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El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 52

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Capítulo 52: Henry Jackman

CLANCK.

El sonido seco del bate cortó el aire como un disparo.

Henry salió corriendo.

Quince años. Las piernas ardiendo. El mundo, de pronto, más lento. No porque se detuviera… sino porque él iba adelante. Su don ya estaba despierto, bien despierto, afinado como una cuerda tensa: reacción pura, lectura instantánea, el cuerpo obedeciendo antes de que el pensamiento terminara de formarse.

La tierra del campo se levantó bajo sus zapatillas.

Segunda base.

El jugador ya tenía la bola. Lo estaba esperando. Sonrisa confiada. Movimiento ensayado.

Henry no frenó.

En el último segundo se inclinó, giró el torso, esquivó el guante por un margen ridículo y tocó la base con apenas un dedo. Nada más. Ni una uña de sobra.

Silencio.

Luego, gritos.

—¡NO LLEGÓ!—¡REVISION! ¡PIDO REVISIÓN!—¡ESO ES TRAMPA!

El umpire levantó las manos, tratando de calmar el campo, mientras el equipo contrario señalaba, protestaba, se deshacía en rabia.

Del otro lado, el dugout de Henry explotó.

Gritos. Cascos volando. Choques de manos. Alguien saltó la baranda. Celebraban como si no existiera mañana, como si el mundo se acabara ahí mismo, sobre esa base.

Era el Torneo Internacional de Ligas Pequeñas, en Estados Unidos. Gradas llenas. Banderas mezcladas. Idiomas cruzándose. Familias de pie con el corazón en la garganta.

Y sobre la entrada del estadio, justo al lado de los puestos de comida rápida, colgaba el cartel que todos ya conocían:

REGULACIÓN DE DONES — LIGA INFANTIL INTERNACIONAL Algunos dones son válidos. Otros no.

Debajo, voluntarios repartían formularios. Una hoja simple, casi absurda, donde se pedía declarar si el jugador poseía un don y, de ser así, cuál.

Henry había sido aprobado.

Familia Jackman.

Don: reacción acelerada.

Nada físico. Nada sobrenatural visible. No fuerza aumentada. No velocidad imposible. No alteración del entorno. Solo la capacidad de responder antes, de leer el juego un instante antes que los demás.

Legal.

Justo en el límite.

Mientras el árbitro hacía la señal definitiva —SAFE—, el estadio rugió. El jugador de segunda pateó la tierra con rabia. El entrenador contrario gritaba al cielo.

El polvo aún no se había asentado cuando el segunda base volvió a mirarlo.

Tenía la bola en la mano, la apretaba de más. El sudor le corría por la sien y no era solo por el sol.

—Oye —dijo, bajando la voz—. Eso que haces… no es justo.

Henry alzó una ceja, sin dejar de pisar la almohadilla blanca con la punta del pie.

—¿El qué?

—Tu don —escupió—. Reaccionas antes que todos. Eso es abuso, ¿sabes? Esto es béisbol, no una exhibición.

Henry giró un poco el casco, tranquilo, casi aburrido. Miró el guante. Miró la bola. Luego volvió a sus ojos.

—Solo tienen que tocarme —respondió—. Nada más. Se encogió de hombros.—No corro más rápido. No salto más alto. No rompo nada. Si me alcanzas… estoy fuera.

El segunda base apretó los dientes.

—Ya veremos —murmuró.

Y esa frase, lejos de enfriarlo, lo encendió. Se colocó mejor, bajó el centro de gravedad, como si hubiera encontrado un nuevo motivo para estar ahí.

El umpire levantó el brazo.

—¡Play!

En el plato estaba Ronny.

Ronny “Cabezota”.

—¡Vamos, Cabezota! —gritó alguien desde las gradas——¡Si la fallas te rapamos! —respondió otro, riendo.

Ronny escupió al suelo y sonrió de lado.

—Cállense —dijo sin mirarlos—. Esta va.

Primer lanzamiento.

—¡STRIKE!

—¡Vamos, Ronny! —gritó el dugout de los Jumbo Braids al unísono.

Segundo lanzamiento.

—¡STRIKE!

El pitcher sonrió. El catcher golpeó el guante, confiado. En las gradas, alguien empezó a silbar nervioso.

