El Club De Los Chicos Raros. - Capítulo 14
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14: Capítulo 12.
14: Capítulo 12.
— Ya está listo todo.
— ¿Todo, todo?
— interrogó Norah sintiendo la boca seca.
— No sé a qué te refieres con eso, pero sí, todo — continúo Max.
— Norah, queda en tus manos — le dijo Abrill tomándola de los hombros —.
Respira y no olvides que tienes que decir, él ya viene en camino — volteó a ver a Lucas atrás de ella.
— Sí, ya hablé con él — informó Lucas.
— Brill, ¿crees que le guste todo?
¿no será demasiado?
— siguió preguntando Norah.
Ambas le dieron un vistazo al lugar.
Habían escogido un lugar cerca del lago con cierta distancia de la cabaña.
Norah personalmente se hizo cargo de organizar toda la decoración.
Una linda mesa con un mantel blanco (el color favorito de Aslan), llena de diferentes tipos de comidas y dulces que ella sabía que le encantarían.
Una velada perfecta, en la cual ella tendría el tiempo suficiente para por fin decirle algo que había guardado tanto.
— Es perfecto — respondió Abrill —.
En serio te luciste — ambas sonrieron y se despidieron con un abrazo.
— Estaremos en la cabaña — Lucas también la abrazó —.
Llámanos cualquier cosa.
— Quiero que me hagas algo así en mi cumpleaños — bromeó Marco abrazándola.
Luego de eso pasaron horas, tantas que con cada minuto que pasaba parecía ser una hora más.
Las velas que ella había encendido cuando el viento cesó, ya estaban apagadas y consumidas, la comida que había preparado estaba fría y la lista de canciones que le había pedido a Max ya se había repetido más de cinco veces.
Ya había comenzado a secar unas lágrimas de sus mejillas cuando escuchó pasos en su dirección.
Alegre se levantó y se puso de nuevo sus lentes, pero solo eran los chicos de nuevo.
— Lucas — susurró Max detrás de ellos.
— Norah — comenzó diciendo Lucas —, Abrill y yo tenemos algo que mostrarte.
Muchos usan la expresión, “te rompieron el corazón”, para describir el momento donde alguien ha acabado con tu confianza y tu cariño, para cuando el amor te falla y sólo te usa como un experimento más.
Pero cuando el mundo se te viene abajo por culpa de una persona, ese dolor en el pecho que te genera está muy lejos de ser el corazón.
Tu alma parece presionar tu pecho con tanta fuerza que te quita el aire y te dan náuseas.
Cuando la persona que genera tantos miedos en ti logra hacer realidad solo uno…
No te rompe el corazón, te quiebra el alma y eso no es fácil de asimilar.
— Para — pidió Norah pasando por un lado de Lucas.
Lucas pausó el vídeo y de inmediato lo borró.
Él no lo había recibido, fue Abrill la que fue usada por Ibel como mensajera.
Un vídeo de Aslan teniendo relaciones con una de las chicas amigas de Abrill, enemigas de Norah.
Esas que le habían hecho la vida imposible tanto como Ibel a todos ellos.
Y en ese momento justo antes de que Norah llegara a la orilla del lago, cayó al suelo y terminó de partir su alma en dos.
CAPÍTULO XII.
Cookies.
Actualidad…
— Ya que todos tienen caras largas — comentó Marco levantándose —.
Es hora de animar la fiesta.
— Ay no — bromeó Max.
— ¿Quién quiere hacer galletas?
— terminó diciendo en la cocina.
Todos compartieron miradas y en un abrir y cerrar de ojos ya estaban todos separados en equipos, con los ingredientes y habiendo creado las reglas para el juego.
— De un lado, tenemos al equipo azul — dijo Marco imitando la voz de un narrador de boxeo —.
Con una cara que nunca han tocado un cubierto en su cocina y que creen que su madre saca la comida lista del horno.
EQUIPO AZUL: Max, Ele y Aslan.
— Y del otro lado, el equipo rojo, nuestro retador.
Que según su experiencia, su mejor platillo son los vasos de agua — se volteó —.
Dígame, jueza, ¿Qué espera de ambos equipos?
