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El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 50

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50: Cobarde 50: Cobarde Cuando la fila por fin terminó, Mylo y Sebastian tomaron sus bandejas: arroz humeante, sopa espesa y unas frutas cortadas al lado.

Se abrieron paso entre las mesas hasta ver a Angel sentado, sin su camisa azul de la familia Stone, con las alas recogidas y el cabello despeinado cayéndole sobre la frente.

Ambos se miraron un segundo, desconcertados.

—¿Y ahora qué?

—susurró Mylo.—Ya me imagino quién fue —respondió Sebastian con voz baja.

Cuando llegaron a la mesa, Sebastian no dio rodeos: —¿Mideo Rennen, no?

Angel ni siquiera levantó mucho la vista.

Solo soltó un suspiro y asintió con un “sí” seco.

—El mismo idiota de siempre —murmuró, tomando aire con fastidio—.

Ya estoy cansado de su mierda.

Siempre buscando un motivo para joder, para sentirse superior.

Te juro que algún día lo voy a estrellar contra su propio espejo.

Sebastian dejó la bandeja en la mesa y se sentó frente a él.

—Dicen que el tipo ni siquiera es Park de sangre pura —comentó, bajando la voz—.

Que su abuelo fue un tipo cualquiera, metido en el árbol familiar por matrimonio.

Solo tiene el apellido por herencia política.

Mylo se rió, sentándose al lado de Angel.

—He oído eso también.

Y que la familia de su madre lo mantiene a base de chantajes.

Un “niño mimado de apellido alquilado”, como le dicen algunos.

Angel levantó una ceja, medio sonriendo.

—Tiene sentido.

No hay otra explicación para tanta necesidad de atención.

Sebastian añadió, con media sonrisa: —Y Watanabe… bueno, ella está ahí porque sabe aprovechar la sombra.

Rumor dice que Mideo le pagó un viaje a Italia solo para presumirla como si fuera su trofeo personal.

—Sí, escuché eso —rió Mylo—.

Aunque también dicen que Watanabe anda coqueteando con un tipo de último año, un tal Voss, el que controla los flujos térmicos.

Dicen que puede calentar una taza de té solo con tocarla.

Sebastian soltó una carcajada breve.

—Jajaja, qué poético.

Capaz que la calienta a ella también.

Angel sonrió apenas, dejando que una risa silenciosa le temblara en la garganta.

Por primera vez en todo el día, el peso en su pecho se alivió un poco.

Apoyó el brazo sobre la mesa, la cabeza descansando sobre su mano, con los ojos entrecerrados.

Mylo empujó su bandeja hacia él.

—Toma, te traje lo que pediste —dijo—.

Arroz, sopa y… algo dulce.

Angel bajó la mirada y vio los trozos de piña, melón y banana en la cantina.

Una sonrisa suave, casi infantil, se le escapó sin querer.

—Gracias, hermano —murmuró—.

Esto… esto salva el día.

Tomó la cuchara, probó la sopa, y el calor le recorrió el cuerpo como una caricia.

El sabor era simple, hogareño, pero en ese momento le supo a gloria.

Entre sorbo y sorbo, escuchaba a sus amigos seguir hablando de Mideo, de los rumores que volaban entre pasillos, de cómo incluso los profesores parecían temerle por el apellido.

Angel se detuvo con el trozo de banana a medio camino hacia su boca, el vapor de la sopa subiendo todavía desde el plato.

Mylo lo miraba con el ceño fruncido y esa media sonrisa entre curiosidad y provocación que siempre tenía cuando quería hacer hablar a alguien.

—¿Por qué nunca te has defendido de Mideo Rennen, si es tan pedazo de basura?

—dijo, rompiendo el silencio con un tono casi juguetón, pero con el peso de quien realmente quiere saber.

Angel dejó caer la banana sobre la bandeja.

El golpe fue suave, pero el sonido del metal vibró justo en ese momento de quietud en el comedor.

