El Club De Los Chicos Raros. - Capítulo 10
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10: Capítulo 8.
10: Capítulo 8.
Dos meses atrás, el día del maratón.
Hospital de Pensiwell: “El Primero Para Todos”.
Ele se quejó al sentir el alcohol en la cortada de su labio.
— Lo siento, niña — se disculpó la enfermera.
— No se preocupe — buscó sonreír, sin poder lograrlo.
Se bajó de la camilla de donde la enfermera la sentó.
Acomodó levemente su cabello, y mientras la enfermera parecía buscar alguna cosa, examinó lo sucia que había quedado.
La sangre de su frente había ensuciado gran parte de su ropa, todo su suéter quedó manchado de barro y sus zapatos no se habían salvado de quedar igual.
A pesar de que terminó hecha un desastre, su ropa no sufrió más que eso.
— Tus amigos lo hicieron bien al hacer eso — señaló al torniquete improvisado por los chicos en una mesa a unos pasos de ellas —.
Sin importar que sea un retazo de tela y cinta adhesiva — bufó con gracia.
— Sí…
pero no son mis amigos — dijo sería.
— Oh claro, entiendo — volteó hacia ella poniéndose las manos en la cintura.
— No, tampoco soy una de esas…
— Tampoco me importa — interrumpió —.
Esos chicos, sean lo que sean de ti, al hablarme, sentí que para ellos — le mostró una paleta roja nueva —.
Tú sí eras su amiga.
Antes de tomar la golosina, recordó ese pequeño instante al llegar.
Lucas fue el primero en entrar y el más rápido en llegar con la enfermera de la administración.
— Buenas…
necesito saber sobre una paciente — tomó aire —.
Necesito saber si está aquí.
— ¿Su nombre?
— preguntó extrañada viendo a los demás llegar detrás de él.
— Gabriela Thompson — contestó velozmente.
Revisó con paciencia sus documentos hasta que al fin asintió.
— ¿Puedo verla?
— Deberás hablar con las enfermeras de allá — le señaló.
Antes de irse, vio a la chica nueva mareada apoyándose en Max y Aslan.
— Necesitamos que la revisen urgentemente.
— Ha botado mucha sangre por su herida, y no puede mantenerse en pie — agregó rápido Max.
— Su nombre es Gabriele Taylor — siguió Lucas —.
Por favor, necesita asistencia médica lo antes posible.
— Niña — la trajo de vuelta a la actualidad —.
Ya puedes irte.
— Claro, gracias.
CAPÍTULO VIII.
Antes De Ti.
Dos meses después del día de maratón.
Casa Taylor.
— Ahora no avisas cuando vas a salir — escuchó la voz de su padre antes de hacer girar el picaporte —.
Dejaste de pedir permiso, de decirnos a dónde vas y ahora no avisas cuando saldrás.
— Iré a la biblioteca — respondió suavemente sin voltear a ver a su padre.
— Extraño a la Gabriele que eras antes, esa sí era Gabriele, no sé qué eres ahora…
— Solo tú.
— Gabriela, respeta — regañó su madre.
— Déjala, sabré responder así cuando necesite algo de nosotros.
Cansada, él se volteó y antes de protestar llegó Demian a taparle la boca.
— Yo la invité.
Comeremos en el centro comercial, nos vemos en la tarde — abrió la puerta y empujó a su hermana hasta llegar a su auto.
Los primeros minutos de viaje fueron de silencio.
Demian solía ser quien sacaba conversación a su obstinada hermana cada vez que salían, pero esta vez simplemente había salido para cubrirla.
Como ya lo había hecho más de unas diez veces.
— No tenías que callarme — reclamó Ele notando que ya estaban cerca de su parada.
— Tuve que hacerlo.
Sé que a veces papá y mamá no te entienden por la forma que cambiaste para ellos…
pero no dejan de ser tus padres, Ele.
— Solo porque así me hacen llamarlos.
— Y porque te han dado todo lo que tienes — frena el auto y enseguida voltea hacia ella —.
No son perfectos, todos cometemos errores.
— Pareciera que no vives en la misma casa.
