Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 46

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. El Cielo También Tiene Ruinas
  4. Capítulo 46 - 46 Potencial
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

46: Potencial 46: Potencial Mientras tanto El soldado abrió los ojos lentamente.

El aire bajo tierra era denso, húmedo, casi irrespirable.

El casco metálico frente a él reflejaba la tenue luz de las lámparas que parpadeaban.

Una mano firme lo sacudió del hombro.

—Arriba.

—La voz de su compañero fue seca, sin espacio para dudas.

El soldado se incorporó de inmediato, el cuerpo aún entumecido por dormir en suelo helado.

Se colocó el casco con un clic metálico que retumbó en el estrecho túnel.

No había risas.

Ni palabras innecesarias.

Solo respiraciones controladas y el sonido de las armas revisándose en la penumbra.

El oficial al mando apareció al fondo del pasillo, con su linterna apuntando hacia abajo para no delatar su posición.

—Superficie en cinco minutos.

—dijo, con tono grave—.

Recuerden: no son humanos.

No duden.

No vacilen.

El grupo asintió en silencio.

Al salir, el viento helado los golpeó como cuchillas.

El cielo ruso estaba teñido de un gris enfermizo, y la nieve crujía bajo sus botas con un eco que parecía multiplicarse en la soledad.

El ambiente estaba demasiado quieto.

Sin pájaros, sin animales, sin rastros de vida.

—Avancen.

—ordenó el oficial.

El primer soldado observó alrededor mientras aseguraba su rifle.

Todo estaba cubierto por una calma que no era natural.

Casas abandonadas, ventanas rotas, huellas desordenadas que se hundían en la nieve y se perdían hacia la ciudad devastada.

Cada paso sonaba demasiado fuerte.

De pronto, un gemido bajo se escuchó a lo lejos, arrastrándose con el viento.

Todos los hombres levantaron sus armas en un movimiento sincronizado, apuntando hacia la misma dirección.

Nadie habló.

El sonido volvió, esta vez más cerca.

Un crujido, como huesos quebrándose en algún rincón invisible.

El oficial levantó una mano cerrada.

Señal de alto.

Todos se agacharon.

El frío calaba hasta los huesos, pero el verdadero peso era la tensión.

Finalmente, algo emergió de la esquina de una casa destruida: una figura tambaleante, piel amoratada, ojos vacíos.

El cuerpo se movía torpe, pero sus movimientos eran erráticos, como impulsados por un hambre desesperada.

—Contacto visual.

—susurró el primer soldado por el comunicador interno.

El oficial asintió.

Su voz fue tan firme como un disparo: —Recuerden… cabeza.

Siempre cabeza.

El soldado tragó saliva bajo el casco.

Apuntó.

Respiró profundo.

Y apretó el gatillo.

El estruendo del disparo rebotó en el silencio sepulcral de Rusia, y por un instante… el mundo pareció detenerse.

Hasta que más sonidos comenzaron a surgir en la lejanía.

Gemidos.

Pasos arrastrados.

Decenas de ellos.

El aire helado se quebró con un grito desgarrador.

Uno de los soldados no alcanzó a reaccionar: la criatura se le lanzó encima, dientes hundiéndose en su cuello.

El casco rodó por la nieve, manchado de sangre caliente.

—¡FUEGO, FUEGO, FUEGO!

—vociferó el oficial.

Las balas llovieron sobre la figura.

Impactos en el torso, en las piernas, hasta en el rostro.

La criatura se tambaleó, pero no cayó.

Y entonces… sonrió.

Una sonrisa rota, torcida, llena de dientes manchados.

—¿Eso es todo?

—se burló, con una voz gorgoteante que no debería pertenecer a un cadáver.

Antes de que pudieran reaccionar, se lanzó contra otro.

Un brazo putrefacto atravesó el chaleco de Kevlar como si fuera papel.

El soldado gritó, pero su voz se ahogó en sangre.

Cayó de rodillas, muerto antes de soltar el rifle.

El pánico rompió la disciplina.

—¡RETIRADA!

¡CORRAN!

Botas golpearon la nieve frenéticamente.

Unos disparaban hacia atrás, otros simplemente corrían sin mirar.

El zombi —no, aquello— los seguía, riendo.

Una risa gutural, inhumana, que se mezclaba con el crujir de huesos bajo la nieve.

Un soldado abrió de una patada la puerta de una casa abandonada.

