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El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 6

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6: “Tengo alas, pero…” 6: “Tengo alas, pero…” Jackie se despertó de golpe, su cuerpo reaccionando antes que su mente.

¡PUM!

Un sonido seco, fuerte, proveniente del exterior.

Su corazón latía acelerado mientras se enderezaba en el sofá, aun adormilado, con la mente atrapada entre el sueño y la realidad.

Parpadeo un par de veces frotándose los ojos.

Miro a su alrededor: la sala seguía igual, el teléfono de Ángel seguía en la mesa, la casa en completo silencio.

Pero afuera…

algo se había caído, o alguien había hecho algo.

Se levantó con cautela, sus piernas aun algo pesadas por el descanso interrumpido.

Se estiro rápidamente y camino hacia la puerta, echando un vistazo por la ventana antes de abrir.

El cielo estaba gris, y una brisa fría recorría la calle.

Jackie entrecerró los ojos.

—…

¿Y ahora qué?

—murmuro para sí mismo, sintiendo que su mañana ya estaba a punto de complicarse.

Jackie abrió la puerta y lo primero que vio fue una figura en el suelo.

—¿¡Ángel!?

— Ángel estaba boca abajo en el asfalto, con sus alas extendidas de manera desordenada.

El impacto había levantado un poco de polvo, y aunque no parecía gravemente herido, definitivamente no era una caída suave.

Jackie parpadeo, tratando de procesar la escena.

—No me jodas…

¿Te caíste del techo?

— Ángel gruño bajo, levantando lentamente la cabeza.

Su expresión era fría como siempre, pero había una clara molestia en sus ojos.

—…

No preguntes.

— Jackie cruzo los brazos, mirándolo desde la puerta.

—Hermano, te lanzaste de un techo, y te estampaste contra el suelo.

¿Cómo quieres que no pregunte?

— Ángel suspiro, sacudiendo un poco sus alas mientras se incorporaba con dificultad.

—No fue un “estampon”.

— Jackie soltó una risa nasal.

—Sí, claro, entonces dime, ¿que fue?

¿Un aterrizaje fallido con estilo?

— Ángel lo fulmino con la mirada, pero no respondió de inmediato.

Simplemente se quitó el polvo de la ropa y se estiro, como si no le doliera nada.

Jackie lo observo un momento en el silencio, luego miro al techo de la casa y después de nuevo a él.

—…

¿En serio estabas intentando volar?

— Ángel apretó la mandíbula.

—Dije que no preguntes.

— Jackie negó con la cabeza, conteniendo una carcajada.

—Lo que daría por haber grabado esto…

— Jackie vio a Ángel levantarse sin decir nada, sacudiéndose el polvo como si nada hubiera pasado.

Sin molestarse en responder, extendió sus alas y, con un par de impulsos, volvió a subir al techo con facilidad.

Jackie frunció el ceño y miro su teléfono.

6:37 a.

m.

Se pasó una mano por la cara y suspiro.

—Hermano…

¿Cuantas veces has estado intentando esta cosa?

No esperaba respuesta, pero, aun así, miro hacia arriba.

Ángel estaba de pie en el borde del techo, su silueta recortada contra el cielo gris de la mañana.

Su postura era firme, pero algo en la manera en la que apretaba los puños y flexionaba las alas le daba a Jackie una respuesta sin necesidad de palabras.

No era la primera vez que caía.

Ni la segunda.

Ni la tercera.

Jackie se rasco la cabeza, sintiéndose entre confundido e impresionado.

—Dime que al menos desayunaste antes de jugar a Ícaro — Jackie observó desde abajo mientras Ángel daba otro salto desde el techo.

Esta vez logró desplazarse un poco más en el aire, sus alas moviéndose con fuerza, pero aún sin suficiente control.

Por un momento pareció que lo lograría… hasta que la gravedad decidió lo contrario.

¡PUM!

Otro golpe seco contra el asfalto.