—¡Tranquilo! —gritó el entrenador—. ¡Respira!

Tercer lanzamiento.

—¡BALL!

Ronny giró el cuello, soltó el aire. Henry, desde segunda, inclinó el cuerpo hacia adelante, atento, leyendo cada microgesto del pitcher, cada tensión invisible.

—Esta es —murmuró alguien cerca del campo.

El estadio entero contuvo la respiración.

El brazo del pitcher bajó.

La bola salió.

CLANK.

El sonido fue perfecto. Redondo. Limpio. No hubo duda.

Durante un segundo, el mundo quedó suspendido.

Nadie corrió. Nadie gritó.

Luego Ronny levantó los brazos, riéndose como un loco.

—¡LA SAQUÉ! —gritó—. ¡LA SAQUÉ!

La bola pasó apenas después de la última pared del estadio. Un poco más baja y quedaba dentro. Un poco más corta y la atrapaban. Pero no.

El estadio estalló.

—¡JUMBO BRAIDS!—¡JUMBO BRAIDS!—¡JUMBO BRAIDS!

Henry salió disparado, tocó tercera, luego home, chocando manos, empujado por abrazos, risas, gritos en idiomas mezclados. Cascos volaron. Alguien tropezó. A nadie le importó.

El marcador se actualizó.

9 – 7.

—¡Ganamos! —gritó alguien llorando——¡Te dije que eran unos monstruos! —respondió otro.

Henry se apoyó un segundo en la baranda del dugout, respirando fuerte, el pecho subiendo y bajando como un tambor. Miró el campo. Las gradas. Los carteles. El formulario clavado cerca de la entrada, recordándole que su don era “válido”.

Por ahora.

Sonrió.

Horas después del partido, el pasillo vibra con un cansancio dulce. Risas lejanas, pasos arrastrados, puertas que se abren y se cierran como párpados pesados.

La puerta del baño se abre.

Sale una chica bastante bonita.El cabello revuelto, todavía húmedo en las puntas, como si hubiera pasado las manos por él demasiadas veces. Camina un poco coja, apenas perceptible, más gesto que herida. Se detiene un segundo, apoya la espalda en la pared, respira… y sonríe, satisfecha, tranquila. Luego se recompone y se pierde por el pasillo sin mirar atrás.

Un par de segundos después, entra Henry.

El baño está casi vacío. Luces blancas, espejo cansado, olor a cloro y a sudor seco. Y ahí está él: un tipo ya de veintitantos, gorra ladeada, móvil en mano. Blackout.Henry no recuerda su edad exacta, pero el nombre se le clava fácil. En el juego siempre fue así: ruido, presencia, exceso.

—¡Henry! —dice Blackout apenas lo ve—. ¡Loco, por fin! ¿Tú sabes el PARTIDAZO que se tiraron?

Henry asiente con una sonrisa corta.—Eh… ¿qué dices, viejo?

—¿Que qué digo? —Blackout se ríe y se acerca—. Que tú estabas volando. Y el cabezota… no, no, ese tipo era un muro. Un muro con mala intención.

Le pasa el brazo por el hombro con confianza exagerada, como si el tiempo no hubiera pasado.Henry, sin brusquedad, le baja el brazo y niega con la cabeza, aún sonriendo.

—Nah, no es para tanto. Fue un buen día, ya.

—¡Siempre dices lo mismo! —responde Blackout—. Esa humildad tuya es ilegal.

Henry entra al cubículo mientras Blackout sigue hablando, ya de espaldas, mirando el espejo. El sonido del cierre acompaña la charla.

—En serio, bro, cuando te vi hacer esa jugada al final dije: “ya, se acabó”. Hasta el público se quedó mudo.

Desde dentro, Henry responde con voz calmada:—Tú exageras todo.

—¡Porque la vida hay que exagerarla! —dice Blackout, levantando el móvil—. Mira esto.

Se toma una foto. Flash.Otra más. Cambia el ángulo.—No, esta no… me veo raro. Espera.

Henry sale del cubículo mientras Blackout sigue posando. Se acerca al lavamanos, abre el grifo. El agua cae.

—¿Tú no te cansas de hablarte a ti mismo? —pregunta Henry, sin mirarlo.

—Hablarme no, escucharme sí —responde Blackout riéndose—. Además, alguien tiene que documentar la gloria.

