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El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 51

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51: Por qué peleo?

51: Por qué peleo?

El otro soldado dejó de disparar por un segundo.

Su respiración se estabilizó.

Con un movimiento limpio, casi elegante, activó el accesorio bajo el cañón del rifle: un lanzagranadas de único uso.

Le hizo una seña rápida a Vlad.

Dos dedos.

Puño cerrado.

Giro de muñeca.Códigos viejos.

Militares.

No necesitaban palabras.

Vlad asintió y retrocedió de inmediato, arrastrándose hacia la izquierda mientras Woods levantaba una barrera improvisada de concreto partido.

El soldado apuntó al centro del área, no al E.C.O., sino al entorno.

—¡Ahora!

—gritó.

La granada salió disparada y describió un arco corto antes de impactar contra una masa de escombros y metal retorcido.

La explosión no fue limpia.Fue sucia.

Violenta.

Cercana.

El aire se rasgó.

El suelo se levantó en fragmentos.

Trozos de hierro, tuberías rotas, vigas viejas y placas de acero salieron despedidas como metralla incandescente.

El calor se expandió en una ola brutal, derritiendo bordes, volviendo el metal blando, rojo, vivo.

Las llamas lamieron las paredes.

El polvo se convirtió en una nube ardiente.Los vestigios gritaron y retrocedieron, algunos cayendo al suelo, otros retorciéndose sin saber hacia dónde huir.

Entre el humo, el E.C.O.

se detuvo por un instante, su silueta deformada por el calor ondulante.

Las cadenas que arrastraba tintinearon, ahora al rojo vivo, goteando metal fundido sobre el concreto.

Angel aprovechó el punto ciego del humo.

Se apoyó en una rodilla y se reincorporó con esfuerzo, el hierro deformado aún apretándole la mano.

La nudillera improvisada le resultaba incómoda, pesada, como si ya no le perteneciera.Las marcas doradas en sus brazos habían perdido intensidad.

Ya no ardían.

Solo estaban ahí, quietas… observándolo desde su propia piel.

El cansancio le cayó encima de golpe.

No físico.

Mental.

Como si hubiera corrido durante horas sin moverse un metro.

—Vamos —gruñó Woods, tomándolo del brazo para ayudarlo a ponerse de pie—.

Muévete.

No esperaron más.

Se replegaron hacia el interior del edificio, dejando atrás el humo, los restos humeantes y el silencio antinatural del exterior.

Sabían que salir era muerte segura: los vestigios seguían ahí, respirando en la oscuridad, esperando.

Subieron las escaleras con cuidado.

El concreto crujía bajo sus botas.

Vlad iba primero, arma en alto, atento a cada sombra.

El otro soldado cerraba la retaguardia, revisando cada ángulo, cada esquina.

Pero nada subía.

Ni pasos.Ni lamentos.Ni ese arrastre viscoso que siempre anunciaba a los vestigios.

Ni el E.C.O.

Era extraño.

Demasiado.

Y, aun así, aliviador.

Woods lo notó enseguida.

Miró a Angel de reojo mientras avanzaban por el pasillo oscuro.

El chico caminaba, sí, pero su mirada estaba lejos, clavada en su propio brazo como si no confiara en él.

—Oye… —dijo Woods, bajando un poco la voz—.

¿Qué te pasó ahí abajo?

Angel no respondió.

Se detuvo un segundo, levantó el brazo apenas, observando cómo la luz tenue se reflejaba en esas líneas doradas bajo la piel.

No brillaban.

No se movían.

Solo existían, como una cicatriz que aún no sabía cerrarse.

Woods frunció el ceño.

—Angel —insistió—.

Mírame.

Angel levantó la mirada y la cruzó con la de Woods.

Por un segundo, el mundo se quedó quieto.

Woods sintió algo torcerse en el pecho.

No fue miedo.

Tampoco calma.

Fue una incomodidad densa, ancestral… y aun así, aliviante.

Como mirar a un depredador que decidió no atacar.