Jackie chasqueó la lengua y negó con la cabeza.

—Men… — Pero antes de que pudiera decir algo más, una voz lejana interrumpió la escena.

—¡OYE ANGEL!

¿¡PUEDES DEJAR DE ESTRELLARTE CONTRA EL SUELO A LAS SIETE DE LA MAÑANA!?

— Jackie giró la cabeza hacia el otro lado del vecindario, donde un tipo con audífonos enormes se asomaba desde su ventana con una expresión de pura irritación.

Ángel, todavía en el suelo, soltó un gruñido y levantó la cabeza, mirándolo con cara de pocos amigos.

—¡No es mi culpa que tu don sea escuchar los chismes en 4K, imbécil!

— Jackie explotó en carcajadas.

—Dios, eres un desastre.

— Ángel se levantó de nuevo, ignorando el ardor en su cuerpo y el orgullo hecho pedazos.

—Tú cállate.

— Jackie se cruzó de brazos, todavía riendo.

—Dime que al menos tienes un plan.

— Ángel miro el techo, luego el cielo, y finalmente de vuelta a Jackie.

—Si…

—sacudió sus alas con determinación.

—Volver a intentarlo.

— Jackie suspiro.

—Me preparare café del que tienes, esto va para largo.

— Jackie ya había perdido la cuenta de cuantas veces Ángel se había estampado contra el suelo.

Al principio, cada caída parecía un golpe brutal, pero con el tiempo, Ángel comenzó a levantarse más rápido, a sacudirse el polvo con menos esfuerzo, a subir al techo sin siquiera pensarlo dos veces.

Era un ciclo interminable.

Caída.

Levantarse.

Subir.

Intentarlo otra vez.

Jackie, apoyado contra la pared con una taza de té en la mano, lo miro con una mezcla de curiosidad y cansancio.

Finalmente, sin pensarlo mucho, dejo escapar la pregunta que llevaba rato dando vueltas en su cabeza: —¿Por qué siquiera estas intentándolo?…

necesitas comprar café, por cierto, me canse del té — Ángel, que estaba preparando otro salto desde el techo, se detuvo.

Por un momento, no respondió.

Solo se quedó ahí, con el viento agitando su cabello y sus alas extendidas.

Jackie levanto una ceja.

—Digo, no me malinterpretes, respeto la dedicación y todo, pero…

llevas horas partiéndote la cara contra el suelo.

¿Qué ganas con esto?

Ángel miro el horizonte, su expresión permaneció fría, pero su silencio lo traiciono.

—…No puedo permitirme no hacerlo — Jackie frunció el ceño.

—Uhm…

Eso no es una respuesta.

— Ángel suspiro, tensando los hombros.

— No me importa si lo entiendes o no.

— Jackie tomo un sorbo de té y lo miro de reojo.

—No sé si te has dado cuenta, pero si sigues así, lo único que vas a lograr es romperte algo.

— Ángel no dijo nada.

Solo flexiono las piernas, y al intentar mover las alas, se mantuvo un poco en aire, y luego cayo de nuevo al vacío.

Jackie observó cómo Ángel volvía a chocar con el suelo, pero esta vez, en lugar de tomarse un momento para recuperarse, se levantó de inmediato, con frustración en el rostro.

Sin siquiera mirarlo, comenzó a trepar de nuevo al techo, sus alas temblando de la rabia contenida.

—Lo hago por alguien.

— Jackie parpadeó.

—¿Ah?

— Ángel llegó al borde del techo y se impulsó con un último salto, volviendo a su punto de partida.

Desde ahí arriba, finalmente giró la cabeza hacia Jackie, su mirada seria y determinada.

—Alguien que está muy lejos.

Y le prometí que lograría volar.

Jackie sintió algo extraño en su pecho al oír esas palabras, pero antes de que pudiera decir algo, Ángel desvió la vista y añadió con frialdad: —No tengo que darte más detalles.

