El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 47
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47: “Disculpa…” 47: “Disculpa…” Todo quedó helado un instante.
Luego, mil reacciones distintas: susurros, pasos acelerados, el ruido metálico de una silla que se arrastra.
Ángel, que en ese momento estaba apoyado en la mesa y hojeando su cuaderno, alzó la vista.
Sus ojos, pequeños y afilados, parecieron encenderse con una calma que daba más miedo que el propio ping.
—¿Qué mierda pasa?
—preguntó, seco.
Cristóbal fue el primero en acercarse, la voz controlada pero grave.
—Mensaje directo desde Rusia.
Woods pidió refuerzo.
Dicen… —tragó saliva y buscó las palabras— …están enfrentando E.C.O.
avanzados.
Quieren a un solo hombre: tú.
Te piden como último recurso o como fuente de información para frenar esto.
El silencio fue absoluto unos segundos.
Sarah se dejó caer en la mesa, los ojos enormes.
—¿Rusia?
—balbuceó—.
¿Miranda está allí?
Jackie ya había sacado el mapa holográfico y buscaba la coordenada con los dedos.
—Sí —dijo, sin levantar la vista—.
Miranda y Woods están en el frente.
Por eso la llamada: la situación se va de la mano y… necesitan algo que corte la regeneración de esos bichos.
Ángel cerró el cuaderno sin prisa.
Su rostro no mostró emoción, solo una concentración casi clínica, pero las manos se le apretaron en el lomo del cuaderno un par de segundos como si apretara algo vivo.
—¿Comunicación abierta?
—preguntó, todavía mirando a Cristóbal.
—No —respondió Cristóbal—.
Encriptado.
Pidieron que sea discreto.
No quieren abrir un canal que atraiga más cosas.
Angel se quedó pensando un latido.
Luego habló, cada palabra medida: —Preparo despliegue encubierto.
Saldré solo si es estrictamente necesario —miró a Jackie y Chaeun—.
Ustedes dejan la base operativa y controlan todo aquí.
Nadie sale sin mi orden.
Cristóbal, tú te quedas a cubrir lo que sea técnico.
Jackie, aseguras vigila cualquier cosa que Park haga.
Chaeun, coordina logística y camuflaje.
Sarah, sigues practicando.
No necesito más ruido.
Sarah puso la mano en el pecho, ofendida pero obediente.
—¿Yo no voy?
—preguntó con la voz baja, intentando no sonar suplicante.
Ángel la miró con frialdad clara.
—No.
Si voy, no puedo arriesgarte a ti.
Aquí me necesitas más.
Practica hasta que no me necesite explicar nada.
Park, en el rincón, emitió un zumbido bajo que sonó como una advertencia; nadie se inmutó.
Jackie bufó, frunciendo el ceño, pero no discutió.
Cristóbal ya tecleaba órdenes en la consola: listas de verificación, códigos de salida, rutas seguras.
Chaeun comenzó a mover pequeñas nubes de polvo para marcar las rutas internas; su gesto era rápido, eficiente, sin estridencias.
Ángel tomó el primer kit: chaleco, máscara, el arma ligera que siempre usaba.
Antes de ponerse la máscara alzó la vista y dijo, muy bajo, casi para sí: —Si mi madre está en el frente… esto acaba hoy.
Ángel ya había empezado a colocarse el chaleco.
Sus ojos, encendidos por la rabia contenida, se fijaron en cada uno de ellos apenas un instante: no buscó consuelo ni permiso.
Solo reconocimiento de que aquello era necesario.
Sarah dio un paso al frente, la voz temblorosa pero urgente, con las manos entrelazadas como si sujetara algo frágil dentro del pecho:—Ángel… —lo llamó, bajando un poco la mirada—.
Escucha.
Yo… yo practiqué anoche y desperté algo.
Si vas a ir… por favor, ten cuidado.
No quiero que te pase nada.
No soportaría… —se detuvo, tragando saliva—.
No fue mi intención activarte.
Ángel alzó la vista, la mirada fría clavada en ella por un segundo que pareció eterno.
Luego, sin suavizar la voz pero sin desprecio, respondió:—Lo sé.
No me culpes por lo que hiciste.
Me activaste y ahora actúo.
Sarah apretó los labios, como si quisiera añadir más, y lo intentó:—¿Puedo… puedo ir contigo?
Puedo ayudar.
