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El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 48

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48: Angel…

¡ANGEL LEVANTATE!

48: Angel…

¡ANGEL LEVANTATE!

Angel se detuvo frente al edificio ennegrecido por el humo, el concreto agrietado y cubierto de hollín.

El aire afuera era una mezcla de ceniza y eco de lamentos humanos.

Los vestigios lo observaban desde las sombras, con esos ojos vacíos pero conscientes.

Algunos murmuraban frases sueltas, deformadas, retazos de humanidad perdida:—“Ayuda…”—“No… duele…”—“Mamá…” Angel giró lentamente la cabeza hacia ellos.

Sus ojos se encendieron en un tono carmesí profundo, y el aura oscura que emanaba de su brazo se intensificó.

No necesitó decir palabra alguna.

El mensaje fue claro.

Ni se acerquen.

Los vestigios retrocedieron, casi al unísono, como si hubiesen sentido una presión invisible aplastándolos.

Uno cayó de rodillas, balbuceando con terror.

Otro simplemente huyó hacia un callejón, tropezando con sus propios movimientos torpes.

Aquello no era un enfrentamiento.

Era dominación pura.

Desde la distancia, los soldados rusos miraban esa escena en silencio absoluto.

Uno de ellos, con los ojos abiertos de par en par, murmuró sin despegar la mirada: —¿Viste eso?

Ni siquiera tuvo que moverse… y esas cosas… le tienen miedo.

Woods, apoyado contra la pared, exhaló pesadamente.

—No es miedo —corrigió, con la voz baja, casi resignada—.

Es control.

Lo está provocando.

Puede sentir su instinto y manipularlo.

El soldado lo miró confundido.—¿Controlarlo… como un líder?

Woods negó lentamente.—No.

Como un depredador controla a su presa.

Los E.C.Os entienden el poder, y lo que acaban de sentir… no fue humano.

Angel dio un último vistazo hacia ellos, el viento levantando el polvo a su alrededor.Su mirada, por un instante, parecía perdida.

Cansada.

Sabía que si uno de esos E.C.Os “mayores” —los que dirigían enjambres enteros— aparecía, la historia sería diferente.Muy diferente.

Apretó los puños.

Su brazo imbuido latía más fuerte, como si algo debajo de su piel quisiera salir.

Y sin más, se dio media vuelta y entró al edificio derruido, dejando tras de sí ese aura sofocante que incluso los vestigios temían respirar.

Woods lo siguió con la mirada, pensativo.—Ese chico… —dijo en voz baja, casi para sí mismo—.

Si alguna vez pierde el control, no habrá bando ni frontera que lo detenga.

Angel entró al edificio con paso firme, el polvo cayendo de sus botas mientras los soldados rusos lo observaban en silencio.

Sus ojos seguían el resplandor púrpura de su brazo derecho, ese mismo que minutos atrás había desgarrado y absorbido a un E.C.O.

El aire olía a metal caliente y miedo.

Uno de los soldados murmuró algo en ruso, sin apartar la vista:—Он имеет Потенциальную Систему?

(¿Él tiene el Sistema Potencial?) El capitán ruso desvió la mirada hacia Woods, traduciéndole.—Pregunta si el sujeto posee el Sistema Potencial.

Woods, aún con el mazo psíquico flotando a su lado, negó con un suspiro cansado.—No.

Angel nunca lo ha tenido.

El soldado frunció el ceño, confundido.—Тогда… как он может это делать?

(Entonces… ¿cómo puede hacer eso?) El capitán tradujo de nuevo, y Woods se cruzó de brazos, su voz sonando grave entre las ruinas del lugar.—Porque el Sistema Potencial no mide poder —explicó—.

Mide control.

Es un analizador de habilidad, te dice cuánto sabes usar de tu don… y cuánto puedes explotar de el.

Woods miró a Angel, quien se mantenía en silencio, con la mirada perdida un momento.—En teoría, el sistema traduce eso como un porcentaje.

