El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 9
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9: ¿Mama?
9: ¿Mama?
Se levantó sin prisa, sintiendo la tensión acumulada en su espalda.
Caminó hacia la puerta, frotándose los ojos en un intento por despertar por completo.
Algo en su pecho le decía que esta visita no era como cualquier otra.
Tomó el picaporte, respiró hondo y abrió la puerta.
Ángel abrió la puerta y se encontró con una figura que no esperaba ver.
Miranda Stone estaba allí, de pie frente al él, con su imponente presencia llenando el umbral.
Su postura era firme, su expresión indescifrable, pero sus ojos… sus ojos tenían algo distinto, algo que Ángel no supo definir de inmediato.
Por un momento, ninguno de los dos dijo nada.
El viento movió ligeramente el cabello de Miranda, y Ángel, aún medio dormido, solo la miró con el ceño ligeramente fruncido.
—…Mamá.
—Su voz salió más baja de lo que esperaba, casi como si no estuviera seguro de decirlo.
Miranda lo miró de arriba abajo, como si estuviera evaluándolo, como si intentara encontrar algo en él.
Finalmente, suspiro y cruzó los brazos.
—¿Vas a invitarme a pasar o prefieres que tengamos esta conversación aquí afuera?
—dijo, su tono firme, pero sin dureza.
Ángel no respondió de inmediato.
Solo se hizo a un lado, dejando la puerta abierta para que ella entrara.
Ángel no respondió de inmediato.
Solo se hizo a un lado, dejando la puerta abierta para que ella entrara.
No sabía por qué, pero algo le decía que esto no sería una simple visita.
Miranda avanzó lentamente por la casa, observando todo con una mirada analítica, como si estuviera registrando cada detalle.
Ángel cerró la puerta detrás de ella sin decir nada, solo observándola con cautela.
—¿Lo estuviste pasando bien después de prisión?
—preguntó Miranda sin voltear a verlo, recorriendo la habitación con la mirada.
Ángel se quedó en silencio por un momento, sus manos en sus bolsillos.
—No sé si “bien” es la palabra correcta… aunque, dure menos de 5 meses, y sé que fuiste tú.
—respondió finalmente, con un tono seco.
Miranda asintió levemente, como si esperara esa respuesta.
Caminó un poco más y luego se detuvo, mirando una foto en la mesa.
La tomó con cuidado, su expresión volviéndose más seria.
—La superaste… ¿a ella?
—preguntó sin apartar la vista de la imagen.
El cuerpo de Ángel se tensó.
No necesitaba que dijera un nombre.
Sabía perfectamente de quien hablaba.
Él miró hacia otro lado, evitando la foto en sus manos.
—¿Por qué estás aquí, mamá?
—preguntó en voz baja, esquivando la pregunta.
Miranda bajó la foto lentamente y lo miró.
Sus ojos eran duros, pero en el fondo había algo más.
Algo que Ángel no lograba descifrar del todo.
—Porque hay cosas que tienes que saber —respondió, su voz firme, pero con un peso que no se podía ignorar.
Miranda suspiró y se pasó una mano por el rostro, como si estuviera tratando de encontrar las palabras adecuadas.
Su mirada se suavizo por un momento, pero la tensión en sus hombros no desapareció.
—Ángel… —su voz era más baja de lo normal.
—No sé cómo decirte esto sin sonar como una maldita hipócrita, pero… me siento mal por todo esto, siempre me sentí así.
Ángel levantó una ceja, cruzándose de brazos.
—¿Por qué ahora?
—preguntó, su tono no era de enojo, pero tampoco de comprensión.
Miranda no respondió de inmediato.
Se quedó allí, mirando el suelo como si las palabras le pesaran en la garganta.
Finalmente, tomó aire y decidió soltarlo de golpe.
—Woods te vio… — El ambiente pareció cambiar en ese instante.
Ángel no reaccionó de inmediato, pero la forma en que su mirada se endureció delató que había entendido el peso de esas palabras.
—¿Qué?
¿Quién?
— —Te estuvo observando… —Miranda se pasó una mano por el cabello, frustrada.
—Vio tu agresividad, tu dolor… y lo único que pensó fue en tu potencial.
Tu capacidad de destrucción.
La forma en la que sigues de pie después de tanto.
— Ángel permaneció en silencio.
No se sorprendía de que alguien como Woods hiciera algo así.
Pero que su propia madre se lo dijera.
—¿Entonces… tu jefe me quiere usar como arma para esa tal compañía DHARMA CONTROL…?
— —No se suponía que debía decirte esto… —continuó Miranda, con una amargura notable.
