese ritmo: movimientos más precisos, cortes que seguían un compás, paredes y columnas de polvo que se alzaban y caían coordinadas con los golpes.

Era rápido: casi épico.

Ni ella parecía entender cómo sus manos convertían cada resto de suciedad en arma o defensa; simplemente fluía.

Cristóbal observó la sincronía con un destello de entendimiento en los ojos.

—Si pudieran coordinarse… —murmuró más para sí que para los demás—.

La resonancia amplifica la disfunción en esos núcleos.

Si mantenemos la nota y atacamos la cabeza en el mismo pulso… quizá no solo los dejemos inutilizados, sino que… los rompamos para siempre.

Jackie, que ya había puesto a Cristóbal en pie, le clavó una mirada curtida y una media sonrisa de hierro.

—Vamos, campeón.

Busquemos la manera.

Tiene que haber una forma.

—Se impulsó hacia delante y, sin perder un segundo, empezó a correr por la habitación en movimientos amplios y protectores, interceptando a cualquier vestigio que intentara escapar hacia la salida o lanzarse sobre Sarah mientras esta seguía cantando.

A cada pasada, Jackie empujaba a la masa, redirigiendo ataques, arrancando fragmentos de tela-fusión con golpes secos, cubriendo a Sarah y a los otros.

Su presencia era una barrera móvil: si algo intentaba romper la armonía de la canción, Jackie lo desarmaba con velocidad y brutalidad calculada.

En el centro de ese caos coreografiado, Sarah en su nota, Chaeun creando estructuras de polvo al ritmo, Cristóbal raspando ideas sobre el modo de destruir el núcleo y Jackie patrullando como un escudo— se percibía por primera vez una estrategia no solo de supervivencia, sino de aniquilación.

El plan improvisado empezaba a tomar una forma: usar la canción como martillo y las manos de Chaeun como cincel.

Solo hacía falta converger un golpe final, sincronizado al pulso exacto.

El aire afuera de la casa estaba espeso, lleno de polvo y con ese olor metálico de la sangre que no era sangre.

Angel respiraba fuerte, la mandíbula apretada, los nudillos agrietados por tanto endurecerse y golpear.

Cada segundo que pasaba, su piel se sentía más densa, más firme.

No entendía por qué —si era rabia, instinto, o ese don heredado de su madre empezando a brotar—, pero en su interior había una comodidad extraña, como si su cuerpo estuviera entrando en la forma que debía tener desde el inicio.

El E.C.O no le dio respiro.

Con un gesto rápido arrancó un trozo enorme de escombro del suelo y lo lanzó como proyectil.

Angel inclinó el torso, esquivando por centímetros el impacto que habría pulverizado a cualquiera.

Sin perder tiempo, dio un salto corto, arrancó con una mano un bloque de piedra del suelo y lo lanzó de vuelta como si fuera una bala.

El choque fue brutal, pero el E.C.O no lo recibió como esperaba: con un simple giro de su brazo deforme lo destrozó en el aire, fragmentándolo en mil pedazos.

Fue justo ahí, en el instante en que la criatura se distrajo con el golpe, cuando Angel apareció frente a él, bajo, rápido, directo a las piernas.

—¡A ver cómo te levantas de esta, cabrón!

—escupió entre dientes.

Endureció su pierna derecha y descargó una patada que sonó como metal contra carne blanda.

El crujido fue inmediato: las piernas del E.C.O se partieron, destrozadas como si fueran vidrio hueco.

La criatura cayó pesadamente al suelo, pero Angel no celebró.

Ya lo había visto antes.

Y lo confirmó en segundos: las masas púrpuras se retorcieron, la carne gelatinosa vibró y, como si nada, las extremidades volvieron a su sitio, reconstruyéndose con esa repugnante fluidez.

Angel dio un paso atrás, respirando por la boca, los ojos brillando de furia contenida.

—Carajo… inmortal hijo de puta… —masculló, escupiendo sangre al suelo—.

No importa, si pelear es lo único que quieres, pelear sí que puedo.

Se endureció de nuevo, todo su cuerpo esta vez, avanzando con ese andar cojo pero desafiante.

Cada músculo le gritaba dolor, pero cada golpe que daba confirmaba lo mismo: no era débil, ni siquiera sin alas.

Y si no podía matarlo aún… lo destrozaría una y otra vez hasta encontrar cómo.

El E.C.O, regenerado por completo, inclinó la cabeza como quien estudia a su presa.

Su boca extraña se abrió para formar algo parecido a una sonrisa torcida, y se lanzó de nuevo.