La mayoría de nosotros apenas llega al treinta o cuarenta por ciento, excepto por mi, que domino un setenta por ciento de mi don, aunque me noto demasiado débil por alguna razón, deberá ser el estrés.

Los que pasan del sesenta son armas vivientes.

—¿Y yo?

—preguntó Angel con tono seco, sin girarse.

Woods lo estudió un momento antes de responder.—Tú no registras nada.

El sistema no puede leerte.

Los sensores no pueden escanear el potencial de otros.

Pero según lo que vimos en tus últimos combates… estarías en un treinta, tal vez veinte por ciento.

Uno de los rusos se rió con incredulidad, hasta que Woods añadió con voz más baja:—Y con eso ya eres más fuerte que casi todos nosotros juntos.

El silencio volvió a ocupar la habitación.

Angel solo giró un poco la cabeza, mostrando una ligera sonrisa torcida.—Entonces no soy fuerte —dijo—.

Solo sé usar lo que tengo.

Los soldados se miraron entre ellos, incómodos.

Algunos susurraban en ruso, otros evitaban su mirada.

Woods, por su parte, lo observaba como si tratara de descifrar una criatura que escapó a toda lógica humana.—No sé si eres un prodigio o un error del mundo, Angel —murmuró él—, pero si eso es solo un once por ciento… prefiero no ver lo que pasa cuando llegues a cincuenta.

Angel dio un paso al frente, la mirada seria, los ojos fríos como cuchillas.

—Ya basta de tanto presumir mi poder —dijo con ese tono grave, autoritario, lleno de cansancio y rabia contenida—.

No hay tiempo para eso.

Woods, necesito un informe.

Ahora.

Woods exhaló despacio, dejando el mazo de escombros a un lado.—Está bien.

Pero escucha con atención… porque esto no tiene sentido.

—Miró a los soldados rusos detrás de él—.

No sabemos cuándo empezó.

No hubo advertencia, ni alerta, ni señales.

Solo… pasó.

El silencio se volvió más denso.—Una noche todo estaba normal —continuó Woods—, y a la siguiente, las calles estaban vacías, y la gente… caminaba sin alma.

Nadie sabe si fue un virus, una mutación, o un maldito castigo divino.

Los vestigios aparecieron de la nada.

Primero lentos, torpes.

Luego, más rápidos.

Más inteligentes.

Angel frunció el ceño, su expresión endurecida.—Y los E.C.O.?

—preguntó.

Woods lo miró con un dejo de resignación.—Esos… aparecieron casi al mismo tiempo.

No lideran.

No necesitan hacerlo.

Son caos puro.

Si los ves, es porque ya te vieron primero.

Y entonces estás muerto.

Uno de los soldados rusos, que no había abierto la boca hasta ese momento, se quitó el casco.

Tenía el rostro cubierto de polvo y sangre seca, los ojos hundidos pero alertas.—Меня зовут Влад, —dijo primero, con voz ronca, antes de cambiar a un inglés torpe—.

Me llamo Vlad.

Si sirve de algo, puedo contar lo que pasó cuando vimos a uno por primera vez.

Woods le hizo una seña.—Habla.

Vlad respiró hondo, temblando apenas.—Estábamos durmiendo.

Bajo tierra.

El aire olía a humedad, y a hierro viejo.

Entonces… escuchamos los gritos.

Alguien corrió, alguien disparó, y el ruido se volvió insoportable.

Mi teniente ordenó salir.

Corrimos.

Todo el escuadrón.

Pero no había nada que ver, solo sombras que se movían demasiado rápido.

Angel escuchaba en silencio.

Su mirada no mostraba emoción alguna, pero su cuerpo estaba tenso, listo.

—No sé por qué, pero… —Vlad bajó la voz— mi cuerpo me dijo que corriera hacia el otro lado.

Y lo hice.

Cuando volví, ya no quedaba nadie.

