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El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 45

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45: Recuperame…

45: Recuperame…

—Según mis registros… —empezó, con tono analítico, como si hablara a una máquina y no a un compañero—, las probabilidades de que las creaciones de Dharma puedan eliminarse con armas convencionales son bajas.

Cada regeneración que vimos es evidencia.

La estadística más lógica indica que su propia materia es la única forma viable de destruirlos… —cerró el celular y lo apoyó sobre la mesa—.

Eso significa que descansar ahora no nos da ventaja, solo retraso.

Jackie soltó un silbido bajo, incómodo por la frialdad en sus palabras.

Sarah lo miró de reojo, tragando con fuerza lo que tenía en la boca.

Chaeun abrió un ojo, estudiando el gesto de Ángel con extrañeza.

Cristóbal suspiró y se recargó en la silla, cansado, pero no quitando la vista de él: —Sabes… a veces olvido que eres humano, cabrón.

De repente, una presencia conocida se hizo sentir detrás de Ángel.

Miranda apareció silenciosa, y con suavidad colocó una mano sobre la espalda de su hijo.

Angel ni se inmutó.

No volteó, no habló, simplemente continuó revisando los datos y notas en su celular, como si nada hubiera cambiado en su entorno.

Miranda, sin despegar la mirada de él, comenzó a hablar con el resto del grupo, su voz cálida pero firme: —Veo que ya están enterados del brote… correcto?

—dijo, mientras su otra mano se apoyaba ligeramente en la mesa—.

Bien.

Manténganse atentos, esto no va a ser sencillo.

Mientras hablaba, su mano sobre la espalda de Ángel comenzó a moverse lentamente, masajeando, intentando que su hijo respirara, que se relajara un mínimo.

—Angel… —murmuró suavemente—.

Sé que estás calculando todo… pero incluso el mejor estratega necesita descansar un poco.

No te estoy diciendo que dejes de analizar, solo… respira.

Él no respondió.

Su mirada seguía fija en la pantalla, sus dedos tecleando y revisando estadísticas.

Aun así, sin moverse ni inmutarse, de alguna manera, la presión y el contacto de su madre le transmitían una calma que nadie más podía darle.

Jackie y Cristóbal intercambiaron miradas, sorprendidos.

Sarah, con una sonrisa leve, murmuró: —Vaya… si hasta Ángel puede quedarse quieto con ella tocándolo… Chaeun suspiró, fascinada por la concentración férrea de Ángel, y al mismo tiempo impresionada por cómo Miranda lograba mantenerlo “en su sitio” sin decir nada más.

Miranda continuó conversando con el equipo, manteniendo la mano sobre la espalda de Ángel, masajeándolo con delicadeza mientras los instruía y calmaba a todos, demostrando que, aunque su hijo no reaccionara, su influencia era palpable.

Miranda suspiró y, después de un rato sin encontrar qué decir para que su hijo descansara, simplemente se sentó en la misma mesa.

Cruzó las piernas con calma y fijó su mirada en Ángel.

Lentamente, volvió a poner una mano sobre su espalda, masajeándolo suavemente.

—Hijo… —dijo, con voz tranquila pero directa—.

¿Planeas darme nietos algún día?

El sonido de la pregunta flotó en la habitación como una explosión silenciosa.

Ángel, que hasta ese momento estaba completamente concentrado en su investigación y análisis de la misión, dejó caer su celular, bajó la vista, y sus ojos se achicaron hasta parecer alfileres.

Un silencio breve se formó… y luego algunos no pudieron contener la risa, soltando pequeñas carcajadas mientras intercambiaban miradas divertidas.

Jackie y Chaeun fruncieron el ceño, mirándose entre ellas con un dejo de duda: —No sé si debería sorprenderme… o creer que simplemente no quiere hijos, ni pareja… —murmuró Jackie, con la ceja arqueada.

Chaeun asintió, cruzando los brazos: —Sí… lo veo imposible.

