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El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 8

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  4. Capítulo 8 - 8 Miranda Stone
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8: Miranda Stone 8: Miranda Stone Con un suspiro profundo, se levanta del sofá.

Su cuerpo se estira lentamente, como si se deshiciera de las ataduras invisibles que lo habían mantenido dormido.

Los músculos adoloridos responden de manera perezosa, y, al estar de pie, sus ojos se dirigen hacia la ventana.

El sol de las 8:00 de la mañana ilumina el mundo exterior, tiñendo todo de un color dorado.

La luz entra en el cuarto, bañando la habitación con calidez, pero algo en su mirada parece quedarse apagado, distante.

De nuevo en el presente, sin importar cuantas veces reviva esos recuerdos, la realidad sigue siendo la misma.

Ángel salió de su casa, ahora bañado y arreglado, con la frescura de la mañana envolviendo su cuerpo.

El sol comenzaba a elevarse, bañando el paisaje en un dorado suave.

Camino lentamente, respirando el aire fresco mientras sus pensamientos se desvanecían en la quietud del día.

Pero la atención no estaba en él.

Muy lejos, en una instalación llena de gente trabajando con equipos extrañamente orgánicos, se encontraba Miranda.

Su caminar seguro y poderoso destacaba entre la multitud.

Miranda avanzaba con paso firme y seguro, su presencia casi impotente en el vasto espacio de la instalación.

Cada paso que daba parecía resonar con autoridad, y su cuerpo, esculpido y fuerte, reflejaba la misma potencia que exudaba su postura.

Su piel, limpia como el diamante, brillaba suavemente a la luz artificial de la instalación, como si su sola existencia desafiara las imperfecciones del mundo.

Su figura, poderosa y atractiva, no pasaba desapercibida.

Su cuerpo, equilibrado y armónico, evocaba la gracia y la fuerza de una diosa, como si el mismo aire se apartara para darle paso.

Llevaba ropa de científica, ajustada y práctica, que solo servía para resaltar su impresionante figura sin restarle autoridad.

Cada movimiento suyo era controlado, pero al mismo tiempo fluía con una elegancia natural que dejaba una impresión profunda en quienes la observaban.

Mientras caminaba hacia la cápsula, su mirada era intensa y decidida.

Los demás en la instalación parecían ignorarla por completo, como si estuvieran acostumbrados a la energía que emanaba de ella.

Pero su presencia era inconfundible, una mezcla de poder, misterio y una calma calculada que parecía indicar que nada podría detenerla en lo que fuera que estaba a punto de hacer.

Miranda se detuvo justo frente a la cápsula, la luz en sus ojos reflejaba la seriedad de lo que estaba por hacer, cuando de repente, una voz grave y autoritaria la interrumpió.

—¡Mira!

— Su jefe, un hombre de porte rígido y mirada calculadora, la llamaba desde lejos.

Miranda cerró los ojos por un segundo, respirando profundamente.

La irritación le recorrió el cuerpo, pero no la mostró.

Era difícil ignorarlo, pero había cosas más importantes en juego.

—Ya voy, ya voy… —respondió sin volverse con tono corto y casi desapegado.

Tomó un paso más hacia la capsula antes de detenerse por completo y girarse.

No había manera de evitarlo; tenía que atenderlo.

Camino hacia él, su paso aún firme pero marcado por una ligera atención.

Cuando finalmente se encontraron en el pasillo vacío, el jefe no perdió el tiempo.

Su expresión era seria, casi forzada en una mueca de profesionalismo.

—Mira… necesitamos hablar sobre algo importante —dijo, su voz baja pero urgente.

—¿Ya has oído lo que pasa en Corea del sur?

— Ella lo observó con paciencia, su rostro impasible pero su mirada intensa.

—¿Qué paso?

Adivino… no hicieron bien su trabajo otra vez y como sabes que soy prácticamente la segunda al mando te desahogaras conmigo.

— El jefe frunció el ceño —¿Qué?

No no Miranda, esta vez no, esto es serio, escúchame, sé que estas en medio de algo importante para ti, pero esto podría afectar todo lo que estás haciendo.

El tiempo corre, necesito que pongas atención.

— Miranda no dijo nada por un momento.

Su mirada recorrió el rostro de su jefe, evaluando sus palabras, antes de suspirar con frustración.

—Está bien, hablemos —dijo finalmente, sus palabras saliendo con una calma calculada.

Aunque la irritación aún estaba presente, no sabía que no podía ignorarlo.

No aún.

El aire pareció volverse denso en el instante en el que el jefe pronuncio esas palabras.

Mira no reaccionó de inmediato.