Mi canto…— titubeó, buscando coraje— puede servir.
Si me dejas, prometo seguir tus órdenes y no poner a nadie en peligro.
Hubo un murmullo en la sala; Jackie frunció el ceño, Chaeun clavó la mirada en Sarah con mezcla de alarma y protección, Cristóbal tensó los hombros.
Ángel negó con un gesto corto, inapelable:—No.
Aquí eres más necesaria.
Practica hasta que lo que hagas no me pida explicarlo.
—Su voz fue una orden, fría, inamovible—.
Si te llevo, te conviertes en riesgo.
No lo permitiré.
Sarah vaciló un instante, la decepción asomando, pero luego asintió con la cabeza con decisión forzada:—Está bien.
Haré exactamente lo que digas.
Prometo que no fallaré.
Angel cerró el cuaderno con un golpe seco y clavó la mirada en ella un último segundo, como quien marca una promesa brutal:—No falles.
Ángel antes de perderse en corredor que va de camino a la salida, miró hacia atrás un instante, y sus ojos se encontraron con los de Sarah.
Solo un segundo, un leve arqueo de labios, pero suficiente para que ella sintiera que algo profundo había pasado.
Él sonrió, un gesto extraño viniendo de alguien como él, y luego giró hacia el pasillo, avanzando con pasos calculados, como un depredador que sabe exactamente a dónde va.
Los demás lo observaron en silencio, incrédulos.
Chaeun murmuró, con voz baja:—Sarah… ¿cómo hiciste para que te sonriera?
Sarah se mordió el labio, sin saber qué responder, mientras su corazón se aceleraba.
Ángel salió de la base y la frialdad de la mañana golpeó su rostro.
Su mente estaba enfocada, calculando cada movimiento, cada trayectoria posible.
Endureció la piel usando su don, sintiendo cómo cada fibra de su cuerpo se convertía en un acero flexible, listo para soportar cualquier impacto.
Saltó un poco y, sin pensarlo dos veces, se quitó los zapatos, dejando que sus pies desnudos sintieran la textura del pavimento, midiendo cada punto de apoyo.
Sus puntas se clavaron en el suelo como garras, sujetándolo con firmeza mientras se impulsaba hacia adelante.
La idea vino rápido: ató sus zapatos a su chaleco, quedando descalzo pero con todo listo para recuperarlos si los necesitaba.
Miró su celular, comprobando la dirección de Rusia en el GPS.
Todo estaba claro.
Sin perder tiempo, comenzó a correr.
Cada zancada era explosiva, sus músculos tensos como cuerdas de arco.
No había callejón imposible, ni edificio que lo detuviera.
Si se cruzaba con una pared, endurecía su piel y la escalaba, clavando sus pies como garras en el concreto, o simplemente atravesaba lo que se interponía, sin el menor rasguño.
El mundo se volvió un mapa tridimensional en su cabeza: rutas, obstáculos, ángulos de salto.
Cada choque con un muro, cada giro brusco, cada ventana atravesada era medido, exacto, eficiente.
Los autos, las farolas, los contenedores: nada podía frenar la trayectoria de Ángel.
Su respiración era rápida, controlada; sus sentidos agudos, captando cada vibración del suelo, cada sombra que se movía a su alrededor.
Para cualquier civil, sería imposible seguirlo con la vista; para él, era un ritual de cálculo y velocidad.
Cada salto, cada agarre, cada impulso lo acercaba más a Rusia, más cerca de la misión que nadie más podía cumplir.
Allí, nadie interferiría; allí, él era la punta de lanza, el cazador humano que se movía como una bestia, y nada ni nadie estaba preparado para detenerlo.
Ángel atravesó la puerta de una casa japonesa sin siquiera frenar, el aroma de la comida caliente llenando el aire por un instante.
Adentro, un hombre cocinaba, sorprendido, mientras los utensilios temblaban ligeramente por la vibración de los pasos de Ángel.
Por un instante —un gesto raro y casi humano en él— se detuvo, bajó la cabeza y murmuró: —Disculpe.
El hombre apenas tuvo tiempo de balbucear un “oh…” antes de que Ángel retomara su carrera, serio y enfocado, como si no existiera nada más que su objetivo.
A lo lejos, un avión surcaba el cielo.
Ángel miró su celular: estaba casi al borde del mar.
Sin pensarlo, vio el primer rascacielos que bloqueaba su camino y, con la agilidad de un depredador, comenzó a escalarlo.