—Pero al fin y al cabo… eres mi hijo.
No puedo quedarme callada.
El peso de sus palabras cayó sobre Ángel, pero antes de que pudiera responder, Miranda dio un paso adelante.
—y hay más… —agregó con seriedad.
—La anomalía DHARMA — Ángel frunció el ceño.
Había escuchado sobre ella antes, pero nunca le había prestado demasiada atención.
—Esa cosa —continuo Miranda.
—, la que nos hizo lo que somos, la razón por la que tenemos dones… Algo cambio en ella.
— Ángel no dijo nada, esperando a que continuara.
—Se quedó sin variedad, y en vez de crear dones, está creando sus propias abominaciones.
— Por primera vez en toda la conversación, Ángel parpadeó, confundido.
—¿Qué?
— —Ya no está generando nuevas habilidades.
—Explicó Miranda —.
Solo está reciclando dones que ya existen.
O… creando algo peor.
La sala pareció volverse más fría.
Ángel sintió un mal presentimiento.
—¿Qué tan… “peor”?
— Miranda lo miró fijamente, con una expresión que Ángel no pudo interpretar del todo.
—Lo suficiente como para que, si un grupo de ellos se reuniera… podrían acabar con todo un continente.
— Un silencio pesado cayó entre ambos.
Ángel apretó los puños lentamente.
—Y ahora dime.
—dijo Miranda con un tono que sonaba más a un ruego que a una orden.
—¿Realmente crees que puedes ignorar esto?
— Ángel dio un paso atrás, llevándose una mano a la cabeza mientras trataba de procesar lo que acababa de escuchar.
—Espera… espera un segundo, ¡carajos!
—su voz de alzó, llena de incredulidad y rabia contenida.
—¿¡Me quieren usar como un arma!?
— Miranda lo miró con seriedad, pero no respondió de inmediato.
Ángel dejó escapar una risa sarcástica, aunque no había nada divertido en todo esto.
—Estamos siquiera… —Ángel hizo una pausa, su mandíbula apretándose mientras intentaba encontrar las palabras —¿Estamos hablando de esa anomalía?
—su mirada se afiló, clavándose en su madre.
—La misma maldita cosa que mencionabas con tanta emoción antes de lo se Samantha… — Miranda cerró los ojos por un momento, como si las palabras de Ángel le hubieran golpeado más fuerte de lo que quería admitir.
Cuando los abrió, su expresión era de puro cansancio.
—Las cosas cambiaron, Ángel.
—Su voz era más baja, más pesada.
—Yo cambié.
Y no eres el único al que quieren usar.
Ángel sintió un escalofrío recorrer su espalda.
Algo en la forma en la que lo dijo… —¿Qué estás diciendo?
—su tono ahora más serio, más alerta.
Miranda lo miró fijamente, con algo parecido a la culpa reflejada en su rostro.
—Que esto ya comenzó, y nos guste o no… ambos estamos dentro.
— Ángel dejó escapar un suspiro pesado, apartando la mirada.
—No iré… —dijo con firmeza, su voz cargada de una determinación fría.
—Que se joda la anomalía y el mundo si quiere.
Si se acaba el mundo yo puedo cuidarme solo.
— Miranda apretó los labios, como si ya esperara esa respuesta, pero aun así le molestara.
—No es tan simple, Ángel.
— —¿Ah?, ¿no?
—soltó una risa seca, sin humor.
—Siempre me han dejado solo.
Siempre he tenido que arreglármelas por mi cuenta.
¿Y ahora que alguien decide que soy útil, de repente tengo que preocuparme por lo que pase?
— Miranda se cruzó de brazos, tratando de mantener la calma.
—No se trata solo de ti.
— Ángel chasqueó la lengua y la miro con dureza.
—Para mí, sí.
— El silencio entre ambos se volvió más tenso.
Mira suspiró, pasando una mano por su rostro.
—No tienes idea de lo que está en juego… — Ángel se giró, dándole la espalda.
—Y no quiero saberlo.
— —Tampoco tienes elección, Ángel… tienes que venir… —dijo Miranda, su voz quebrándose ligeramente.
Ángel se detuvo en seco.
Reconocía ese tono.
No era una orden… era algo más.
Algo que no quería escuchar de su propia madre.
Giró la cabeza solo lo suficiente para verla de reojo.
Miranda había cambiado su postura.
Su piel, normalmente impecable, ahora tenía un brillo extraño, reflejando la luz de la habitación como si fuera puro diamante.
Ángel entrecerró los ojos.
—No.
—Su voz era baja, peligrosa.
—No harás esto… — Miranda tragó saliva, su mandíbula tensa.