Otro, más ágil, se lanzó por la ventana, el vidrio estallando en mil fragmentos.

Subieron las escaleras con torpeza, los rifles rebotando en sus hombros, las respiraciones pesadas como si cargaran cadenas.

En el pasillo oscuro, otro de los muertos apareció, bloqueándoles el paso.

El soldado más joven dio un paso al frente, los ojos brillando con determinación.

Su don despertó: un frío glacial rodeó su cuerpo, condensando el aire.

Con un rugido, golpeó al zombi con la palma abierta.

La cabeza del muerto se congeló en un instante, transformada en un bloque de nieve compacta que se resquebrajó con un sonido seco.

El cuerpo se desplomó como un saco vacío.

Por un segundo, hubo esperanza.

—¡Sigan!

¡No lo dejen que nos—!

El soldado se detuvo en seco.

Su torso se arqueó.

El mismo ser de antes, más rápido que lo que un ojo humano podía seguir, había aparecido detrás de él.

Su garra atravesaba el pecho, la punta saliendo por el abdomen.

El joven apenas tuvo tiempo de mirar hacia abajo, ver la sangre brotando, antes de desplomarse.

El monstruo lamió la sangre de su garra y soltó una carcajada.

—Tantos juguetes… y tan poco tiempo.

El último soldado, jadeante, corrió escaleras arriba, tropezando con los escalones, las lágrimas mezclándose con el sudor.

No miró atrás.

No podía.

Pero escuchaba la voz.

Esa voz que lo seguía como una sombra.

—Corre, pequeño.

Corre todo lo que quieras… Porque cuando me canse de jugar… voy a saborearte lento.

Ese no era un zombi común.

Era un E.C.O..

Uno de muchos que había en Rusia.

En la base de Truman, Japón, el ambiente era radicalmente distinto.

El sol de la mañana entraba por las ventanas metálicas, pero ni la luz lograba suavizar la tensión.

En un rincón del pasillo principal, Park estaba sentado con las manos esposadas con un sello metálico, las cadenas resonando cada vez que se movía.

Frente a él, Cristóbal permanecía de pie, brazos cruzados, intentando mantener la calma.

—¿Qué miras, imbécil?

—escupió Park, su voz áspera como hierro oxidado—.

¿Te crees mejor que yo porque puedes pararte derecho y no te metieron en un cuerpo de chatarra?

Cristóbal exhaló por la nariz, conteniendo el impulso de responder con la misma moneda.

—Solo estoy aquí para asegurarme de que no hagas un desastre, Park.

Nadie quiere problemas.

Park soltó una carcajada seca, inclinándose hacia adelante.

—¿Problemas?

Tú ni siquiera eres un soldado real.

Eres una bestia disfrazada de mascota de Truman.

¿Crees que porque ya no tienes un poco de Dharma de lo que tenías antes de que te dijera que “estas listo” ya no eres un monstruo?

Pobre idiota… Cristóbal apretó los puños.

Sus nudillos crujieron, pero no se movió.

—No voy a pelear contigo.

—Claro que no —replicó Park con una sonrisa torcida—.

Porque sabes que perderías.

Tú, el gran Cristóbal, ¿qué?

¿El “más fuerte conocido”?

JA.

Si me soltaran, si me dieran un segundo… te haría polvo.

Y cuando terminara contigo, iría por ese angelito inútil que todos idolatran.

Ese mocoso con cara de mártir, Ángel.

Cristóbal bajó la mirada un instante, cerró los ojos y respiró hondo.

—Deberías tener cuidado con lo que dices, Park.

—¿O qué?

¿Me vas a dar un sermón?

—se inclinó hacia adelante, las cadenas sonando con fuerza—.

Vaya niñera me mandaron.

Prefiero pudrirme en este maldito traje metálico a escuchar tu voz de santurrón.

Cristóbal se mantuvo en silencio, pero un destello en sus ojos revelaba lo difícil que le resultaba contenerse.

—Sabes qué es lo mejor —continuó Park, alzando la voz con tono burlón—.

Que yo digo la verdad.

Ese “equipo” que formaron aquí es un chiste.

La cocinera, la niña cantante, el perro guardián de Truman… ¿y Ángel?

Ese tipo ya está roto por dentro.

Un día, cuando pierda el control, los va a matar a todos.

Igual que mató a su amiguita en la escuela.

Cristóbal abrió los ojos de golpe.

—¡Cállate!