Cada salto y cada agarre eran medidos con precisión, su piel endurecida evitando cortes, raspaduras y abrasiones.
Al llegar a la cima, tomó impulso con fuerza felina y se lanzó hacia el avión que surcaba el cielo.
Sus manos se aferraron al ala como garras, y entonces dejó de endurecer la piel para no lastimarse con la fricción del metal y el viento.
Los pasajeros, al mirar por las ventanillas, lo vieron: un ser humano de proporciones perfectas, increíblemente musculoso, colgando de la ala mientras su rostro mostraba concentración y determinación.
Murmuraban entre ellos: —¿Quién es este… hermoso ser?—¿Por qué… está en el ala del avión?
Ángel avanzó lentamente hacia la cabina.
Endureció su piel nuevamente para que la fuerza del viento no lo moviera, clavando su peso como si fuera un ancla viva sobre la estructura metálica del avión.
Sus ojos se enfocaron en la cabina del piloto.
Al llegar a la puerta de la cabina, gritó con voz firme y desgarrada: —¡Apunten hacia esa dirección!
Los pilotos lo miraron con horror y confusión, tomando una radio para comunicar, mientras le señalaban que se quitara.
Ángel, sin perder ni un segundo, golpeó la ventana con un puño, agrietándola ligeramente: —¡Cada ventana que no sigan mis órdenes la romperé!
El silencio se hizo absoluto.
Los pilotos, temblando, bajaron los controles y giraron el avión en la dirección que Ángel había indicado.
En la fría frontera rusa, la nieve crujía bajo los pies de los soldados mientras mantenían posiciones estratégicas alrededor de los escombros y barricadas improvisadas.
Sus respiraciones eran nubes blancas que se disipaban rápidamente en el aire gélido, y el silencio solo era roto por el leve susurro del viento entre los restos de edificaciones derrumbadas.
Woods permanecía detrás de una puerta reforzada por su telequinesis, observando con ojos alerta.
A su alrededor, los soldados murmuraban entre ellos, revisando sus armas, ajustando municiones y coordinando gestos para no levantar sospechas ante los posibles ataques.
El ambiente era tenso, como si en cualquier momento la muerte pudiera surgir de las sombras.
El comunicador de Woods emitió un pitido breve.
Miró la pantalla y vio el nombre de Miranda parpadeando.
Con un rápido gesto de su mano, activó el canal.
—Woods, informe rápido —dijo la voz de Miranda con firmeza—.
—Hasta ahora, todos los vestigios en la frontera han sido eliminados —respondió ella—.
Las balas hechas con material de Dharma han sido efectivas.
Woods dejó escapar un suspiro contenido y murmuró para sí mismo: —Excelente… Luego, en voz baja pero con precisión para que los soldados más cercanos escucharan: —Si ven a Angel entrar, déjenlo pasar sin demora.
Denle la posición exacta de donde estoy en cuanto lo localicen.
No hay tiempo para errores.
Los soldados asintieron con seriedad, comprendiendo la gravedad de la situación.
La amenaza que enfrentaban no era solo un ejército de criaturas regenerativas, sino algo capaz de desatar un caos imposible de contener.
Tener a Angel en el campo significaba un cambio radical en las probabilidades de sobrevivir.
—Mantengan la posición, y no disparen a menos que sea estrictamente necesario —ordenó Woods—Si Angel llega, todo cambiará.
Solo asegúrense de que llegue hasta aquí.
Ángel avanzaba a velocidades sobrehumanas, atravesando Kazajistán con precisión quirúrgica.
Cada paso era calculado, analizando el terreno, las ciudades, las carreteras y cualquier obstáculo que pudiera retrasarlo.
Sus ojos recorrían mapas mentales mientras tomaba decisiones al instante.
Al considerar su ruta, evaluó Mongolia: era un camino más directo, pero demasiado impredecible.
Zonas despobladas, escasa vigilancia… y lo más importante, la certeza de que nadie podría confirmar su paso.
No podía arriesgarse.
Su decisión fue clara: pasar por Moscú, aunque eso significara atravesar zonas más vigiladas.
Mientras avanzaba a través de la frontera, un misil surgió del cielo, disparado hacia el avión que Angel había abordado antes.
Sin pestañear, gritó a los pilotos con voz cavernosa: —¡Giren ahora, YA!