—Lo siento…— Ángel sintió un escalofrío recorrer su espalda.
No por miedo.
Por decepción.
Ángel se puse en defensa con sus alas, y Miranda usaba el don que Ángel milagrosamente heredo de ella, pero al ella ser la original, era más que fuerte.
Miranda clavó su mano en una pared cercana de la casa, sacando un tubo de metal sin esfuerzo, y se puede ver como su piel esta notablemente más resistente como el diamante.
De repente, un dolor leve y punzante en el cuello hizo que Ángel se tambaleara un poco.
Cerró los ojos un instante, sintiendo como si el mundo a su alrededor se desvaneciera.
Un sueño comenzó a tomar forma, profundo y vivido.
En ese sueño, se encontraba en una montaña con Samantha.
La brisa suave acariciaba sus rostros mientras caminaban juntos, disfrutando de la paz y la belleza del lugar.
El paisaje a su alrededor era tranquilo, sereno, y el tiempo parecía detenerse.
Un espectro de Samantha extendió su mano hacia él, sus dedos entrelazándose con los de Ángel.
Ambos se miraron con complicidad, sonriendo.
Era un momento perfecto, libre de dolor y dudas, solo ellos dos en su propio mundo.
Samantha, con su voz suave y cálida, comenzó a hablar, como siempre lo hacía cuando quería compartir algo profundo: —¿Sabes, Ángel?
Las cicatrices no son solo marcas de lo que hemos sufrido.
Son… son recordatorios de lo que hemos superado.
Cada una tiene una historia, y cada historia nos hace más fuertes.
Ángel se quedó en silencio, absorbiendo cada palabra.
En ese instante, todo lo que le dolía en el mundo parecía desvanecerse, y solo existía esa conexión con Samantha, ese momento donde no había nada que temer.
—Samantha… yo… —dijo Ángel, su voz temblando antes de abrazarla con fuerza.
Pero en el momento en que la sostuvo, algo extraño ocurrió.
Sus ojos se agrandaron, como si algo lo atravesara, como si el mundo que lo rodeaba se distorsionara repentinamente.
Con un brusco empujón, separó su cuerpo de ella, y al mirar su rostro, la confusión y el miedo se apoderaron de él.
Los ojos de Ángel se abrieron como platos, y una sensación de terror lo recorrió por completo.
—¡SAMANTHA, NO!
—gritó, su voz llena de desesperación y angustia.
—¿¡ESTAS BIEN!?
¡DIME QUE ESTAS BIEN, POR FAVOR!
— El pánico se reflejaba en su mirada, como si todo lo que había creído sobre ese momento perfecto se desmoronara ante sus ojos.
¿Era todo esto una ilusión?
¿Un sueño?
O tal vez, el dolor de perderla una vez más estaba comenzando a apoderarse de él.
El miedo se apoderó de él con fuerza.
No podía procesarlo.
¿Qué había pasado?
¿Por qué estaba así?
—Samantha… ¿Qué… qué te hicieron?
—murmuró Ángel, su voz quebrada por la desesperación.
Sin embargo, antes de que pudiera hacer algo, un dolor agudo atravesó su pecho, y todo a su alrededor comenzó a desvanecerse, como si estuviera cayendo en un abismo oscuro.
De repente, Ángel despertó con un sobresalto.
Su respiración era agitada, su cuerpo cubierto de sudor frío.
Miró a su alrededor y se dio cuenta de que estaba atado a una cama.
Todo lo que había visto, toda la pesadilla, había sido solo eso: un sueño.
Los latidos de su corazón se aceleraron, y en la oscuridad que lo rodeaba, algo le decía que este no era el final.
Algo más estaba por venir.
Ángel, todavía atado a la cama, intentó mover las manos y piernas, pero todo estaba inmóvil.
A lo lejos, en el silencio de la oscuridad que lo rodeaba, pudo escuchar un grito.
Era débil al principio, pero a medida que pasaban los segundos, se volvía más claro, más desesperado.
Un grito que le parecía familiar, como si estuviera marcado en su memoria.
—¿Quién…?
¿Qué está pasando?
—Murmuró Ángel, mirando a su alrededor con pánico.
Los gritos continuaron, llenos de angustia, y Ángel pudo identificar algo en la voz.
Era la voz de alguien a quien conocía.
Cuando quiso moverse más, sus alas estaban atadas abiertas cada una extendida a su lado respectivo.
Sintió la presión de las cuerdas, inmovilizado en la cama.
Los gritos distantes resonaban en sus oídos, aumentando su ansiedad.
De repente, las luces se encendieron bruscamente, cegando a Ángel por un momento.
