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El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 49

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49: Casa…

49: Casa…

Angel respiró más hondo.

El aire en el refugio sabía a polvo y hierro… pero, de pronto, el olor cambió.

El frío desapareció.

Y cuando volvió a abrir los ojos, el mundo era otro.

El zumbido de las luces se transformó en el murmullo de estudiantes.

El olor a sangre, en el aroma a papel nuevo y tiza vieja.

La oscuridad del refugio se deshizo en un amanecer cálido, atravesando las ventanas con franjas de oro y polvo flotando.

Angel estaba sentado en su pupitre.

Tercera fila, tercer asiento.

“El treinta y tres de la suerte”, murmuró con una risita.

Tenía un lápiz entre los dedos y una hoja arrugada frente a él.

Un dibujo sin sentido, algo entre un pájaro de fuego y una mancha con alas torcidas.

Sus dedos estaban manchados de grafito, y la goma había dejado un hueco en la esquina del papel.

Afuera, el sol brillaba con fuerza, colándose por las persianas.

Sintió el calor en la piel, ese calor amable que abraza y no quema.

Movió un poco las alas —todavía pequeñas, blancas, suaves como nubes— y el aire se llenó de un leve resplandor.

De pronto, dos golpes en el hombro lo hicieron volver a la realidad.

—Oye, Angel —dijo Sebastián, el más alto, con voz ronca de adolescencia—, Mylo y yo vamos a comer.

¿Vienes o qué?

Angel levantó la vista.

Sebastián tenía el uniforme arrugado, el cabello despeinado, y una sonrisa de esas que te invitan al caos.

Mylo, en cambio, sostenía un panecillo a medio morder y parecía que siempre estaba a punto de meterse en problemas.

—Ya casi —respondió Angel, girando el lápiz entre sus dedos.

Miró su dibujo, tan absurdo, tan suyo.

Miró las alas de tinta, imperfectas.

Miró el título que había escrito arriba: “Dragon de fuego: Lemilon…

que nombre es este?, dios, deberia pensar en otra cosa, el diseño es lo unico bueno aqui” Y sonrió.

Una sonrisa genuina, limpia, de esas que solo nacen cuando la vida aún no te ha roto nada.

Guardó el cuaderno, lo cerró con cuidado y se levantó.

El sonido de las sillas, las voces, los pasos en el pasillo, todo parecía un eco dulce.

El piso de madera crujía bajo sus zapatos, y cada paso era ligero, casi musical.

—¡Ya voy!

—gritó, mientras corría hacia ellos.

Su voz resonó en el pasillo largo de la planta tres.

El cartel azul decía:“Secundaria Atland — Aula de Cuarto Grado, Grupo 2B.” La luz entraba a raudales por las ventanas del pasillo, y el viento agitaba sus plumas con una calma imposible.

Era un día cualquiera… pero en la memoria de Angel, ese día jamás se borró.

El timbre del almuerzo sonó como un disparo seco entre los pasillos del Instituto Atland, y en segundos el edificio entero se llenó de vida.

Puertas golpeando, mochilas arrastrándose, risas que se mezclaban con quejas y murmullos.

Los muros, antiguos y llenos de grietas, estaban cubiertos de carteles con los emblemas de las familias más antiguas: Woods, Park, DeWitt, Stone, Jackman, Voss.

En cada escudo había una historia, una herencia, una presión que aplastaba más que enorgullecía.

—No puedo creer que nos hicieran repasar otra vez teoría e historia de las familias —se quejaba Mylo, moviendo la cabeza con el ceño fruncido—.

¿A quién le importa lo que hizo el primer Park hace quinientos años?—A los profesores, aparentemente —respondió Sebastián, con su tono paciente de siempre—.

O a los Park, para recordarles que siguen mandando.

Pasaron junto a un grupo de estudiantes que discutían acaloradamente: —Los DeWitt manipularon la política desde antes de que existiera la Asamblea —decía una chica pelirroja con insignias doradas en la manga.

—Eso es mentira —replicó un chico alto con el uniforme azul oscuro de los Voss— Los DeWitt solo heredaron los cargos, pero el control siempre lo tuvieron los Park.

—Por eso los Woods se alejaron —murmuró otro, bajando la voz—.

