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El Club De Los Chicos Raros. - Capítulo 11

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11: Capítulo 9.

11: Capítulo 9.

— Yo lo sé…

lo sé…

yo lo sé…

Bajó la mano con la que se estrujaba sus ojos y meneó levemente la cabeza para intentar concentrarse en quién hablaba, pero luego de esto, notó que no había nadie frente a él.

Disimuladamente buscó entre la gente el rostro que tenía al frente segundos atrás, pero no lo consiguió.

Sonrió con vergüenza y notó que su vaso estaba vacío, no recordaba tener un vaso o estar bebiendo algo, pero aprovechó para buscar algo.

En camino a la cocina siguió detallando las caras en la reunión, no conocía ninguna y no sabía qué pasaba exactamente.

Gracias a que observaba detenidamente, consiguió ver que la bebida estaba en una mesa acompañada de los aperitivos.

Cuando dio el primer paso, sintió como un niño chocó contra su espalda.

— Deben tener más cuidado al correr por la casa — dijo volteándose.

— Disculpa, Max — le contestó el pequeño Alfonso rascándose la cabeza.

Max se alegró de ver una cara conocida, pero en los ojos de Alfonso notó algo extraño y con eso, volvió en sí.

— Alfonso, tú…

— ¡Max, alguien te busca en la puerta!

— avisó David llegando al patio trasero.

— ¿David?

— dejó caer el vaso mirando a su alrededor —.

No, tú, no…

Los extraños a quienes le había dado la espalda lo vieron fijo.

La música que en algún momento hubo se detuvo y ahora él era el foco de atención.

«Es mejor no decirle a nadie», «no vi nada», recordó, sintiendo cómo su corazón comenzaba a latir más rápido y ser más ruidoso.

— Lo sé — agregó al final dándose cuenta de dónde estaba realmente —.

Dime qué no abriste la puerta — le reclamó a David agarrándolo de los hombros.

David permaneció callado por más que Max insistió.

Sin esperar más, corrió hacia la puerta principal y la consiguió cerrada.

Un enorme alivio le llenó el cuerpo.

El picaporte se movió de un lado a otro lento y aunque no lo vio, ese sonido que hizo al moverse resonó por toda la casa.

La puerta se estremeció como si estuviera a punto de caer y el picaporte parecía que saldría disparado en cualquier momento.

Aterrado, se quedó viendo cómo las luces comenzaron a encenderse y apagarse, los ruidos de la puerta se hicieron más fuertes y de pronto, todo cesó.

Las luces se fueron oscureciendo y tomaron un color rojizo.

Muy poco se veía, aún así, Max se resaltó al ver la mano que se estampó contra la ventana de la sala.

Ambas manos de aquella persona golpeaban con fuerza la ventana.

— ¡AYUDA!

— escuchó el grito de una chica fuera de la casa.

Aquellas manos dejaron la ventana chorreada de sangre.

Los gritos no cesaban y parecían salir de todas las direcciones.

Sin poder moverse del lugar de donde estaba, Max solo cerró los ojos tanto como pudo y se lanzó al suelo deseando que todo acabara.

CAPÍTULO IX.

¿Qué Saben Que Yo No Sé?

— Max, amigo…

— ¡Max!

— insistió Ele al verlo congelado y sin ningún rastro de respuesta.

Cuando intentó tocarle el hombro, Max lentamente la miró a los ojos y susurró tan bajo que ninguno lo pudo escuchar.

Aslan y Marco se mantuvieron atentos; nada de esto era usual y preferían no interferir.

En sus ojos se podía ver cómo el miedo se adueñaba de él.

— ¿Max?

— Lucas, llama a otro — dijo Max quitándole el celular a Aslan —.

Lo siento — colgó y corrió a la salida.

Aslan perdido lo siguió y Ele, sin pensarlo mucho, también fue tras él.

Dejando a Marco con las mochilas y el papeleo.

