El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 53
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Capítulo 53: Henry Jackman – Parte 2
Mientras sorben la batida, Rowan apoya la espalda en la silla y mira a Lucien de reojo.
—¿Vas a sobrevivir solo con eso? —le pregunta, señalando el vaso.
Lucien niega despacio.
—Con suerte llego a la mitad de la noche. Tráeme algo de beber, aunque sea. Agua, jugo, lo que sea que no sea azúcar pura.
Rowan asiente, mete la mano en el bolsillo y Lucien le pasa unos billetes doblados sin ceremonia.
—Y cómprate algo tú también —añade Lucien—. No seas mártir.
—Siempre soy mártir, pero hoy acepto donaciones —responde Rowan, levantándose.
Se queda un segundo más, apoyado en la mesa.
—No me roben el lugar —dice, mirando a Mylo y Sebastian.
—Ni que fuera tan bueno —contesta Sebastian, sonriendo.
Rowan se aleja hacia el bar del restaurante. El lugar huele a fritura reciente y café viejo. El mostrador está lleno de carteles escritos a mano, algunos torcidos, otros manchados.
—Ey —dice Rowan a la chica del mostrador—. Dame algo que llene, pero que no me mande a dormir.
Ella sonríe, ya acostumbrada a ese tipo de pedidos.
—Tenemos el Steel Burger: pan tostado, carne gruesa, queso fundido, cebolla caramelizada y una salsa picante suave.
—También el Combo Atlas: papas especiadas, nuggets crujientes y un wrap de pollo con vegetales.
—O si quieres algo más ligero, el Sandwich Orion: pavo, queso ahumado, lechuga fresca y pan de semillas.
Rowan piensa medio segundo.
—El Steel Burger… y un jugo grande. Para la mesa también, algo de beber, lo que tengas frío.
—¿Número de mesa?
—La doce.
Ella anota rápido y le hace una seña afirmativa.
—Te lo llevamos cuando esté listo.
Rowan se da vuelta, guardando el cambio, y es ahí cuando lo ve.
Un chico con alas.
No enormes. No desplegadas. Solo… ahí. Blancas, limpias, casi fuera de lugar. Debe tener catorce, quince años como mucho. Pelo ondulado, bien cuidado. Cara suave, demasiado tranquila, como esas imágenes antiguas de ángeles pintados por gente que nunca vio uno de verdad.
Rowan frunce apenas el ceño.
No sabe por qué, pero algo no encaja. No es miedo. No es rechazo. Es esa sensación incómoda de mirar algo que existe, pero no debería estar ahí, al menos no así.
—Raro… —murmura para sí.
El chico no lo mira. No hace nada extraño. Simplemente está ahí.
Reduce el paso apenas. No se detiene, pero algo le incomoda, como una sensación fuera de lugar. El chico está de pie junto a una mujer muy alta y musculosa, vestida completamente de negro. A su lado hay un hombre con ropa holgada, postura relajada, hablando con calma.
—Te digo que el viaje se puede adelantar —dice el hombre—. Así no pierdes clases.
—No es eso —responde la mujer, con voz firme pero suave—. Quiero que coma bien antes.
El chico con alas no interviene. Saca su teléfono y lo mira sin demasiado interés. Rowan no sabe por qué, pero no puede apartar la vista de él. No son solo las alas. Hay algo extraño, casi incómodo, en lo normal que parece.
El chico levanta la mirada. La mujer se agacha con naturalidad y le toma el rostro con una mano grande.
—¿Estás bien? —pregunta.
Él asiente.
—Luego te compro algo dulce —añade ella, sonriendo levemente.
Le desordena el cabello. Aun así, el chico sigue viéndose ordenado.
—Vamos —dice el hombre—. Se va a enfriar la comida.
Los tres comienzan a alejarse. Rowan nota entonces que no es el único observándolos. Varias personas en el local siguen a la familia con la mirada. Murmullos bajos, curiosidad mal disimulada.
Rowan frunce el ceño y camina de regreso a la mesa.
Lucien levanta la vista al verlo llegar sin nada en las manos.
—¿Y la comida?
—La están preparando —responde Rowan, sentándose—. Tardará un poco.
Mylo y Sebastian continúan con sus batidas de banana. Mylo baja la voz.
—¿Vieron al chico con alas?
Sebastian tarda un segundo.
—Sí.
—¿Y? —pregunta Rowan.
—Nada —dice Sebastian—. Es una buena persona.
Mylo lo mira, intrigado.
—Eso suena definitivo.
—Lo es.
Lucien se inclina hacia adelante.
—No dices eso tan seguido.
Sebastian sonríe apenas.