—tronó, su voz profunda retumbando por el pasillo.

Park sonrió satisfecho, como un depredador oliendo sangre.

—Eso es.

Ahí está la bestia.

Sabía que no podías mantener la calma para siempre.

Cristóbal dio un paso adelante, la sombra de su cuerpo enorme proyectándose sobre Park.

Por un momento, el aire se volvió pesado, eléctrico, como si la contención del don pudiera romperse en cualquier instante.

Pero entonces, Cristóbal se detuvo.

Cerró los ojos, giró sobre sus talones y se alejó en silencio.

Park lo siguió con la mirada y soltó una carcajada.

—Eso pensé, perrito faldero.

Corre.

Corre antes de que alguien te recuerde lo que realmente eres.

El eco de su risa reverberó por todo el pasillo, retorciéndose como un cuchillo en los oídos de Cristóbal.

El ojo rojo de Park se encendió con un brillo más intenso.

No se movió de su sitio, pero la forma en que inclinó la cabeza lo hizo parecer un depredador programado para acechar.

Su voz surgió en un tono grave, mecánico, pero con modulaciones que imitaban un placer enfermo: —A ella… —pausó, como si saboreara la palabra—.

A Sarah.

Cuando estas cadenas se rompan… cuando este cuerpo vuelva a ser mío… la buscaré primero a ella.

No será rápido.

No será limpio.

Voy a arrancarle la risa, nota por nota, hasta que su garganta no pueda cantar ni una sola sílaba.

El tono subió apenas, distorsionando como un metal oxidado desgarrándose: —Haré que implore… que su voz se quiebre entre sollozos.

Y mientras se arrastre, sabrá que la dejo viva solo para alargar el espectáculo.

Un siseo de vapor salió de las rejillas de su cuello, como si exhalara un aliento tóxico.

La cadencia de sus palabras estaba calibrada para sonar repulsiva, como si cada sílaba fuera una aguja en la piel.

Cristóbal no lo soportó más.

Dio un paso adelante y le asestó un golpe seco en la cabeza metálica.

El sonido del impacto resonó en el pasillo, fuerte, contundente.

Park cayó de lado, su óptica parpadeando en un patrón irregular.

—Cállate —gruñó Cristóbal, con la voz cargada de rabia contenida—.

No volverás a decir su nombre así.

Pero Park se incorporó lentamente, con movimientos precisos, como un animal herido que aún disfruta del dolor.

Giró la cabeza con un chirrido metálico y dejó escapar otra risa electrónica, distorsionada, antes de responder con un susurro frío: —¿La estás defendiendo, Cristóbal?

Mejor que lo hagas bien… porque cuando salga, Sarah será la primera en pagar.

El silencio que siguió era pesado, sofocante.

Jackie y Chaeun, que habían escuchado desde el pasillo, se tensaron de inmediato.

Ninguno rió.

Ninguno habló.

Park había dejado claro que su crueldad no era amenaza vacía… era una obsesión dirigida.

El pasillo quedó suspendido en un latido cuando Sarah se incorporó sin anunciarse y dejó salir una nota.

No fue el gorjeo aniñado de siempre ni la estridencia de la noche anterior: fue una columna de sonido limpia, intensa y solemne que se abrió paso por las paredes metálicas de la base como si la estructura misma tuviera memoria.

La nota creció, se tiñó de armónicos, y la voz de Sarah —ahora madura, profunda y extrañamente antigua— llenó cada rincón.

Los vasos sobre la mesa vibraron.

Un panel electrónico tintineó.

El aire se volvió denso; un escalofrío pareció recorrer los huesos de todos los presentes.

Jackie se quedó inmóvil, con la boca entreabierta; la broma que le rondaba en la lengua se murió en la garganta.

Chaeun detuvo el movimiento del polvo en las manos y lo dejó caer en silencio como si no quisiera interrumpir.

Cristóbal, que siempre medía hasta el último gesto, apretó la mandíbula y clavó la mirada en Sarah con una mezcla de respeto y alarma.

Park emitió un ruido distinto: no fue un insulto, fue un chirrido profundo, como si los engranajes interiores le resonaran con la frecuencia.

Su óptica parpadeó en rojo, la cabeza giró despacio como si escudriñara el origen del sonido, y sus servos pausaron un instante.

La cadencia de la canción parecía rozar sus circuitos; algo de su programación reaccionó a la vibración de un modo inesperado: no dolor, no placer —un ajuste, una recalibración.