La sonrisa de Ángel se ensancha, filosa, mientras avanza como un proyectil humano.

Los golpes que suelta son precisos, secos, dirección a puntos que no parecen vitales pero que hacen que la masa del E.C.O tiemble como si tuviera grietas internas.

El monstruo habla sin parar —una voz metálica con matices humanos—, celebrando la pelea, burlándose de la violencia como si fuera un espectáculo nuevo que lo divierte desde que Dharma lo “mejoró”.

—¡Tan… entretenido!

—ronca el E.C.O—.

Hace tiempo que no tuve una adversaria así.

¡Sigue!

La carcajada se le corta en cuanto Ángel recibe un impacto bestial que lo manda volando hacia atrás.

El golpe lo estampa contra el pavimento y por un segundo todo se torna blanco.

Endurece la piel con reflejo viejo, y el rebote lo envía hacia arriba: en el aire coge un palo de luz que alguien dejó tirado en la escena, lo enrolla en las manos, gira dos veces con impulso y, como un huracán, vuelve a lanzarse hacia el E.C.O.

La patada que sigue es brutal: la cabeza del E.C.O explota en una lluvia viscosa y fragmentos de materia fundida.

Antes de que la masa se recomponga, Ángel hunde la mano en el hueco donde debería estar el cuello.

Busca un núcleo, un nodo, algo con que rasgar, con que impedir esa regeneración perversa.

En vez de un mecanismo claro, sus dedos encuentran una sustancia caliente, pegajosa, que le quema la piel como ácido.

Gime, retira la mano en un reflejo, pero ya es tarde: la mezcla contacta su brazo y algo sucede.

Un calor morado recorre su antebrazo.

La piel se tiñe de un tono extraño y aparecen líneas como un tatuaje que se enroscan y palpitan bajo la superficie, trazos que brillan débilmente en sincronía con el zumbido que todavía resuena de la canción de Sarah.

El brazo le arde, pero no solo duele: hay un pulso, una sintonía con la vibración del ambiente.

Ángel lo observa, confuso y alerta, mientras la sustancia humeante gotea y se integra con su sangre.

—¿Qué… mierda?

—escupe, tocándose la marca—.

¿Qué me hiciste, pedazo de mierda?

El E.C.O no espera: alza un brazo convertido en maza y lo lanza contra él.

Ángel rueda, esquiva rasgando la lona del suelo, y usa el impulso para dispararse hacia el techo de la casa donde el resto sigue luchando.

Sube por una pared rota, saltando, cada movimiento una mezcla de dolor y adrenalina.

Al llegar arriba, ve la escena: Chaeun en trance coreográfico, paredes de polvo cayendo y atrapando miembros; Cristóbal jadeante, emitiendo ese aura carmesí residual que lo dejó de rodillas; Jackie intercambiando golpes para que nadie toque a Sarah, que se ha transformado en el centro vocal que mantiene tambaleando a los enemigos.

Al verlo, Sarah alarga su nota; no pregunta, no duda: lo incorpora.

Ángel siente algo vibrar en su brazo morado: la marca palpita como si respondiera a la frecuencia.

Prueba, casi sin pensar, y concentra esa vibración hacia el palo de luz que aún sostiene.

Cuando golpea el suelo, el impacto no es solo físico: la combinación del choque mecánico más la resonancia de su brazo-tatuaje y la nota de Sarah genera un armónico que retumba en toda la estructura.

Una grieta recorre la masa del E.C.O que yace fuera, y la regeneración, por primera vez, se ralentiza visiblemente.

No se recompone al instante; aparecen fisuras que permanecen abiertas.

Cristóbal, con los últimos restos de fuerza, aprovecha la ventana: con un movimiento lleno de cálculo lanza una descarga medida que hace estallar el nodo detrás de la nuca de uno de los vestigios; Chaeun, siguiendo el compás del canto, centra un muro polvo sobre la cabeza de otro, obligándolo a permanecer inmóvil.

Jackie empuja, protege, y con un golpe bien colocado derriba el último intento de arremetida.

El E.C.O ruge, una mezcla de ira y dolor, y en esa rabia Ángel percibe algo más: memoria.

El monstruo no es solo carne y masa, hay patrones, registros que intentan reajustarse.

Ángel siente la marca en su brazo vibrar con cada intento de regeneración; es un puente —o una quemadura— que le permite alterar temporalmente cómo la masa se reorganiza.

Cada vez que concentra, le cuesta: punzadas afiladas en la sien, zumbidos en los oídos, sangre en la punta de los dedos.