Y sin más, extendió sus alas una vez más, listo para otro intento.

Jackie, todavía sosteniendo su té, soltó un suspiro y murmuro para sí mismo: —Hermano…

estas más jodido de lo que pensaba.

— Jackie bajo la mirada a su té, pensando en lo que acababa de escuchar.

“le prometí que lograría volar”.

Las palabras se le quedaron grabadas.

Y entonces recordó lo que había leído anoche.

Las notas de Ángel, las fotos con aquella chica, la grabación titulada “Su cumpleaños”.

No tenía que ser un genio para conectar los puntos.

Jackie exhalo lentamente, fingiendo indiferencia mientras miraba hacia arriba.

—Sabes…

tal vez el problema no es que no puedas volar.

— Ángel, que se preparaba para otro intento, frunció el ceño.

—¿Que estás diciendo?

— Jackie se encogió de hombros, fingiendo casualidad.

—Digo, has estado haciendo lo mismo una y otra vez, esperando un resultado distinto.

¿No te suena familiar?

— Ángel entrecerró los ojos, pero Jackie no le dio tiempo de responder.

—Quizá, en lugar de solo lanzarte al vacío esperando que funcione, deberías preguntarte que es lo que realmente te está deteniendo.

— El silencio se hizo pesado entre los dos.

Ángel lo miro fijamente, con una mezcla de sospecha y molestia en la mirada.

Jackie solo se llevó la taza de café a los labios y sonrió levemente.

—Pero bueno, que se yo.

Solo soy un tipo que no se estrella contra el suelo todas las mañanas.

— Ángel miro al suelo, con la mandíbula tensa.

Sabía que Jackie intentaba decirle algo, algo que probablemente tenía sentido… pero en su cabeza, todo seguía igual.

Siempre era lo mismo.

Salto.

Caída.

Dolor.

No había motivo para que esta vez fuera diferente.

Jackie, observándolo desde abajo, noto la duda en sus ojos y decidió darle un pequeño empujón.

—Oye.

— Ángel no respondió, pero Jackie continuo de todos modos.

—¿Recuerdas cuando peleamos ayer?

Cuando intentaste darme un golpe y no funciono.

— Ángel cerro los ojos un momento, exhalando por la nariz.

—Si.

Y también recuerdo cuando si funciono.

— Jackie sonrió.

—Exacto.

El segundo intento.

— Ángel lo miro de reojo.

—¿Y que con eso?

— Jackie se señaló la cara, como si apenas recordara el golpe.

—Me golpeaste en la cara, un golpe lo suficientemente fuerte para que me doliera y lo recordara… hasta que lo olvidé.

— Ángel no entendía a donde quería llegar, y su expresión lo dejaba claro.

Jackie suspiro y dejo la taza sobre una baranda.

—Mi punto es que… me golpeaste.

Hiciste lo que parecía imposible en tu primer intento.

Y si fuiste capaz de hacer eso, entonces creo que también puedes hacer esto.

— Ángel se quedó en silencio, su mirada volviendo al suelo.

Jackie solo sonrió con calma y cruzó los brazos.

—Así que si crees que todo va a salir igual… entonces intenta probarme que estoy equivocado.

— Ángel siguió con la mirada y personalidad terca y fría, pero, aun así, en el fondo se sintió conmovido, y trato otra vez.

Ángel extendió sus alas, y se lanzó con más determinación, y trata de mover las alas lo más que puede, hasta que… lo logró.

Logró volar por unos pequeños segundos, pero luego perdió el equilibrio, y cayó.

Ángel yacía en el suelo, la respiración entrecortada, con sus alas extendidas y clavadas en el cemento que ya comenzaba a rasgarse bajo el peso de su caída.

Miraba el cielo, el mismo cielo que le parecía tan distante, tan inalcanzable, como todo lo que había querido alguna vez.