Ángel permaneció en la penumbra del pasillo, el cuaderno cerrado en la mano.

La nota de Sarah lo alcanzó y algo en su cuerpo reaccionó: el tatuaje en el antebrazo le picó como una corriente leve, sus oídos captaron armónicos que antes no había analizado, y por primera vez una línea de sorpresa —casi un vislumbre de placer— rompió su habitual máscara.

No sonrió, pero sus ojos se estrecharon con atención pura.

Empezó a ensamblar patrones en su cabeza: frecuencias, resonancias, alcance.

Un plan mental se alineó en silencio.

La canción siguió, majestuosa y directa.

No era agresiva; era orden.

Era una fuerza que obligaba a la base a contener el aliento.

Cuando Sarah descendió la última nota, una calma extraña se quedó flotando en el aire: no alivio, sino expectación.

—¿Qué…?

—murmuró Jackie, recobrando la voz—.

¿Qué fue eso?

—Ella… —dijo Cristóbal en voz baja—.

Lo que hizo… lo sentí en la estructura.

Park se quedó inmóvil, óptica fija en Sarah, sin emitir más que un zumbido bajo.

No era silencio de sumisión: era algo más peligroso, como el silencio previo a un animal que calcula el siguiente movimiento.

Sarah, todavía con los ojos cerrados, abrió la mirada y notó la tensión que había dejado.

Sonrió con timidez y simplemente dijo, en voz baja: —Lo practiqué anoche… sólo… intentaba encontrar esa nota.

Ángel cerró el cuaderno con un golpe seco.

Su voz, cuando habló, fue corta y sin afecto, pero cargada de decisión: —Bien.

Sigue.

Pero con control.

Si llegamos a usar esto, quiero entender exactamente qué hace a cada componente de la base reaccionar.

El aire estaba impregnado de humo, polvo y ceniza.

Woods, con la respiración entrecortada, mantenía ambas manos extendidas, sosteniendo con pura telequinesis los escombros de un edificio colapsado contra dos entradas opuestas.

Cada bloque de concreto temblaba con su pulso, cada viga vibraba como si se quebrara bajo la presión.

El sudor le corría por la frente, pegándole el polvo a la piel.

—Mierda… mierda… ¿por qué diablos estoy tan débil?

—susurró entre dientes, apenas audible.

Sentía el temblor en sus brazos, aunque el esfuerzo era mental, no físico.

Las venas en su cuello se hinchaban.

Su don, antes una avalancha imparable, ahora se sentía como un hilo de agua.

Algo estaba mal.

—No… no tiene sentido.

—El pensamiento le carcomía mientras trataba de reforzar la barrera de la izquierda—.

Necesito el dispositivo.

Maldita sea, necesito ese dispositivo… sin él, no sé qué está pasando en mi sangre.

Un crujido metálico se oyó detrás.

Woods giró bruscamente, la respiración acelerada.

Tres soldados de TRUMAN —ruso en sus insignias— lo habían encontrado.

Sin uniforme, cubierto de polvo y sangre seca, para ellos era solo un desconocido.

Las linternas de sus cascos lo encandilaron por un segundo, y de inmediato alzaron los rifles.

El de al frente levantó el puño cerrado, luego con dos dedos hizo el gesto directo: ¿Quién eres?

La rigidez de sus posturas no dejaba lugar a error.

Uno más le señaló al pecho, dedo firme sobre el gatillo.

Woods tragó saliva.

El ruso se le atascaba en la lengua, pero no tenía opción.

—Я… Вудс… командир операций… ТРУМАН… США и Япония… —dijo con torpeza, la gramática quebrada.

(“Yo… Woods… comandante de operaciones… TRUMAN… Estados Unidos y Japón…”) El soldado líder frunció el ceño, dudando.

Woods levantó un dedo hacia los labios y añadió, jadeando: —Тихо… за дверью… монстры… (“Silencio… detrás de la puerta… monstruos…”) Un golpe seco contra los escombros de la izquierda sacudió todo el pasillo.

La madera astillada cayó al suelo.

El eco resonó como un cañonazo.

Los soldados rusos intercambiaron miradas rápidas, tensas.

Uno se adelantó, pero Woods extendió el brazo libre, sin dejar de mantener la presión telequinética, y le gruñó entre dientes en inglés: —¡Quieto, idiota!

Si disparan ahora, se nos viene el infierno encima.