Esos ojos no eran los de alguien simplemente desgastado.

Woods tragó saliva.

—Está bien —dijo al fin, bajando un poco el tono—.

Voy a… voy a dejar de verte como solo un arma.

Angel no respondió.

—Voy a ser más suave contigo —continuó Woods—.

Pero escucha bien esto.

Cada vez que algo así pase, tienes que avisar.

Nuestras vidas están en juego.

Y tú… —lo miró con peso— tú eres el único acá que puede hacer algo que de verdad importe.

No puedes quedarte como una piedra.

Angel apretó la mandíbula.

—No lo entiendo… —murmuró.

Woods frunció el ceño.

—¿Qué cosa?

Angel alzó la vista apenas.

—Nada de esto.

Ya ni siquiera sé por qué peleo.

El grupo siguió avanzando por las escaleras, metiéndose más en el edificio.

Vlad y el otro soldado vigilaban el rastro.

Nadie los seguía.

Ningún vestigio.

Ni rastro del E.C.O.Extraño.

Demasiado tranquilo.

Angel habló de nuevo, con la voz baja, pero firme.

—Salí de mi casa después del aprisionamiento condicional… y eso fue todo.

No hubo vida.

Solo… Jackie.

Después peleas.

Miradas.

Gente observándome como si yo fuera un experimento.

Visitas que no eran visitas.

—hizo una pausa—.

Luego me secuestraron.

Y ahora estoy aquí.

Woods lo escuchaba sin interrumpir.

—Y aun así sigo aguantando —continuó Angel—.

Pero no sé por qué yo.

De todos.

Sus dedos rozaron la nudillera improvisada.

El metal aún conservaba un calor fantasma.

—No acepté nada a cambio por esta misión.

Ni siquiera esperé algo.

Y aun así… —respiró hondo— de alguna forma eso le da sentido a mi vida.

No sé cómo.

Pero lo hace.

Vlad habló sin girarse, aún apuntando a la escalera.

—¿Y a este qué le pasa?

Woods levantó la mano de inmediato, seco.

—Cállate.

Vlad chasqueó la lengua, pero obedeció.

Angel bajó la mirada.

—Ahora… —continuó— ahora se supone que soy un héroe.

O algo así.

Un humano superior.

Lo veo en sus caras.

Sé cómo me miran.

Se quedó en silencio un segundo.

—Cuando era niño, me miraban como una abominación.

Como algo que no debía existir.

—alzó los ojos—.

Y ahora me miran bien… solo porque limpio el desastre que dejaron Park Tae Hyun y Dharma.

Sus labios temblaron apenas.

—¿Eso me hace un héroe?

Woods respondió sin dudar.

—No.

No lo hace.

Tú no eres un héroe, Angel.

Eres un superviviente de tu propio verso.

Angel levantó la cabeza de golpe.

—No digas estupideces.

Woods parpadeó.

Angel dio un paso al frente, la voz baja, cargada.

—Un superviviente huye.

Se esconde.

Se arrastra esperando que el mundo se canse de golpearlo.

—lo miró fijo—.

Yo me quedé.

Yo peleé cuando podía desaparecer.

Las marcas doradas en sus brazos brillaron apenas, tranquilas… expectantes.

—No peleo porque crea en finales felices.

Ni porque quiera salvar al mundo.

Peleo porque si no lo hago, todo lo que perdí no significa nada.

Respiró hondo.

—Cada vez que enfrento este desastre… es mi manera de decirle al pasado que no ganó del todo.

Se enderezó un poco.

—Así que no.

No soy solo un superviviente.

Y si ser un héroe significa cargar con algo que quema, corta y te deja solo… entonces quizá lo soy.

Y si no… —bajó la mirada— tampoco importa.

El silencio cayó pesado.

Vlad bajó un poco el arma.

Woods no respondió de inmediato.

Angel se quedó mirando las marcas doradas en su brazo.

Quieto.

Como si ya hubiera dicho más de lo que pensaba…o exactamente lo que necesitaba decir.