Solo tú y yo nos equivocamos, ellos solo conocen esa palabra porque es lo único que “nosotros” hacemos — explicó viéndolo fijamente a los ojos —.
Me cansé de ser la hija perfecta hace tiempo, tú deberías intentarlo también.
Abrió la puerta y tomó del asiento de atrás la mochila que había arrojado con molestia antes de montarse.
Sin despedirse, cerró la puerta dejando pensativo a su hermano, que solo respiró y decidió marcharse.
— Ahí viene — habló Marco levantándose de las escaleras —.
Les dije que le había dado la dirección correcta.
— Nah, la biblioteca no es difícil de encontrar — respondió Aslan de pie detrás de él, mientras guardaba la bolsa de papas vacía en su bolsillo.
— Cállense, ya viene — mandó Max intentando mantenerse sereno.
Biblioteca pública de Pensiwell.
— Hola, Ele, ¿cómo…?
— Max, no perdamos el tiempo, por favor — intervino pasando por el medio de ellos sin ver a ninguno.
— Claro — susurró Max, girando y subiendo las escaleras detrás de ella.
— Alguien no está de humor hoy — dijo Aslan dándole una mirada rápida a Marco.
Al final de las escaleras, se encontraba un enorme mapa de Pensiwell, donde se detallaban todas las calles y avenidas del pueblo.
Unos pasos atrás, estaban las altas puertas de madera que tenían el nombre de la biblioteca.
La pelirroja detalló de reojo mínimos detalles del mapa y esperó a todos para entrar.
Ya había pasado un rato desde que habían entrado y Marco esperaba junto con Ele a Max y Aslan, quienes se habían ido en busca de algunos documentos que le querían mostrar a la nueva.
Finalmente Marco se armó de valentía y con señas hizo que Ele se quitara uno de sus auriculares.
— Disculpa, no quiero molestarte, pero me gustaría decirte algo desde hace un tiempo — tragó hondo y se enfocó en lo que dirá —.
Sé que todo el tema de cómo nos conocimos ya se olvidó.
Pero, ahora con este nuevo comienzo, me gustaría empezar con buen pie — Ele levantó ambas cejas esperando su propuesta — Tengo algo…
tengo algo para ti…
espero y te guste — sonrió mientras que de su mochila sacaba una carta.
Ele soltó delicadamente el auricular que mantenía en su mano derecha y tomó el sobre azul lentamente.
Antes de abrirlo le dio otra mirada a Marco, que se notaba ansioso.
— ¿Qué es?
— interrogó sin abrirlo.
— Pues, una carta — bromeó, a pesar de que se nota que solo a él le causó gracia —.
Dentro tiene una pequeña sorpresa.
Una chica me ayudó a escogerlo — le regaló otra sonrisa.
— No digas eso para la próxima — le extendió la carta de vuelta.
— Oh…
claro — la tomó de vuelta —.
Quería hacerlo bien, es todo.
— No sé mucho del tema, pero creo que es mejor que se lo regreses a la chica que lo compró — usó eso para excusarse.
— Yo lo compré, me ayudaron solo en el lugar para ir…
— Volvimos — avisó Aslan en voz alta interrumpiendo la explicación.
La bibliotecaria, sin contenerse, le arrancó un cabello a Aslan mientras pasaba detrás de él.
— Disculpe, señora Nancy — agregó Max mientras Aslan se sobaba la nuca.
Marco, en un movimiento rápido y disimulado, guardó su regalo debajo de sus piernas.
Al ver a Ele notó como pareció disimular también.
— Bien, he aquí, tus respuestas — bromeó Aslan tocando la caja que había puesto en la mesa al llegar.
— No entiendo — dijo detallando la caja frente a ella.
— Hace unos días me preguntaste de dónde había salido el cine, así que todos quedamos de acuerdo para mostrarte cómo fue el pueblo antes de ti y de todos nosotros — explicó Max sentándose en una de las sillas frente a Ele.
— Pero, vinimos nosotros porque Lucas fue en visita de Gabriela y todos los demás quisieron acompañarlo — agregó Marco.
Al mismo tiempo los tres le mostraron una sonrisa rápida.