—No.
Mylo gira la pajilla entre los dedos.
—Tiene cara de que no te juzga, sin importar lo que seas.
Rowan suelta una risa breve.
—Eso fue bastante específico.
—Es lo que se siente —responde Mylo—. No sé explicarlo.
Lucien asiente con calma.
—Hay personas que entran a un lugar y no hacen ruido, pero el ambiente cambia igual.
Rowan apoya la espalda en la silla.
—Sí… como si todo se tranquilizara un poco.
Sebastian guarda silencio y mira hacia donde la familia ya no está.
—Es raro —añade Mylo—. Alguien así… y aun así parece normal.
—Lo es —dice Sebastian—. Dentro de lo posible.
Desde el mostrador se escucha el timbre que anuncia pedidos en preparación. El murmullo del local sigue su curso, indiferente.
Mientras tanto, en el dormitorio—tan grande que parecía una casa mal diseñada—Henry Jackman y Kara seguían frente a la pantalla.
—¡Listo! —dijo Henry, soltando el control—. Nivel 63. Por fin.
En la televisión apareció el mensaje de victoria de Brocoop, con música triunfal exagerada para un juego que a Henry le había costado apenas cinco dólares.
—No puede ser… —Kara dejó caer la cabeza hacia atrás—. Ese nivel era ilegal. Totalmente ilegal.
—Admite que sin mí no lo pasabas —respondió Henry con una sonrisa cansada—. Ese láser del final era una trampa.
Kara lo miró de reojo. Luego sonrió.Esa sonrisa nunca significaba nada bueno.
—¿Sabes qué? No. No lo admito.
Se levantó de un salto y tomó un objeto grueso, largo y ligeramente curvado que estaba por ahí tirado, claramente fuera de lugar incluso para ese cuarto.
—Kara… —Henry se incorporó de inmediato—. Kara, no.
—Corre —dijo ella, con voz dulce y peligrosa—. Corre ahora.
Henry no lo pensó dos veces. Saltó del sofá justo cuando Kara lanzó el primer intento fallido de alcanzarlo.
—¡Eso es asqueroso! —gritó Henry mientras esquivaba—. ¡Guarda esa cosa!
—¡Jamás! —respondió ella, riéndose.
Kara extendió la mano derecha y activó su don. Un tubo de metal liviano salió disparado desde una esquina del cuarto… y en el camino le dio directo en la espalda a Henry.
—¡Auch! —Henry perdió el equilibrio y cayó de frente sobre la alfombra—. ¡Oye!
Antes de que pudiera reaccionar, Kara ya estaba encima de él, inmovilizándolo con una facilidad insultante. El objeto seguía en su mano, levantado como si fuera un arma legendaria.
Lo miró con una sonrisa completamente maniática.
—Ahora… —dijo despacio— A COMER.
—¡NO, NO, NO! —Henry activó su don al límite, moviendo la cabeza justo a tiempo—. ¡Eso no es gracioso, Kara!
—¡Claro que lo es!
Henry logró rodar hasta quedar boca arriba, respirando como si hubiera corrido un maratón.
—Nunca —dijo entre risas—, nunca vuelvo a jugar cooperativo contigo.
—Mentiroso —respondió Kara desde el suelo—. En diez minutos vas a decir “una ronda más”.
Henry se sentó, apoyando la espalda en la cama.
—Ese juego me costó cinco dólares y mi dignidad.
Kara se incorporó lentamente… todavía con el objeto en la mano.
Henry la vio.Se congeló.
—No. No otra vez.
—Tranquilo —dijo ella, levantando la mano en señal de paz—. Ya terminó la guerra.
Henry dudó.
—¿De verdad?
—De verdad.
Él se relajó… exactamente dos segundos.
Kara lanzó el objeto hacia arriba como si fuera una broma inocente. Henry gritó y activó su don por reflejo, moviéndose tan rápido que chocó con una silla, la silla con una mesa, y la mesa con una lámpara.
CRASH.
Silencio.
Ambos se quedaron mirando el desastre.
—… —Henry parpadeó—. Eso no fue mi culpa.
—Fue totalmente tu culpa —respondió Kara, señalando el suelo—. Activaste tu don por pánico.
—¡PORQUE ME ATACAS CON COSAS RARAS!
Kara se levantó y caminó entre los restos como si nada.
—Exagerado. Además, mírate —lo observó de arriba abajo—. Sigues vivo. Dramático.
Henry se puso de pie, cruzándose de brazos.
—Te recuerdo que tú me tiraste un tubo de metal.
—Accidente táctico.
—Me sentaste encima.
—Ventaja estratégica.
—Y gritaste “a comer”.