Pero el efecto es real: la regeneración tarda, los movimientos son torpes, las cabezas no vuelven a soldarse en segundos.

El E.C.O intenta un contraataque desesperado y lanza una onda que sacude el techo.

Ángel se agarra a la cornisa, las uñas sangran, y desde arriba hace algo que antes no haría: entona una nota áspera, una mezcla de fry scream y algo gutural que ahora su brazo amplifica hacia la masa.

Sarah baja la nota justo para encajar; el armónico que resultan hace que las fibras de la materia se tensen hasta romperse en hebras, y por primera vez la regeneración no consigue recomponer la estructura completa: los pedazos quedan separados.

La calle queda cubierta de fragmentos pegajosos y relucientes.

El E.C.O se arrastra, desmembrado, incapaz de recomponer todo el cuerpo en el ritmo anterior.

Respira con dificultad; sus intentos de coordinar a los vestigios que quedan fallan.

—No… —susurra, con aquella voz que suena ahora a plástico rasgándose—.

Esto… no puede ser… Arriba, el equipo está exhausto.

Cristóbal cae apoyándose de rodillas, Chaeun respira con esfuerzo, Jackie se mantiene vigilante, y Sarah permanece erguida, aún cantando perezosamente, como quien cuida una flor hermosa entre metralla.

Ángel se siente quemar por dentro: la herida en el brazo huele a algo metálico y dulce, la marca brilla como una herida viva.

Sabe que eso es peligroso; sabe que cada vez que usa la conexión algo de él se pierde o se cambia.

Pero también sabe que, por ahora, funciona.

—¡Ahora!

—tose, y su voz rompe—.

¡Dadle con todo en la cabeza!

Chaeun y Jackie obedecen al instante: una sincronía humana-pulso-sonido-golpe que, por fin, acaba por dejar varios de los cuerpos inertes, retorcidos en posturas imposibles, sin regenerar del todo.

El E.C.O, el núcleo, aún se retuerce y gime, pero su movimiento es errático, torpe, humano por primera vez en la noche.

Ángel respira con dificultad.

Mira su brazo, mira la marca que palpita y que ahora parece pedirle algo más.

Tiene la sensación de que aquello no es solo una herencia ni solo contaminación: es una llave.

Una llave peligrosa que abre una puerta con precio.

El silencio en la casa se sintió como una losa en cuanto Ángel cambió de dirección.

No dijo nada al principio; solo se lanzó contra los cuerpos de los vestigios aún retorciéndose.

Hundió las manos endurecidas en la carne morada, arrancando trozos con un instinto rabioso.

Su respiración era un gruñido continuo, un maldición tras otra entre dientes.

—¡Bastardos de mierda!

¡No van a volver a ponerse de pie, nunca más!

Con cada desgarro, con cada fragmento que arrancaba, sus manos se teñían más y más de ese púrpura nauseabundo.

No dudaba: separaba los restos, los aplastaba con brutalidad hasta que quedaron inertes.

Luego los frotó contra sí mismo, cubriéndose como si llevar la podredumbre encima lo hiciera más fuerte.

Un último grito, y con la fuerza que le daba esa furia mezclada con el don heredado de su madre, destrozó los cadáveres en pedazos tan finos que se deshicieron en cenizas brillantes, como si la masa misma hubiera sido reducida a polvo imposible de recomponer.

Todos lo vieron.

Sarah dejó de cantar en seco, la nota se apagó en su garganta como si no pudiera sostenerse.

Jackie, que corría de un lado a otro como un espectro, se detuvo clavando los talones.

Chaeun dejó de moldear polvo en el aire, mirándolo con una mezcla de incredulidad y miedo.

Cristóbal apenas levantó la cabeza, agotado, viendo la escena con un gesto de alguien que intenta grabar cada detalle en su memoria.

Ángel respiraba fuerte, el rostro manchado de sangre y ceniza.

Su voz, rota y gruesa, maldecía una y otra vez mientras caminaba hacia la salida.

—Ya lo tengo… ya sé cómo acabar contigo.

—Escupió hacia el suelo, y alzó la mirada, con una sonrisa torcida de cazador—.

Y te juro que va a ser fácil.

No he visto criatura más patética que tú.

Afuera, el E.C.O se tambaleaba, apenas recuperando fuerzas al notar que la resonancia de Sarah había desaparecido.

Sus fibras comenzaban a regenerarse con mayor rapidez, pero no alcanzó a pronunciar palabra.