Abrieron la caja.
— Hace unos años, la alcaldía quiso borrar “el pasado oscuro de Pensiwell”, y ordenó sacar todo de lo que hablará del pasado del pueblo, bueno o malo — comenzó diciendo Max —.
Pero cuando llegaron aquí ya nada de esos papeles estaba.
— Llegamos antes que ellos — mencionó Aslan sacando las páginas de periódico dobladas que estaban dentro —.
Rescatando lo que para nosotros era importante.
— ¿Cómo supieron que eso pasaría?
— interrogó Ele tomando uno de los papeles.
— A Leonard se le escapó frente a nosotros — respondió Marco —.
Leonard es el hermano policía de Kevin — aclaró.
— Ok — afirmó, abriendo con cuidado la página que había tomado.
Llevó sus ojos a la lastimada página partida a la mitad.
«“Se Suman más.
La increíble suma de cuerpos encontrados por todo el pueblo crece y la alcaldía parece haberse puesto en alerta roja.
Después de haberse mantenido sin respuesta por todo este mes.
La policía sigue buscando pruebas que vinculen esta horrible cadena de desgracias a algún culpable.
Mientras tanto, no se ha dado a conocer ningún avance o noticia.
Se dice que si el tranquilo pueblo del sur sigue aumentando su tasa de mortalidad, el presidente tomará medidas para detener esta ola de mala racha de estos pobres pueblerinos…”» — Está incompleto — expuso al terminar de leer.
— La otra parte la perdimos — respondió Max.
— Sigo sin entender.
Siento que va a algún lado, pero no le consigo sentido — insistió dejando caer la página en la mesa.
— Nadie, ni en 1992 — le señaló la fecha en otro retazo —, ni ahora.
Como dice ahí, nadie sabía nada y sigue igual hasta ahora.
La policía lo guardaba todo, bueno, eso decían — continuó Aslan.
— Y con ese tipo de rumores llegó a boca de todos la supuesta “conexión” entre las muertes y familias que para ese tiempo eran muy importantes — siguió Max.
— Cómo los Taylor — interrumpió Marco —.
Quienes para “la ayuda del pobre” dejaron una industria química extranjera que trabajara aquí.
— Pésimo error — opinó en el fondo Aslan.
— ¿Por qué?
— siguió preguntando ella.
— Las familias importantes que nombré, se fueron, y dejaron muchísimas personas sin empleo — explicó Max —.
Y encontraron empleo en esa empresa extranjera.
Para que unos años más tarde, murieran en la explosión en el noventa y ocho.
— ¿Qué?
— Un presunto tiroteo dentro de la fábrica provocó un desastre químico de los grandes.
Matando o enfermando todo a su paso, llevándose una parte del pueblo que ahora es, la parte muerta del pueblo —continuó Max.
— Y de ahí el cine — dijo al conectar cabos en su mente.
— Y toda una comunidad desaparecida — mencionó Aslan —, que ni siquiera nosotros conocemos completa.
— ¿No debería ser peligroso visitar esos lugares si fueron químicos lo que acabó con todos?
— Ele es Pensiwell, y como todo en este mundo, quien sea que tiene la culpa contó la historia a su favor — comentó Marco cruzado de brazos.
— Vaya, el pueblo sí está como decían en Odyssey — recordó ella curioseando entre las páginas en la mesa.
— ¿Cómo?
— preguntó Aslan tomando asiento junto a ella.
— Maldito — justo con su respuesta, el celular de Max recibe una llamada.
Rápido Max buscó bajarle el volumen al tono antes que la Sr.
Nancy los corriera del lugar.
Pero solo tardaba en contestar más, por lo que Aslan de un jalón se lo quitó y contestó.
— ¿Qué hay, Lucas?
— saludo colocando el celular en alta voz.
Hospital de Pensiwell: “El primero para todos”.
Minutos antes…
— Lindo gorro — interrumpió Norah llegando con un café en cada mano —.
Me parece conocido, y puede ser que a Abrill también.
Lucas sonrió y llevó su mirada al gorro de pescador negro en sus manos.