Un doctor entró en su campo visual, ajustando un equipo tecnológico desconocido que llevaba consigo.
—¿Dónde estoy?…
¿Qué me han hecho?
—dijo Ángel con una voz débil El doctor ajustó un control, mirando a Ángel con una calma fría.
—No te preocupes.
Estás en un lugar bastante seguro, más de lo que crees.
—dijo el doctor aun preparando esa tecnología extraña que llevaba consigo.
—¿Qué lugar es este?
¿Por qué estoy atado?
—respondió Ángel, visiblemente confundido y agotado.
El doctor no respondió de inmediato.
Sólo tocó un botón en su equipo y los gritos distantes de la persona se desvanecieron, dejando un pesado silencio en el aire.
—¿Quién está gritando?
¡Dime!
¿Por qué los has callado?
— El doctor giró hacia el panel de control, como si las preguntas de Ángel no importaran.
Con otro toque, todo quedó en silencio.
—Esa persona ya no es un problema.
Ahora puedes concentrarte en lo que realmente importa.
— El doctor lo miró fijamente, sin mostrar ni un atisbo de emoción.
—Eres un experimento, Ángel Stone.
No tienes elección.
Lo que pasa aquí ya está decidido.
— Ángel con su mirada decidida, activó el poder de sus alas.
Un brillo oscuro y cortante emanó de ellas, y con un rápido movimiento, las correas que lo mantenían cautivo se cortaron.
El sonido del desgarrarse de la tela y metal llenó la habitación.
El aire se volvió más denso, como si la tensión fuera palpable.
Las alas de Ángel, libres por fin, se desplegaron con fuerza, listas para volar o atacar.
Sin embargo, antes de que pudiera hacer algo más, el doctor extendió su mano, y de la nada, una red extraña y viscosa emergió, envolviendo las alas de Ángel con una velocidad abrumadora.
La red parecía tener una consistencia que no era natural, algo casi repulsivo, como si fuera una mezcla de tecnología y algo biológico.
—¿¡Qué demonios es esto!?
—Ángel respondió, mientras la red se apretó aún más alrededor de sus alas, evitando que se movieran con la libertad que solían tener.
Ángel intentó resistir, pero la red era más fuerte de lo que parecía a simple vista.
Su respiración se aceleró mientras luchaba contra las ataduras.
—Es un material especial.
No puedes cortar esto, Ángel.
Es… adaptativo.
— El doctor se acercó, con una expresión implacable.
No había urgencia en su paso, solo la certeza de que tenía el control.
La situación era clara: Ángel no iba a escapar tan fácilmente.
Ángel, respirando con dificultad, miró al doctor con una mezcla de frustración y miedo.
Sus alas estaban atrapadas en esa extraña red, y no podía entender cómo se había llegado a esa situación.
Miró alrededor, buscando alguna señal de que su madre, Miranda, estuviera cerca.
—¿Dónde está mi madre?
¿Dónde está Miranda?
— El doctor no respondió de inmediato.
Su expresión era tan inexpresiva como siempre, pero Ángel podía sentir que algo no estaba bien.
Algo dentro de él comenzaba a conectarse.
De repente, las imágenes comenzaron a invadir la mente de Ángel, como un torrente de recuerdos fragmentados.
Recordó la pelea con su madre, las palabras duras que habían intercambiado, la sensación de traición que había invadido su pecho.
Los gritos de Miranda, la frustración en su rostro, y luego el dolor punzante en su cuello.
El ultimo recuerdo claro que tuvo fue ese dolor, como si alguien hubiera presionado un botón para neutralizarlo, como si fuera un animal salvaje siendo tranquilizado para controlarlo.
—¿Qué me hicieron…?
—dijo Ángel ahora con más miedo.
Los ojos del doctor brillaban con una mezcla de fascinación y algo más, algo que Ángel no pudo identificar, pero que le hizo sentir una punzada de incomodidad.
—Te sedaron, muchacho.
Y aquí estas… En una situación que probablemente no entiendes bien, pero te aseguro que has sido elegido para algo más grande.
Los planes de Woods… son más grandes de lo que imaginas.
Y tú, Ángel, eres la pieza clave para enfrentarla…
todo lo que has experimentado, todo lo que ha pasado, es parte de algo más grande.
— Ángel no podía evitar sentir una mezcla de rabia y confusión.
No sabía si podía confiar en algo de lo que este hombre estaba diciendo, luego, el doctor continuó.
—Tus alas… son, magníficas, bellísimas… Envidio tu poder, muchacho.
Pero… ya que estás aquí… deja que las arregle un poco.