Mi teniente seguía en pie, o eso creí, pero…

algo lo atravesaba.

Una garra.

De algo… que antes parecía humano.

El soldado tragó saliva, la voz quebrada.—Lo miré a los ojos, Angel… lo miré.

Y esa cosa me miró de vuelta, como si supiera quién era yo.

No rugía.

No chillaba.

Solo me observó… y arrancó la cabeza de mi teniente como si nada.

Woods cerró los puños.—Desde entonces, no hemos tenido contacto con otros escuadrones.

Todo está caído.

Las comunicaciones, las líneas, los satélites.

Es como si Rusia hubiera sido devorada de adentro hacia afuera.

Angel permaneció quieto, mirando hacia la ventana destruida.

Afuera, entre el humo y las sombras, se movían figuras torcidas, caminando lento, arrastrando lo que quedaba de su humanidad.

—Entonces esto no fue un brote —murmuró Angel, su voz ronca, con una calma que heló a todos los presentes—.

Fue una maldita emboscada.

Mientras tanto.

El sonido metálico de las patas de Park resonaba en el suelo de la base, su voz distorsionada escupiendo insultos cada vez que pasaba por donde alguien respiraba.—Míralos… todos tan ocupados fingiendo utilidad —dijo con su tono burlón y chirriante—.

Si Angel no los mata, lo hará el aburrimiento.

Chaeun, mientras tanto, jugaba con el polvo en el aire, haciéndolo girar entre sus dedos hasta formar una pequeña figura.

—Al menos hago algo con lo que tengo —murmuró, sin mirarlo.

El polvo se deshizo en el aire y ella resopló.

Sarah seguía cantando una melodía ligera, pero tan afinada que hacía vibrar las luces del techo.

Jackie tenía la cabeza hundida en una almohada.

—¡Por favor, basta!

¡Te lo ruego, Sarah, si cantas otra nota voy a cortarme los oídos con una cuchara!

Cristóbal, en la esquina, medio dormido, solo soltó un gruñido.

—Déjala, al menos su canto mantiene la moral viva… o me arrulla, no sé.

Entonces, un bip agudo rompió el ambiente.

Chaeun miró su teléfono.

La pantalla iluminó su rostro, y su expresión cambió al instante.—¿Qué…?

Abrió una publicación en una red social.

El video estaba pixelado, grabado desde un celular tembloroso.

Título: “🇷🇺 ¿Qué pasa en Rusia?

¡Miren esto, no es broma!” Se veía una calle destrozada.

Fuego.

Gritos.

Algo… corriendo al fondo.

Algo que no parecía humano.Y luego, silencio.

—…No puede ser —murmuró Chaeun.Levantó la voz: —¡Oigan, vengan rápido!

Los pasos resonaron por el pasillo.

Park fue el primero en aparecer, saltando de un brinco a la mesa, con su cola mecánica girando como hélice.—¿Qué tenemos aquí, polvo humano?

¿Un nuevo baile viral?

Chaeun le dio un manotazo sin mirarlo y giró el celular para mostrar la pantalla.

Jackie llegó ajustándose el cinturón.

Sarah se asomó con curiosidad.

Cristóbal caminó detrás, bostezando.

El video seguía corriendo.

Una figura cruzó frente a la cámara, y un grito se ahogó en el aire antes de que la imagen se cortara.

Silencio.

Sarah fue la primera en hablar.

—¿Eso era… real?

Cristóbal asintió, con el ceño fruncido.—Demasiado real.

Esos movimientos… no eran humanos.

Jackie se cruzó de brazos.

—¿Y por qué nadie más habla de esto?

Si fuera una guerra, estaría en todos los canales.

Chaeun subió el volumen del video otra vez.

En los comentarios, todos decían lo mismo: “Nadie sabe qué es”, “Rusia está callada”, “¿Por qué los gobiernos no dicen nada?” Park soltó una carcajada metálica.—Oh, esto se pone bueno.

El caos global que tanto predije.