Ese tipo no se engancha con nadie… mucho menos con la idea de tener familia.

Cristóbal, por su parte, levantó ambas cejas, intentando procesar la situación: —Eh… bueno… no lo esperaba.

Pero tampoco me sorprende del todo… —dijo, encogiéndose de hombros, aún sorprendido pero un poco confundido.

Mientras tanto, Miranda continuó masajeando la espalda de Ángel, ignorando parcialmente las reacciones del resto del grupo.

Su expresión era serena, como si esperara que, con el tiempo, su hijo soltara una sonrisa o al menos un comentario, aunque sabía que no sería fácil.

Ángel levantó apenas la vista, sus ojos diminutos fijos en el suelo por un instante, y luego habló con esa voz grave, seca y calculadora que siempre lo caracterizaba: —Son distracciones —dijo, firme—.

Ahora soy un arma para Truman, y gano el suficiente odio a Dharma como para simplemente darme el lujo de irme y vivir una vida normal.

Soltó un leve risa, más sarcástica que divertida, y una sonrisa torcida se dibujó en su rostro.

Su mirada se levantó un poco, aunque seguía fría: —Realmente… no me veo a mí mismo como un padre —añadió, encogiéndose de hombros—.

Ni siquiera como un “buen padre”.

El resto del grupo lo miró entre sorprendido y divertido.

Jackie rodó los ojos, mientras Chaeun suspiraba, casi resignada ante la frialdad de su líder.

Cristóbal frunció el ceño, intentando procesar esa confesión sarcástica, y Sarah solo parpadeó, incapaz de encontrar palabras.

Miranda, sin embargo, mantuvo la calma.

Su mano seguía sobre la espalda de Ángel, masajeándolo ligeramente.

No dijo nada, solo lo observó, aceptando que su hijo veía la vida de otra manera… y que, de momento, sus prioridades no incluían la idea de formar una familia.

El silencio se volvió un momento de reflexión incómoda para todos, mientras Ángel volvía a sumergirse en sus cálculos, como si nada de lo que se había dicho hubiera pasado realmente.

Sarah rompió el silencio con suavidad, inclinándose un poco hacia Ángel: —Pero… ¿por qué?

—preguntó con sinceridad, con la voz apenas un murmullo—.

¿Por qué el odio a Dharma es suficiente para que creas que no mereces amor?

Ángel levantó la mirada lentamente, fijándola directamente a los ojos.

Su voz era grave, firme y sin dejar espacio a discusión: —Porque simplemente no lo merezco —dijo, con frialdad absoluta—.

Ni desde que nací, ni desde que tuve amigos por primera vez… ni nada.

Hizo una pausa, respirando de manera controlada mientras sus ojos seguían clavados en los de ella: —El odio que siento por Dharma no se puede comparar con nada.

Ningún sentimiento, ninguna emoción, nada que alguien pueda experimentar.

Si pudiera llenar cada átomo en todo el plano existencial… materia, mundos, planetas, galaxias, dimensiones… no bastaría para demostrar el inmenso odio que siento hacia Dharma.

Y punto.

Sarah parpadeó, silenciosa, procesando la intensidad de sus palabras.

No había drama, no había duda: solo una declaración absoluta, fría y calculada.

Jackie, Chaeun y Cristóbal intercambiaron miradas, sin saber si sentir temor, respeto o simplemente asombro ante la fuerza con la que Ángel describía su odio.

Miranda, sin apartar la mano de la espalda de su hijo, suspiró suavemente, aceptando que ese odio era parte fundamental de quién era él, y que nada de lo que dijera podría cambiarlo.

Miranda observó cómo Ángel se alejaba hacia los dormitorios, cada paso firme pero marcado por los golpes y el cansancio.

Suspira, con el rostro tenso.

—No me gusta verlo así —dijo, su voz apenas un susurro—.

Pero por ahora… considérenlo como un animal doméstico que camina, habla y pelea.