Woods no dijo nada al principio.

Se quedó ahí, con la mano aún suspendida en el aire, como si algo invisible le hubiese detenido el gesto.

Sus ojos no se apartaban de Angel.

Ya no había furia.

Tampoco urgencia.

Solo esa calma tensa que precede a las decisiones que no tienen vuelta atrás.

Exhaló por la nariz, lento.

—Mierda… —murmuró—.

Odio cuando alguien joven habla como si ya hubiera visto el final del mundo.

Angel no reaccionó.

Woods dio un paso más cerca.

No lo tocó.

No todavía.

—Escúchame bien —dijo, con una voz más baja, más humana—.

Yo he visto héroes.

Muchos.

Todos terminan igual: muertos, rotos o vendidos a una causa que no les pertenece.

Alzó la mirada hacia las escaleras, verificando instinto puro.

Nada.

Silencio.

—Y también he visto supervivientes —continuó—.

Gente que aguanta no porque sea noble, sino porque no sabe cómo rendirse.

Volvió a mirarlo.

—Pero tú… —negó despacio con la cabeza— tú estás en un punto jodido entre ambos.

Y ese punto es peligroso.

Angel frunció apenas el ceño.

—¿Para quién?

Woods soltó una risa breve, sin humor.

—Para todos.

Vlad carraspeó detrás, incómodo.

El otro soldado ajustó el agarre del rifle.

Nadie interrumpió.

Woods finalmente apoyó una mano en el hombro de Angel.

Firme, pero no brusca.

—No te voy a mentir —dijo—.

Te hemos usado.

Yo te he usado.

Porque funcionas.

Porque cuando tú te mueves, las cosas cambian.

Apretó un poco los dedos, luego aflojó.

—Pero si vas a seguir haciendo esto… no puede ser solo por inercia.

No puede ser porque el dolor te empuja por detrás.

Angel levantó la mirada.

—Entonces dime —preguntó—.

¿Por qué debería hacerlo?

Woods lo sostuvo la mirada.

Esta vez, sin incomodidad.

—Porque todavía eliges.

Angel parpadeó.

—El héroe no elige —continuó Woods—.

El héroe se sacrifica porque cree que debe.

El arma no elige.

Solo dispara.

Se inclinó un poco, quedando a su altura.

—Tú sigues acá porque quieres.

Incluso cuando no sabes por qué.

Y eso… —respiró hondo— eso te hace más humano que cualquiera que se ponga una medalla.

Angel apretó la nudillera.

El metal crujió apenas.

—¿Y si un día dejo de querer?

—preguntó en voz baja.

Woods no dudó.

—Entonces me lo dices.

Y ese día, yo me pongo al frente.

El silencio volvió a caer, pero distinto.

Menos pesado.

Vlad bajó del todo el arma.

—Bueno —dijo—, si ya terminaron la sesión de terapia… seguimos respirando, ¿sí?

Woods ni lo miró.

Angel soltó una exhalación larga.

Por primera vez desde hacía rato, sus hombros bajaron apenas.

—No prometo nada —dijo.

Woods asintió.

—Nunca pedí promesas.

Solo que no te pierdas sin avisar.

Un ruido lejano retumbó en lo profundo del edificio.

Metal contra concreto.

Algo moviéndose.

Woods retiró la mano del hombro de Angel y volvió a adoptar postura de combate.

—Vamos —ordenó—.

El mundo sigue cayéndose.

Y por ahora… seguimos caminando encima de los escombros.

Angel se puso de pie y siguieron avanzando.

Algo había cambiado en su forma de moverse: no era fuerza renovada, era claridad.

La mente aún cansada, pero enfocada.

El brazo, en cambio, comenzó a arder con más insistencia, como si las marcas doradas bajo la piel se retorcieran, reclamando atención.

No gritó.

No hizo gesto alguno.

Solo apretó los dientes y siguió.

Subían cuando la tierra rugió.

No fue una explosión limpia.