Max nunca había corrido tan rápido.

— ¡Max!

— gritó Aslan a mitad de las escaleras no muy lejos de él.

Aunque lo escuchó gritar, Max siguió corriendo tan rápido como podía.

Después de esa pesadilla en la mañana había preguntado por David a su madre, ella le respondió que aunque no había dormido bien esos días, parecía mostrar mejoras muy rápido y ahora estaba muerto.

Necesitaba ver a su hermano, después de esa pesadilla lo había visto en otro sueño.

No sabía si eso en realidad tenía relación, si en serio podía haber predicho la muerte de David, pero no iba a tomar el riesgo.

— ¡Max, espera!

— siguió Aslan dándose por vencido.

Se frenó y se llevó ambas manos a la cabeza.

— Amigo…

— susurró sin quitarle la mirada a Max a lo lejos — ¿Qué demonios te pasa?

«Yo no vi nada…», «No vi nada y no hay nada que recordar.

Estos indicios que me has presentado durante semanas están solo en tu mente», recordó las veces en las que vio a Max de la misma forma.

Max no era muy valiente y Aslan lo había visto aterrado, pero sabía que no era cobarde o asustadizo, no hasta que la pelirroja llegó.

— ¿Por qué lo dejaste ir?

— preguntó Ele recién llegando detrás de él.

«Es linda tu preocupación por ella.

Pero bastante ingenua» le resonaron sus palabras en la cabeza.

— ¿Aslan?

— interrogó Ele.

Se volteó y se fue hacia ella haciéndola dar unos cuantos pasos hacia atrás.

— ¿Qué haces?

— le dijo frenándolo con una de sus manos.

— Tú y yo tenemos algo de qué hablar — le reclamó Aslan.

Hospital público de Pensiwell: “El Primero Para Todos”.

— ¿Ok?

— rompió el silencio Abrill —.

Creo que no tuviste que darle la noticia así a Max.

— No tuvo que darle la noticia para empezar — opinó Kevin tomando asiento de nuevo.

— En algún momento lo sabría — se defendió Lucas —.

Solo decidí avisarles a todos.

— ¿Y para qué querías eso, Lucas?

— preguntó Norah de brazos cruzados.

— ¿No puedo hacerlo?

— No con la intención con la que la hiciste — regañó Kevin —.

Te conocemos, sabemos que de alguna forma quieres intervenir en lo que está pasando.

— ¿Me conocen?

¿tú y quién?

— Solo nos preocupamos por ti — intervino Norah.

Lucas negó ligeramente con la cabeza y posó su vista en ambos.

— Claro — sonrió con ironía —, cómo no me lo imaginé.

— Thompson — susurró Abrill agarrándolo del brazo —.

La hora de la visita se acabó, vamos a casa.

— Sí, Norah y yo parecemos ser los únicos sinceros con todo esto.

Lucas ya han muerto dos niños…

— ¡Y aún así prefieren quedarse sentados!

Esperando a que acaben todos — se acercó tanto que quedó a solo centímetros de la cara de Kevin.

— ¿Y qué harás tú?

— susurró —.

Dime, ¿qué harás para impedirlo?

¿lo mismo que hiciste para ayudar a Gabriela?

— fijó sus ojos en los de Lucas.

— Dejaré de ser un cobarde…

eso haré.

Una palabra más pudo hacer que todo estallara en peor, pero las chicas no los dejarían llegar tan lejos.

— Ya, ¿qué te sucede?

— le preguntó Abrill al oído, jalándolo por la cintura hacia ella —.

Me iré con Lucas a su casa, Norah, quédate con Kevin si puedes.

Norah asintió con la mirada baja, mientras ellos no se quitaban la vista uno del otro.

Tales conflictos no eran posibles en ellos desde que se conocieron, al menos, que fuera por alguna clase de juego y eran molestias de días.

Pero, últimamente, todos parecían más irritados de lo normal.