EQUIPO ROJO: Lucas, Abrill y Kevin.
— Lo mismo que espero de tu futuro como narrador, nada — siguió la broma Norah con una sonrisa.
— Al menos no corrí con la mala suerte de tener que probar el desastre que viene — soltó una carcajada —.
Ya con todo en la mesa, pueden comenzar.
Cómo locos, ambos equipos empezaron a echar harina en un bol y verter todo lo que tenían sin control.
En eso, Abrill y Ele se dieron una pequeña mirada, sonrieron y empezaron a mezclar tan rápido como podían.
— Gracias a Dios ninguno quiere ser chef — dijo Norah notando su destreza en la cocina.
— Pondré música — mencionó Marco yendo a la sala.
Tomó un cassette y puso a sonar la radio de Max, con una canción que era, según él, perfecta para el momento.
Shut up and dance de Walk the Moon empezó a sonar suave y en ese mismo instante Abrill le pidió algo más de harina a Aslan, que sin mucho pensar se la lanzó en la cara.
Indignada tomó un poco de azúcar y se lo arrojó, pero Aslan fue más rápido y pudo esconderse detrás de Ele.
Ele tomó un vaso con agua y se lo lanzó de regreso, pero bañó a Lucas con eso.
En respuesta, tomó toda la bolsa de harina y la lanzó encima de todos ellos.
Max tomó su bol y bañó con la mezcla a todo el equipo rojo.
Kevin, sin nada con que defenderse, agarró un huevo y lo lanzó sin visión a la guerra de harina en el medio.
— Oigan, ¿les gusta esa canción…
— intentó preguntar Marco antes de ser interrumpido por el huevo que lo impactó.
Todos se quedaron viéndolo y frenaron por un instante.
Él caminó hasta la llave, llenó de agua un vaso, se volteó y lanzó el agua a todos.
De nuevo, la harina comenzó a volar en todas direcciones.
Lucas buscó a Norah que trataba de esconderse, pero mientras Lucas la arrastraba ella trataba de defenderse con el cojín de la silla en donde estaba, con eso, agregó los cojines del comedor a todo el desorden.
— Oh, me encanta esa canción — dijo de repente Aslan escondiéndose detrás de la nevera.
— ¿Esa es?
— preguntó Lucas regresando harina a Max.
Aslan no llegó a hablar cuando sintió el impacto del cojín que tenía Norah, corrió hacia ella, la cargó de la cintura y entré los chicos lanzando cosas la llevó hasta la sala donde cayeron ambos al suelo.
— ¿Te gusta lanzar cojines?
— amenazó él levantándose.
Tomó un cojín de los muebles y antes de voltear, Norah logró derribarlo cayendo con él encima del sofá.
Por un pequeño momento ella quedó encima de sus piernas, pero supo bajarse rápido antes de que los demás llegaran.
— ¿Eso es un cassette?
— preguntó Ele llegando.
— A Max le gusta grabar las canciones ahí — respondió Marco tomándola de un brazo y llevándola al medio.
— ¿Cómo se hace para conseguir cinta?
— interrogó yendo con él.
— ¿Importa?
— la acercó a él —.
¿Has bailado electrónica llena de harina?
— dijo apenas escuchó la canción acabar.
— ¿Has bailado en tu vida?
— bromeó empujándolo suavemente lejos de ella.
Entre risas y saltos, la fiesta comenzó.
Marco Griffin.
Dos meses atrás, noche del maratón, una hora antes del accidente.
— ¿Crees que está mal?
— Mal sería poco — crítico Will Starlon poniendo tazas de café en una bandeja.
— Will, no me estás ayudando — lo siguió Marco mientras él repartía por toda la tienda.
— Recapitulemos, la viste por primera vez hace dos semanas, te golpeó hace un par de días y no has tenido ninguna conversación con ella en todo ese tiempo — regresó al mostrador —, y dices que no estás obsesionado.
Hizo silencio para dejar pensar a Marco sin quitarle la mirada de encima.
— Estoy mal — aceptó.
Will asintió y abrió la caja registradora para ordenar los billetes.