Fue un empujón brutal, como si el edificio hubiera decidido sacudirse la vida de encima.

El mundo se inclinó y, en un parpadeo, todos rodaron escaleras abajo, golpeando contra concreto, barandas y polvo viejo.

—¡MIERDA!

—gritó Vlad al chocar contra el suelo.

Antes de que alguien pudiera incorporarse del todo, el soldado que iba con él ya estaba de rodillas, automático, preciso.

Activó el láser del arma y lo clavó en la boca negra de la escalera inferior, apuntando sin pestañear, respiración contenida.

—Контакт… —murmuró.

—Dice que hay contacto —traducjo Vlad, escupiendo polvo—.

Pero no ve nada.

Woods se incorporó apoyándose en un escombro flotante, listo para lanzarlo.

—Todos arriba —ordenó—.

Ahora.

Angel endureció la piel.

No como una armadura visible, sino como si el cuerpo recordara cómo resistir.

El ardor del brazo se intensificó, punzante, vivo.

—¿Qué mierda fue eso…?

—alcanzó a decir alguien.

Entonces la escucharon.

Una risa.

Grave.

Amplia.

De esas que no salen de una garganta común, sino de un pecho enorme.

Una risa que te dibuja en la cabeza a alguien grande, musculoso, con barba espesa, cicatrices viejas y una armadura que ha visto guerras y se ha reído de ellas.

—¿Escucharon eso…?

—susurró Woods.

El soldado asintió sin apartar la mira.

—Смеётся… —dijo, con tensión en la voz.

—Dice que… se está riendo —tradujo Vlad—.

Pero no hay visión.

Nada.

Ni calor, ni silueta.

Solo humo.

El silencio se tensó como un cable a punto de romperse.

Angel sintió un frío extraño recorrerle la espalda.

No miedo.

Reconocimiento.

Y entonces— —POP BALLOON!

La frase cayó como una broma infantil…y el mundo estalló.

No fue una explosión normal.

Fue una negación de la estructura.

El edificio se abrió en pedazos como si hubiera sido inflado desde dentro y reventado con desprecio.

Las paredes se deshicieron.

El suelo desapareció.

Vlad y Woods salieron disparados por el costado del edificio, atravesando concreto y aire.

Woods reaccionó al instante, envolviéndose en una nube de escombros suspendidos, amortiguando el impacto con pura voluntad y telequinesis, gruñendo del esfuerzo.

—¡VLAD!

—rugió.

El otro soldado… desapareció.

Literalmente.

Ningún grito.

Ningún rastro inmediato.

Angel fue lanzado hacia atrás, golpeó, rodó, pero sobrevivió.

El cuerpo respondió antes que la mente.

Cuando el polvo comenzó a asentarse, se incorporó, respirando pesado.

Miró al frente.

Las nubes se habían despejado en un círculo perfecto, antinatural, como si alguien hubiera limpiado el cielo con la palma de la mano.

En el centro…una nube intacta.

Y marcada en ella, enorme, inconfundible, flotando como una burla grabada en el cielo: el símbolo de la familia Park.

Los vestigios se lanzaron todos a la vez.

No fue un ataque ordenado.

Fue hambre.

Fue ruido.

Metal golpeando paredes a una velocidad antinatural, choques secos, cortes profundos que no necesitaban verse para saberse brutales.

Cada impacto iba acompañado de esa risa grave, constante, disfrutando el caos como si fuera música.

Angel giró sobre sí mismo.

—¡Woods!

—gritó— ¡VLAD!

Nada.

Solo escombros, polvo, estructuras partidas como huesos viejos.

El aire ardía.

Angel empezó a moverse desesperado, empujando bloques de concreto, endureciendo la piel para no destrozarse las manos.

Respiraba rápido.

Buscaba rostros entre ruinas muertas.

—¡RESPONDAN, JODER!

Un crujido.

Debajo de una losa enorme, sostenida apenas por una fuerza invisible temblorosa, estaban Woods y Vlad.