Dicen que nunca fueron leales a nadie.

Mientras tanto, un grupo de alumnos practicaba habilidades menores en un rincón del pasillo.

Un chico Jackman mantenía girando una moneda como si fuese pelota de basketball; una alumna Voss alteraba la frecuencia de su voz hasta volverla un susurro que hacía vibrar las ventanas.

Una profesora pasó frente a ellos y gruñó: —Guarden sus dones hasta el laboratorio, no quiero ver más vidrios rotos.

Angel caminaba unos pasos detrás de Mylo y Sebastián, sin decir palabra.

Abrió su cuaderno otra vez, abierto entre las manos, lleno de dibujos que no parecían tener forma.

Rayas, sombras, alas… o tal vez grietas.

Pero en ese instante no importaba.

Todos estaban demasiado ocupados viviendo su propio mundo.

Por las ventanas abiertas del tercer piso entraba el aire tibio del mediodía, trayendo consigo el ruido del patio de entrenamiento.

Las órdenes de los instructores se oían desde abajo, firmes y secas: —¡Postura!

¡Precisión, no potencia!

¡Y mantengan el control o los haré repetir desde cero!

Angel levantó la vista y, sin querer, se quedó mirando el reflejo del cielo en el cristal.

Por un momento, las nubes parecieron moverse hacia atrás.

Solo él lo notó, y lo dejó pasar como si fuera una ilusión del cansancio.

—Vamos, 33 de la suerte —dijo Sebastián, golpeándole el hombro con una sonrisa— Si llegamos tarde, nos toca sopa fría.

—Sí, sí —respondió Angel, encogiéndose de hombros.

Bajaron por las escaleras junto al resto del curso.

El murmullo del pasillo fue menguando, Angel pestañeo unas 3 veces antes de seguir bajando, esta vez cerrando su cuaderno y apoyándose de el barandal.

Mientras bajaban las escaleras, el bullicio crecía como un enjambre de voces en el aire.

El sonido de los pasos, las charlas cruzadas y el choque metálico de bandejas de almuerzo llenaban el espacio.

Angel iba detrás de Mylo y Sebastián, con una mano en el pasamanos frío y el cuaderno todavía bajo el brazo.

No hablaba.

Solo escuchaba.

A su izquierda, un grupo de estudiantes reía entre empujones.

—¡Te dije que mi madre toca violonchelo, idiota!

—decía un chico de cabello rojizo, inflando el pecho con orgullo.

—¿Y eso qué tiene que ver con algo?

—replicó otro, más bajo, con una chaqueta azul oscuro.

—Tiene que ver todo, ¿entiendes?

—respondió el primero, subiendo el tono— Es una Miller.

El segundo lo miró confundido.—¿Y eso qué?

—¿Qué?

—el chico abrió los brazos, indignado—.

¡Los Miller La familia que financió medio programa musical de la Asamblea el día de Atland!

Son descendientes de Liora Miller, la que compuso “La Sinfonía del Acero”.

—Ah sí, genial —bufó su amigo—.

¿Y tú sabes tocar?

—No —admitió el otro, encogiéndose de hombros—.

Pero ella sí.

Los demás rieron.

La conversación se desvaneció entre los pasos, sustituida por otra más abajo, donde dos chicas discutían en voz baja: —Mi hermano dice que los Jackman están perdiendo influencia, que ya casi nadie cree en su don de “empatía física.”—Pues ojalá —respondió la otra— Me caen mal, siempre actúan como si sufrir doliera más cuando son ellos los que sangran.

Más adelante, tres chicos con insignias Park se empujaban entre sí mientras bajaban los últimos escalones.

—El director está loco si cree que la próxima exhibición entre familias va a ser pacífica —decía uno, riendo.—Los DeWitt nunca respetan las reglas —agregó otro—.

¿Supiste lo del chico que rompió un muro durante el examen de control?

—Sí —dijo el tercero—, y su madre lo felicitó.

Sebastián giró apenas la cabeza, riendo por lo bajo.—Nunca falta el que se cree héroe.

Mylo respondió:—O el que presume una madre que toca violonchelo.

Angel sonrió, sin decir nada.

Escuchaba todos esos fragmentos como si fueran piezas de un mosaico: risas, arrogancia, secretos.