Suspiró, apoyó el codo en la mesa y la frente sobre su mano, mirando su comida como si ahí hubiera una respuesta.

El aire olía a sopa de maíz y pan viejo.

—Porque no le veo sentido —dijo al fin, su voz sonaba cansada, como si arrastrara días de contención—.

No necesito rebajarme a su nivel.

Mideo no merece ni mi mínima atención…

y si se trata de pelear, creo que sé quién ganaría.

Mylo lo miró de reojo, mientras Sebastian bajaba la cuchara, con esa sonrisa entre incredulidad y burla.

—¿Ah, sí?

—respondió Sebastian, levantando una ceja—.

Pues no lo parecías cuando pasó lo del aula 3-B.

Angel lo miró en silencio, sin entender al principio, y luego recordó.

El aula 3-B, en el tercer piso del ala este, donde el sol siempre pegaba fuerte por las ventanas altas.

Donde todo el mundo vio lo que pasó.

Sebastian continuó: —Cuando le alzaste la voz porque se metió contigo delante de todos.

Tú le soltaste un golpe directo al rostro y el imbécil te devolvió uno tan fuerte que hasta los de la puerta lo sintieron.

Hasta el reloj del aula se cayó, ¿te acuerdas?

Angel abrió la boca, pero no dijo nada al principio.

Solo buscó palabras en el aire, con una torpeza que lo hizo parecer un niño pillado en una mentira.

—E-eso fue porque… me tomó desprevenido, estaba… distraído —dijo al fin, con una media sonrisa incómoda.

Mylo no aguantó y soltó una carcajada tan fuerte que algunos en la mesa de al lado voltearon.

—¡Desprevenido!

—repitió entre risas—.

Hermano, te dejó girando en el aire como si hubieras visto a tu primer amor.

—Cállate, Mylo —respondió Angel, con una mueca entre vergüenza y resignación.

El ambiente volvió a suavizarse un poco.

Angel retomó la cuchara, removiendo la sopa antes de probarla.

El vapor le calentó el rostro, y la mezcla de piña, melón y banana en la cantina frente a él le recordó a lo poco bueno que aún quedaba del día.

Sebastian, sin embargo, habló más serio, su tono cambió, casi paternal.

—De todas formas… —dijo mientras giraba el tenedor entre los dedos— tienes que hacer algo, Angel.

No puedes dejar que eso siga.

Mideo ya tiene esa mirada de “me aburro, busquemos algo que patear”.

Y si sigues ignorándolo, vas a ser su entretenimiento casual.

Angel, con la cuchara todavía entre los dedos, giró la cabeza hacia Mylo y lo observó con una sonrisa que prometía travesura.

—Por cierto, Mylo… —dijo con tono casi inocente—, ¿qué pasó con esa chica que conociste la semana pasada?

El ruido del comedor siguió igual, pero Mylo se quedó tieso, como si lo hubiesen apuñalado por sorpresa.

—¿Q-q-qué chica?

—preguntó, fingiendo no saber, aunque el leve rubor en sus mejillas lo delató.

Sebastian alzó una ceja, divertido, mientras Angel lo miraba fijamente con una expresión de quien no va a soltar el tema.

—Vamos, no te hagas el tonto.

La del pelo corto, la que te ayudó a recoger los cuadernos de matematica cuando se te cayeron en el pasillo… —Angel dejó la cuchara a un lado, apoyó los brazos en la mesa—.

Rina, ¿no?

Mylo tragó saliva y trató de recomponerse.—Ah, e-esa… bueno, sí, salimos un rato.

—Intentó sonar tranquilo, pero su voz se quebró apenas al final—.

Estuvimos… tomados de la mano en el recreo.

Angel ya estaba conteniendo la risa.

—¿En serio?

—¡Sí!

—respondió Mylo, ahora con un tono de falsa seguridad—.

Pero el profesor Morgan nos detuvo en seco.

Dijo que dejáramos nuestras “cursilerías” y nos mandó a separar como si fuéramos dos delincuentes.