+++ Sus piernas habían superado su límite cuadras atrás, sus pulmones parecían estar secos y desinflados.

No había parado de correr desde que había salido de la biblioteca y a pesar de poder llegar caminando a su casa, regresar corriendo lo haría lamentarse luego.

Finalmente estaba frente a su casa y el miedo que lo había inundado desde recibir la noticia lo frenó antes de abrir la puerta.

Una pequeña parte de él pensaba en qué haría si al entrar, no conseguía a su hermano con vida.

Se negaba a la idea, pero seguía sin poder meter la llave dentro de la cerradura.

En eso, abrieron la puerta desde adentro.

— ¿Max?

— preguntó el hombre que iba de salida.

— Señor Gutiérrez — tartamudeó sorprendido —.

Lamento…

lo de…

— Tranquilo — lo interrumpió.

Finalmente le dio una sonrisa y siguió su camino.

Max lentamente se adentró en su casa y consiguió a todos los padres del grupo de amigos de su hermano, que lucían intranquilos.

El ambiente estaba callado y aunque entre algunos pocos había conversaciones, eran casi susurros y murmullos.

Max buscó irse hacia el pasillo en busca de su hermano.

— Está durmiendo — dijo su madre apareciendo detrás —.

Déjalo.

— Quiero ver cómo está.

No lo voy a despertar.

— Yo sé, pero todos estos días no ha podido dormir.

Cuando despierte, lo verás.

Decepcionado, le dio un vistazo más a la puerta de la habitación de su hermano y se fue con su madre.

— Ven.

Ayúdame rápido a servir unas cosas en la cocina — mandó con la niña menor en los brazos.

En el comedor en donde sin dejar de llorar se encontraba la abuela de David rodeada de otros vecinos y amigos de la familia.

— Al fin se había tranquilizado, había vuelto a ser mi pequeño — balbuceó en medio del llanto.

Triste, Max miró de nuevo al frente e intentó no darle importancia a lo que había estado sucediendo.

Pero solo una oración fue suficiente para llamar de nuevo su atención.

— No lo escuché llorar o llamarme — siguió la señora —.

Lo fui a despertar cuando sentí que tenía que comer, pero ya tenía esas gotas de sangre bajando de sus ojitos…

Entre los adultos presentes se dieron una mirada de confusión.

No entendían cómo el niño había muerto de tal forma, tan repentina y extraña.

Según la historia de su abuela (quien cuidaba del niño desde el funeral), se había quedado dormido en el sofá, como todos los demás, tenía esos cinco días sin poder pasar una noche a solas o despierto, pero de pronto apareció descansando en la sala.

— ¿Sangre?

— se susurró a sí mismo sosteniendo la bandeja con tazas de café encima.

Al iniciar a repartir, el recuerdo fugaz de su pesadilla lo dejó ver la similitud entre ambas escenas.

Ambas eran reuniones en su casa, pero aquella estaba llena de extraños festejando, en esta, todos eran conocidos en duelo.

Sonaba descabellado, pero Max no pudo evitar sentir que de alguna forma aquel sueño tenía algo que ver.

Biblioteca pública de Pensiwell.

— ¿Hablar de qué?

— preguntó Ele dando otro paso atrás.

— ¿Qué diablos le dijiste a Max ese día?

¿qué hiciste para que lo negara?

— ¿Qué?

— arrugó el entrecejo.

— No, no quiero que finjas porque vaya que tú y él son pésimos en eso.

Ese martes, hace dos meses, ¡¿qué mierda le dijiste?!

— No puede ser que sigas con eso.

Lamento que…

— ¡Vamos!

Inventa otra excusa estúpida para decir que no hubo nada ahí.

— ¡No lo hubo!

— reclamó de pronto, incluso logró hacer retroceder a Aslan —.

¡Y por más que insistas, no conseguirás formas de cambiarlo!