Su mente estaba vacía de pensamientos coherentes, solo el eco de su fracaso retumbaba en su cabeza.

Cada vez que pensaba que lo lograría, caía una vez más.

Pero algo, algo en su interior, empezaba a quebrarse.

En ese momento, vio una figura que se acercaba desde el borde de su visión: Jackie.

Se había mantenido quieto, observando sin decir una palabra, hasta que al fin se acercó y lo miró.

Ángel no dijo nada.

Su rostro seguía frio, como siempre, pero algo cambió cuando escuchó las palabras que Jackie dejó caer al aire, tan sencillas, pero con una calma que, por alguna razón, hizo que Ángel, por primera vez en toda su molestia a su calma sin razón, se sitio más ligero.

—Lo lograras algún día, y cuando lo logres, para bajar del cielo necesitaran un milagro que te quite tu talento.

— Jackie no quiso gastar más de su tiempo.

Y con esa misma actitud despreocupada que lo caracterizaba, simplemente se giró y comenzó a caminar hacia la casa de Ángel.

Ángel permaneció allí un momento más, mirando al ciclo, sin haber exactamente que había cambiado.

Todo seguía igual.

Pero al mismo tiempo, algo había movido dentro de él.

Se levantó lentamente, sus alas ya no tan tensas, y se permitió un suspiro que no había dejado escapar en un rato.

Quizás, solo quizás, Jackie tenía razón.

Quizás algún día lo lograría.

Ángel llego a su casa, aún con la sensación extraña que lo había invadido tras sus intentos fallidos, cuando vio a Jackie saliendo con sus cosas.

La puerta de la casa se cerró suavemente detrás de él, y Ángel se detuvo en seco, observando como el chico caminaba hacia la calle con esa actitud de siempre.

Jackie al verlo, se detuvo por un momento, se volvió hacia él, y le dirigió una sonrisa.

—Fue un placer estar aquí… pequeño Ángel —dijo con la misma voz calmada, pero cargada de una ligera sinceridad que Ángel no había esperado.

Jackie se alejaba, cargando sus cosas y desapareciendo poco a poco en la distancia.

El sonido de sus pasos se desvaneció, dejando a Ángel solo una vez más, con sus pensamientos atrapados entre las grietas de lo que había sido y lo que aún no podía ser.

La soledad lo envolvió con la misma intensidad de siempre, pero ahora… algo era diferente.

Algo que había quedado atrás.

El aire estaba denso y pesado, Ángel seguía mirando las fotos de Samantha, atrapado entre lo que fue y lo que podría haber sido.

Las sombras del atardecer se alargaban por la habitación, haciendo que el silencio fuera más agobiante luego de un largo día solo.

Fue en ese momento, que un ruido suave, casi imperceptible, llego desde el pasillo.

No era nada fuera de lo común, pero algo en el aire se tornó diferente, como si la misma casa respirara con él.

Ángel levantó la vista, y al mirar hacia el pasillo, una sombre se proyectó en la pared.

No era una sombra natural, ni de la luz que se filtraba por las ventanas.

Era algo distinto.

Algo que él conocía demasiado bien, aunque nunca se atreviera a decirlo en voz alta.

Un hombre apareció en la entrada del pasillo.

Tenía una barba corta y un poco descuidada, los ojos oscuros como un abismo, y su figura parecía irreal, como un espejismo salido de sus recuerdos más oscuros.

Una sola ala, negra como la noche, estaba extendida desde su espalda, dando la sensación de un cuervo más que de un ser celestial.

La oscuridad que lo rodeaba parecía consumir la luz a su alrededor, y su presencia era inquietante, como un eco de un pasado que nunca se había ido del todo.

El hombre se quedó allí, en la entrada, observando a Ángel con esa calma propia de alguien que ha estado presente en las sombras durante tanto tiempo que ya no necesita anunciarse.

Ángel lo miró fijamente, su mirada fría, pero sin la sorpresa que uno esperaría.