Angel soltó una carcajada tan fuerte que tuvo que sostenerse el estómago.

La sopa casi se le derrama del plato mientras reía.—¡Sabia que tenía que ser el!

¡Morgan!

¡Ese viejo no soporta ver a nadie feliz te lo juro!

—decía entre risas, golpeando la mesa con la mano.

Mylo, rojo como un tomate, trató de justificarse, tropezando con sus propias palabras: —¡No es lo que parece!

¡Yo solo… bueno… ella fue la que me tomó la mano primero, y…!

—hizo un gesto con las manos, sin saber a dónde ir con la explicación—.

Y además… bueno, me gusta su forma de ser… o sea… sus curvas… digo, su personalidad… o sea, ¡ambas!

Pero no de esa forma… ¡no tanto!

Sebastian no aguantó más.

El sonido de su risa se mezcló con la de Angel, formando una pequeña tormenta de carcajadas en medio del comedor.

—Entonces Rina está así de buena, ¿eh?

—dijo Angel con tono burlón, estirando las manos para marcar una figura imaginaria en el aire.

Mylo se cubrió la cara con las manos, riendo a medias, resignado.

—No empieces, Angel… —dijo entre dientes—.

Solo digo que… sí, tiene… bueno, una sonrisa linda, curvas hermosas, es amable y gentil, y— —¡Ajá!

—interrumpió Sebastian, dándole un codazo—.

Ya lo dijiste, hermano.

No hay vuelta atrás.

Mylo negó rápido, casi gritando: —¡No!

¡Nada de eso!

¡No me gusta tanto!

Angel, todavía con una sonrisa medio burlona por el ataque de risa, se inclinó hacia Mylo, apoyando los codos en la mesa y entrelazando las manos.

Su voz bajó un poco, se volvió más seria, pero con esa calma suya que siempre daba peso a lo que decía.

—Mira, Mylo… —empezó—, si de verdad te gusta esa chica, tienes que ser tú.

No el tipo que ella quiere, ni el que crees que tiene que gustarle, ni mucho menos el que aparenta ser perfecto.

Tienes que ser tú, con tus defectos, tus rarezas, tus tonterías.

Porque si la quieres solo por cómo se ve, tarde o temprano vas a dejar de verla igual.

Y si ella te quiere por lo que aparentas, en el momento en que muestres quién eres de verdad, se va a ir.

Tomó la cuchara, la giró entre los dedos, y añadió con un tono más firme: —No la veas como un trofeo, ni como algo que “conseguir”.

No es una medalla que vas a colgar en tu pecho.

Es una persona.

Tiene miedo, inseguridades, cosas que tal vez ni ella entiende todavía.

Si vas a estar con alguien, que sea para acompañarla, no para poseerla.

Y si algún día llegas a pensar que “la mereces”, entonces ya estás jodido… porque el amor no se merece, se construye.

Sebastian lo miró con cierta sorpresa.

Hasta Mylo, que solía ser el más suelto de los tres, se quedó callado un momento.

El ruido del comedor, los platos, las charlas, el murmullo, se sintieron lejos por unos segundos.

Mylo, intentando romper la tensión, alzó una ceja y sonrió con descaro.—¿Y tú hablas de amor?

—dijo con tono juguetón—.

Si tu cara parece una fusión entre Lucifer y Eva… como si los dos hubieran tenido un hijo y lo llamaran Angel.

Sebastian estalló en risa al instante, pero Angel solo arqueó una ceja, impasible.—¿Lucifer y Eva, eh?

—repitió con calma—.

Bueno, si me preguntas, supongo que mis genes son demasiado buenos en cuanto a cara.

Pero eso no significa nada.

También puede haber un violador o un psicópata con una cara hermosa.

—Dejó caer la cuchara en el plato con un sonido leve—.

La belleza no dice quién eres, solo engaña sobre quién pareces.

Sebastian se inclinó un poco hacia adelante.—¿Entonces tú qué?

¿No te cansas de que las chicas te miren como si fueras una estatua?