¿Y adivinen quién está allá?

Nuestro querido Ángelito.

Sarah lo miró con rabia.—Cállate, Park.

El perro mecánico giró la cabeza, sus ojos rojos brillando con sadismo.—¿Qué?

¿Te asusta que tu precioso soldadito termine partido a la mitad?

No te preocupes, seguro dejará un cadáver hermoso.

Cristóbal se levantó y de un golpe seco le dio una patada en el costado.Park chocó contra la pared, haciendo un sonido metálico y soltando una risita.—Qué sensibles están hoy.

Jackie miraba aún la pantalla, más serio que de costumbre.—Mira el usuario… no es un medio, ni un testigo oficial… —dijo en voz baja—.

Es solo un influencer.

Chaeun asintió.—Sí, uno cualquiera.

Cero seguidores, cero publicaciones anteriores.

Subió solo esto, y ya tiene millones de vistas.

Sarah se abrazó a sí misma, inquieta.

—Eso no tiene sentido… si Rusia está así, ¿por qué nadie más reporta nada?

Cristóbal la miró fijo, con los ojos apagados.—¿Porque todos los que podían hablar ya están muertos?

El silencio volvió a caer sobre la base.

Solo se oía el zumbido de los sistemas de ventilación y la risa hueca de Park, distorsionada, que repetía como un eco: —Muertos… toooooditos muertos.

De vuelta a el refugio en Rusia, Moscú El frío ruso se filtraba por las grietas del concreto, pero lo que recorría la piel de Angel no era el aire, sino un dolor punzante en sus brazos.

Líneas irregulares, doradas y efímeras, brillaban en su piel por un instante, como un murmullo de energía que se encendía solo mientras absorbía la materia de los vestigios.

Se retorció apenas, conteniendo un gemido.

Los soldados rusos levantaron sus armas con cautela.

Woods, con los ojos fijos en él, tomó un escombro con telequinesis, levantándolo frente a Angel.

—Sabía que algo raro había en tu puto brazo, Angel… ¿¡qué mierda tienes ahí!?

—dijo Woods, la voz tensa.

Angel respiró hondo, y cuando habló, su voz era grave pero firme.—No es lo que parece… Cada vez que destruyo a un vestigio, mi brazo absorbe parte de su materia.Se hizo un silencio, pesado y expectante.

—Lo descubrí en Shinjuku, cuando acabé con aquel E.C.O.

—explicó, con un gesto lento—.

Usando esa materia, puedo herirlos con su propia esencia.

Y las marcas desaparecen después de que mueren.

Woods frunció el ceño, con la mandíbula apretada.—Entonces..

¡Entonces deja de hacerlo!… ¡Si terminamos muertos antes de acabar con esto solo por tu culpa te juro que…!

—No puedo —respondió Angel—.

Esta materia no solo viene de los vestigios.

También hay partículas o materia de Dharma, y… algo más, de la familia Park.

Ustedes, TRUMAN ha estado usando su sangre y su potencial en todo el mundo, para fabricar armas, balas, herramientas que pueden dañar a alguien como Park Tae Hyun.

Por eso en Japon antes de que escapara ustedes de alguna forma lo hirieron.

El dolor aumentó, pero Angel permaneció firme, respirando con dificultad.

—Pensé que había encontrado una manera de detenerlos… pero ahora esa misma estrategia… me está cobrando un precio.

Woods bajó el escombro, sin dejar de mirarlo.

El coro de los vestigios no era uniforme: eran murmullos rotos que se mezclaban en oleadas.

Se acercaban con pasos torpes, como quien avanza a tientas hacia una sombra conocida; cada vez que rozaban la madera vieja del refugio, ésta crujía y se partía en astillas.

—Se están acercando —dijo Vlad, señalando hacia la puerta.

Su mano tembló apenas, los ojos clavados en la danza vacilante de las criaturas.

Woods frunció el ceño, su indiferencia quebrándose un instante al ver a uno de los E.C.O.

detenerse y observarlos desde la penumbra.