El eco de otro rugido se filtró desde la puerta contraria.

Más grave.

Más cercano.

Woods sintió que sus fuerzas flaqueaban, la vibración en su cabeza como un tambor.

El sudor caía a chorros.

—No… no voy a aguantar mucho más… El pasillo vibraba con cada golpe que estremecía los escombros.

Woods apenas contenía el derrumbe con su telequinesis, el sudor bajando por su rostro en hilos fríos.

Los soldados rusos formaron en silencio, cubriendo ángulos, obedeciendo al líder de su pelotón.

Uno de ellos, con el rifle colgado, giró una perilla de su casco y bajó el volumen.

Luego, con un acento duro, habló en inglés (aunque en realidad sonaba perfectamente claro en español para Woods): —Debiste decirnos desde el principio que hablabas inglés.

Así ajustábamos la conversación.

Woods apenas giró la cabeza, sus ojos cansados, los músculos del cuello tensos.

—No tenía tiempo para presentaciones —escupió con voz ronca—.

Y no estaba seguro de que me entendieran.

El soldado chasqueó los dedos y, de inmediato, fuego brotó en el aire, suspendido como brasas vivientes.

La luz anaranjada iluminó el pasillo, revelando el polvo suspendido y la presión quebradiza de los escombros que Woods sostenía con su don.

—¿Mejor?

—preguntó el ruso, su voz grave, casi burlona.

Woods gruñó, reforzando la barrera telequinética con un esfuerzo que lo hacía jadear: —Mejor… para ver cómo morimos más lento.

El líder del pelotón habló en su idioma, breve, tajante: —Держать.

(“Mantener.”) El fuego danzante pintaba las sombras en los muros.

El olor metálico de la pólvora se mezclaba con otro hedor: rancio, dulzón, como carne podrida.

Woods apretó la mandíbula, casi susurrando: —Esos no son infectados comunes.

El líder, sin apartar la mira de la puerta que temblaba con cada golpe, respondió en inglés (otra vez, sonando como español en los oídos de Woods): —Entonces, si sangra… lo matamos.

Woods mantuvo la presión con las manos hasta que los tendones del cuello le palpitaban.

El pasillo crujió a su alrededor y, por un instante, la luz del fuego pendular delineó sus rasgos cansados.

—Ahí está el problema —dijo, con la voz entrecortada—.

No sé cómo matarlos.

Pensé que eran vestigios comunes: que balas hechas con materia de Dharma los harían caer.

Les hacen daño, sí, pero son absurdamente resistentes.

Se regeneran como si nada.

En Japón les llaman E.C.O.

El líder del pelotón ruso ladeó la cabeza, observando a Woods con dureza.

El olor a humo les pegaba en la garganta, pero la voz de aquel hombre extranjero claustrofóbico les decía algo que también conocían.

—Los llamamos igual —respondió el líder, en español con tono grave—.

En ruso suena distinto, pero es lo mismo: E.C.O.

Y no, aquí no hay forma sencilla de matarlos.

Si no tienes algo que interfiera con su regeneración, vuelven a levantarse.

Woods respiraba rápido, con los nudillos blancos de tanto empujar la puerta.

El eco de los zombis resonaba como tambores de guerra en la madera astillada.

Entonces habló, bajando la voz hasta que casi fue un gruñido.

—Hay alguien… alguien que puede acabar con estas cosas.

—su mandíbula tembló, no de miedo, sino de la certeza de lo que decía—.

Angel Stone.

Los rusos lo miraron, expectantes, el fuego del soldado iluminando sus rostros tensos.

—No lo llamo soldado.

Ni siquiera humano.

Es… —Woods cerró los ojos un segundo, recordando la última pelea— una bestia disfrazada de hombre.

Carne con colmillos.

Un animal nacido de alas y sangre, educado para destrozar, no para vivir.

—Señaló sus propios brazos como si tratara de describir una fuerza imposible de contener—.

Lo vimos arrancarle la cabeza a un E.C.O y hundir la mano en su cuerpo como si estuviera hecho de barro.

Y cuando el enemigo se regeneraba, no se detuvo.

Nunca se detiene.

Sigue, sigue, hasta que no queda nada más que cenizas.

El joven ruso del fuego parpadeó, tragando saliva.

—¿Un monstruo?

—preguntó, como si temiera la respuesta.

Woods sonrió con amargura.

—Un monstruo que por ahora pelea de nuestro lado.