Jackie arqueó una ceja, sorprendido por la comparación, mientras Miranda continuaba: —Trátenlo de domarlo lentamente.

No lo apresuren.

No lo empujen.

Déjenlo moverse a su ritmo, y poco a poco, quizá puedan ganarse su confianza.

Chaeun y Cristóbal intercambiaron miradas, comprendiendo que lo que estaban recibiendo no era solo un consejo, sino una advertencia: Ángel no era alguien común; todo intento de controlarlo directo podía ser peligroso, y la paciencia sería la clave.

—Suena… complicado —murmuró Jackie, medio riéndose—.

Pero creo que podemos intentarlo.

Miranda sonrió levemente, sin apartar la vista de su hijo, aún a lo lejos.

—Intenten entenderlo antes de juzgarlo.

Es todo lo que puedo pedirles.

Y mientras Ángel desaparecía detrás de la puerta de los dormitorios, el grupo quedó con esa sensación: detrás del frío, la furia y la fuerza implacable de Ángel, había algo que solo aquellos pacientes y cuidadosos podrían llegar a comprender.

Ángel abrió la puerta del dormitorio y vio a Park recostado en la cama, su forma metálica de perro ocupando todo el espacio.

Sin pensarlo dos veces, endureció su piel y lanzó un golpe seco y brutal directo sobre Park.

El impacto resonó en todo el cuarto mientras Park era arrojado varios metros hacia el suelo, rebotando con fuerza.

—¡Fuera de mi camino!

—gruñó Ángel, su voz cargada de furia contenida—.

Esa cama no es tuya.

Park se incorporó, chorreando chispas y maldiciendo a todo pulmón, claramente furioso: —¡Maldito humano!

¡Tú… tú no sabes con quién te estás metiendo!

Ángel lo miró fijamente, sin miedo, mientras endurecía nuevamente su brazo listo para otro golpe si era necesario: —No me importa quién eres.

Te bajas ahora, o asegúrate de que no te levantes mientras decido que sí.

Park bufó, lleno de rabia, pero retrocedió unos pasos, resignado… por ahora.

Ángel se retiró hacia su cama y finalmente se recostó, respirando con dificultad, aún con los rasguños y la sangre reciente en su cuerpo, dejando que su mente repase cada instante del día.

Ángel finalmente se recostó en su cama, agotado, y se hizo un ovillo sobre sí mismo.

Sus ojos estaban cerrados, y por primera vez en horas, parecía permitir que el cansancio lo aplastara.

Desde el piso, Park no perdió oportunidad: —¡Mira, el grandote llorón se acurruca como un estúpido bebé!

¡Patético!

¡Maldito inútil!

—escupía insultos con un tono venenoso, deleitándose en cada palabra—.

¿Qué acaso crees que eres el héroe del mundo?

¡Ja!

¡Ni siquiera puedes con un par de marionetas y un E.C.O de mierda!

Un leve sniff se escuchó, tan claro que incluso Park se detuvo por un instante, creyendo haberlo herido de verdad.

Con renovado entusiasmo, volvió a la carga: —¡Sí!

¡Eso pensé!

¡Mírate!

¡Un mocoso llorón que no sirve ni para levantarse!

¡Patético, débil, estúpido!

Pero Ángel, con una calma helada que contrastaba con su vulnerabilidad, apenas abrió los ojos.

Con un movimiento calculado tomó control del escritorio de Park y bajó el volumen de su dispositivo a 0%, dejándolo completamente mudo hasta mañana a las 6:00 AM.

Park bufó, chisporroteando y golpeando el suelo con furia, pero ya no podía hacer nada.

Ángel volvió a recostarse en su cama, acurrucado, respirando entrecortado, dejando que la noche lo envolviera mientras por fin podía intentar descansar un poco… mientras Park solo podía refunfuñar impotente desde el piso.

Ángel abrió los ojos en medio de la noche.

Su rostro todavía mostraba rastros de lágrimas, pero las apartó con un movimiento suave, casi automático.