La aeronave obedeció de inmediato, pero Angel ya había calculado su movimiento: con un salto sobrehumano, se lanzó directamente sobre el misil en pleno vuelo.
Golpeó su cuerpo de diamante con una fuerza brutal, suficiente para desestabilizarlo un instante, y se aferró a él mientras la aeronave quedaba atrás.
Cada músculo de sus brazos y piernas se tensó como acero; su piel endurecida soportaba la fricción y el calor del aire mientras descendían hacia Kazán.
Al impactar, Angel dejó que su cuerpo absorbiera el golpe.
La explosión del misil iluminó la zona como un sol en miniatura.
Polvo, fuego y metal retorcido se esparcieron por todos lados.
Él, sin embargo, emergió de entre las cenizas.
Su piel, endurecida y cubierta de una mezcla de hollín y polvo, mostraba rasguños superficiales.
Su uniforme estaba chamuscado en los hombros y pecho, y las piernas parcialmente quemadas, pero nada que debilitara su aura imponente.
Cada respiración era controlada, sus ojos brillaban con furia y cálculo, observando el terreno frente a él.
Angel se incorporó lentamente, como un depredador que acaba de marcar su territorio.
No había una sola señal de miedo en él; solo análisis y una determinación que convertía cualquier riesgo en oportunidad.
Cada músculo tenso, cada poro de su piel endurecida, parecía decir: “Si alguien se interpone, será triturado”.
Al llegar a la zona urbana de Rusia, Angel evaluó rápidamente.
Los vestigios ya lo olfateaban; algunos se movían torpemente, pero otros lo corrían directo, con ojos vacíos y hambre asesina.
—Malditos… —gruñó Angel, esquivando un golpe y tomando impulso contra un muro—.
¿Eso es todo lo que tienen?
Uno de los vestigios más rápidos alcanzó su pierna, tirándolo al suelo.
Angel maldijo entre dientes, sus ojos brillando con rabia contenida.
Agarró el brazo del vestigio y dobló sus dedos con brutal fuerza.
El crujido resonó en la calle como un martillo.
—“¡No… quería morir…!” —susurró el vestigio con una voz rota, que parecía salida de un recuerdo humano, antes de que Angel lo soltara y continuara corriendo.
Otro vestigio lo interceptó desde un edificio: —“¡Ayuda… no puedo… no quiero…” —dijo con desesperación, balanceándose mientras Ángel lo derribaba con un golpe de su hombro, lanzándolo varios metros hacia un escombro!
Ángel corría como una bestia, atravesando calles, saltando por techos, trepando paredes con su piel endurecida.
Cada vestigio que intentaba tocarlo terminaba retorcido o aplastado, y sus palabras se convertían en un eco perturbador: —“¡Mi mamá… me dejó…!” —repetía uno, mientras caía desde una ventana rota.
—“¡Por favor… no me mates!” —susurraba otro, con voz vacía y fría.
—Sí, claro —murmuró Angel entre dientes, con una sonrisa torcida—.
Intenten detenerme… si pueden.
Las ventanas estallaban, escombros caían, autos vibraban.
Cada vestigio lento quedaba atrás, confundido y murmurando fragmentos de su vida pasada, mientras los más rápidos apenas podían seguirle el ritmo.
—¡Por aquí!
—gritó un soldado ruso desde un techo—.
¡Mantengan la formación, no se detengan!
—¡Solo corran!
—respondió otro, mientras lanzaba fuego hacia un vestigio que trepaba detrás de ellos—.
¡Concéntrense en sobrevivir!
Angel escuchó las órdenes, pero su único objetivo era llegar a Moscú.
Cada paso, salto o deslizamiento era pura potencia humana, pura rabia contenida en un cuerpo que parecía más bestia que humano.
Minutos después, en el refugio improvisado de Woods y los soldados, la tensión se cortaba en el aire como cuchillo.
Todos se preguntaban por qué el estruendo en las calles era tan intenso; el sonido de vidrios quebrándose, escombros cayendo y golpes resonando parecía acercarse cada vez más.
—¿Qué demonios está pasando allá afuera?
—susurró uno de los soldados, con la voz temblorosa mientras sostenía su rifle.
Woods, con la mirada fija en la pantalla del dron que sobrevolaba la zona, frunció el ceño.
Sus manos se movían con precisión, levantando escombros y creando barreras telequinéticas alrededor de la entrada.