Kara sonrió, orgullosa.
—Icono del terror psicológico.
Henry se pasó una mano por el pelo, suspirando.
—Este cuarto parece zona de guerra.
—Pero pasamos el nivel 63.
Henry levantó la mirada hacia la pantalla.El mensaje seguía ahí, brillando.
—… Valió la pena —admitió.
Kara se dejó caer otra vez en el sofá.
—Lo sabía.
Henry fue a sentarse también, pero justo cuando lo hizo, Kara le lanzó un cojín directo a la cara.
—¡EH!
—Ronda de desempate —dijo ella—. Perdedor recoge todo esto.
Henry tomó el cojín y lo miró como si fuera un arma peligrosa.
—Kara…
—Henry…
Se quedaron quietos un segundo.
Luego, el cuarto explotó en una guerra absurda de cojines, risas, tropiezos y amenazas vacías.
—¡Eso fue bajo!
—¡Tú empezaste!
—¡Estoy rodeado de traiciones!
—¡Acepta tu destino!
En algún punto, Henry terminó en el suelo otra vez, Kara riéndose sin aire, el dormitorio hecho un desastre total.
Henry miró el techo.
—Cuando alguien entre aquí… no vamos a tener explicación.
Kara, todavía riendo, respondió:
—Decimos que fue entrenamiento.
—¿Entrenamiento de qué?
Ella lo miró.
—Que se yo, invéntate algo tu.
Henry cerró los ojos.
—… Me vas a ayudar oíste?.
Ambos quedaron de pie entre los restos del dormitorio, respirando todavía agitados por la guerra de cojines. El silencio se estiró incómodo.
—Bueno… —dijo Henry, rascándose la nuca—. Supongo que ahora podemos hablar como personas normales.
Kara cruzó los brazos, apoyándose en el respaldo del sofá ladeado.
—¿Hablar de qué? ¿De cómo casi destruyes una lámpara con tu don?
—Eso fue autodefensa emocional.
—Ajá.
Iban a seguir, pero entonces ocurrió.
Una explosión brutal, seca, antinatural.No fue solo un sonido: fue una presión que atravesó las paredes, el piso, los huesos. Un zumbido inhumano, grave y prolongado, vibró como si el aire estuviera vivo.
Todo el dormitorio tembló.
Las luces parpadearon, se apagaron, volvieron a encenderse.
Silencio absoluto.
Henry parpadeó.
—… ¿Un terremoto? —dijo—. ¿O dejaste caer ese objeto otra vez?
Kara soltó una risa nerviosa, demasiado rápida.
—Oye, eso no pesa tanto como para hacer…—
No terminó la frase.
El suelo empezó a sacudirse de verdad.
—¡AHORA SÍ! —gritó Henry—. ¡AHORA SÍ ES UN TERREMOTO!
El edificio crujió. Se escucharon golpes lejanos, alarmas activándose, algo cayendo en otro piso.
—¡FUERA, FUERA, FUERA! —gritó Kara.
Salieron corriendo sin mirar atrás. Henry casi se resbala con una alfombra, Kara lo jaló del brazo, ambos bajaron las escaleras a toda velocidad mientras el sonido de cosas moviéndose llenaba el aire.
—¡SI SOBREVIVIMOS A ESTO, TE PROHÍBO JUGAR COOPERATIVOS! —gritó Henry.
—¡CÁLLATE Y CORRE!
Salieron del edificio de dormitorios…y se detuvieron en seco.
Todo estaba intacto.
Ni grietas.Ni columnas caídas.Ni ventanas rotas.
El campus estaba lleno de estudiantes confundidos, mirando al cielo.
Henry y Kara levantaron la vista.
Allá arriba, entre las nubes, un rayo de luz se desvanecía lentamente, como una cicatriz luminosa cerrándose. Debajo, algo oscuro cruzó el cielo y desapareció antes de que pudieran distinguir su forma.
No era un avión.No era nada normal.
Henry tragó saliva.
—… ¿Viste eso?
—Sí —respondió Kara en voz baja—. Y no me gustó nada.
El temblor cesó por completo.
Sirenas lejanas comenzaron a escucharse.
Henry miró de reojo el edificio… luego recordó el estado del dormitorio.
—Bueno —dijo, intentando sonar tranquilo—, al menos tenemos con qué justificar el desastre, ¿no?
Kara lo miró.
—Henry—
—Mejor me callo.
Ambos siguieron mirando el cielo, con esa sensación incómoda de que algo había cambiado… aunque el mundo fingiera que no.
La camarera regresaba con la bandeja, equilibrando vasos y platos humeantes.
—Aquí tienen— alcanzó a decir.