La habitación estaba en silencio, pero cuando parpadeó, no estaba allí.

Se encontraba en un vacío inmenso.

Nada a su alrededor: ni paredes, ni luz, ni sonidos, ni siquiera un suelo.

Solo él.

La sensación de soledad era abrumadora, pero extrañamente familiar.

No había miedo, ni ansiedad, ni dolor; simplemente estaba él, caminando vagamente entre la nada.

Normalmente, sueños así habrían sido traumáticos, recuerdos de pérdidas, ecos de tragedias y sombras de su pasado.

Pero esta vez, no le afectaba.

No había gritos, ni cuerpos, ni acusaciones.

Solo el silencio absoluto, y su propia presencia reflejada en ese vacío.

A lo lejos, una sombra apareció.

Era una versión oscura de sí mismo, aquella figura que siempre aparecía en sus miedos, en sus recuerdos más reprimidos.

Pero incluso esta vez, no había tensión, no había amenaza.

La sombra lo miraba, sin juicio ni reproche, simplemente estaba.

Ángel caminó hacia ella, no sintió temor.

Nada se movía.

Nada cambiaba.

No había ecos de dolor ni voces.

Solo él, solo la sombra, solo la nada.

Y en ese vacío, Ángel experimentó algo extraño: paz.

Una calma que no conocía desde hace años.

Ángel caminó hacia la sombra de sí mismo en el vacío, y a medida que se acercaba, la figura comenzó a cambiar.

De su espalda surgieron alas enormes, que iluminaron todo el vacío como si un sol se hubiera encendido justo frente a él.

La luz era cegadora, pura… y a la vez, perturbadora.

La cara de esa versión de Ángel era extraña, inquietante: pupilas diminutas, ojos fijos y una expresión que mezclaba tristeza y desesperación.

Con una voz que parecía rasgar el aire mismo, susurró: —Ángel… recupérame… Ángel extendió la mirada hacia las manos de su otra versión, y vio que se desvanecían lentamente, como ceniza llevada por el viento.

El vacío empezó a colapsar a su alrededor, y una sensación de pérdida y urgencia lo atravesó por completo.

Y de repente, se despertó.

Parpadeó varias veces y vio su propia mano derecha frente a su cara, sintiendo la realidad sólida de su cuerpo.

Era extraño.

Todo había sido un sueño… pero la sensación persistía.

Ya eran las 7:00 AM.

La luz del sol entraba suavemente por la ventana, y Sarah abría la puerta de su habitación, mirándolo con ojos atentos.

—¡Despierta, Ángel!

—dijo con un tono alegre, como si nada de lo que él había vivido importara—.

¡Es hora de levantarse!

Ángel respiró hondo, todavía procesando el eco de aquel vacío, de la sombra, de las alas que iluminaban todo… y se sentó lentamente, con un silencio pesado que solo él podía sentir.

Ángel se levantó, todavía con el eco del vacío y la sombra de su otra versión en la mente.

Caminó hacia el baño sin decir palabra, como si el mundo exterior no existiera.

Tomó una toalla, se duchó y se quedó un momento bajo el chorro de agua fría, dejando que cada gota arrastrara la tensión y el recuerdo del sueño.

Cuando salió, envuelto solo en la toalla, un silencio incómodo llenó la habitación.

Todos lo miraban.

Su físico era distinto: más musculoso, definido, sólido.

Sus hombros amplios, torso firme, brazos con contornos que antes no había tenido.

Incluso la forma en que caminaba parecía diferente, más segura, más imponente.

Jackie fue el primero en hablar, levantando las cejas: —…Wow.

Cada vez se parece más a su madre —dijo, con esa mezcla de asombro y respeto que siempre mostraba hacia Ángel.

Sarah se mordió el labio, incapaz de disimular su reacción.

—No… no puede ser real —susurró—.

¡Mi ídolo… y de repente tiene un cuerpazo de hoy a mañana!