Cada voz tenía un tono distinto, una historia que él no conocería nunca.Y por un segundo, pensó que tal vez eso era bueno.

El mundo no giraba en torno a él; giraba solo, torcido, pero vivo.

Un grupo de chicas pasó junto a ellos hablando de un rumor reciente: —Dicen que uno de los profesores tiene sangre Woods y lo oculta para no ser trasladado al norte.

—¿Por qué lo ocultaría?

—preguntó otra.—Porque los Woods son raros —susurró—.

Siempre aparecen donde las cosas salen mal.

Angel alzó la mirada.

El sol se colaba entre los ventanales de la escalera, tiñendo los escalones de un dorado polvoso.

Abajo se oía ya el murmullo del comedor: bandejas, risas, metal chocando contra porcelana.

Sebastián volteó hacia él con una sonrisa tranquila.

—Vamos, Stone.

Te vas a quedar pensando hasta que se enfríe el almuerzo.

Angel bajó el último escalón, sin responder.

El comedor vibraba con ese bullicio constante de charlas cruzadas, bandejas chocando y risas espontáneas que se deslizaban entre los pasillos.

El aire estaba cargado con el olor cálido de la sopa y el vapor del arroz recién hecho, mezclado con algo dulce que no lograba definirse: tal vez mango, tal vez manzana horneada… o algún postre nuevo que los cocineros habían improvisado.

Angel bajó los últimos escalones junto a Sebastian y Mylo, los tres con ese aire cansado pero satisfecho de quien sobrevive otro día de clases y entrenamiento.

En cuanto pisaron el suelo del comedor, las voces y los olores parecieron envolverlos.

Angel respiró profundo, reconociendo ese aroma familiar de los miércoles: el día de los del club de pelea.

Era tradición —una que él no se tomaba a la ligera— celebrar con una comida digna de los moretones.

—Día sagrado —dijo con una media sonrisa, dejando caer la mochila sobre la mesa vacía más cercana.

Mylo soltó una risa corta.

—Voy por la comida, ¿quieres lo de siempre?

—Solo agua, arroz y sopa —respondió Angel, dejando el celular sobre la mesa—.

Y algo dulce, lo que sea.

Se siente el aroma desde aquí.

—Algo dulce, anotado —dijo Mylo, dándole un golpecito en el hombro antes de marcharse con Sebastian hacia la fila.

Mientras los dos desaparecían entre la multitud, Angel se quedó viendo el reflejo de las luces en el vaso vacío frente a él.

No pasaron ni treinta segundos antes de que una chica se acercara apresurada, sosteniendo un lápiz en la mano.

—Oye, Stone —dijo, algo nerviosa—, te debía esto.

Angel levantó la mirada, reconociéndola enseguida.

Era la misma chica que le había pedido el lápiz durante el examen de matemáticas.

Su rostro estaba iluminado por una mezcla de alivio y cansancio.

—¿Cómo te fue?

—preguntó él, con voz tranquila.

—Odio matemáticas —contestó soltando una risa nerviosa—, pero… saqué 89.

No es tan terrible, ¿no?

—Para odiarla, te fue bastante bien.

Solo te falta practicar más los problemas largos, no los esquives.

Son los que más puntos dan —dijo Angel con un tono casi paternal, mirando de reojo su bandeja mientras hablaba.

Ella se quedó un momento en silencio, mordiéndose el labio inferior antes de sonreír.

—Eres más tierno de lo que pareces, ¿sabes?

Angel arqueó una ceja, un poco desconcertado, y antes de que pudiera responder, la chica ya se alejaba, fundiéndose entre el ruido y las mesas.

Él se recostó en la silla, dejando escapar un leve suspiro.

Encendió su celular y empezó a deslizar el dedo por la pantalla, perdiéndose entre memes, noticias absurdas y notificaciones sin importancia.

El golpe fue seco, justo detrás de la cabeza.

Angel parpadeó un instante, el sonido hueco resonando en su cráneo.El comedor se movía lento, lleno de voces, platos, risas.

El olor a arroz recién hecho y sopa caliente se mezclaba con el del metal de las bandejas.

—¿Qué pasa, Stone?

¿El angelito se durmió?

—dijo una voz.