No llegó a apoyar nada.
El estallido sacudió el café como si alguien hubiera golpeado el edificio con un martillo invisible. Un rugido grave atravesó el aire y el suelo se levantó bajo las mesas. Gritos. Sillas volcándose. Vidrios vibrando como si fueran a estallar.
—¿QUÉ DEMONIOS FUE ESO? —gritó Rowan, agarrándose del borde de la mesa cuando todo tembló.
Las luces se apagaron de golpe.
Oscuridad.
Solo quedaba el resplandor azulado que entraba por los ventanales, ese rayo extraño cortando el cielo como una herida abierta. Sombras moviéndose. Personas corriendo a ciegas.
—¡Lucien! —Rowan tanteó el aire—. ¡Lucien, no veo nada!
—Estoy aquí —respondió Lucien, respirando rápido pero firme—. Mantén la voz, no te muevas solo.
Algo cayó cerca. Escombros. Un grito ahogado al fondo del local.
—Esto no es un temblor normal —dijo Rowan—. Esto es… esto es otra cosa.
—Lo sé —Lucien miraba alrededor, memorizando rutas incluso en la penumbra—. Escaleras a la izquierda… no, olvídalo.
Un crujido seco. El sonido de concreto rompiéndose.
—Las escaleras colapsaron —dijo Lucien, sin levantar la voz—. No sirven.
—Perfecto —Rowan rió nervioso—. Justo perfecto.
Entre el caos, Rowan alcanzó a ver movimiento cerca de los ventanales. La mujer musculosa avanzaba con decisión, abriéndose paso entre la gente, señalando con el brazo.
—¡POR AQUÍ! —se escuchó su voz, firme, autoritaria.
El hombre de ropa holgada ya estaba con ella. El chico de alas los seguía, claramente alterado, mirando atrás solo un segundo antes de obedecer.
—¡Vamos, Ángel! —ordenó la mujer.
Corrieron.
Un estruendo. El vidrio estalló hacia afuera y los tres saltaron sin dudar. El aire frío entró de golpe al café.
—¿Viste eso? —dijo Rowan, con la voz quebrada—. ¿La familia con el chico con alas?
—Luego procesamos eso —respondió Lucien—. Ahora salimos.
Otro temblor. El techo gimió como si fuera a ceder.
—¡No hay más salidas! —gritó Rowan—. ¡No hay nada!
Lucien miró alrededor una última vez. Oscuridad total detrás. Escombros. Gente atrapada. El rayo iluminando todo desde afuera.
—La ventana —dijo—. Es la única.
—¿Saltamos desde ahí?
—¿Ves otra opción?
No hubo tiempo para discutir.
Corrieron esquivando mesas, pisando vidrio, sintiendo cómo el piso se inclinaba bajo sus pies. El calor del exterior chocó con el aire cargado del café.
—¡Lucien, SI MORIMOS TE VOY A RECLAMAR ESTO! —gritó Rowan.
—¡SALTA!
Saltaron.
Rodaron fuera del edificio justo cuando detrás de ellos una parte del interior cedía, levantando polvo y ruido. El café no colapsó por completo, pero quedó herido, doblado, como si hubiera envejecido diez años en segundos.
Ambos quedaron de rodillas, jadeando.
Frente a ellos, el rayo de luz seguía desvaneciéndose en el cielo nocturno, lento, antinatural. Alrededor, la gente salía de otros edificios, señalando, gritando, llamando a alguien por teléfono.
Rowan se pasó una mano por la cara.
El rayo seguía ahí, demasiado brillante, clavado en el cielo como un error que nadie había autorizado. Lucien entrecerró los ojos por instinto, más por reflejo que por valentía. El mundo parecía lavado en blanco y azul.
Y entonces lo vio.
No fue claro, no fue limpio, pero fue real.
Desde el centro de esa luz, desde la órbita misma del rayo, emergió algo. No una forma completa. No un cuerpo.Un dedo.
Enorme. Desproporcionado. Como si perteneciera a algo que no debía asomarse a este lado del cielo. La punta estaba marcada con tatuajes oscuros, símbolos que no se quedaban quietos, que parecían torcerse con la luz. El dedo salió apenas lo suficiente para existir… y luego desapareció, replegándose junto con el rayo, que se apagó como una herida cerrándose a la fuerza.
Lucien no dijo nada.No gritó.No señaló.
Solo respiró hondo, como si acabara de contener el aire por demasiado tiempo.
—Rowan… —murmuró.
—No —respondió Rowan al instante, sin mirarlo—. No me digas. No quiero saber. Mi cerebro ya está al límite hoy.