Chaeun torció el gesto, cruzando los brazos: —Ew… en serio, ¿tenías que decir eso en voz alta?

—comentó, frunciendo el ceño, mientras intentaba concentrarse en otra cosa.

Cristóbal, que había estado jugando distraídamente con su arma, soltó una risita seca y comentó: —Bueno, no puedo decir que no es impresionante… pero vamos, tampoco hay que exagerar.

Sarah giró los ojos hacia él, molesta pero divertida: —¡Impresionante no es suficiente!

Es… ¡wow!

—se tapó la boca, medio riendo—.

Literalmente parece salido de un poster.

Ángel no dijo nada.

Su expresión era neutra, casi fría, mientras caminaba hacia su habitación.

Cada paso que daba parecía firme, calculado, como si la energía de su sueño nocturno lo hubiera hecho más consciente de su propio cuerpo, más alerta, más fuerte.

Cerró la puerta tras de sí con un leve clic, y por un momento la habitación común quedó en silencio.

Jackie suspiró y miró a los demás, aún con la boca abierta: —Bueno… creo que necesitamos gafas de sol para esta mañana —dijo en broma, intentando aligerar la tensión.

Chaeun rodó los ojos, claramente irritada: —No puedo creer que estén reaccionando así.

Es solo un tipo con músculos.

—pero ni siquiera ella parecía totalmente inmune al cambio físico de Ángel.

Cristóbal se recostó en la pared, cruzando los brazos: —Definitivamente hay algo raro pasando… no solo es su físico, ¿lo sienten?

—dijo, mirando a Jackie—.

Es como si… estuviera más concentrado, más… peligroso.

Sarah suspiró y se sentó en la cama más cercana, jugueteando con su cabello mientras hablaba más calmada: —Sí… y no es solo lo físico.

Su energía cambió.

Se siente diferente.

Como si estuviera… listo para cualquier cosa.

Jackie, en tono más serio, añadió: —Exacto.

Y eso nos conviene.

Pero también significa que tenemos que ser cautelosos.

Ángel está en modo “cabeza fría total” ahora.

No querrán ser los primeros en provocarlo.

Chaeun soltó un pequeño resoplido, aunque había un dejo de preocupación: —Genial… así que nuestro lindo y adorable líder ahora es un tipo aterrador envuelto en toalla.

Perfecto.

Sarah miró la puerta cerrada de Ángel, con una mezcla de curiosidad y preocupación: —Espero que no se haya metido demasiado en sus pensamientos del sueño… podría ser peligroso si lo hace.

Cristóbal suspiró: —Sabemos cómo es.

Siempre calculando, siempre analizando.

Pero al menos parece que esta vez la reacción no fue negativa… al menos no abiertamente.

En la habitación de Ángel, él se sentó frente a su escritorio, la toalla cayendo un poco de sus hombros, dejando que el calor de la mañana lo calmara.

Tomó lápiz y papel, comenzando a anotar detalles del sueño, de la misión pasada y de sus estrategias.

Su respiración se fue normalizando, pero por dentro, seguía resonando con la intensidad del vacío y la versión oscura de sí mismo.

Desde la habitación común, Sarah murmuró: —Vamos a necesitar café… mucho café… Y Chaeun solo añadió: —Definitivamente… y tal vez terapia.

Jackie suspiró.

—Sí… pero primero, dejamos que el “arma viviente” se vista y baje a desayunar antes de que alguien haga algo estúpido.

La puerta del dormitorio se abrió lentamente.

Ángel, envuelto aún en su toalla, bajó las escaleras con pasos medidos, calculando cada movimiento como si el mundo fuera un tablero de ajedrez.

Cada músculo definido, cada gesto silencioso irradiaba una mezcla de autoridad y frialdad.

Al llegar al comedor, todos lo miraron.

Jackie, como de costumbre, no pudo contener un comentario: —Bueno… parece que la toalla no es suficiente para cubrir… eso.