Angel rió con una mueca amarga.—Sí… —dijo despacio—.

A veces me gustaría no tener estas malditas alas ni esta cara.

Creen que me hace especial, pero solo me separa más.

Se recostó en la silla, mirando el techo por un segundo antes de seguir—.

Sí, algunas me miran, otras suspiran.

Pero nadie se acerca.

Por dos razones: una, las alas.

Y dos, porque se sienten insuficientes.

Mylo lo observó, confundido.—¿Insuficientes?

—Sí —respondió Angel, sin dudar—.

Me lo dijo una vez una chica de 5-B… Kayle Park.

Empezó a escuchar los mismos artistas que yo, solo para que sus gustos “me gustaran”.

Se esforzó tanto en imitar lo que creía que quería, que dejó de ser ella misma.

Y al final, cuando me di cuenta, no sentí nada.

Porque no era ella la que hablaba, era una copia, un reflejo torcido de lo que creía que yo quería.

El silencio entre los tres fue distinto esta vez.

No incómodo, sino lleno de un peso extraño, casi melancólico.

Angel bajó la mirada hacia su plato, donde el arroz se enfriaba lentamente, y dijo con voz tranquila: —Y eso es lo peor, Mylo.

Que alguien cambie para gustarte… porque te hace sentir poderoso, pero vacío.

Sebastian se pasó una mano por el pelo, mirando a Angel con cierta admiración disimulada.Mylo solo suspiró, bajando la cabeza.

—A veces hablas como si tuvieras treinta años, Angel.

Él sonrió con desgano.—Quizás es que ya me cansé de ver lo mismo todos los días —dijo—.

Rostros que mienten, miradas que pesan, y corazones que solo buscan llenar un hueco con otro.

Mylo se rascó la cabeza, aún sonrojado.—Bueno… no es que esté enamorado, ¿ok?

Solo digo que… Rina es diferente.

Tiene algo… no sé, como una calma rara, y cuando sonríe parece que el ruido del mundo se calla.Sebastian arqueó una ceja.—Hermano, eso suena a que estás hasta el cuello.

Angel soltó una pequeña risa, removiendo la cuchara dentro de su sopa.—Solo sé tú mismo, Mylo.

No la veas como un premio, ni como una meta.

Si de verdad te gusta, trátala como alguien que merece respeto, no atención.

—Clavó su mirada en él—.

Las chicas no son objetos que se consiguen… son personas que se eligen.

Angel sonrió torcido.—Sí, bueno…—O si tienes alas —añadió Sebastian con tono burlón.

El trío se rió.

Durante un momento, todo fue simple.

Angel volvió a tomar la cuchara y se llevó un pedazo de banana a la boca, saboreando el dulzor y la calma que pocas veces sentía.

El murmullo del comedor era un oleaje constante: platos chocando, risas, el sonido metálico de bandejas, conversaciones cruzadas.Todo se sentía… vivo.

Pero entonces, algo cambió.

El aire.

Una vibración sutil en el suelo, como si alguien hubiera golpeado el mundo desde abajo.

Angel parpadeó y el color del lugar comenzó a drenarse lentamente, como si una tinta invisible estuviera robando la vida de todo.

El aroma del arroz se volvió agrio.El calor se transformó en un frío espeso.

Las voces se distorsionaron.

Las carcajadas de Mylo y Sebastian se estiraban como ecos imposibles, deformándose, volviéndose graves y huecas.

Angel alzó la vista: los rostros a su alrededor se derretían en masas sin forma, los cuerpos se alargaban, los ojos se multiplicaban sobre pieles que parecían flotar en el aire.

Aun así, Mylo seguía hablando.—Te digo que Rina es distinta, Angel.

Ella no es como las demás…Su voz sonaba como si viniera desde el fondo de una caverna, cada palabra arrastrándose con peso de plomo.

Sebastian, a su lado, seguía riendo, pero su risa no tenía boca.

Angel no se movió.

Solo respiró.

Sabía lo que era.

No era real.