A unos metros, la familia del chico alado estaba reunida. La mujer musculosa se había agachado frente a él, sosteniéndole el rostro con ambas manos. Su voz, firme pero cargada de preocupación, rompía con el caos alrededor.
—Respira conmigo, Ángel. Mírame. Eso es. Despacio.
El chico tenía las alas ligeramente abiertas, tensas, como si no supieran qué hacer. Su pecho subía y bajaba rápido, los ojos muy abiertos, brillando más de lo normal.
—Estoy bien… —dijo, aunque le costó—. Estoy bien, mamá… solo fue… mucho.Tragó saliva.—Carajo.
El hombre de ropa holgada se acercó un paso más. Su voz era grave, controlada, pero no fría.
—Miranda, revísalo bien, ¿sí? —dijo—. Ángel, mírame. ¿Te duele algo? ¿Estás mareado?
—No, papá… —respondió él—. De verdad. Solo… me tomó por sorpresa.
Miranda suspiró, apoyando su frente un segundo contra la del chico, como si así pudiera anclarlo al mundo.
—No le des más vueltas —dijo con suavidad—. Fue algo natural. El mundo hace estas cosas. Pasó y ya está. No hay nada que temer ahora.
Luego levantó la vista hacia el hombre.
—Caleb —dijo—. Vámonos.
Caleb Voss asintió sin discutir.
—¿A casa? —preguntó.
—O a cenar a otro lado —respondió Miranda—. Donde sea que no tenga paredes temblando.
Ángel cerró y abrió las alas con cuidado, como comprobando que seguían ahí, y asintió en silencio. Sacó el teléfono por reflejo, aunque no parecía saber qué mirar en la pantalla.
Mientras se alejaban, Rowan los siguió con la mirada.
Una hora después, la ciudad ya no sonaba igual.No sirenas constantes, no gritos. Solo ese silencio raro, como cuando un lugar respira después de un susto demasiado grande.
Henry y Kara llegaron corriendo a Maplewood Drive, una calle residencial larga, arbolada, con casas bajas, garajes cerrados y faroles amarillos que apenas iluminaban la acera. Era de esas calles donde normalmente se pasean perros y vecinos en pijama sacando la basura. Ahora estaba vacía, como si alguien hubiera presionado pausa.
—¿Es aquí? —preguntó Kara, doblándose un poco para tomar aire.
—Sí… sí, aquí dijeron —respondió Henry, mirando su celular—. Nadie vive realmente en esta cuadra, es perfecta para… bueno, para no llamar la atención.
No alcanzó a terminar la frase.
—¡HENRY!
Rowan salió desde la sombra de un árbol, agitando un brazo. Tenía la mochila colgada de un solo hombro y el chaleco mal cerrado.
—¡Pensé que no llegaban más! —dijo—. Hermano, esto fue una locura.
Lucien estaba unos pasos más atrás, sentado en el borde de la acera, con la espalda recta y la mirada perdida. Cuando vio a Henry, levantó la mano a modo de saludo.
—Están bien —dijo, más afirmación que pregunta.
—Enteros —respondió Henry—. Asustados, pero enteros.
Kara miró alrededor.
—¿Y Johnny?
—Aquí —dijo una voz desde atrás.
Johnny, alias Zesty Boy, apareció desde entre dos autos estacionados. Llevaba una mochila demasiado llena y una sudadera que no combinaba con nada. Tenía la cara pálida, pero sonreía como si eso ayudara.
—Llegué hace cinco minutos —dijo—. Perdón si tardé.
Y entonces pasó lo inevitable.
Todos empezaron a hablar al mismo tiempo.
—¿Viste el cielo?—¿Escuchaste ese ruido?—Mi edificio casi se viene abajo.—No, el mío sí se vino abajo.—¿Eso fue un rayo o qué diablos fue eso?
—¡Ey, ey, ey! —Henry levantó las manos—. Uno a la vez, por favor, que mi cerebro ya está frito.
Rowan se pasó la mano por el pelo.
—Yo estaba en un café —dijo—. Todo se vino abajo, literal. Ventanas explotando, gente gritando… y vi algo en el cielo. No sé qué fue, pero no era normal.
Lucien asintió.
—No fue un fenómeno atmosférico común —añadió—. La energía liberada no coincide con nada registrado. Y… —dudó un segundo— vi algo salir de la luz.
—¿Algo qué? —preguntó Kara.
—Después —respondió Lucien—. No ahora.
Johnny carraspeó, llamando la atención.
—Yo… —dijo—. Yo estaba con mi novia. En casa de sus padres.
Todos lo miraron.
—¿Y? —preguntó Henry.