Ángel se desplazó con un movimiento imposible de seguir: la cabeza de la criatura explotó bajo el impacto, hecha añicos de masa gelatinosa.

Sin darle respiro, Ángel intentó hundir de nuevo su mano en el torso, buscando ese mismo efecto de cenizas.

El E.C.O, aún debilitado, reaccionó por instinto: se movió lo suficiente para que Ángel no alcanzara el núcleo, y recibió a cambio una patada brutal en el abdomen que lo mandó contra una pared.

La estructura crujió al impactar, pero el monstruo, sin cabeza, volvió a levantarse.

La masa se retorció, las extremidades buscaron suelo, y comenzó a correr hacia adelante, ciego, guiado por puro instinto.

Ángel sonrió con una frialdad bestial.

—Corre, maldito.

Corre todo lo que quieras.

Ya no era una pelea pareja.

Ahora él era el cazador.

El callejón estaba oscuro, húmedo, con un olor agrio a óxido y mugre.

El E.C.O, sin cabeza, se arrastró hasta ahí como una bestia herida, y en segundos la masa volvió a formarle el rostro deforme, esa sonrisa torcida que parecía más un defecto que una expresión real.

—Pensaste… que podrías— No terminó.

Ángel simplemente apareció frente a él, sin anunciarse, sin darle tiempo.

Lo agarró por los hombros, lo desgarró con una rabia que no parecía humana.

Los brazos manchados de esa masa púrpura lo destrozaron en fragmentos, lo hicieron pedazos.

El E.C.O trataba de regenerarse, pero algo cambió: la sustancia que Ángel había absorbido antes, esa marca morada que aún brillaba débil en su piel, estaba reaccionando.

La regeneración se interrumpía, se quebraba, y la misma energía que le permitía recomponerse ahora lo consumía desde adentro.

El E.C.O alcanzó a abrir la boca, intentando articular un último grito, un insulto o quizá una súplica.

Pero su cuerpo se encendió en un resplandor extraño y, en cuestión de segundos, se convirtió en cenizas flotando en el aire.

Ángel quedó solo, jadeando, los tatuajes vivos aún palpando en sus brazos, como serpientes que se resistían a soltarse.

Sus ojos estaban abiertos, pero la expresión era más de desconcierto que de triunfo.

Miró sus manos cubiertas de esa ceniza púrpura y supo que había algo mal.

Cuando salió del callejón, el aire nocturno le golpeó la cara.

Estaba frío, demasiado frío, y cada bocanada que respiraba sonaba como un gruñido cansado.

El resto del escuadrón lo esperaba a la distancia.

Jackie, Sarah, Chaeun y Cristóbal lo miraban en silencio, pero no como a un compañero que acababa de ganar una pelea: lo miraban como si fuera un enemigo.

Como si algo dentro de él ya no fuera suyo.

Nadie sabía qué hacían esas marcas en su piel, ni qué efecto tenían realmente.

¿Lo estaban fortaleciendo?

¿Lo estaban controlando?

Nadie se movió, todos en tensión.

Ángel, que aún respiraba con pesadez, sintió el calor de los tatuajes extinguirse poco a poco.

Su piel se aclaró de nuevo, y en el mismo instante en que el último resto del E.C.O se desintegró en cenizas que flotaron hacia la nada, las marcas también se disiparon, dejando solo el ardor y el cansancio.

Soltó un respiro largo, más humano, más terrenal, como si hubiera estado conteniendo algo que al fin lo soltó.

Y justo entonces, los faros rojos y azules cortaron la oscuridad.

Sirenas.

La policía de Shinjuku llegó al lugar, rodeando la calle en cuestión de segundos.

Luces brillando contra el polvo, voces en japonés gritando órdenes, armas apuntando hacia todos ellos.

Ángel se quedó quieto, aún tambaleante, mientras el escuadrón entero, exhausto, se veía obligado a reaccionar de inmediato a esta nueva amenaza.

Las sirenas apagadas dejaban solo el eco de botas golpeando el asfalto.

La policía había rodeado la calle como si se tratara de un campo de guerra improvisado: una línea de agentes con pistolas en mano, nervios tensos, dedos listos en los gatillos.

Detrás de ellos, otros con dones activos: uno con los brazos recubiertos de fuego azul, otro haciendo vibrar el aire a su alrededor como si pudiera derribar muros con un aplauso.

Estaban listos, formados en orden táctico, preparados para neutralizar a cualquiera de los presentes.

El haz de una linterna se clavó directo en la cara de Ángel, quien apenas levantó la vista, exhausto, con las cenizas del E.C.O aún dispersándose a su alrededor.