—No lo sé exactamente… pero todo el ruido se dirige hacia nosotros —dijo Woods en un ruso torpe—.
Y parece… que alguien está controlando la situación.
Fue entonces cuando lo vieron.
Entre el caos de vestigios que se movían torpemente, otros que corrían como bestias ciegas y los E.C.O que avanzaban con velocidad mortal, una figura humana se desplazaba con precisión.
Su cuerpo endurecido cortaba el aire, saltando sobre los escombros, derribando vestigios con golpes certeros y aplastando con fuerza sobrehumana.
—Es… Ángel —susurró un soldado, con ojos abiertos de incredulidad—.
¡Es él!
Angel corría por las calles, esquivando ataques, tomando impulso de muros y postes, golpeando vestigios y haciendo que sus propios ataques resonaran con brutalidad.
Cada movimiento suyo era casi un baile de destrucción, y los vestigios, aunque numerosos, parecían fragmentos humanos sin voluntad, murmurando frases perturbadoras: —“¡Nunca debí…!” —“¡Ayuda… por favor…!” —“¡Mi mamá…!” Angel los escuchaba apenas, concentrado en su objetivo, su respiración pesada y medida, mientras el caos se multiplicaba a su alrededor.
Sus ojos brillaban con rabia contenida, y por primera vez en mucho tiempo, parecía disfrutar del desafío: la ciudad era su campo de caza.
—¡Ahí arriba!
—gritó de repente una voz familiar.
Woods se asomaba por una abertura del refugio, señalando con su brazo—.
¡Estamos aquí!
¡Encima de los escombros, no te muevas hacia la calle principal!
Angel giró la cabeza apenas, con un destello de sonrisa en su rostro cubierto de polvo y sudor.
Su velocidad y percepción parecían duplicarse; cada vestigio que intentaba interceptarlo era golpeado o esquivado con precisión brutal.
—Lo tengo —murmuró Angel, más para sí mismo que para Woods—.
Solo necesito atravesar esto y… listo.
Mientras Angel avanzaba, los soldados dentro del refugio podían ver la fuerza descomunal que emanaba de cada uno de sus movimientos.
No era solo humano; era una bestia sanguinaria hecha carne y hueso, cada paso suyo aplastando la realidad como si quisiera imponer orden en medio del caos.
—¡No puedo creer que este tipo sea real!
—dijo uno de los soldados, murmurando a otro mientras ajustaba su rifle—.
¡Está haciendo lo que nosotros no podríamos ni en mil vidas!
—Concéntrate en mantener la posición —les recordó Woods, con la voz grave y firme—.
Y cuando llegue aquí, déjenlo pasar rápido.
Él sabe lo que hace.
Angel, a pesar de la presión, mantenía la calma absoluta.
Cada salto, cada desvío, cada golpe estaba medido; aunque los vestigios lo rodeaban, él solo escuchaba a Woods, solo veía el camino, solo sentía la adrenalina de cada segundo.
—¡Vamos, vamos!
—gritó Woods, mientras uno de los soldados más cercanos lanzaba fuego hacia un E.C.O que amenazaba a Angel—.
¡Es tu momento, Stone!
—Malditos… si tan solo tuviera mis alas… —susurró Angel, mientras saltaba sobre un vestigio que intentaba atraparlo desde la acera.
Lo levantó en el aire y lo lanzó contra un muro.
Fragmentos de recuerdos humanos se filtraron del vestigio antes de que se estrellara: —“Nunca debí confiar en nadie… me traicionaron…” Angel llegó al refugio de Woods con un paso pesado, el polvo de las calles y el humo de los edificios derrumbados cubriendo su ropa y cabello.
Los vestigios cercanos parecían anticipar su presencia, avanzando con torpeza pero con intención, murmurando fragmentos de pensamientos humanos, desesperados y distorsionados.
Sin perder tiempo, Angel enfocó a un E.C.O que se acercaba con velocidad.
Su mirada se volvió fría, letal, y con un rugido que retumbó como un trueno en las calles, embistió hacia la criatura.
La derribó con un golpe brutal, como había hecho en Shinjuku, y metió su brazo directo en el cuerpo deformado del E.C.O.
Un fuego extraño recorrió su piel; el contacto con esa materia mutante imbuyó su brazo en tatuajes extraños y una piel morada, con textura casi orgánica y letal.