Johnny levantó una mano.
—No voy a dar detalles —dijo rápido—. Solo diré que… no fue un buen lugar para estar cuando pasó todo eso. Salimos corriendo con lo puesto y ya.
Kara frunció el ceño.
—Eso sonó peor de lo que intentas hacer ver.
—Sí —respondió Johnny—. Por eso mismo no voy a entrar en detalles.
Hubo un silencio corto. No incómodo, solo cargado.
Henry respiró hondo.
—Ok —dijo—. Todos estamos vivos. Todos llegamos. Eso ya es algo.
Rowan miró alrededor de la calle, las casas quietas, las luces encendidas sin nadie en las ventanas.
—¿Y ahora qué? —preguntó—. Porque claramente esto no fue un simple susto.
Lucien se levantó de la acera.
—Ahora nos quedamos juntos —dijo—. Al menos esta noche. Y esperamos a que alguien explique qué demonios pasó.
Los celulares vibraron al mismo tiempo.No uno, no dos. Todos.
El sonido conjunto fue casi cómico, si no fuera porque a ninguno le dio risa.
—…claro —murmuró Rowan, mirando la pantalla—. Justo ahora.
Cada uno atendió donde estaba, formando un pequeño círculo roto en la acera de Maplewood Drive.
Rowan fue el primero en hablar, dándose la vuelta y caminando unos pasos para alejarse del grupo.
—Sí, mamá… estoy bien.—No, no pasó nada aquí.—Estoy con los chicos de la escuela.—Sí, los mismos de siempre.—No, no estoy herido… mamá, en serio, estoy bien.
Hablaba rápido, con esa voz calmada que usaba cuando sabía que del otro lado había pánico puro. Asentía aunque nadie pudiera verlo.
Lucien fue mucho más directo. Se sentó en el borde de la acera, espalda recta, teléfono contra la oreja.
—Hola.—Sí, estoy a salvo.—No, no estoy solo.—Voy a ir a casa pronto, solo… —miró de reojo a los demás— necesitábamos reunirnos un momento para procesar lo que pasó.—Sí. Te llamo cuando salga.
Cortó sin dramatismo, como si cerrar la llamada fuera cerrar una ecuación.
Kara fue todo lo contrario.
—¡MAMÁ! —gritó apenas atendió.
Henry se sobresaltó.
—No, no, no me pasó nada, pero fue HORRIBLE.—¡Se cayó todo, tembló todo, hubo una luz en el cielo!—¡No, no estoy exagerando!—¡Mamá, respira, respira conmigo, dale!
Caminaba de un lado a otro, gesticulando con la mano libre.
—No, no vuelvo ahora, estoy con Henry y los chicos.—¡No, no estoy sola!—¡Mamá, por favor, dejá de llorar que me estás poniendo peor!
Henry la miraba sin intervenir. Ya conocía esa dinámica: Kara y su madre parecían compartir los nervios como si fueran contagiosos.
Johnny… Johnny estaba quieto. Demasiado quieto.
—Sí, mamá… —dijo, con voz más baja de lo habitual—.—No, no te mentí.—Te dije que estaba en casa de los padres de ella.
Hizo una pausa larga.
—Sí… cenamos ahí.—No, no pasó nada raro al principio. Estábamos en la sala, su papá hablando de trabajo, su mamá preguntando por la escuela…—Después subimos un rato a su cuarto, sí.
Henry levantó una ceja. Rowan, que ya había colgado, miró a Lucien. Lucien no reaccionó.
—No, mamá, nada de eso —continuó Johnny rápido—. Solo estábamos viendo videos y jugando en la consola, te lo juro… lo siento mama, te miento, nos besamos.
—¡MIRA, NO SE OKAY, ME DA VERGUENZA!.
Otra pausa. Esta vez más tensa.
—¿Cómo que… qué? —Johnny frunció el ceño—.—¿Quién?
El silencio se estiró incómodo. Johnny apretó el teléfono contra la oreja.
—¿Asesinada? —repitió—.—¿Quién es Diana Woods?
Los demás dejaron de hablar. Kara incluso se quedó callada, mirando a Johnny.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —alzó la voz—.—¡Papá, yo no conozco a esa gente!
Se pasó una mano por el pelo, respirando rápido.
—¿La hija de quién?—…—¿Un miembro importante de qué?
Henry dio un paso hacia él.
—Johnny…
—¡NO! —gritó Johnny al teléfono—.—¡Eso no tiene nada que ver conmigo!—¡Yo estaba en una casa normal, con gente normal!
Silencio otra vez. Esta vez más largo.
—…sí —dijo finalmente, más bajo—.—Sí, estoy con mis amigos.—No, no me voy a mover de aquí sin avisarte.