— El líder del pelotón ruso murmuró algo en su idioma natal, luego en español con voz grave: —Y tú dices que ese… Angel… lo logró.

Mató a un E.C.O.

—Sí —gruñó Woods—.

Pero cada vez que lo hace, se rompe un poco más.

Y yo no sé cuánto le queda antes de que no haya diferencia entre él y lo que cazamos.

El silencio fue absoluto por un instante, roto solo por los golpes de los infectados al otro lado de la barricada.

Los rusos intercambiaron miradas; no sabían si Woods acababa de darles esperanza o de anunciarles que la única salvación estaba en manos de una bestia con forma de hombre.

El soldado que sujetaba la barricada contra la otra puerta murmuró algo en ruso al líder, apenas audible entre el crujido del marco.

El líder entornó los ojos, asintió una fracción, y giró la cabeza hacia Woods para traducir en voz baja, cuidando cada palabra como si pesara demasiado: —Él dice que es mejor llamarlo —tradujo el líder en español, la voz corta—.

Que al menos nos pase información, o que venga.

Aquí no hay control.

Si salimos a intentar limpiar esto sin saber más, la pérdida de control será tan grande que nos obligará a eliminar a civiles con el objetivo de acabar con toda entidad sospechosa.

Nos convertiremos en jueces y verdugos en la calle.

El aire se volvió más frío alrededor del pequeño grupo.

El fuego suspendido tintineó como brasas al borde de apagarse.

Woods sintió el peso de las palabras: no era solo táctica; era la posibilidad de cruzar una línea irreversible.

Respiró hondo.

La telequinesis le quemaba las sienes, pero la voz le salió firme, ronca: —Lo sé.

No quiero eso.

—miró al líder, y luego a los rostros tensos de los soldados—.

Tampoco puedo llamar a todo volumen: el ruido atrae más.

Pero no podemos quedarnos ciegos y esperar que no pase lo peor.

El líder preguntó con un gesto, escueto, esperando una orden práctica.

Woods cerró los ojos, calculando segundos como si fueran piezas en una balanza.

—Hagan esto —dijo al fin—.

Emitan un ping cifrado muy corto a la base: prioridad máxima, canal seguro.

Mensaje mínimo: “Solicitud de apoyo táctico: E.C.O.

avanzados.

Requiere operador: Ángel Stone.

Autorización inmediata.” Nada más.

Nada que suene a señal de socorro abierta.

Si pueden, preparen un enlace OTRO —un breve salto— para recibir respuesta fuera del espectro habitual.

El líder asintió, firme, y el joven del fuego ya estaba manipulando el equipo con manos seguras.

Woods añadió, en voz más baja todavía, casi para sí: —Si responde que no pueden enviarlo… entonces actuamos como si hubieran dicho que sí.

Preparamos extracción encubierta para un solo objetivo: traer a Angel de forma discreta.

Y hasta entonces, aguantamos.

Sin salir.

Sin abrir fuego contra civiles.

No queremos convertirnos en monstruos.

Una chispa de silencio se apoderó del pasillo, rota solo por el crujido de la puerta que seguía golpeando.

Afuera, algo golpeó otra vez con furia creciente.

El líder acercó el radio, ajustó la potencia al mínimo, y murmuró: —Envío.

El ping cortó la rutina como un disparo: un zumbido agudo y repetido que rebotó en todas las salas, en todos los altavoces, hasta en el comedor.

Las luces parpadearon.

Gente que hasta hacía un segundo estaba desperezándose se incorporó en seco.

—¿Qué carajo fue eso?

—gruñó Jackie, llevando la mano a la ingle donde siempre llevaba la llave del armamento.

Algunos miraron a Park con recelo; en la oscuridad de la base, el perro metálico ya había producido antes sonidos extraños, así que la sospecha fue inmediata.

—¡Ese cacharro otra vez!

—murmuró uno de los técnicos desde la consola—.

¡Seguro fue Park!

Park giró la cabeza y emitió un zumbido indignado, pero antes de que cualquiera pudiera hacer una escena, la consola principal escupió el mensaje en texto y en audio cifrado: PRIORIDAD MÁXIMA — BASE TRUMAN (JAPÓN).

SUJETO: ÁNGEL STONE.

SOLICITADO EN RUSIA.

REFUERZO DE ÚLTIMO RECURSO / OPERADOR DE INFORMACIÓN.

AUTORIZACIÓN: INMEDIATA.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo