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El Club De Los Chicos Raros. - Capítulo 5

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5: Capítulo 4.

5: Capítulo 4.

Esa sensación le retorció el estómago, esa que te atrapa en los momentos en los cuales quieres huir.

Lo inundaron las ganas de llorar, vomitar, correr.

Su cuerpo se convirtió en una estatua helada, haciéndole sentirse inservible y extrañamente solo.

Esa sensación que parece tomar tu alma y apretarla junto con tu pecho.

Arrebataba por primera vez a Max.

— ¡AYUDA!

— no dejaba de gritar esa chica que parecía desangrarse.

Había aparecido de repente, y era deducible de dónde venía por el rastro de sangre que dejaba.

Gabriele alcanzó a darle un vistazo a ambos.

Ninguno se movía, estaban siendo aplastados por la situación.

— Debo…

salir de aquí — balbuceó Max antes de intentar moverse.

— No — le susurraron.

Resaltado, se levantó de su cama casi de un salto.

Esta pesadilla había sido diferente a las que ya se le hacían casuales, pero se le era casi imposible evitarla.

Luego de darle un vistazo a su cuarto para poder convencerse de que todo había acabado.

Sintió hambre y bajó para conseguir su desayuno.

Pensiwell, Casa Hirsch; viernes 26 de agosto.

— No — escuchó decir a su madre, Elena de Hirsch, con un tono de voz que se le notaba harta.

— ¿Por qué?

— insistió su hermano menor, Marco Hirsch.

— Tú no serás quien limpié sus heces ni su orine.

No trabajas para alimentarlo y yo no quiero hacer nada de eso — siguió la madre.

— Bendición — dijo Max cruzando el comedor camino a la nevera.

— Dios te bendiga — respondió su madre sin quitar la mirada de la comida que servía —.

¿Cómo amaneciste hoy?

— Las pesadillas se han calmado — mintió sacando una fresa de la nevera.

— Mamá…

— interrumpió su hermano —.

Por favor.

— No tendrás un gato y fin de la conversación — regañó poniendo un plato frente a él.

— ¿Te gustan los gatos?

— aprovechó para preguntar Max, sentándose a su lado.

— Son buenos compañeros — mintió también, pero dejando notar su incomodidad al decirlo.

— Claro — respondió Max mordiendo la arepa que su madre había puesto unos segundos antes que se sentara.

— ¡Melisa, a comer!

— gritó su madre llamando a la más pequeña de la casa —.

Max, Aslan llamó, dijo que fueras a su casa por algo que vieron el martes, algo así dijo.

Max asintió lentamente recordando.

— ¿Qué vieron?

— pidió explicaciones su madre.

Pensó un poco antes de responder.

Debatió cómo y qué dirá, hasta que decidió ignorarlo.

— Nada importante…

El martes pasado.

— ¿Pero qué demonios?

— reaccionó, sobando su cabello, viéndola de pie a cabeza y detallando los golpes.

— Estoy bien — intervino.

Para Demián Taylor, el hermano mayor de la familia, era normal ver a su pequeña hermana metida en problemas, aunque la mayoría de las veces no llegaba tiempo, siempre tenía la intención de algún día poder evitar los golpes.

— ¿Quién fue?

— echó la mirada al grupo que había dejado detrás en el pasillo — ¿Alguno de ellos?

— se le vio la intención de ir hacia ellos.

— No — lo tomó del brazo —.

Ellos no.

Ella — corrigió llevándolo hacia ella.

— ¿Cuál?

— preguntó sin quitar la vista de los muchachos.

— ¿Cuál crees?

— No puede ser — sonrió aliviado —.

Bien hecho, hermanita — la despeinó con la mano.

— Sí, deja eso del hermano protector para después — le quitó la mano de su cabello.

— No puedo.

Debo cubrir de nuevo a la criminal de mi hermana.

¿Qué le dirás a papá y a mamá si eres expulsada por unos días?

— No fui expulsada.

Cálmate — respondió la pelirroja intentando tronar su cuello.

— ¿Cómo es que parece que tienes más experiencias que yo?

— negó lento con la cabeza —.

¿Esperarás que salga al menos?

— Caminaré hoy — sonrió —.

Necesito tiempo para respirar.

— No golpees a nadie en el camino — sonríen, y finalmente él se dirige a la oficina del director.

Una vez más, Gabriele compartió miradas con todos.

Se dio la vuelta y a paso lento fue desapareciendo de la vista de todos.

— Ella nos traerá problemas — habló bajo Abrill —.

Debemos alejarnos de todo lo que podamos, lo antes posible.

Marco con prisa empieza a ir hacia ella con claras intenciones de seguirla.

Como si Abrill hubiera dicho que corriera tras ella.

— ¿Marco?

— Max lo agarró del brazo—.

Amigo, no intentas ir detrás de ella, ¿cierto?