—Ajá.

Henry se lava las manos despacio. El agua fría le baja por los dedos. Mira el espejo, pero no se queda en su reflejo. Blackout se apoya a su lado.

—Oye, fuera de broma —dice, bajando un poco el tono—. Jugaste limpio. Bien. De verdad.

Henry cierra el grifo. Se sacude las manos.—Gracias.

Se miran un segundo. No hace falta más.

Blackout vuelve a levantar el móvil.—Ahora sí, esta es la buena.

Flash

Lejos de todo eso, lejos del ruido y del eco del estadio, Henry llega a la escuela en un taxi cansado, con la cabeza apoyada contra la ventana y la ciudad deslizándose como un sueño mal enfocado. Las luces pasan, parpadean, mueren. No habló mucho durante el trayecto. No tenía energía para compartir nada más. El partido ya había tomado todo lo que podía darle esa noche.

El taxi se detiene.Paga. Baja. El aire nocturno le muerde un poco la piel.

El edificio del dormitorio lo recibe en silencio, como si también estuviera dormido. Es tarde. Muy tarde. Y aun así, Henry es el primero en llegar. Los demás no están. Algunos celebrando, otros perdiéndose en historias que mañana sonarán exageradas.

Él no.

Camina por el pasillo con pasos suaves. Abre su habitación. Cierra sin ruido.

Lo primero: los zapatos.Fuera. Al suelo.Después la ropa, sin ceremonia, sin apuro. No hay nadie mirando. No hay nada que demostrar.

Antes de entrar al baño, se detiene frente al espejo.

Ahí está.

Se observa con calma, casi con respeto. Ajusta un poco el cabello, revisa su rostro, la línea de la mandíbula, la piel cansada pero firme. Cuida su estética como quien afila un arma que no piensa usar hoy.

Y luego, los ojos.

Siempre los ojos.

Gracias a su don, están más abiertos de lo que deberían, las pupilas dilatadas incluso en la luz blanca del cuarto. Hay un brillo extraño ahí, más intenso que el promedio, más profundo. No es solo luz: es intención. Una mirada fija, clavada, que podría incomodar a cualquiera. Amenazante sin necesidad de gestos.

Henry inclina un poco la cabeza, probando ángulos, estudiándose.Le gusta lo que ve.

Le gusta esa mirada que no parpadea primero.Le gusta saber que, sin decir nada, ya intimida.

Esboza una sonrisa mínima, casi invisible, y entonces sí, entra al baño.El agua corre.

Ahí, bajo el agua tibia, es cuando la cabeza empieza a disparar en todas direcciones.

Henry apoya la frente contra los azulejos y deja que el vapor le nuble un poco la vista.

—Mañana… español —murmura—. La redacción sigue en blanco.

Suspira. Luego cambia de carril sin pedir permiso.

—Y historia… joder, historia.

El agua golpea su espalda mientras piensa en el examen. En los nombres que pesan más que otros. En los archivos incompletos, en las fechas borrosas.

—Miller… Woods… ¿por qué siempre ustedes? —se dice, como si los apellidos pudieran escucharlo.

Sale del baño unos minutos después, el cabello húmedo, la mente todavía girando. Se pone algo cómodo sin pensarlo demasiado: la sudadera amarilla, el rojo gritándole en el pecho “Closeness”. Le encanta esa marca. No sabe bien por qué. Tal vez porque suena a algo que casi nunca tiene tiempo de sentir.

Se sienta en su lado del dormitorio, justo al lado del espacio de Mirla. Su parte está más ordenada, más precisa. Abre la mochila, saca los cuadernos, uno por uno, hasta llegar al de historia. Lo deja sobre la mesa como si fuera un animal dormido que puede morder en cualquier momento.

Lo abre.

—A ver… —dice en voz baja—. Estados Unidos, siglo XX, aparición pública de los dones…

Empieza a leer, pero termina hablando solo.

—Antes del 1910 los dones eran rumores. Milagros aislados. Gente “con suerte”. Nada documentado.

Pasa la hoja.

—Primera confirmación oficial: 1917. Soldados en la Primera Guerra Mundial que reaccionaban antes de los disparos, que no sangraban como los demás, que veían a través del humo.

Se detiene, piensa.