—Se detuvo, respiró hondo y continuó—.

Definitivamente… necesitamos desayunar, pero con cuidado.

Sarah, tratando de ser más diplomática, se mordió el labio y dijo: —Wow… realmente… te ves… increíble, Ángel.

¿Cuánto tiempo pasó para que tu cuerpo… cambie así de un día para otro?

Chaeun se cruzó de brazos y resopló: —Sí, increíble… y aterrador.

Literalmente parece que estoy viendo a un semidiós caminando hacia mí.

Cristóbal, apoyado en la pared, arqueó una ceja: —Bien, chicos… ¿soy el único que siente que deberíamos tener cuidado de no provocarlo ahora?

—dijo, mirando a Jackie—.

Su energía es diferente… más concentrada, más calculadora.

Ángel se detuvo frente a la mesa, su mirada recorriendo a cada miembro del grupo con la precisión de un cirujano.

No había sonrisa, no había emoción aparente, solo evaluación silenciosa.

Se sentó lentamente, colocó la toalla sobre el respaldo de la silla y dejó que su presencia hablara por él.

Sarah, incapaz de quedarse callada, se acercó un poco más y preguntó: —Entonces… ¿todavía estás enfadado por lo que pasó ayer en la misión?

Ángel giró ligeramente la cabeza, apenas, pero lo suficiente para que todos sintieran el filo de su mirada: —No.

Estoy concentrado.

Mi cuerpo, mi mente… ambos se están recuperando.

El odio sigue ahí, sí, pero no me distrae.

Jackie frunció el ceño y dejó escapar un suspiro: —Buenísimo… entonces no hay riesgo de que algo explote aquí, ¿verdad?

Chaeun rodó los ojos, pero no pudo evitar una pequeña sonrisa: —Explosión o no, eso que tienes ahora… no quiero estar en tu camino si decides usarlo.

Cristóbal se sentó frente a él, con un tono más serio: —Escucha, Ángel… necesitamos que estés en forma, sí, pero también… recuerda que seguimos siendo un equipo.

No estás solo.

Ángel simplemente asintió ligeramente, como si no necesitara palabras para afirmar lo que ya sabía.

Sus manos descansaban sobre la mesa, los músculos tensos apenas perceptibles bajo la piel.

Sarah, viendo la tensión, trató de suavizarlo: —Bueno… entonces, ¿desayuno?

—dijo, levantando un poco la voz y sacando un pan de chocolate del paquete que había traído—.

Necesitamos energía antes de cualquier otra cosa.

Ángel ladeó la cabeza, evaluando la comida y luego a todos: —Sí.

Comeré.

Pero rápido.

Tenemos mucho que analizar y planear hoy.

Jackie suspiró: —Ah, claro… nada como un desayuno con nuestra arma biológica viviente y súper musculosa supervisando todo.

Chaeun murmuró, más para sí misma que para nadie: —Y pensar que alguna vez creí que lo había visto todo… esto es… otra cosa.

Mientras todos comenzaban a desayunar, Ángel permaneció sentado, en silencio, observando cada movimiento, cada reacción.

Era como si su presencia hubiera cambiado las reglas del comedor.

Cada gesto, cada mirada, cada broma tenía que pasar primero por su “filtro” silencioso.

Sarah, medio riendo, dejó escapar: —Deberíamos anotarlo: “El comedor de Truman ahora es territorio Ángel”.

Cristóbal levantó su vaso de batido de banana y añadió: —Brindo por eso.

Solo… intentemos no morir de miedo antes de que desayunemos.

Ángel apenas esbozó un gesto que podría considerarse una sonrisa ligera, mientras masticaba despacio, calculando y analizando.

Nadie podía decir si era aprobación, indiferencia o advertencia.

Y en ese momento, todos entendieron algo: no solo el cuerpo de Ángel había cambiado, también la manera en que todos interactuarían con él de ahora en adelante.