Había algo distinto en su postura: más alerta, como un depredador calculando antes de abalanzarse.

—¡Angel!

—llamó Woods con urgencia contenida—.

Levántate.

Ahora.

Angel, aún acunando el dolor en los brazos, se obligó a moverse.

Cada paso le dolía; cada respiración era una cuchillada suave.

Aun así, se incorporó.

La bestia se acercó con ese paso extraño, parte humano, parte error de la carne.

Rompió un trozo de madera con facilidad, y sus ojos, negros como pozos, buscaron en el refugio un blanco concreto.

Angel salió, con el puño desnudo, y la voz le salió rasgada: —Siempre me ven como arma —dijo, mirando a Woods—.

Nunca se preguntan cómo me afecta esto.

Solo usan lo que tengo.

—¿Y qué quieres que haga?

—respondió Woods—.

¿Que me lo coma y luego lo devuelva en una bolsita?

¿Qué propones, Angel?

Antes de que pudiera responder, Woods hizo girar un escombro aún más grande con su telequinesis.

El pedazo de concreto flotó, amenazante, como una luna rota suspendida sobre la escena.

Vlad sintió algo nuevo: sus uñas se tensaron, la carne cerca de las cutículas se endureció, y las puntas crecieron unos milímetros, afilándose como garras silenciosas.

El otro soldado encendió el láser de su arma; un fino hilo de luz cortó el polvo, y sus ojos brillaron mientras apuntaba a los vestigios.

El E.C.O.

estaba más cerca.

No era un tropiezo; avanzaba con la confianza de quien sabe que tiene ventaja.

Woods, por primera vez, dejó que el miedo se filtrara en su voz: —¡Angel!

—gritó, y no fue arrogancia sino súplica—.

¡Carajo, levántate y ayuda!

¡Solo tu peleaste contra esto antes, yo no tengo idea!

Angel cerró los ojos un instante, tragando el dolor.

Sabía que estaba débil, cada golpe previo le había cobrado factura.

Pero no era hora de rendirse.

Tomó un tubo de hierro que alguien había dejado apoyado en un rincón.

Lo sostuvo con las dos manos y concentró la voluntad hasta que su epidermis respondió: la piel se templó, compactándose, como si fuera cuero vuelto acero por dentro.

Con esfuerzo dobló el tubo hasta que abrazó su puño; con los dedos, perforó la sección entre los nudillos, creando hendiduras donde el metal podría morder.

El tubo se transformó en una especie de nudillera improvisada, con filo concentrado en los nudillos.

El brillo dorado efímero reapareció en su piel, serpenteando en líneas que duraban solo un latido.

—Se muere facil…Mira.

El E.C.O.

avanzó, arrastrando una cadena que resonaba en el suelo como un aviso de muerte.

La sombra de su cuerpo se recortaba entre el humo.

—Así que tú eres el sujeto del que me murmuraron los vestigios —dijo con voz grave y distorsionada—.

Esperaba más que huesos y culpa.

Puedo ver a través de esa alma podrida… te haces el fuerte, pero ya estás muerto.

Angel apretó los dientes.

Se levantó, tambaleante, el dolor ardiendo en su brazo.

Los tatuajes resplandecían en dorado, cada pulso un golpe en sus nervios.

Si él controla esto, lo sabré en cuanto lo toque.

Cargó hacia adelante.

El hierro en su puño brilló al reflejar las luces rotas del refugio.El E.C.O.

sonrió.

—¿A dónde vas tan rápido?

Angel no respondió.

Corrió más rápido y lanzó el golpe directo al pecho.

El impacto sonó como un trueno contenido.

Las marcas en su brazo estallaron en luz dorada, y el aire se comprimió con un zumbido eléctrico.

El E.C.O.

retrocedió un paso, su cadena vibró en el suelo.

Luego se inclinó hacia él, riendo.—¿Eso era todo?