—Y claro… el gobierno lo tapó todo. “Casos de adrenalina extrema”, dijeron.

Otra página.

—Década del 40. Segunda Guerra Mundial. Ahí ya no pudieron esconderlo. Los dones se vuelven estratégicos.

Se inclina hacia el cuaderno.

—1945… fundación de los primeros grupos privados de defensa con personas dotadas. Prototipos de armaduras reforzadas, armas absurdamente grandes porque algunos podían levantarlas sin problema.

Hace una mueca.

—Y ahí entra Truman Company… no como empresa todavía, sino como contratista experimental.

Escribe un poco, luego vuelve a hablar.

—Usaban exotrajes primitivos, cables, placas de acero soldadas a mano. Nada elegante. Pura brutalidad industrial. Los dones suplían lo que la tecnología aún no podía.

Pasa otra hoja.

—Años 60. Guerra Fría. Truman Company se formaliza. Empiezan las clasificaciones internas… Orca, Raven, Hound… Los cuales… ¿que?… ah, ya me acuerdo, ahora se le conocen como Limpiadores, Leones y Orcas… bueno, a mi me parece que sus clasificaciones anteriores eran mas geniales.

Se queda quieto un segundo.

—Y los Woods… aparecen en documentos desclasificados del 71. Operaciones que oficialmente “no ocurrieron”. Regiones borradas del mapa. Testigos que nunca hablaron.

Cierra el cuaderno un poco, frustrado.

—Y los Miller… siempre ligados a reconstrucciones, a limpiar desastres causados por dones fuera de control.

Se reclina en la silla, mira el techo.

—Historia “normal”, dicen. —ríe por lo bajo—. Normal mis huevos.

La puerta del piso se abre con un clic seco, sin ceremonia. Pasos conocidos.Henry no levanta la vista de inmediato.

—¿Sigues vivo o ya te absorbió historia? —dice una voz desde la entrada.

Henry alza los ojos y se encuentra con Kara Díaz apoyada en el marco de la puerta. Mochila colgándole de un hombro, ojeras suaves, esa energía cansada que no se apaga nunca. Se pasó una mano por el pelo lacio, castaño claro, perfectamente cuidado aun cuando todo en ella dice llegué tarde. El uniforme escolar la delata sin pedir permiso: familia Park, sin vueltas. Anillos finos, collares discretos, camiseta simple y pantalón oscuro, ajustado lo justo. Brillo en los labios, nada más.

—Estoy repasando —responde Henry, señalando el cuaderno abierto—. Siento que hay algo importante y no logro acordarme qué.

Kara deja la mochila en el suelo y camina hasta su lado del dormitorio, tirándose en la silla como si el cuerpo ya no diera más.

—Examen —dice, corta, como si soltara una verdad inevitable—. Historia. Dentro de nada.

Henry hace una mueca.

—Sabía. Lo sabía. Mi cerebro lo estaba escondiendo a propósito.

—Y hace bien —responde ella, estirando las piernas—. Ni yo le pongo atención y eso que debería. Somos unos vagos profesionales.

Henry suelta una risa nasal mientras pasa la hoja del cuaderno.

—Oye, pero en serio… —dice—. Todo esto de las familias fundadoras, los dones, Truman Company… siento que algo no cuadra.

Kara gira un poco la silla para mirarlo.

—Nada cuadra —dice—. Estados Unidos ya era raro antes de los dones. Después solo se volvió más honesto con su caos.

Henry lee en voz alta, medio hablando consigo mismo:

—“A finales del siglo XIX, durante la expansión industrial, comenzaron a registrarse los primeros dones menores…” —se detiene—. Menores, dicen. Reacción rápida, percepción aumentada, resistencia al estrés…

—Ajá —responde Kara—. Y justo ahí entra Truman Company. Seguridad privada primero, luego contratos militares, luego… bueno, ya sabes.

—Armas diseñadas para dones —añade Henry—. Equipamiento adaptativo. Blindajes que no limitaban habilidades. Eso fue durante las Guerras de Reorganización, ¿no?

—Sí —dice Kara, rascándose la ceja—. Cuando el gobierno se dio cuenta de que no podía fingir que los dones eran “casos aislados”.

Henry asiente, escribiendo algo rápido.