— Sin dar espacio a una respuesta, el doctor extendió sus manos hacia las alas de Ángel, como si las considerara un objeto de su propiedad.
Ángel luchó contra las ataduras, pero la red aún lo mantenía inmovilizado.
El dolor de su cuello y la sensación de estar siendo manipulado lo llenaban de rabia.
—No toques mis alas… —le dijo Ángel, su voz rasposa, pero llena de determinación.
—Es demasiado tarde para que te resistas… las alteraciones ya están en proceso.
— Con un gesto, el doctor activó una maquina cercana que emitió un zumbido bajo.
Unos instrumentos extraños se acercaron a las alas de Ángel, y el joven sintió una extraña sensación de calor y presión.
Estaba siendo cambiado, manipulado de una manera que no comprendía, pero que lo aterraba profundamente.
Ángel lo miró con horror, su respiración se volvió irregular mientras el dolor y la confusión invadían su mente.
No entendía nada de lo que estaba sucediendo, pero el sentimiento de estar atrapado en un juego del que no era parte, lo sobrepasaba.
El doctor, sin mirar a Ángel, continuó ajustando los controles en la máquina que estaba conectado a las alas de Ángel.
La luz parpadeaba y un zumbido metálico llenaba la habitación, una sensación que indicaba que algo dentro de él estaba cambiando.
—Lo que te van a hacer muchacho, es algo que ni tu ni yo podemos detener.
Estas siendo modificado…
con la tecnología y el poder de la anomalía sin cambiar tus genes, por lo cual, será doloroso… sí.
Lo que te están haciendo ahora es solo el comienzo.
Y realmente, nunca fuiste humano con esas alas.
— Ángel trató de procesar las palabras del doctor, pero la sensación de estar siendo invadido por algo ajeno a su voluntad lo desbordaba.
El dolor era intenso, pero había algo más… un miedo profundo, un presagio de que se estaba perdiendo a sí mismo.
—Según lo que he escuchado, te entrenaran para viajar a una ciudad en Corea del Sur… es allí donde debes enfrentar las últimas anomalías.
Y créeme, no te gustará lo que te espera.
— El doctor lo miró finalmente, y aunque su rostro permaneció impasible, en sus ojos había una chispa de algo… ¿compasión?
¿indiferencia?
No lo sabía, pero Ángel pudo notar una frialdad palpable.
—Para ayudarte un poco y sepas que son las “anomalías”, son lo que queda de los humanos tras los “dones”.
Seres con habilidades que han surgido de un proceso que tú no puedes comprender todavía.
Y tú Ángel, tu talento no tiene comparación, y los de Woods han decidido que tu destino está sellado.
Te entrenaran, te usaran, y serás parte de algo más grande.
Ya no tienes opción muchacho, estas marcado.
— Una sustancia viscosa, extraña y tecnológicamente avanzada, comenzó a formarse en su palma, moviéndose de manera antinatural, como si tuviera vida propia.
Ángel apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de sentir un pinchazo en la piel.
Sus parpados se volvieron pesados, su mente empezó a nublarse, y lo último que escuchó antes de perder la conciencia fue la del doctor, susurrando algo que ya no pudo comprender.
La oscuridad lo envolvió por completo.
De la nada, el sonido de pasos resonó en el silencio absoluto.
No tenía sentido, no había suelo, ni dirección, pero ahí estaba: la sombra de siempre, el hombre de la barba larga y desordenada, con su única ala extendida.
Caminaba con tranquilidad, como si este lugar le perteneciera.
Ángel solo frunció el ceño, su voz sonó apagada en la inmensidad del vacío.
—¿Qué haces aquí otra vez?
—pregunto Ángel.
La sombra no respondió de inmediato.
Solo se detuvo a unos metros de Ángel y lo observó con esos ojos brillantes, como soles en la oscuridad.
—Sabía que terminarías aquí tarde o temprano.
—dijo el hombre con su tono habitual, ni burlón ni severo, solo un hecho inevitable.
Ángel sintió otra punzada de picazón en la espalda, y gruñó irritado.
—Dímelo de una vez, ¿Qué quieres ahora?
¿Vas a decirme lo que ya se?
¿Qué estoy atrapado?
—le respondió Ángel a la sombra.
La sombra inclinó levemente la cabeza, como si estuviera evaluándolo.
—No.
Quiero preguntarte algo, Ángel… —dio un paso más cerca, su figura oscura parecía desdibujarse con cada movimiento.
—¿Por qué sigues aferrándote?
— Ángel apretó los dientes, su mirada ardía con frustración.
—¿Aferrarme a qué?
— La sombra sonrió apenas.
—A todo.
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