Su cuerpo se tensó ligeramente, pero su rostro permaneció inmutable, como si esas palabras no pudieran afectarla, como si no pudieran alcanzarla.

—Es sobre tu hijo —reiteró el jefe, sus ojos fijos en los de ella, esperando una reacción.

Miranda respiró hondo, su expresión comenzando a endurecerse, pero sus ojos destellaban algo más, algo que el no pudo identificar.

Había algo en el aire, algo que no podían evitar.

El jefe sabía que estaba tocando un tema delicado, pero no había vuelta atrás.

—Lo que sea que estés sugiriendo, con mi familia, que ni se te ocurra meterte.

—dijo ella con frialdad, comenzando a girarse hacia la cápsula en la que trabajaba nuevamente.

El jefe la observó en silencio mientras ella se acercaba a la cápsula, sin poder entender todo lo que pasaba por su mente, pero sabiendo que esa conversación era solo el comienzo de algo mucho más grande.

Algo que quizás ni ella misma comprendía todavía.

Mientras la puerta de la cápsula se cerraba detrás de ella, el jefe permaneció allí, de pie, mirando hacia donde ella había estado.

La sensación de inquietud le invadió aún más, como si una sombra desconocida se alzara sobre ellos.

La puerta se cerró de golpe, el sonido retumbando por la sala.

Mira se giró rápidamente, su rostro enrojecido por la sorpresa, pero también con una furia contenida.

—¿Qué diablos estás haciendo Woods?

—dijo, su tono ya más grave, los ojos llenos de desconfianza mientras revela el nombre de su jefe.

Woods mantuvo su mirada fría, su mano aún extendida hacia la puerta cerrada.

Miranda cruzó los brazos, tratando de calmar la ira que se formaba en su pecho.

—¡Eres mi jefe, pero al hablar de mi hijo estás jugando con el fuego!

— Miranda dio un paso atrás, manteniendo la distancia, pero sin perder la compostura.

—¿Qué está en juego, y más te vale convencerme de porque mi hijo está incluido en el… —su voz era clara, pero un destello de duda brilló en sus ojos?

Woods suspiró con paciencia, como si ya estuviera acostumbrado a esa actitud.

Woods, con un gesto sutil, activó el panel cercano.

Un leve zumbido llenó el aire y, de inmediato, varias pantallas se encendieron, mostrando distintas vistas globales.

La imagen que apareció en el centro de la pantalla principal captó su atención de inmediato: Ángel y Jackie, en medio de una pelea intensa.

Aunque Jackie esquivaba con agilidad sobrehumana, Ángel lo perseguía, sus alas extendidas y el aire pesado a su alrededor.

Cada movimiento de Ángel dejaba un rastro de humo oscuro, como si su concentración estuviera llevando su poder a noveles continentales.

El fuego de su ira era palpable, y el control que mantenía sobre su fuerza parecía quebrarse cada vez más.

—Para darte contexto… Miranda… en Corea del sur, nuestras instalaciones nos informaron de un peligro potencial, está acabando lentamente con cada ciudad, provincia y pronto, si sigue así, acabará con el país… Yo ya mandé varios soldados y unidades, TRUMAN no podrá contener este… espécimen… — Miranda solo dio un paso atrás, ya suponiendo para que usará Woods a su hijo como último recurso.

—Te presentaré lo que está pasando… y con QUIEN nos enfrentamos… —dice Woods configurando la pantalla usando su don de telekinesis para explorar.

Y luego, la pantalla, esa ventana cruel y sincera mostró a Miranda lo que aun todos querían ver de Corea del sur A un coreano, cuyo físico cambiaba cada vez que aparecía en pantalla, parecía divertirse, moldeando cuerpos y ciudades como si fueran barro sucio.

A Corea desgajándose en zonas de guerra, ruidosas y silenciosas, la humanidad intento de todo, en un país donde las reglas humanas dejaron de importar, rebajadas por un hombre que parecía todo menos humano.

A inocentes convertidos en monstruos, a monstruos bailando en las calles bajo cielos rojos de sangre.

Luego, las escuelas: Pequeños pupitres cubiertos de sangre seca, pizarras rotas donde manos desesperadas escribieron sus últimos ruegos: “Ayuda”, “no me dejes solo”, “¿por qué mamá?” Pero ya nadie enseñaba ahí.

Los niños, si tenían suerte, eran tomados como juguetes demente de las tropas deformadas que ese coreano lideraba…

Y si no, se convertían en parte del paisaje: maniquíes de hueso y terror.

Más tarde, los hospitales: Quirófanos convertidos en salas de tortura.

Médicos forzados a realizar “experimentos” grotescos bajo amenaza de ver cómo sus familias eran moldeadas frente a ellos.