—Y las familias grandes… Miller, Woods, Park… —murmura—. Influencia política, económica, militar. Todo mezclado.

Kara sonríe de lado.

—Bienvenido a la historia moderna —dice—. Donde nadie es solo lo que dice ser.

Henry la mira un segundo, luego vuelve al cuaderno.

—¿Sabes qué es lo peor?

—¿Qué?

—Que mañana igual voy a estudiar a última hora.

—Obvio —responde Kara—. Tradición académica.

Se hace un silencio cómodo. Solo el sonido de las hojas, el bolígrafo, el aire nocturno colándose por la ventana. Kara se inclina hacia atrás, mirando el techo.

Kara está tirada en el sofá como si fuera suyo desde siempre, las piernas dobladas, la cabeza apoyada en un cojín viejo. Frente a ella, el televisor: demasiado grande para un dormitorio escolar, demasiado obvio para no meterse en problemas si algún profesor curioso decide pasar lista con los ojos. Debajo, una consola llena de polvo honesto —polvo de uso— y, al costado, ese adorno absurdo: un objeto largo, exagerado, completamente fuera de lugar, comprado solo porque daba risa. Nadie lo toma en serio. Es un chiste permanente, de esos que ya ni se explican.

Kara desbloquea el celular. Desliza. Lee. Se queda quieta unos segundos… y de pronto se ríe.

No una risa fuerte. Una risa corta, sincera, de aire que se escapa por la nariz.

Henry cierra el cuaderno de historia de golpe.

—No entiendo nada —dice, dejándose caer hacia atrás en la silla—. Nada. Es como si todo estuviera escrito para que lo aceptes y ya, pero si lo piensas dos segundos… no tiene sentido.

Levanta las manos, hace un gesto al aire, como si discutiera con alguien invisible.

—O sea, ¿cómo confirmas algo que parece imposible desde adentro? ¿Cómo sabes que pasó así y no de otra forma?

Silencio. Respira. Se pasa la mano por el pelo.

—Da igual —murmura—. Ya fue.

Mira hacia Kara.

—Oye… —dice—. ¿Y Lion? ¿Cómo anda?

Kara no levanta la vista del celular de inmediato. La risa se le apaga sola, sin drama. Luego bloquea la pantalla y la deja sobre el pecho.

—Rompimos.

Henry parpadea.

—Ah.

—Ajá.

—¿Hace mucho?

—Un par de días.

—¿Y… estás bien?

Kara se encoge de hombros, mirando al techo.

—Sí. Supongo. —Hace una pausa—. Era eso o seguir fingiendo que todo estaba bien.

Henry asiente despacio.

—Tiene sentido.

—Sí —dice ella—. A veces las cosas se terminan y ya.

Vuelve a tomar el celular, como si nada. Henry gira la silla un poco, mira el cuaderno cerrado, luego el televisor apagado, luego el techo.

—Oye —dice—. Mañana igual voy a reprobar historia.

Kara sonríe apenas.

—Obvio. Yo también.

Henry rompe el silencio sin pensarlo demasiado, como quien tira una piedra al agua solo para ver las ondas.

—Oye… ¿jugamos algo? —dice—. Lo que sea. Cooperativo. Algo que no implique pensar.

Kara gira la cabeza hacia él, medio sonrisa, medio cansancio.

—Sí, por favor —responde—. Cualquier cosa que me quite a Lion y la tarea de la cabeza.

Henry se levanta, prende la consola. El televisor parpadea, tarda un segundo de más en reaccionar, como si también estuviera cansado. Kara se incorpora en el sofá, se sienta con las piernas cruzadas.

—Nada competitivo —añade ella—. Hoy no tengo energía para pelear.

—Hecho —dice Henry—. Si perdemos, perdemos juntos.

Se pasan los controles. El menú del juego suena, colores simples, música ligera. No hablan mucho al principio. Solo instrucciones sueltas.

—Cubro por la izquierda.—Espera, espera… ahí.—No corras solo, idiota.

Ríen cuando algo sale mal. Una risa corta, sin peso. El juego cumple su función: ocupa el espacio que antes estaba lleno de pensamientos inútiles.

A varios kilómetros de ahí, en una cafetería todavía ruidosa por el post-partido, dos figuras ocupan una mesa cerca de la ventana.