— Este sucio pueblo tiene sus propias mierdas, con las que al final del día aprendes a vivir, pero esa cosa que vimos ese día, vino contigo.

— ¿Dé qué mierda hablas?

— Todos tenemos secretos, pero el tuyo es el único que ha amenazado a todos de matarnos.

Habla Taylor, ¿qué le dijiste ese día a Max?

Ele bufó y miró con desprecio a Aslan.

Sus miradas se hicieron frías y pesadas.

— Nada, porque solo tú viste algo aquella vez — lo señalo con su dedo índice —, y solo tú crees que tengo algo que ocultar.

Aslan dejó salir una carcajada sarcástica y la miró de nuevo a los ojos.

— Nah.

Porque yo sé qué cosa te hirió aquella noche en el bosque — señaló a su frente.

Muchos asimilan la sensación de la sangre al calentarse con molestia o nervios.

A la sensación contraria se le adjunta al tener tanto miedo que pareces quedar congelado, o bien, tener la sangre fría.

Pero estar aterrado altera tus nervios, te acelera la respiración y hace latir más rápido tu corazón.

A más sangre, más temperatura, cuando realmente tienes miedo, es cuando tu sangre se vuelve más espesa.

Como reacción, tu cerebro suele quedar en una especie de shock, la información se tranca, pero la sensación de asfixia sigue creciendo, tus manos sudan y tus músculos se contraen, dejándote indefenso y vulnerable.

Sin importar el tiempo o lo que hagas, los recuerdos que deben perdurar lo hacen.

Ele sintió ganas de vomitar, llorar, correr.

Tantas emociones hicieron un choque que ella se había perdido en lo que sentía y se había quedado en aquel pequeño limbo.

Se le calentaron las orejas, le dolió la cabeza.

Su semblante cambió, parecía tan asustada al punto de poder desmayarse.

— ¿Ele?

— se preocupó Aslan cuando notó sus ojos humedecerse.

Los ojos perdidos de la pelirroja se encontraron con los suyos.

Ella parecía susurrar, pero su voz fue subiendo de tono hasta que por fin pudo escucharse.

— Es mejor si nadie lo sabe — exclamó tomándolo de su camisa.

«¿Qué mierda?» se preguntó Aslan sin tener idea de que haría ahora con ella o de al menos que le había hecho para que ella estuviera así.

— ¿Saber qué Ele?

— quiso intentar conseguir información.

El agarre de su camisa se hizo más fuerte y parecía que ella ahora sí diría algo.

— Entre más lo sepan, serán más lo que tengamos que huir de su horrible laberinto — lo soltó y se pasó la mano derecha por ambos ojos.

— ¿Ah?

— ¡Oigan!

— gritó Marco yendo hacia ellos con las mochilas de todos.

— Dime — demandó Aslan en voz baja.

Aquellos ojos azules le dieron una mirada más y se volteó para recibir a Marco.

— No sé si interrumpa algo, pero debo irme.

Hoy hay que trabajar y bueno ese lugar no abre si no estoy ahí — sonrió repartiendo las mochilas.

«Ele parece haber llorado», se dijo, «¿Aslan?» Miró a Aslan que se tornaba extraño también.

— Ele, ¿vienes no?

— preguntó Marco colocando su mano en el hombro de Ele.

— ¿Ir?

— interrogó Aslan.

— Claro, si quiere trabajar allí debería ir a trabajar — sonrió una vez más.

Ambos pusieron la mirada sobre ella.

Ele aclaró su garganta y respiró profundo.

— Tienes razón, no hay que perder el tiempo — dijo regándole una sonrisa de labios cerrados.

— Terminemos de hablar primero — insistió Aslan.

— Oye — es interrumpido por el tono de su celular —.

Mira — le enseñó el celular a Aslan —, ya Camila comenzó a llamarme.

Esa conversación suya puede esperar.

Andando.

Marco junto a Ele lo rodearon y lo dejaron solo a mitad de la plaza.