— Ele lo dejó el día que le cortamos el cabello, he querido devolverlo, pero siempre se me olvida.
¿Prometes no delatarme?
— le respondió viendo cómo se sentó a su lado.
— ¿Para qué lo haría?
— contestó dándole uno de los cafés.
— Por eso necesito que me lo prometas.
Ella sonríe, se acomodó en la silla y se quedó viendo a Gabriela.
Tenían desde muy temprano ahí junto con ella, había despertado días antes de la muerte de Alfonso.
El golpe (el diagnóstico que todos le dan) la dejó estropeada de la memoria y de su mente en sí.
A veces despertaba tranquila y en otras decía cosas sin sentido.
Aún así, Lucas estuvo al pendiente todos los días desde aquel viernes.
— Las promesas no son un juego — dijo Norah en voz baja.
— Buenos días, jóvenes — intervino una enfermera —.
No quiero ser de molestia, pero vengo a ser un nuevo informe del estado de tu hermana.
— No se preocupe, iremos afuera — comentó Lucas mostrándole una sonrisa.
Lucas guardó el gorro en su mochila y dejó la habitación.
Se detuvieron a unos pasos de distancia.
— Gracias por todo, en serio, no sé cómo podré pagarte a ti y al Señor Warlen.
— Oye, sabes que a papá no le cuesta poder ayudarte, les guarda bastante cariño a ti y a Gabriela.
No tienes que pagarle.
Además, no lo llames así, sabes que odia que le digan señor — corrigió acomodando sus lentes y tomando un pequeño sorbo de café.
Norah Carolina Warlen, a pesar de los estereotipos que le tienen a las chicas adineradas, se le notó desde muy pequeña lo despegada que estaría de estos.
Su padre y su abuelo fueron quienes la criaron, su madre murió el día del parto y a partir de entonces Norah ha sido el tesoro familiar.
Aún así, le tocó conseguir las cosas que quería con esfuerzo y no por capricho como era en la mayoría de los casos.
Su padre la crió bajo la frase de: “te enseñaré a ser una reina antes que una princesa”.
Con esto, nació su gusto por las cosas simples, alejándola por completo de la vida que una chica habitual de clase alta en Pensiwell tendría.
— ¿No tienes miedo de todo lo que está pasando?
— soltó de pronto Lucas.
— Supongo que a pesar de que fue hace dos días la muerte de Alfonso, tiene que ver…
¿A qué le tienes miedo exactamente?
— A que algo parecido vuelva a suceder.
— ¿Crees que le pueda pasar lo mismo a ella?
— No exactamente eso.
Sí tengo miedo de que al pararse de esa cama pueda pasarle algo más, pero la he visto atormentarse por años por lo que sea que vio en esos días.
— ¿Crees que algo así se repita?
— Eso es lo que temo — al voltear para mirarla notó a Kevin y Abrill yendo hacia ellos con algunas bolsas.
A pesar de que Abrill quiso apoyar económicamente a Lucas, su madre no se lo permitió.
Por eso ha sido el padre de Norah quien ha pagado cada tratamiento y la hospitalidad de Gabriela.
Por otro lado, Abrill se encargó de alimentar a Lucas con sus mesadas, que alcanzaba fácilmente para comer durante semanas.
— Pase lo que pase — volteó ella siguiendo la mirada de Lucas —, debemos mantenernos lo más lejos posible.
Su mirada se quedó en los chicos que aún no los notaban.
Antes de que Lucas pudiera decir algo más, ambos notan cómo detrás de Kevin y Abrill, aparece Leonard junto a uno de sus compañeros con lo que parecía un niño en sus brazos envuelto en una sábana manchada de sangre pidiendo ayuda a gritos corriendo por el pasillo.
Biblioteca pública de Pensiwell.
Actualidad.
— Chicos — habló Lucas con la voz temblorosa —.
David, el amigo de Mac, está…
muerto.
Ele, Aslan y Marco se miraron de inmediato, y al mismo tiempo voltearon hacia Max.
Sus ojos ya se veían cristalizados, sus manos se habían vuelto puños que apretaba con fuerza.
— ¿Qu-é?
— preguntó.
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