Había aprendido a reconocer esta figura.

Sabía que siempre había estado ahí, desde los días en los que el abuso escolar lo desgarraba por dentro, desde los momentos más oscuros de su vida.

El hombre no dijo nada.

No hizo movimiento alguno.

Simplemente permaneció en su lugar, su presencia densa, absorbente, llenando el espacio con algo indescriptible.

Ángel, sin apartar la vista, susurro, casi como si fuera una afirmación que no necesitaba ser escuchada por nadie más: —Tu otra vez… cuando fue la última vez?…

creo que fue cuando te apareciste en la ventana de mi casa y me asustaste.

Tuve que rasgar todo el piso por tu culpa — El hombre ni siquiera parpadeó.

Simplemente, estuvo allí.

Ángel continúo mirando las fotos en la mesa, su respiración aun calmada, pero su mente llena de pensamientos tumultuosos.

Por más que intentara ignorarlo, el hombre seguía ahí, como un recordatorio de algo inquebrantable, algo que estaba más allá de su comprensión.

Y aunque no lo miraba directamente, sentía la presencia del hombre como una constante.

Finalmente, después de lo que pareció una eternidad en silencio, el hombre hizo un leve movimiento, una inclinación de cabeza, como si estuviera reconociendo algo que Ángel no podía entender, pero aun así sentía.

Las palabras flotaban en el aire como ecos lejanos, distorsionadas pero claras, como si el hombre de la sombra hubiera hablado sin emitir un solo sonido.

Las frases llegaron a Ángel como cuchillos, cortando el silencio con una precisión cruel, y cada una de ellas parecía perforar su alma.

“No confíes en nadie…” resonó en su mente, un recordatorio de lo que había aprendido a lo largo de los años, de cómo las personas que una vez creyó cercanas lo habían dejado atrás.

El hombre de la sombra no necesitaba pronunciarla en voz alta; esa advertencia ya estaba incrustada en el corazón de Ángel.

“Es tu culpa…” fue como un susurro venenoso, y aunque no había nadie allí para culparlo directamente, Ángel lo sentía en cada rincón de su ser.

Cada caída, cada fallo, parecía ser una carga que arrastraba con él, recordándole que todo lo que había sucedido, todo lo que había perdido, era responsabilidad suya.

“Samantha te llevó a la tumba…”, las palabras fueron como un golpe directo al pecho, y la imagen de su difunta amiga lleno su mente, su rostro, su risa.

—Para… ya para, fue suficiente.

—murmuro Ángel a si mismo tratando de calmarse, Ángel sabe que este hombre es solo producto de su mente, ya que, cuando él se encontraba antes en los constantes abusos, él siempre estuvo ahí en las sombras, pero nadie lo vio excepto el.

El vacío que dejó al irse era una herida que nunca sanaría.

Cada vez que escuchaba su nombre, sentía que se ahogaba un poco más en el dolor de la culpabilidad.

Ángel cerro los ojos, apretando los puños, sintiendo como esas palabras se incrustaban en su pecho como espinas.

No sabía si la voz provenía del hombre en el pasillo, o si era solo el reflejo de su propia tormenta interna, pero en ese momento, no había diferencia.

La culpa lo envolvía, lo consumía.

—¿Qué quieres de mí?

—, murmuro entre dientes, su voz quebrada, pero firme, como si estuviera buscando respuestas en un lugar al que ya no podía acceder.

Luego de unos minutos sin respuesta, el hombre de la sombra ya no estaba, pero sus palabras seguían resonando en los rincones de su mente.

La presencia que una vez lo había acompañado ahora era solo un eco lejano, pero las cicatrices dejadas por esas frases continuaban latentes.

Ángel se quedó allí, en el mismo lugar con el peso de las palabras aun aplastando su corazón.

La oscuridad parecía envolverlo de nuevo, pero esta vez, no estaba seguro de si alguna vez podría salir de ella.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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