Cortó.
Nadie habló de inmediato.
—¿Diana Woods? —preguntó Kara al fin, con cuidado—. ¿Te suena de algo?
Johnny negó con la cabeza.
—No —dijo—. Pero por cómo lo dijo mi papá… no era alguien cualquiera.
Lucien levantó la mirada.
—Woods —repitió—. Ese apellido no es común.
Rowan tragó saliva.
—Genial —murmuró—. Caos en la ciudad, luces en el cielo… y ahora asesinatos… ¡LITERAL NO FALTA NADA!.
Rowan cerró los ojos y respiró hondo. No era la primera vez que lo intentaba, pero sí una de las pocas en las que realmente lo necesitaba.
—Ok… ok… —murmuró, llevándose dos dedos a la sien—. Solo vibraciones. Nada más.
Henry lo miró de reojo.
—¿Estás intentando…?
—Sí —respondió Rowan sin abrir los ojos—. A lo Jackman.
No llevaba ese apellido, nunca lo llevaría, pero pertenecía a la familia. La sensibilidad no venía en el nombre, venía en la sangre.
El mundo alrededor de Rowan empezó a desarmarse.
No en imágenes, no en sonidos normales.Todo se volvió ondas. Capas y capas de vibración superpuestas: pasos apresurados, motores encendidos, voces quebradas, llantos, alarmas lejanas. No entendía palabras, pero sí emociones. El pánico tenía un pulso rápido. La ira era irregular. El miedo… el miedo era un temblor constante.
Rowan frunció el ceño.
—Hay demasiada gente gritando… —dijo en voz baja—. Todo está… mal.
Kara se abrazó los brazos.
—¿Puedes oír algo útil o solo estamos oficialmente jodidos?
Rowan siguió escarbando, separando frecuencias como quien separa instrumentos en una canción saturada. Entonces lo sintió.Una vibración distinta. Más firme. Más pesada. No caótica.
Dos voces cerca entre sí.
Una femenina. Tensa.Una masculina. Contenida, autoritaria incluso cuando estaba baja.
Rowan afinó.
—…escucho una conversación —dijo—. No aquí. Más lejos. Pero clara.
Henry dio un paso hacia él.
—¿Quiénes?
Rowan tragó saliva.
—La madre del chico con alas.
Lucien levantó la cabeza de golpe.
—¿La mujer del café?
—Sí. Miranda. —Rowan apretó los dientes—. Está hablando con el padre. Caleb.
Las vibraciones se ordenaron un poco más. No eran palabras exactas, pero la jerarquía se sentía en el aire, como presión en el pecho.
—Y hay otro nombre presente —continuó Rowan—. No está ahí… pero pesa en la conversación.
Kara frunció el ceño.
—¿Quién?
Rowan abrió los ojos lentamente.
—Callaghan Woods.
El nombre cayó como una piedra.
Lucien reaccionó primero.
—¿El de TRUMAN COMPANY?
—Ese mismo —asintió Rowan—. El padre de la chica que murió. Diana Woods.
Henry sintió que el estómago se le cerraba.
—Ese tipo es alto mando.
—Muy alto —confirmó Rowan—. Y Miranda responde directamente ante él.
Kara negó con la cabeza.
—¿Está involucrando a su familia?
—No —dijo Rowan rápido—. Eso es lo raro. Woods no metió a los suyos en nada. No hay rencor familiar en lo que escucho. Es… profesional. Frío.
Lucien exhaló despacio.
—Eso es peor.
Rowan continuó:
—Miranda está alterada. Culpable. No por Woods… sino por lo que ella sabe. Por algo que volvió a activarse.
—¿Mencionan qué causó todo esto? —preguntó Henry.
Rowan asintió.
—Sí. Y no lo dicen como teoría ni como accidente.
El aire se volvió denso.
—Lo llaman… La Anomalía.
Kara se pasó una mano por el pelo.
—Eso suena a algo que no debería existir.
—Lo dicen como si ya hubiera pasado antes —añadió Rowan—. Como si solo estuviera dormido.
Lucien miró alrededor, instintivamente.
—¿Y el chico? ¿Angel?
—Está usando su teléfono —respondió Rowan—. Escribiendo. No escucha la conversación. O finge no hacerlo. Está demasiado concentrado.
Henry murmuró:
—Como si esto no fuera nuevo para él.
Nadie lo negó.
Rowan abrió los ojos por completo. Estaban más brillantes, cansados.
—Sé que esto es espionaje. Sé que crucé una línea.
—Pero lo necesitábamos —dijo Kara.