Woods tenía los dientes apretados, el cuerpo rígido, usando cada gramo de su telequinesis para que ese bloque no los aplastara.

—¡Muévete…!

—gruñó Woods— ¡No aguanto mucho!

Angel no lo dudó.

Se metió debajo, empujó, levantó, arrancó la losa hacia un lado con un golpe seco.

El concreto cayó lejos.

Vlad tosió, rodando fuera.

—…Gracias —dijo, sin aire.

Woods se dejó caer de rodillas un segundo.

—Bien… ahí hiciste algo útil —masculló, medio jadeando.

Angel no sonrió.

—¿Dónde está el otro soldado?

La respuesta llegó sola.

—А-А-А-А!

—un grito desgarrado, quebrado por el dolor.

Vlad se puso rígido.

—Es Alex —dijo—.

Le pasó algo en la pierna.

Angel ya estaba corriendo.

La tierra volvió a temblar, pero esta vez nadie gritó.

Solo se tambalearon un poco, como si el edificio respirara hondo.

No era prioridad.

No ahora.

Encontraron a Alex entre restos de metal retorcido y polvo.

Estaba consciente.

Demasiado consciente.

Vlad se acercó primero.

—Vamos, Alex, levanta —le dijo en ruso, con voz firme… hasta que miró abajo.

Se detuvo en seco.

Su rostro cambió.

Asco.

Shock.

Y una preocupación tan grande que casi dolía verla.

Woods también miró y apretó la mandíbula, girando la cara apenas un segundo.

La pierna de Alex… ya no era una pierna como debía ser.

No hacía falta describirlo más.

Algo había pasado por ahí.

Algo rápido.

Algo que no cortó limpio por accidente, sino por intención.

Alex temblaba.

—Я… я не чувствую… —balbuceó.

—Dice que no la siente —susurró Vlad.

Angel se quedó quieto un instante.

Luego se agachó frente a él, a la altura de los ojos.

—Escúchame —dijo, claro, firme—.

Mírame.

Respira conmigo.

No mires abajo.

Alex lo obedeció sin pensar.

La risa volvió a resonar, más cercana ahora, rebotando entre paredes rotas.

Metal arrastrándose.Vestigios moviéndose.

Woods levantó la cabeza.

—No fue el E.C.O quien hizo eso —dijo en voz baja—.

Fue algo más… jugando.

Angel apretó los puños.

El ardor en su brazo subió como fuego nuevo.

Woods apretó los dientes, respirando mal.

La frente húmeda.

La telequinesis le temblaba como una luz a punto de apagarse.

—Angel… —dijo con la voz rota— ayúdame a sacar a Vlad.

No sé qué me pasa… mis poderes están débiles.

Angel no preguntó.

Actuó.

Se metió bajo el escombro, endureció la piel hasta sentirla como piedra viva.

El concreto le raspó igual, pero no se detuvo.

Empujó con todo el cuerpo, gruñendo entre dientes.

—¡Ahora!

—le gritó a Vlad.

Entre los dos levantaron la masa imposible y Angel la lanzó lejos.

El impacto retumbó en lo que quedaba del edificio.

Vlad cayó de rodillas, tosiendo.

—Estoy bien… —dijo—.

Alex.

Fueron hacia él.

Angel se agachó primero y, mirándolo directo a los ojos, habló con una calma impropia del caos.

—No mires abajo.

Alex obedeció.

Asintió sin hablar.

Respiraba fuerte, como si cada bocanada fuera una negociación con la muerte.

Vlad se arrodilló junto a él y le puso una mano firme en el hombro.

—(En ruso) Ты помнишь, как я рассказывал тебе о своей жене?—(¿Recuerdas cuando te hablé de mi esposa?) Alex tragó saliva y asintió.

—(En ruso) И о детях… тех, что сейчас в Испании.—(Y de mis hijos… los que ahora están en España.) —(En ruso) Да…—(Sí…) Vlad no apartó la mirada.