Will Carlos Starlon, a la edad de 25 años, ya corría con el lujo de poder sustentar su intento de independencia, con la cafetería que con esfuerzo había convertido en un punto con buena entrada de dinero.
Conocía a los chicos desde hacía tres meses en una de sus reuniones para jugar algunos juegos de rol, donde se disfrazaban y luchaban como guerreros.
A pesar de no estar vetado de raro, Will no solía ser bueno con la gente, pero por lo centrado que estaba por salir del pueblo esas pequeñeces le parecían redundantes.
— Ok, pero no logró sacarla de mi cabeza.
Está todo el día ahí dando vueltas y llegué a la conclusión de que debería quedarse.
— ¿Qué?
— cerró la caja registradora.
— Déjame y te explico mejor.
He tenido ciertos sueños con ella…
— Wow, wow…
No quiero saber qué cosa sueñas con ella.
Cálmate.
— No es nada malo, solo quería que vieras que aparece incluso en mis sueños.
Casi todo el tiempo — dramatizó pegando su frente al mostrador de madera.
— No llores en mi madera de pino — bromeó —.
Viejo, hay tantas cosas para deprimirte en este pueblo, no lo hagas por una chica.
La vida no es solo tener alguna chica.
— ¿Tú has tenido alguna?
— levantó la cabeza.
Will hizo silencio por un momento.
— Claro que sí.
¿Qué pregunta es esa?
— protestó ofendido.
— A ver, dime una — se cruzó de brazos.
Will pensó por un pequeño momento.
— Antes era súper popular, no puedo recordar algún nombre.
— Inténtalo.
— ¿No te estabas deprimiendo?
— intentó esquivar el tema.
— Claro, claro — Marco revisó su bolsillo y sacó un collar de cuerda negro que traía una pequeña guitarra eléctrica plateada colgando —.
¿Ahora qué hago con esto?
Will tomó el collar para detallarlo mejor.
— ¿Le compraste un collar?
— lo miró de vuelta.
— Sí, venía con esta púa azul — estiró el collar con la púa de un azul eléctrico, que iba bien con el diseño de la guitarra.
— No puede ser — sonrió —.
¿Por qué hiciste eso?
— Pensaba dárselo, incluso Abrill me ayudó a escogerlo — se excusó.
— ¿Estás mal?
— siguió protestando.
— ¿Por qué…?
—Justo en ese momento antes de que pudiera terminar de hablar, la campana de la puerta sonó recibiendo a alguien más.
Ambos llevaron rápido la mirada a la puerta y notaron cómo Martha Gall entró apresurada intentando que su chaqueta no cayera al piso.
— Disculpadme, llegué tarde — le pidió a Will llegando frente a ellos.
Will se quedó callado perdido en sus ojos azules y aquel acento que le encantaba.
— Will — susurró Marco golpeándole el brazo con el codo.
— No, tranquila, llegas a tiempo.
Todo ha estado aburrido de todas maneras — señaló con una mano a las mesas.
— Lo noto.
Un gilipollas se ofreció a darme un aventón hasta aquí, pero la cacharra de su coche se ha quedado en el camino y me ha tocado venir caminando — explicó pasando al almacén.
— Entiendo, hay muchos gilipollas por ahí últimamente — Marco intentó reírse, pero Will rápidamente le dio un golpe en la nuca aprovechando que Martha revisó su celular.
— Ya vuelvo — dijo ella sonriéndole a Marco en forma de saludo antes de irse.
Will respiró y miró cómo Marco mantenía una sonrisa enorme.
— ¿Qué?
— “Hay muchos gilipollas últimamente” — se carcajeó.
— ¿No tienes nada mejor que hacer?
— habló harto.
Marco dejó de reír y buscó el reloj que por decoración estaba en un estante detrás de Will, tan arriba que casi chocaba con el techo.
— Cómo en una hora — sonrió.
Actualidad…
— We’re talking away, I don’t know what I’m to say, I’ll say it anyway.
Today is another day to find you Shyin’ away.
Oh, I’ll be comin’ for your love, okay — corearon — ¡Take on me, Take me on, I’ll be gone, In a day or two!
Take on me de A-ha, ya era como la tercera canción que cantaban y gozaban en grupo.