Nada era real.

Solo un recuerdo desgarrándose bajo el peso del presente.

Las luces del comedor parpadearon, luego explotaron en un destello blanco.

El suelo desapareció.

Y del vacío, emergió la figura que lo esperaba: su sombra.

La versión adulta de sí mismo.

La piel marcada con líneas doradas, las alas manchadas de negro, los ojos sin alma.

El reflejo de todo lo que había reprimido durante años.

El comedor comenzó a desvanecerse como tinta cayendo en el agua.

Primero fueron los colores: el blanco del plato, el azul del uniforme, la luz del mediodía que se filtraba por las ventanas.

Todo se volvió gris, luego negro, y las voces de Mylo y Sebastian se quebraron como vidrio bajo presión.

Los rostros se deformaron.

Los dedos de sus compañeros se estiraron, las bocas se abrieron más de lo que un rostro humano permite, y las pupilas se fundieron en una masa de oscuridad líquida.

El olor del arroz se volvió hierro.

El del dulce, sangre.

Angel, en cambio, permaneció quieto, respirando lento.

Sabía que nada era real.—…solo un recuerdo —murmuró—.

Solo el pasado.

La carcajada que salió de su garganta fue corta, seca, como si en ella se derrumbara la inocencia que aún quedaba de ese niño.

Y justo entonces, la oscuridad se abrió frente a él, como si el suelo fuera una tela desgarrada.

De entre la negrura, emergió él.

Su propia sombra.

Una versión adulta de Angel, de pie, con las alas ennegrecidas y los ojos hundidos en un brillo ámbar casi enfermo, lo veía varias veces en sus sueños al dormir, pero esta vez, es mas detallado, demasiado…

Su piel estaba marcada por líneas doradas y agrietadas, como si la luz tratara de escapar de dentro de un cuerpo muerto.

—¿Y ahora qué, Angel?

—dijo la sombra con voz grave, casi arrastrada—.

¿Piensas en todo lo que perdiste cuando eras joven?

¿En lo que no tuviste el valor de recuperar?

Dio un paso adelante.

Cada palabra resonaba con eco, como si hablara desde dentro del pecho de Angel.—¿O solo te vas a quedar llorando sobre los escombros de lo que fuiste, fingiendo que ya superaste algo que nunca dejaste ir?

Angel apretó los puños.Sus alas blancas se tensaron con un temblor violento.—Cállate —dijo entre dientes.

La sombra sonrió.—Te escondes detrás de tus malditas palabras.

“No me rebajo”, “no vale la pena”, “ella cambió”… todo eso suena tan sabio, pero solo es miedo.

Miedo a perder.

Miedo a volver a sentir.

Angel avanzó, encarándolo.—¿Y tú qué sabes de sentir, basura?

—le escupió—.

No eres más que el eco de mi culpa, la sombra de mis errores.

Lo que callé, lo que perdí, lo que dejé morir.

¡Eres lo que tuve que enterrar para seguir vivo!

—¿Vivo?

—la sombra se inclinó hacia él, apenas separada por unos centímetros—.

No estás vivo, Angel.

Solo sigues caminando por costumbre.

Angel lo agarró del cuello con furia, y en el momento en que lo hizo, el aire se encendió.

La piel de la sombra se resquebrajó como cerámica, dejando salir una luz dorada intensa.

Trazos se formaron en su rostro —no tatuajes, sino grietas de energía—, y una expresión de paz, casi humana, se dibujó en sus facciones.

Por primera vez, la sombra sonrió sin ironía.—Entonces… por fin lo entiendes.

Angel parpadeó.

El resplandor lo envolvió.

Sintió el aire frío, el olor del metal, la tensión en sus músculos.

Y al abrir los ojos, estaba de nuevo en el refugio.

Frente a él, el E.C.O lo observaba con aquella calma grotesca, una cadena colgando de su mano.

El eco de la carcajada del recuerdo aún vibraba en la cabeza de Angel mientras exhalaba hondo, dejando escapar todo el aire que llevaba siglos dentro.