Lucien Crow está inclinado sobre un vaso de refresco, jugando con el hielo con la pajilla. Tiene ese aire de chico que siempre parece estar pensando en algo, incluso cuando no hace nada. Pelo corto, negro, ropa simple pero bien combinada. Familia Park. Analítico, atento, tranquilo. Cuando alguien lo conoce, se da cuenta rápido de que es buena gente. Antes de eso, parece inaccesible.

—Te digo que Henry se fue sin despedirse —dice Lucien—. Siempre hace eso cuando está cansado.

Frente a él, Rowan Holloway se ríe mientras se termina unas papas fritas. Chaleco oscuro, camiseta debajo, abrigo doblado en la silla. Piercing en la ceja que atrapa la luz cada vez que mueve la cabeza. Bigote y barba recortados con ese estilo entre descuidado y calculado. Demasiado cómodo en cualquier lugar.

—Clásico Henry —responde—. Juega como un dios y desaparece como un fantasma.

—Igual ganó gracias a Ronny —dice Lucien—. Ese batazo fue absurdo.

—“Cabezota” vive para esos momentos —dice Rowan—. Si no fuera así, nadie lo soportaría.

Lucien sonríe, baja la mirada al vaso.

—¿Crees que esté bien? —pregunta—. Últimamente anda raro.

Rowan se encoge de hombros.

—Henry siempre anda raro. Es su estado base. —Hace una pausa—. Pero no, no creo que esté mal. Solo cansado. Mucho ruido, mucha expectativa.

Lucien asiente, como si eso cerrara el tema.

—Mañana hay clases temprano —dice—. Historia.

Rowan hace una mueca exagerada.

—La peor materia inventada por el ser humano.

—Examen pronto —añade Lucien.

—Genial —dice Rowan, levantándose—. Otra razón más para odiar el sistema educativo.

Pagan, salen de la cafetería, el aire nocturno les pega en la cara. No hablan del partido otra vez. No hace falta.

Frente a Rowan y Lucien, dos muchachos discuten sin pudor, sin bajar la voz, como si el mundo alrededor fuese solo ruido de fondo.

—Te digo que si no optimizas la rotación en turno tres, estás muerto —dice uno, gesticulando con la cuchara—. El cooldown te mata.

—No, no, no —responde el otro—. Eso era antes del parche. Ahora si usas el artefacto temprano, te ahorras medio infierno.

Lucien los mira de reojo. No por molestia, más bien por curiosidad. Rowan lo nota de inmediato y gira la cabeza también, apoyando un codo en la mesa.

—Oigan —dice Rowan, sin filtro—. ¿De qué juego están hablando?

Los dos chicos se quedan en silencio un segundo. Se miran entre ellos, como evaluando si vale la pena responder.

—¿Artherfall Size? —dice el primero—. ¿Lo conoces?

Rowan sonríe, ya confiado.

—Depende. ¿Qué Artherfall? ¿El pre-rework o el post-expansión?

Lucien levanta una ceja, interesado.

—Post —responde el segundo—. El de turnos. MMO, mundo abierto. Gráficos enfermos.

Rowan abre la boca para responder… y se queda a medio camino.

—Ah… —dice—. No. Nada que ver. Yo iba a hablar de un indie rarísimo, pixelado, sin HUD, donde eres un faro consciente—

—No —interrumpe el primero—. Definitivamente no es eso.

Lucien suelta una risa corta, casi silenciosa.

—Igual suena interesante —dice, amable—. Yo soy Lucien.

—Rowan —añade el otro, señalándose con el pulgar.

Los chicos asienten.

—Mylo —dice uno, señalando al otro—.—Sebastian —responde el segundo.

No dan apellidos. No explican más. Como si no hiciera falta.

Una señorita joven aparece junto a la mesa, interrumpiendo el momento con una sonrisa automática.

—Batida de banana —dice, dejando dos vasos altos frente a Mylo y Sebastian—. Extra espesa, como pidieron.

—Perfecto —dice Mylo—. Gracias.

Sebastian ya está metiendo la pajilla antes de que ella se vaya.

—Las mejores —añade—. Siempre.

Rowan los observa un segundo más, curioso, luego se encoge de hombros.

—Bueno —dice—. No coincidimos en juegos, pero al menos coincidimos en buen gusto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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