Gente cosida a máquinas.

Pacientes suplicando por el fin, rogando a gritos por un final que nunca llegaba.

—La cosa está en que… Miranda… tu hijo.

— dijo Woods ahora tratando de explicar por qué su hijo tiene que ir.

—Woods… ¡WOODS CARAJO!

¿qué es esto!?

—Respondió Miranda, ahora solo pensando en el plan de Woods y su hijo.

Miranda dio un paso hacia Woods, su mirada furiosa y su postura desafiante.

—Si le pones una mano encima a mi hijo, juro que… —su voz temblaba de ira, pero la intensidad de sus palabras estaba contenida, como si cada fibra de su ser estuviera lista para estallas —No te dejare salir de aquí.

— Woods la observó en silencio por un momento, midiendo cada palabra y cada gesto.

La tensión en el aire se volvió densa, casi palpable.

Pero su expresión no cambió, y su voz, cuando habló, era más fría que nunca.

—No tienes idea de lo que estás diciendo, Mira —dijo, sin perder la calma.

—Este no es un simple juego.

Si tu hijo se convierte en lo que creo que puede llegar a ser, será demasiado tarde para todos.

Miranda apretó los dientes, pero no retrocedió.

Su mirada era firme.

—No me importa lo que pienses que es, Woods… mi hijo, ya sabes de lo mal que se encuentra, sus antecedentes… ¡de lo mucho que pague para que no esté tras las rejas!

—respondió, cada palabra cargada de advertencia.

—No vas a tocarlo.

Si alguien se atreve, será lo último que haga.

— La tensión entre ellos era palpable, el aire denso, como si ambos pudieran sentir el peso de sus amenazas flotando en la sala.

Woods la miró un momento más, evaluando sus opciones.

—Si tenemos otro caso como el de mi hija… o tu hermano… —su voz se quebró por un segundo, pero continuó con furia contenida.

—La anomalía, seguirá creando más dones inútiles.

— La tensión en el aire aumentó, como si sus palabras pudieran romper la quietud de la sala.

Woods, que hasta ese momento había permanecido imperturbable, frunció el ceño al mencionar a su hermano.

Sin embargo, no dejó que la emoción lo traicionara.

Miranda continuó, acercándose lentamente, sus pasos firmes.

—Dime, Woods —continuó, su tono más cortante.

—¿Qué crees que harás cuando ya no tenga variedad?

¿Cuándo ya no haya más que dones inútiles, que solo sirvan para crear caos?

— Woods no dijo nada de inmediato.

La habitación parecía estar suspendida en el tiempo.

Finalmente, habló, su voz grave, pero con un dejo de frustración.

—Lo que haces… lo haces para proteger a tu hijo.

Lo sé.

Pero esta… esta anomalía no es algo que podamos permitir que siga creciendo… ya viste las pantallas… lo que creo… y lo que puede seguir haciendo.

Si no lo detenemos, la única variedad que quedará será la destrucción.

— Woods tomo un respiro, y luego dijo unas últimas palabras.

—Estuve estudiando a este coreano extraño… tu hijo Ángel Stone… es el único que vi que puede igualarle, especialmente en velocidad… — Mientras tanto: Ángel estaba sentado en el parque, como usualmente, sentado derecho en un banco lanzando maíz a unas aves que había frente a él, sus alas plegadas contra su espalda como si quisieran ocultarse, avergonzadas por el peso de sus propios recuerdos.

Sus ojos.

Vacíos de esperanza, miraban al frente sin realmente ver nada.

El sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de tonos cálidos que contrastaban con el frío que sentía en su interior.

Cada error que había cometido, cada elección equivocada, parecía apoderarse de él más y más.

El eco de las peleas, de los gritos, la pérdida de lo que alguna vez fue, todo parecía materializarse alrededor de él.

Incluso la gente que pasaba cerca de él no lo miraba dos veces; quizás notaban su presencia, pero no se acercaban.

El tipo de soledad que había aprendido con el tiempo.

No sabía que sus movimientos estaban siendo monitoreados.

En algún lugar, detrás de una pantalla, Woods lo estaba analizando, evaluando cada paso que daba, cada señal de debilidad, cada momento de duda.

Días después, Ángel se despertó con el molesto sonido del timbre resonando por toda la casa.

Su cuerpo aún estaba pesado, su mente atrapada en la bruma del sueño.

Se pasó una mano por la cara, despeinando aún más su cabello mientras se sentaba lentamente en el borde del sofá.

El timbre sonó otra vez, más insistente.

—Ya voy… —murmuró con voz ronca, aunque no tenía idea de quien podría ser tan temprano.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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