— ¿Qué mierda sucede?

— sacó su celular del bolsillo delantero de la mochila e hizo una llamada.

— ¿Hola?

— contestó Lucas.

—Tenemos algo de qué hablar — respondió yendo camino a la biblioteca de nuevo.

Heladería “Froloyolo”.

— No puedo y no quiero — reclamó Camila girando su helado en sus manos.

— Pero, ¿por qué?

— preguntó Valentine sentada junto a ella.

— Es obvio el porqué, ¿bien?

— Perdón — comió un poco de su barquilla.

— Tú no lo viste ese día.

Tenía el brazo rojo por el golpe, tuvo una pelea en su casa, ¡saltó desde su ventana!

y aún con eso, solo pensó en esa idiota — explicó.

— Te preguntó si podías acompañarlo a comprar un regalo para ella, ¿no?

— Camila asintió con la mirada en su helado —.

Y le dijiste que no — Camila subió la mirada y se le quedó viendo dando a entender muy bien su respuesta.

— Claramente le dije que sí, que fuéramos a comprarle un lindo collar…

— Pero, dijiste algo diferente — interrumpió.

— ¡Porque no le dije eso!

— aclaró —.

Solo le dí para que llamara a Walker.

¿Nunca pones atención o qué?

— Sí lo hago, disculpa — murmuró —.

Si te cae tan mal Gabriele, ¿por qué constantemente hablas de ella?

— siguió comiendo su helado.

Camila no quiso responder y en su lugar comió un poco de su helado que ya comenzaba a derretirse y regarse por sus manos.

— Respóndeme — mandó Valentine.

Exactamente duró quince segundos en responder.

— No lo valora.

Es lo único que diré — llevó su mirada a las tiendas alrededor.

— ¿No valora a quién?

¿a Marco?

— sonrió buscando poder verle la cara a Camila —.

Qué lindo, realmente te gusta.

— No me gusta, soy su amiga — miró a Valentine, que con sus cejas levantadas, la cabeza un poco inclinada hacia abajo y con sus labios cerrados marcaban una pequeña sonrisa, le hacía ver que era mala mintiendo —.

Incluso puedo decir que lo conozco mejor que sus amigos — siguió excusándose.

— ¿Mejor que su club de chicos raros?

— preguntó con ironía manteniendo la expresión que tenía antes.

Camila, sin más argumentos, solo se quedó en silencio y llevó su mirada al helado en sus manos otra vez.

— Debes decirle — aconsejó Valentine levantándose —.

Es lo último que diré — le sonrió.

Ambas miraron a la entrada que no quedaba muy lejos de donde estaban y vieron entrar a Marco casi corriendo acompañado de Ele.

Arrugaron el entrecejo y Camila acompañó a Valentine poniéndose de pie.

En ocasiones como esas (en las que su jefe llegaba tarde), se sentaban fuera del local en el suelo a esperar.

Así se conocieron el primer día de trabajo y así habían hecho desde entonces para hablar de cualquier cosa.

— ¿Sabían que no es bueno comer helados de la competencia?

— bromeó Marco yendo rápido a abrir las puertas.

— Lo siento — le siguió Valentine.

Ya adentro, Marco siguió hacia los almacenes detrás de la tienda mientras las chicas se quitaban las prendas que tenían por encima del uniforme y abrían las ventanas.

— Ele — llamó Marco volviendo con un uniforme doblado en sus manos —.

Espero que sea tu talla — dijo entregándole el uniforme.

Eso llamó rápido la atención de las chicas que no dudaron en preguntar.

— ¿Uniforme?

— le cuestionó Camila acercándose.

— Ah, cierto — se rascó la nuca —.

Ele, será nuestra nueva acompañante, ahora trabaja aquí.

— ¡¿Cómo?!

— preguntaron en coro el dúo de compañeras.

— ¿Qué tiene?

— respondió Marco.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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