El poder que ahora emanaba de él era tangible, palpable, y el aire mismo parecía temblar ante la violencia contenida en su brazo.
—Mierda… —susurró uno de los soldados, bajando un poco la mira mientras observaba a Angel con incredulidad.
Angel no perdió tiempo.
Tomó a otro E.C.O, desplazándose con velocidad sobrehumana, derribándolo de igual forma, imbuyendo su brazo en él también.
Cada contacto hacía que su aura de peligro se expandiera, y la transformación lo volvía un arma irreversible.
Sus tatuajes brillaban levemente con un color morado, y la piel de su brazo parecía viva, como si respirara.
Los vestigios cercanos comenzaron a retroceder lentamente.
Algo en ellos se activó: un instinto humano residual, una chispa de miedo que aún quedaba entre la masa de recuerdos y cuerpos.
No huyeron del todo, pero formaron un círculo alrededor del refugio, manteniendo distancia.
El miedo era palpable, pero la curiosidad y el instinto de sobrevivir los mantenía en su lugar.
Angel se giró finalmente hacia Woods y los soldados, sus ojos brillando con rabia contenida y poder recién adquirido.
Los soldados, incluyendo a Woods, levantaron sus armas, apuntando con cautela, murmurando entre ellos: —¿Qué demonios le pasó a su brazo?
—No… no parece humano —dijo uno, con la voz temblorosa.
—Está… imbuido con la materia de los E.C.O —comentó otro, reconociendo el peligro que emanaba de Angel—.
Cualquier contacto con eso es mortal.
Angel simplemente los miró, con la respiración pesada y el brazo morado brillando con un aura siniestra, y con un tono bajo y grave, casi un susurro que resonó más en sus mentes que en el aire: —Déjenme… encargarme de esto.
El círculo de vestigios a su alrededor no se movió ni un centímetro más cerca; sus fragmentos humanos temblaban, asustados, mientras Angel estaba listo para convertir cada encuentro en una masacre controlada, calculando cada movimiento con precisión absoluta.
Woods apuntaba a Angel con su arma, los dedos tensos en el gatillo, pero no era miedo lo que lo detenía, sino respeto y cautela.
Sabía que cualquier error podría costarle la vida a todos allí.
Por un instante, el silencio reinó, roto solo por los murmullos de los vestigios a lo lejos y el eco de los pasos de Angel acercándose.
Finalmente, Woods bajó lentamente el arma y la dejó caer al suelo con un clink metálico, haciendo que todos en el refugio contuvieran la respiración.
—Está bien… —dijo Angel con la voz rasposa, un matiz de cansancio y rabia mezclado—.
Estoy hasta la mierda de todos esos vestigios y E.C.Os.
Woods, sin soltar la mirada de Angel, comenzó a formar un mazo con los escombros que había amontonado alrededor.
Las piedras y vigas comenzaron a vibrar y unirse, como si obedecieran su voluntad, hasta tomar la forma de un mazo colosal, del tamaño de una casa de dos pisos.
Incluso los soldados retrocedieron un paso, asustados por la magnitud de la construcción.
—Solo por si acaso —murmuró Woods, apretando los dientes mientras se acercaba lentamente, midiendo cada movimiento de Angel.
Angel lo miró con una leve sonrisa torcida, como si encontrara divertida la exageración.
Su brazo morado brillaba débilmente, emitiendo un aura que hacía que el aire mismo temblara alrededor de él.
—Está bien… —repitió, esta vez más firme—.
Pero no pierdas tiempo, Woods.
Para que me llamaste exactamente, y Miranda?
Los vestigios más cercanos a la entrada comenzaron a retroceder, olfateando el peligro en el aire, mientras los soldados, tensos, intercambiaban miradas entre ellos.
Todos entendían que Angel ya no era solo un soldado o un arma biológica; ahora era una bestia sanguinaria hecha carne, y cualquier intento de subestimarlo podía ser mortal.
Woods ajustó el mazo, preparado para defenderlos en caso de que los vestigios avanzaran demasiado.
Angel, con un solo movimiento de su brazo, imbuyendo a otro vestigio, mostró que su ira contenida y su poder recién desbloqueado podían cambiar la balanza en segundos.
—Bien… entonces hagámoslo —dijo Woods, con la voz firme, mientras todos esperaban el próximo movimiento de Angel, conscientes de que el verdadero espectáculo apenas comenzaba.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com