Ángel terminó de masticar en silencio, dejando caer la mirada sobre la mesa mientras su atención se desplazaba por el comedor.

Sus ojos recorrieron cada rincón, buscando algo que parecía no encajar.

Finalmente, habló con voz profunda y firme: —¿Dónde están todos los soldados?

Cristóbal, con un suspiro resignado, respondió mientras levantaba la vista de su vaso: —Se fueron… todo el escuadrón, incluyendo a Miranda y Woods.

Están en Rusia… controlando el brote.

—Hizo una pausa—.

Pensamos que era mejor decirlo ahora, pero… durante el desayuno no parecía el mejor momento.

Ángel se reclinó un poco, dejando escapar un leve gruñido de satisfacción, aunque su rostro seguía serio: —Fantástico… ahora la base se volvió un circo.

Todo bajo mi responsabilidad.

Sarah, sentada a su lado, giró la cabeza con ojos brillantes y curiosos: —¿Eso significa… que eres como… el jefe ahora?

—preguntó, con un tono que mezclaba admiración y su habitual inocencia—.

¿Vas a dar órdenes y… y… todo eso?

Ángel la miró por un instante, sus pupilas diminutas contrastando con la intensidad de su expresión: —Sí, Sarah.

Pero no te confundas… esto no es un juego.

Cada decisión cuenta.

Sarah ladeó la cabeza y, con una sonrisa que parecía no encajar con la gravedad del momento, preguntó: —¿Entonces… puedo practicar mientras tanto?

Solo un poquito, no me iré de control, lo prometo… Jackie soltó un bufido desde el otro extremo de la mesa, golpeando levemente el hombro de Cristóbal con frustración: —¡¿Otra vez, Sarah?!

¡Nadie durmió escuchándote cantar toda la noche y tú quieres seguir practicando?!

Chaeun, cruzada de brazos, rodó los ojos con un claro “no puedo creer esto”: —Sí, genial… mientras Ángel planea cómo salvar a Rusia, tú cantas como si fuéramos a una competencia de K-pop.

Cristóbal se echó hacia atrás en la silla, frotándose la cara: —Fantástico.

Realmente fantástico.

Todos agotados y ella quiere “practicar un poquito”.

Sarah, sin inmutarse, se encogió de hombros con una sonrisa traviesa: —Bueno… no puedo evitarlo, ¡es mi don!

Además, si no practico, ¿cómo voy a mejorar?

Ángel, con la paciencia apenas visible en sus ojos, se inclinó ligeramente hacia ella, su voz más grave y firme que nunca: —Sarah… ¿has estado practicando esta noche?

Ella, sorprendida, asintió rápidamente, sus ojos brillando con entusiasmo.

—¡Sí!

Un poco… pero nada de qué preocuparse, de verdad… Jackie dio un golpe en la mesa con frustración: —¡¿NADIE DURMIÓ, ¡¿NADA, CERO, y tú todavía lo llamas “un poquito”?!

Chaeun murmuró con sarcasmo: —Sí, lo que faltaba… que nuestra novata estrella se convierta en la alarma de la base.

Cristóbal suspiró y se apoyó en la mesa con resignación: —Bien… bien… supongo que no podemos detenerla, así que… Ángel, buena suerte.

Ángel giró la cabeza hacia todos, sus labios formando apenas una línea mientras sus ojos evaluaban el caos que se estaba formando: —Perfecto… esto solo confirma lo que ya sabía.

No solo estoy a cargo de la base, sino que también debo lidiar con una cantante metalera en práctica, un circo de soldados y el brote en Rusia.

Fantástico.

Sarah sonrió inocentemente, completamente ajena a la frustración del grupo: —No te preocupes, Ángel… ¡haré que mi canto ayude a todos!

Jackie puso los ojos en blanco, mientras Chaeun murmuró: —Ayúdame a entender cómo alguien puede estar tan agotado y todavía tener que aguantar esto… Ángel los miró con esa expresión fría y calculadora que siempre los dejaba incómodos.