Las marcas moradas ya se habían ido, pero el recuerdo de verlas aún permanecía fresco en los ojos de Jackie, Cristóbal y Chaeun.

Ninguno se movió.

Ninguno sabía si un mal paso lo haría parecer que eran el verdadero problema.

—止まれ!動くな! (¡Alto!

¡No se muevan!) —gritó uno de los oficiales al frente.

Sarah, que aún respiraba agitada por todo lo que había cantado, dio un paso adelante con las manos levantadas.

Su voz era firme, clara, en un japonés impecable: —待ってください!私たちは敵じゃない!(¡Por favor, esperen!

¡No somos enemigos!) Hubo un murmullo entre los policías.

Algunos bajaron la tensión en sus posturas, aunque no las armas.

Uno de ellos habló desde atrás: —彼女は日本語を話せるのか? (¿Ella habla japonés?) —はい、話せます。私たちは戦っていました…あれを倒したんです。 (Sí, lo hablo.

Estábamos peleando… lo derrotamos.) —respondió Sarah, señalando con un gesto a las cenizas todavía flotando en el callejón.

El oficial del fuego azul frunció el ceño, aún desconfiado, pero no avanzó.

El resto del escuadrón permanecía en silencio, esperando.

El aire era una mezcla de tensión y desconfianza.

Uno de los policías, aparentemente de mayor rango, avanzó un paso y apuntó directo hacia Ángel.

—それは何だ?君たちが倒したというなら…あれを説明しろ。 (¿Qué es eso?

Si dicen que lo derrotaron… explíquenlo.) Ángel bajó la mirada, el rostro aún manchado de sangre seca y polvo.

No entendía ni una palabra de lo que decían, pero la manera en que el cañón estaba fijo sobre él era suficiente para entender la pregunta.

Sarah tragó saliva.

Traducir lo que realmente pasó —cenizas, tatuajes extraños, Ángel metiendo sus manos en cuerpos que parecían inmortales— era tan peligroso como quedarse callada.

La noche había caído por completo sobre Shinjuku cuando finalmente se movieron, escoltados y discretamente por la policía, camino a la base de Truman.

Las luces de la ciudad se reflejaban en los charcos del asfalto y en los rostros agotados del grupo; todos respiraban con dificultad, el cansancio marcando cada paso.

Jackie rompió el silencio con una voz ronca pero animada: —Chicos… ¿y si comemos algo antes de llegar?

No quiero que terminemos la noche como fantasmas caminantes.

Casi al instante, hubo un ligero encendido entre todos: Chaeun suspiró aliviada, Cristóbal murmuró algo que sonó a “sí… necesito”, y Sarah asintió con una sonrisa aún cansada.

Todos estaban dispuestos a dejarse llevar por el pequeño placer de la comida nocturna.

Ángel, en cambio, estaba en otra dimensión.

Todavía podía sentir la energía de los vestigios y del E.C.O en sus manos, el ardor que habían dejado los tatuajes y la reacción extraña de su don heredado.

Sacó su celular, abriendo una nota, y empezó a escribir todo lo que había ocurrido: cada movimiento, cada golpe, cada reacción de la masa, los efectos de su brazo y la interacción con la resonancia de Sarah.

—Esto… esto podría ser útil… para la próxima vez —murmuró entre dientes, concentrado mientras garabateaba rápidamente.

Cuando Jackie le ofreció un poco de comida, Ángel aceptó, pero apenas tocó el plato.

Para él, cada bocado era solo una excusa para tener las manos libres, el cuerpo alimentado y poder seguir documentando, analizando, y recuperándose del cansancio físico y mental.

Sarah miró de reojo, aún cantando silenciosamente una nota baja en su mente como si acompañara el ritmo de Ángel escribiendo, mientras Chaeun jugaba distraídamente con el polvo residual que todavía flotaba en el aire del vehículo.

Cristóbal, con la mirada fija en la calle que pasaba, sólo suspiraba, dándose cuenta de que estaban todos a salvo, por ahora.

El silencio era cómodo y pesado a la vez.

La ciudad seguía viva allá afuera, ignorante de la carnicería y la locura que se había desatado en ese callejón.

Ángel continuaba anotando, sin dejar que nada de lo que había pasado se perdiera.

Cada dato era una pieza, cada detalle una posible ventaja para la siguiente batalla.

Por primera vez desde el enfrentamiento, podía permitirse sentir algo cercano a la calma… aunque sabía que sería temporal.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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