—Sí —respondió Rowan sin rodeos—. Porque TRUMAN está involucrado.
Lucien miró su reloj.
—Y en menos de dos horas empieza el toque de queda.
Henry levantó la vista.
—Si un alto mando de TRUMAN perdió a su hija hoy…
—No van a estar tranquilos esta noche —terminó Rowan.
El grupo quedó en silencio.
No por miedo solamente, sino porque todos entendieron lo mismo al mismo tiempo:si TRUMAN COMPANY se movía alterada, la ciudad no iba a ser un lugar seguro para nadie después de que cayera la noche.
Y aun así, aceptaron la información.
Rowan desactivó su don y el mundo volvió a su peso normal. El murmullo constante regresó como un golpe sordo. La jaqueca apareció de inmediato, intensa, punzante, pero la contuvo. Apretó la mandíbula, respiró despacio y apoyó un momento la espalda contra la pared.
—Estoy bien —repitió, esta vez más para sí mismo que para los demás.
Nadie discutió. Había un acuerdo silencioso de no hurgar más.
Las despedidas comenzaron casi sin ceremonia.
—Mi papá quiere que llegue antes de que empiece el toque de queda —dijo uno, ajustándose la mochila.
—La mía no quiere que salga mañana —respondió otro con una risa tensa—. Como si eso fuera a detener algo.
Las miradas se cruzaron. Todos sabían que nada iba a “detenerse”.
Poco a poco, el grupo se fue disolviendo, como si la noche los reclamara uno por uno. Al final quedaron Kara, Lucien y Henry, parados bajo una luz amarillenta que parpadeaba de forma inquietante.
—Bueno —dijo Henry—. Vivimos casi en línea recta.
—“Casi” es la palabra clave últimamente —respondió Kara.
Lucien miró la calle.
—¿Taxi?
Henry levantó la mano cuando uno pasó a lo lejos. No frenó. Otro más, lo mismo.
—Genial —murmuró Kara—. Parece que los taxis también saben cuándo esconderse.
—O alguien les avisó —añadió Lucien—. TRUMAN no mueve piezas pequeñas.
Empezaron a caminar.
Sus pasos resonaban más de lo normal. Cada sonido parecía amplificado: una persiana bajando, una puerta cerrándose con llave, una sirena lejana que no se sabía si venía o se iba.
—No me gusta esto —dijo Henry al fin—. La ciudad nunca se calla así.
—Se está conteniendo —respondió Kara—. Como antes de una tormenta.
Lucien metió las manos en los bolsillos.
—¿Se dan cuenta de que estamos actuando como si esto fuera normal?
—No lo es —dijo Henry—. Pero tampoco sabemos qué hacer con eso.
Caminaron un par de cuadras en silencio.
—Oigan —dijo Kara de pronto—. ¿De verdad creen que lo de hoy fue solo el principio?
Lucien no respondió de inmediato.
—Cuando una organización como TRUMAN se altera… es porque algo grande se movió primero.
Henry tragó saliva.
—Y alguien perdió a su hija.
Eso cayó pesado.
—No me imagino lo que debe ser eso —murmuró Kara—. Pero tampoco me gusta pensar qué puede hacer alguien con tanto poder y tanta rabia.
Llegaron a una esquina.
—Aquí me desvío —dijo Lucien, señalando la calle lateral.
—¿Seguro? —preguntó Henry—. Todavía queda rato.
Lucien sonrió apenas.
—Si me siguen más, mi mamá va a pensar que estoy huyendo.
Kara soltó una risa corta.
—Cuídate.
—Ustedes también.
Lucien se alejó, su figura perdiéndose entre las sombras de los edificios.
Henry y Kara continuaron.
—Nunca pensé que caminar a casa se sentiría así —dijo Henry—. Como si estuviéramos haciendo algo ilegal.
—Tal vez lo estemos —respondió Kara—. En espíritu, al menos.
Henry miró su reloj.
—Queda menos de una hora.
—Entonces no te detengas.
Avanzaron unas cuadras más.
—Mi calle es la próxima —dijo Henry al fin.
Kara asintió.
—Manda mensaje cuando llegues.
—Tú también.
Se detuvieron un segundo, incómodos, como si ambos quisieran decir algo más y ninguno supiera qué.
—Oye… —empezó Henry—. Pase lo que pase…
—Sí —lo cortó Kara—. No estamos solos.
Henry sonrió, breve pero sincero.
—Exacto.
Se separaron.
Kara siguió sola, con el sonido de sus propios pasos marcando el tiempo. La noche se cerraba sobre la ciudad, y en algún lugar, muy lejos pero demasiado cerca, algo estaba despertando.
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