El aire se volvió pesado, casi sólido.

El E.C.O.

rugió, un sonido que no parecía provenir de una garganta viva, sino de las entrañas de la tierra misma.

Su cuerpo se arqueó, exhalando una nube negra que se mezcló con el humo y las chispas del concreto ardiendo.

El suelo tembló.

—¡Cúbranse!

—gritó Woods, mientras el monstruo descargaba un golpe contra el asfalto, levantando una onda expansiva que los arrojó varios metros atrás.

Vlad rodó por el suelo, golpeándose el hombro contra una columna rota.

El soldado disparaba sin control, cada bala rebotando o perdiéndose en la niebla densa.

Angel estaba de pie en medio del desastre, con la camiseta hecha trizas, mirando cómo el E.C.O.

avanzaba entre el fuego.

No se movía.

Solo respiraba, quieto, ajeno a la locura.

Woods, furioso, levantó una mano y el aire vibró.

Un bloque entero de concreto se desprendió del suelo y salió disparado a una velocidad brutal, girando en el aire hasta chocar contra el costado del monstruo con un estruendo metálico.

El impacto fue tan fuerte que lo hizo retroceder tres pasos, dejando una marca hundida en su armadura orgánica.

Aprovechando el momento, el soldado apuntó con precisión y —¡BANG!— el disparo le atravesó el ojo.

El líquido oscuro que salió despedido humeaba como ácido, pero el E.C.O.

seguía de pie, tambaleante, su respiración distorsionada y su forma comenzando a retorcerse.

Sin perder tiempo, Woods extendió una mano, lo tomó por el cuello de su camiseta chamuscada y lo arrastró hacia atrás entre el polvo y el rugido metálico de las balas.

Su respiración era un gruñido agitado, casi animal.

Con la otra mano, empujó a Vlad y al soldado hacia una cobertura improvisada, levantando con su telequinesis un trozo de escombro que aplastó a dos vestigios que se arrastraban como bestias sin piel.

—¡¿Se te fundió el cerebro, idiota?!

—rugió Woods, arrastrándolo hasta detrás de una estructura semiderruida—.

¡Quince segundos, Angel!

¡Quince malditos segundos mirando el vacío mientras esa cosa casi nos tritura a todos!

El suelo temblaba.

El polvo caía en cascadas sobre ellos.

Las explosiones hacían crujir el metal de las paredes, y los gritos distorsionados de los vestigios se mezclaban con el zumbido de los rifles.

Vlad intentaba mantener la puntería, el cañón temblándole entre los dedos.

El soldado murmuraba por el comunicador, pidiendo refuerzos que probablemente nunca llegarían.

Woods lo miró otra vez, con los ojos encendidos por la furia.—¿Qué demonios pasa contigo?

—escupió, empujándolo contra el suelo—.

¿Estás respirando tranquilo?

¿En medio de esta mierda?

Angel no respondió.

Su mirada estaba fija en el suelo, perdida en un punto invisible.

El hollín cubría su rostro, y la ceniza se mezclaba con el sudor que le corría por las mejillas.

Su respiración era lenta, casi serena, pero detrás de ella había algo roto, algo que no encajaba en ese cuerpo.

Woods resopló, frustrado.—Maldita sea…

—gruñó, incorporándose de golpe.

Con un gesto de su mano, levantó un pedazo de acero y lo lanzó contra un muro derrumbado, bloqueando una nueva oleada de proyectiles deformes.

El eco del combate retumbaba entre los restos del refugio.

En el horizonte de humo, el E.C.O.

se movía otra vez.

Su silueta ya no era la misma.

Estaba más delgada, más definida…

más viva.

Algo en su interior palpitaba como un corazón nuevo.

El aire cambió.

Se sintió más denso, como si el mundo entero contuviera la respiración.

Vlad levantó la mirada, sin palabras.

El soldado dejó de disparar por un instante, mirando con horror esa figura que se erguía entre el fuego.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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