Angel levantó apenas la vista.

Frente a él estaba Mideo Rennen, con el uniforme rojo y bordes negros, el escudo de la familia Park brillando como si llevara un maldito trofeo.

La sonrisa que traía era la de siempre: prepotente, vacía, con ese tipo de confianza que solo los imbéciles heredan.

—Pedazos de basura… —susurró Angel, lo justo para que su voz se perdiera entre los ruidos del comedor.

Mideo lo escuchó, pero no le importó.

Al contrario, sonrió más.A su lado venían tres sombras conocidas: Wallen, alto y flaco, con ese aire de que todo le da risa; Mike, el de los brazos anchos y cerebro pequeño; y Watanabe, la chica de cabello oscuro, ojos rasgados y una figura que más de uno en la escuela miraba demasiado.

Se movía como si el piso fuera suyo.

Wallen fue el primero en arrebatarle el cuaderno.—A ver qué dibuja nuestro pajarito.Pasó las páginas y soltó una carcajada.—¡Miren esto!

Tiene alas hasta en los dibujos.

Mike se acercó, riendo.—Debe creerse un artista celestial o algo.

Watanabe se inclinó sobre el hombro de Wallen, su perfume caro flotando en el aire.—A mí me parece lindo —dijo con voz suave, aunque sus ojos lo atravesaban como cuchillos—.

Lindo… pero tonto.

Angel guardó su celular con calma, como si nada de eso estuviera pasando.

No los miró.Solo respiró despacio.

Una vez.

Dos veces.Ya había vivido esto demasiadas veces.

—¿Y no vas a decir nada, ala rota?

—preguntó Mideo.

Angel levantó la vista, sin una pizca de miedo.—¿Y qué quieres que diga?

—su tono era tranquilo, demasiado tranquilo.

Eso lo irritó.Ese maldito autocontrol.Esa calma que parecía burla.

Mideo lo agarró del cuello de la camisa.Los dedos se cerraron sobre la tela azul, arrugándola, dejando la marca precisa de la fuerza.El tirón fue brusco.

El botón superior saltó y cayó rodando sobre el suelo del comedor.

Angel sintió la presión contra su garganta, la respiración de Mideo cerca, caliente, mezclada con el olor a colonia cara y rabia vieja.El silencio se extendió unos segundos, interrumpido solo por los murmullos de los curiosos que empezaban a girar la cabeza.

—Mírame —dijo Mideo.Angel lo hizo.Sus ojos se encontraron, uno con fuego, el otro con hielo.

—Deberían haberte matado al nacer —murmuró Mideo con una sonrisa torcida—.

Como a los demás errores de la naturaleza.

Pero no… tú naciste bonito, con alas.

Te dejaron vivir por lástima.

Angel no respondió.Sus alas, ocultas bajo la camisa, se tensaron apenas.

Un movimiento leve, casi imperceptible, como si cada pluma supiera contener la rabia.

El aire se volvió pesado.Mideo lo empujó con fuerza.Angel cayó hacia atrás, apoyando una mano en el borde de la mesa para no golpear el suelo.

El cuaderno cayó junto a él, abierto, mostrando el dibujo que había hecho esa mañana: un par de alas abiertas, cruzadas por cadenas.

Mideo lo miró, escupió a un lado.—Patético.

Wallen rió, Mike también.Watanabe solo observó un segundo más y luego se dio la vuelta.El grupo se alejó, dejando a su paso un eco de risas y la sensación de un aire que apestaba a ego.

Angel permaneció en silencio.Se acomodó el cuello de la camisa, con cuidado.Miró la mancha leve que había dejado la mano de Mideo y suspiró.

—Tsk… odio lavar esto… —susurró, con esa voz apagada, como si todo lo demás fuera ruido.

Y mientras recogía su cuaderno del suelo, las voces del comedor volvieron a la normalidad.El mundo seguía girando, como si nada hubiera pasado.

Angel se sacudió el polvo del cuello y del pecho, con calma.

Luego se desabrochó los botones restantes y se quitó la camisa azul, la dobló con cuidado y la dejó sobre la mesa.Las alas quedaron a la vista: enormes, grises como el acero, plegadas y temblando apenas con cada respiración.