—(En ruso) Ты их увидишь.

Я тебе клянусь.—(Los vas a ver.

Te lo juro.) Alex tembló apenas.

—(En ruso) Всё будет хорошо.

Понял?

Хорошо.—(Todo va a estar bien.

¿Entendido?

Bien.) Lo levantó con cuidado.

La pierna de Alex chorreaba sangre sin pudor, roja y espesa, pero él no la sentía.

Caminaba sostenido por palabras y promesas.

Angel buscó alrededor.

Estaban cerca de lo que alguna vez fue una clínica.

Entre restos encontró una funda grande de plástico, gruesa, industrial.

La arrancó de un tirón.

Se arrodilló frente a Alex.

—Va a doler después —dijo bajo—.

Ahora no pienses en eso.

Enrolló el plástico con fuerza alrededor del muslo, apretando hasta que sus dedos protestaron.

No era un torniquete perfecto.

No era correcto.

Pero hacía algo.

Detenía un poco la hemorragia.

Eso bastaba.

Ajustó una última vez y levantó la vista.

—Listo… —murmuró—.

No es mucho, pero te mantiene aquí.

Alex respiró hondo.

Asintió.

A lo lejos, entre el metal cortado y los muros caídos, volvió a escucharse esa risa.

Grave.

Paciente.

La risa no terminó.Explotó.

El punto exacto de donde venía se abrió como una herida y todo salió despedido.

Concreto, metal, polvo hirviendo.

Una piedra del tamaño de un torso cruzó el aire y golpeó el pecho de Angel de lleno.

El impacto lo lanzó hacia atrás.

Rodó por el suelo, el aire escapándosele en seco, pero su piel aún estaba endurecida.

Si no lo hubiera estado, ese golpe lo habría partido en dos.

Aun así, el temblor le recorrió el cuerpo entero.

Angel se incorporó apoyando una rodilla.

Levantó la vista.

Todos lo vieron.

Pero Woods y Vlad lo reconocieron.

Y Woods, más que nadie.

El hombre avanzaba entre el polvo como si no existiera la gravedad.

Alto.

Demasiado.

Cerca de un metro noventa y dos.

Su blindaje era militar, sí, pero diseñado con una intención antigua: placas superpuestas, líneas duras, presencia de guerrero medieval más que de soldado moderno.

En su espalda, claro como una blasfemia, estaba grabado el símbolo de la familia Park.

La espada que llevaba no parecía una espada.Era un bloque gigantesco de metal sin filo, sostenido al revés: la punta apuntando hacia atrás, el mango dirigido al enemigo.

Como si no necesitara técnica.

Como si solo necesitara peso.

Magnus.

No su nombre real.Solo el que le permitían usar.

Su postura era exagerada, teatral.

Una mano extendida al frente, la otra sosteniendo la masa de metal.

Detrás de él, el E.C.O.

que los había acorralado se deshacía lentamente, evaporándose como humo maldito.

Al mismo tiempo, Angel sintió el cambio.

Las marcas doradas en sus brazos se apagaron.Desaparecieron.Como si nunca hubieran estado ahí.

Magnus habló.

—Terminado.

Nada más.

Angel, Vlad y Woods reaccionaron al instante, tensos, esperando otro estallido, otro ataque.

El cuerpo listo para el impacto que no llegó.

Porque no era un ataque.

Era una expresión.Corta.

Vacía.Impotente.

El silencio que siguió fue más pesado que la explosión.

Woods fue el primero en bajar un poco la guardia.

Tragó saliva.

Sus ojos no se apartaban de Magnus.

—…Mierda —murmuró.

Angel lo miró de reojo.

—¿Quién es?

—preguntó, con la voz aún áspera.

Woods respiró hondo, como si ese nombre le supiera mal en la boca.

—Magnus.

—Hizo una pausa—.

Soldado de élite de TRUMAN Company.

Vlad frunció el ceño.

—¿Clasificación?

Woods apretó los puños.

—Orca.

Eso bastó.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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