Angel sintió el dolor subir por todo el brazo, como si su piel ardiera desde adentro.

Cayó de rodillas, jadeando, mientras la luz dorada se mezclaba con un pulso morado oscuro.

—Maldición… —gruñó entre dientes—.

Así que eras tú… El E.C.O.

levantó la cadena, enrollándola entre sus manos.

—No, yo no soy tu problema —susurró, y la cadena golpeó el suelo con un estruendo que hizo temblar el refugio—.

Tu problema es lo que llevas dentro.

Woods gritó su nombre, pero Angel ya estaba de pie otra vez, el brazo brillando, el hierro fundiéndose con su piel.

—Entonces veamos… —dijo Angel con voz rota, el dolor transformándose en furia—.

Quién de los dos muere primero.

El E.C.O.

sonrió, mostrando dientes ennegrecidos.

—Finalmente… algo interesante.

Entonces…

antes de dar el golpe…

Angel se quedó quieto.

Muy quieto.

El ruido de afuera —los pasos de los vestigios, el eco de las armas, los gritos lejanos— se desvaneció.

Todo pareció detenerse.

El dolor en su brazo era un fuego que respiraba.Las venas se tensaban como cuerdas vivas, el dorado de las marcas latiendo con un ritmo que no era humano.

Podía sentirlo todo.

No solo el dolor… todo.

El aire olía a óxido y ceniza.

Podía distinguir el polvo de cemento del hollín, el metal caliente de las armas rusas, el aceite reseco de las máquinas.

Su oído captaba hasta el crujido del concreto bajo los pies del E.C.O., la vibración de las luces colgantes, los latidos nerviosos de los soldados detrás.

Y de pronto… comenzó a notar cosas que antes no estaban ahí.

Un letrero caído frente a una tienda medio derruida:“Centro de Atención de Fallas a los Dones — Distrito de Mytishchi.” Otro más, torcido por una explosión:“Departamento de Policía Regional de Moscovia.”Un cartel oxidado, con letras descoloridas:“Refugio Civil 04-B.

Capacidad Máxima: 300 personas.” Todo el entorno cobró peso.

Cada piedra, cada grieta, cada señal, cada destello de luz en los charcos de lluvia mezclados con sangre.

El viento helado arrastraba hojas viejas, bolsas rotas, una botella que rodó hasta sus pies.

Y él… lo sentía todo.

La vibración del suelo, la corriente del aire, incluso los parpadeos de las luces como pulsos de un corazón moribundo.

Sus sentidos estaban desbordados.

Era como si el mundo se hubiera dilatado alrededor suyo, revelando cada pequeño detalle que siempre había pasado por alto.No sabía si era el dolor… o la materia dentro de él, obligándolo a sentir.

Su respiración se volvió lenta, profunda.Inhaló.

El aire frío le cortó la garganta.

Exhaló.

Su cuerpo tembló, pero su mente estaba en calma.

Bajó la mirada, y por primera vez en mucho tiempo, hubo paz en sus ojos.

No la paz de quien se rinde… sino la de quien acepta lo inevitable.

—Angel… —gritó Woods desde el fondo, con desesperación contenida—.

¡¿Qué diablos estás haciendo?!

Angel no respondió.

El E.C.O., observando desde la entrada, inclinó la cabeza.

Sus ojos se curvaron en una mueca burlona.

—Cállate, telequinético —dijo con un tono tan sereno que heló el aire—.

Déjalo.

Avanzó un paso, la cadena arrastrándose en el suelo.

—Tal vez se está mentalizando.

O tal vez solo está aceptando que no puede ganar.

El silencio fue absoluto.

Solo el viento atravesó el refugio, llevándose el humo y las voces lejanas de los vestigios.

Angel levantó lentamente la vista.

El brillo dorado de sus marcas reflejaba en sus ojos, mezclado con un rojo débil, contenido.Sus labios se movieron apenas.—No.

Solo estoy recordando… por qué peleo…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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