No perdió tiempo.

—Chaeun, tú cocinas.

—Su voz era firme, como un martillo que no admite réplica.

—¿Qué…?

—Chaeun abrió los ojos, incrédula, mientras los brazos se cruzaban frente a su pecho.

—Jackie, limpieza.

Todo lo que haya tirado alguien, desaparece.

Rápido y silencioso.

—¿Yo… limpiar?

—Jackie arqueó una ceja, mirando a Cristóbal como diciendo “¿me estás oyendo?”.

—Sarah, tu tarea es cantar.

Practicar.

No pienses en otra cosa.

Solo canta.

—¡¿Solo cantar?!

Pero… —Su sonrisa se desvaneció un poco, confundida.

—Cristóbal, cuida a Park.

No lo dejes hacer lo que se le antoje, o asegúrate de que haga algo útil.

—¿Qué?

¡Yo…!

—Cristóbal levantó las manos, resignado, mientras Park desde un rincón lo miraba con esa sonrisa sádica, haciendo algún comentario que nadie quiso escuchar.

Ángel se recostó en la silla, cruzando los brazos: —Yo me quedo administrando todo.

Supervisaré, coordinaré, y decidiré prioridades.

Hubo un silencio pesado, y luego una serie de exclamaciones simultáneas: —¡Eso no es justo!

—¡Es una injusticia!

—¿CÓMO NOS DAIS ESTO A HACER?

Pero nadie se atrevió a contradecirlo del todo.

Sabían que cuando Ángel ponía esas órdenes, cada tarea estaba perfectamente alineada con lo que cada uno podía hacer mejor.

Chaeun bufó, intentando mostrarse molesta: —Bueno… supongo que cocinar… puedo hacer un café que deje a SparkBucks en vergüenza.

Jackie dio un leve asentimiento, resignado: —Limpiar… bueno, no es lo mío, pero rápido no me gana nadie.

Cristóbal rodó los ojos, mirando a Park que seguía sentado en un rincón burlándose: —Cuidar a ese idiota… genial.

Otro día más de diversión.

Sarah, con una sonrisa traviesa y ojos brillantes, interrumpió: —¡Y además!

Les tengo noticias.

Anoche… desbloqueé el 50% de mi potencial.

Todos se giraron hacia ella, incrédulos.

—¿50%?

—preguntó Chaeun, cruzando los brazos y frunciendo el ceño—.

¿Y nadie nos dijo nada?

—¡Te pasaste toda la noche cantando y nadie durmió!

—Jackie gritó, entre frustrado y sorprendido.

—Es cierto… —Cristóbal murmuró mientras Park soltaba una risa sarcástica—.

Así que mientras todos dormíamos, ella se volvió la mitad de una máquina de destrucción auditiva… ¡Perfecto!

Sarah solo sonrió inocente, como si no comprendiera la gravedad de su logro: —Bueno… ya saben.

Más potencia, más posibilidades de ayudar, ¿no?

Ángel los observó a todos, con su rostro serio pero con un brillo que delataba satisfacción.

Sin necesidad de palabras, todos entendieron que, aunque parecía una distribución injusta, estaba jugando con lo que mejor sabía de cada uno.

Cada uno tenía un rol que les permitía brillar, aunque fueran tareas tan simples como cantar, cocinar o limpiar.

—Bien.

Entonces está decidido.

Todos tienen su rol.

Sin excusas.

Sin retrasos.

Sarah, empieza a practicar… ahora.

Sarah asintió, cerrando los ojos y dejando escapar un largo suspiro mientras entonaba una nota suave que luego se fue tornando más fuerte, resonando por toda la base.

Incluso Park se detuvo un segundo, curioso por ese sonido que comenzaba a llenar la habitación.

—Perfecto… —murmuró Ángel, mientras anotaba en su cuaderno, calculando cada paso, cada efecto, cada posible reacción—.

Ahora sí, todo empieza a funcionar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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