La luz del comedor se reflejaba sobre ellas, haciendo que las plumas se vieran como vidrio empapado.

Miró su camisa.Manchada.Una línea de mugre, el cuello torcido, el hilo arrancado en uno de los bordes blancos.

—Tsk… —exhaló apenas—.

Siempre igual.

Se quedó un momento en silencio, observando la tela como si mirara algo más que una simple prenda: una costumbre, una identidad, una rutina que no debía romperse.

Luego la giró entre sus manos, calculando si la mancha saldría con agua o no.

Mientras tanto, al otro lado del comedor, Mylo y Sebastian estaban en la fila del almuerzo, riendo.El olor a sopa y arroz hervido flotaba alrededor, y la fila avanzaba lento.

La fila avanzaba lento, como siempre.

El olor a sopa, arroz y pan recién hecho se mezclaba con el murmullo de los estudiantes.

El comedor de la Secundaria Atland era un caos ordenado: bandejas chocando, risas, quejas, y ese eco constante que parecía nunca apagarse.

—Te lo juro, Sebas, Fatal Combat 1 va a estar brutal —decía Mylo, moviendo las manos como si sostuviera un mando invisible—.

Dicen que si lo compras en preventa te dan una skin de “Crimson Seraph”.

Sebastian sonrió, medio distraído mientras miraba el menú.—¿Crimson Seraph?

Nah, bro, eso es puro marketing.

Te apuesto que cuesta más de lo que vale.

—Claro que cuesta —rió Mylo—, pero mi viejo podría comprarlo fácil.

Sebastian lo miró de reojo con una sonrisa ladeada.—Tu viejo sí, pero tú no te atreves ni a pedírselo.

Mylo soltó un suspiro.—Ya sabes cómo es.

Es un Stone, no le importa mucho nada que no sea “mantener la disciplina” y “respetar el nombre de la familia”.

Y mi mamá…

bueno —se encogió de hombros—, ya sabes, es una Miller.

Sebastian asintió, sin sorprenderse.—Ah, cierto.

La del sonido, ¿no?

—Sí.

Puede endurecer cómo se proyectan los sonidos a su alrededor.

Algo así como…

controlar la vibración del aire.

No es nada del otro mundo.

—Nada del otro mundo, dice —rió Sebastian—.

Bro, tu madre puede hacer que nadie te escuche cuando estás escapando de clases.

Eso es literalmente un don de dioses.

—Ojalá —contestó Mylo con una risa breve—.

Si intento eso, me detectan en segundos.

Además, su poder es una mezcla rara.

No es ni del todo Stone ni del todo Miller.

A veces pienso que por eso yo no tengo nada especial.

Sebastian levantó una ceja.—No empieces con esa.

Eres más fuerte que la mitad de los del club de pelea.

—Sí, pero tú puedes doblar cucharas con la mente, Woods —le respondió Mylo, sonriendo con cierta envidia—.

Si quisiera pelear contigo en serio, me lanzas una mesa encima y se acabó.

Sebastian se rio por lo bajo, negando con la cabeza.—Nah, mi viejo dice que eso de la telekinesis es una pérdida de energía si no la usas bien.

La semana pasada traté de mover tres cosas a la vez y terminé con la nariz sangrando.

—Aun así, preferiría sangrar por usar un poder que no tenerlo —murmuró Mylo, con una sonrisa cansada.

Sebastian lo miró, pensativo, luego le dio un empujón leve con el hombro.—Deja el drama, hermano.

Tener poder o no tenerlo no cambia que igual hay que estudiar para los exámenes del viernes.

Mylo rió.—Tienes razón.

Aunque si mi madre supiera que hablo así del legado familiar, literalmente te puedo decir que contrataría una orquesta entera para cantarme todos los insultos y reproches que se le puedan ocurrir, y quizás un sermón también, ¿por que no?.

—Jajaja, literal —dijo Sebastian entre risas—.

No te metas con una Miller cuando se trata de sonido.

Y mas si es tu mama.

Así como tienen la fama de médicos curanderos tienen fama de que cuando hablan te rompen el alma, de alguna forma u otra.

La fila avanzó otro paso.

Ya podían ver las bandejas, el vapor saliendo de las ollas, los trozos de pan.

El ambiente era cálido, humano, ruidoso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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