Mientras payaseaban con bailes improvisados, usaban cualquier cosa como un micrófono y se ponían cualquier prenda que conseguían.
Entre miradas y saltos, el tiempo pasaba más lento.
Cada risa hacía que la canción pareciera sonar con más fuerza.
No importaba si estaban llenos de harina, no importaba que Abrill y Ele se llevaran mal, la discusión de Kevin y Lucas, o el rencor de Norah a Aslan.
Cuando la música suena a todo volumen y no te aturde, no importa qué pasó ni qué vendrá.
Aslan para hacer el momento más memorable apagó las luces, dejando encendidas las luces navideñas blancas que Ele no había notado y como si hubiera sido a propósito, una canción lenta comenzó.
Era una canción perfecta para tomar a tu pareja y simplemente bailar, dejar que la noche avanzara, cerrar los ojos y sentir solo la respiración de aquella persona que tenías al frente.
Y así, ya lo había imaginado Max, pero antes de ir a proponérselo a la única chica con la que sintió el valor de hacerlo.
Marco, ya había sido lo suficientemente rápido para eso.
Abrill abrazaba con fuerza a Lucas mientras se meneaban al son de la batería.
Subió levemente la cabeza y notó cómo Norah no había perdido la oportunidad de bailar con Kevin, sonrió y notó a Max salir en camino a la cocina.
Max Hirsh.
8 años antes…
¿Cómo se explicaría la frase “los niños son crueles”?
Si se supone que los niños son el reflejo de muchas conductas de sus padres.
Quizás a esa edad, en ocasiones, suelen mostrar más directamente el comportamiento erróneo de sus padres.
Fuese lo que fuese, a Max le costaba más a esa edad entender por qué sin importar qué hiciera y sus esfuerzos, todos lo esquivaban.
La razón era tonta, pero común en todas partes.
La familia de Max tenía poco de llegar al pueblo y rápido se supo que eran extranjeros.
Por su situación económica, la mayoría del pueblo no tardó mucho en rebajarlos a tercermundistas.
Esa semana Max había perseguido a Ibel a todas partes al pendiente de sus necesidades, pero ese fin de semana, de nuevo Stevens lo rechazó y logró hacer que toda la escuela lo hiciera, o al menos la parte que lo apoyaba en todo.
Ya sentía los ojos dolerle por haber llorado desde que llegó de clases.
No había levantado la mirada desde ese entonces.
Pero escuchó como la puerta de su cuarto se abrió lentamente, entonces se movió rápido, limpió como podía sus ojos y antes de levantarse vio al pequeño Mac acercarse.
— Anda con mamá, Marco — pidió Max metiendo su cabeza de nuevo entre sus brazos.
— Yo sí quiero jugar contigo — respondió Mac sin prestarle atención a lo que había dicho.
Max lo miró y recordó cómo lo había ignorado por toda la semana por querer jugar con los demás.
Ambos se miraron a los ojos y con una sonrisa, Max finalmente aceptó.
— Jugaremos a los caballeros — recordó cómo se habían reído de él al proponerlo antes, pero la emoción de su pequeño hermano lo hizo olvidarlo —.
Mi espada será mágica y la tuya también.
Aunque es más débil.
— ¡Max!
— llamó su madre en el primer piso —.
¡Te buscan!
— ¡Voy!
— respondió levantándose y yendo junto con Mac hacia la puerta.
— Pero ganarás tú — aclaró Mac antes de salir.
Max se dio cuenta, así que se arrodilló frente a él, lo tomó de los hombros y le propuso la solución.
— Tú tendrás un escudo muy fuerte, que le falta una parte y esa la tendré yo.
Para que seas más fuerte, debes estar cerca de mí, ¿sí?
Mac asintió con alegría y corrieron abajo.
Al llegar a la puerta, se dio cuenta de quién lo esperaba.
— Hola, soy quien te ayudo con la moneda — saludó un pequeño Lucas emocionado desde afuera —.
¿Quieres salir a jugar conmigo?
Max volteó a ver a su pequeño hermano.
— No…
— la cara de Lucas cambió —.
Pero…
puedes entrar.
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