— Necesito disculparme con ella — respondió de mala gana.

— ¿Qué pasa?

— se puso frente a él para frenarlo —.

¿Escuchaste lo que dijo Abrill?

— No creo que importe ya — protestó Marco buscando quitarlo del camino.

— ¿Qué?

— reprochó Max, confundido por la nueva actitud de Marco.

No solía ser tan indiferentemente decidido.

— Esa chica te golpeó — entró Norah en la conversación poniéndose detrás de Max.

— Ella merece una explicación.

Yo podré dársela — continúo Marco.

— Si vas, irás con todos — opinó Abrill quitando su cara del hombro de Lucas.

— ¿Todos?

— preguntó Kevin al fondo.

— Nadie irá — mencionó Aslan.

— Una disculpa estaría bien.

Pero para nada es el momento.

— ¿Por qué tanta importancia para disculparse con ella?

— reclamó Abrill después de escuchar a Lucas —.

Golpeó a Marco, lo humilló frente a todos, ¿y nosotros nos disculpamos?

— Le demostramos que no somos iguales a ella — explicó Lucas —, y no volvemos a acercarnos.

— Yo puedo hacerlo — insistió Marco.

— Claro, ve detrás de ella otra vez — reprochó Norah.

— Bien, bien — interviene Max nuevamente —.

Debemos decir si nos disculparemos…

— Debe ser una broma — refutó entre dientes Abrill, separando a Lucas y cruzando los brazos.

—…

o no.

Decidiremos eso por votación.

¿Ok?

— le dio una mirada rápida a todos.

— Y si decidimos que sí, yo y Max iremos — agregó Aslan.

— Oigan…

— Marco — lo interrumpió Aslan —.

No irás, es una pésima idea.

Aslan comienza la votación.

Como es costumbre, comenzó preguntando quién estaba a favor y luego quién no.

Aslan, Max, Marco y Lucas estuvieron a favor.

Mientras que los restantes votaron en contra, excepto Abrill, que por su rabieta no quiso participar.

— Bien.

Así quedamos — dijo Max intentando ver calmado a Marco —.

Todo saldrá bien, y nos disculparemos en tu nombre.

— No tiene sentido así.

— Si lo piensas bien, nada lo tiene — contestó Aslan —.

Vamos — dio un pequeño empujón al hombro de Max cuando pasó a su lado.

Max estaba confundido con la obsesión rara de su amigo.

Desde tercer grado conoció a Marco y tenía todo ese tiempo escuchando sus chistes, teniendo discusiones de horas sobre cualquier tema, viéndolo reír y en muy contadas ocasiones llorar.

Pero en ese momento, no lo reconoció.

A poco tiempo de irse, lograron ver por el pasillo una señora vestida de una forma muy inusual: una licra negra muy ajustada, zapatos deportivos con tonos verdes fluorescentes y una franelilla corta, muy descotada y del mismo color de sus llamativos zapatos para hacer juego, agregando tensión.

— Mamá — susurró Abrill bajando la mirada.

— Hol…

— De esta no te salvas — amenazó su madre, evitando el saludo de Lucas.

Sin más entró sola a la dirección.

Desde la separación con el padre de Abrill y Argelia, la señora Oscaris Orozco había adoptado conductas peculiares con sus hijas.

Aunque se puede decir que más con su hija mayor.

Unos pasos no muy lejos de ella se encontraba Argelia Walker, la irritante hermana menor de Abrill.

Iba en el mismo año que Norah y los demás.

Pero su encantadora actitud los hacía lejanos.

— Nos vamos, muévete — le mandó su hermana.

Abrill acató la orden y fue tras ella.

Argelia busca entrar por delante de su hermana, pero Morís le niega enseguida su participación.

Norah con intención bufó alto.

— No sé qué te causa tanta gracia — dijo al aire, cruzada de brazos sin ponerle la mirada encima.

— No lo entenderías — respondió sonriente Norah —.

¿Nos vamos?

— preguntó a los chicos que quedaban.

— Cuídense.

Yo me quedo — avisó Lucas.

— Vete tú también — intervino Argelia —.

Después de esto, tu novia no podrá ni respirar fuera de casa.

Antes de que Norah le respondiera, Lucas prefirió intervenir.

— Aun así me quedaré, gracias — respondió amable.

Luego de evaluar mejor la situación, Norah prefiere respetar la decisión de Lucas.

— Cuídate — se despidió sobando su cachete derecho —.

Kevin y yo llevaremos a Marco a su casa.

— Gracias.

— No tienes que agradecer, Lucas — sonrió —.

Ten cuidado con las víboras.

— Eso haré.

Nos vemos mañana.

Se despidieron todos y Norah se llevó a Marco por un brazo rumbo a su auto.

+++  — ¿Por qué corremos?

— protestó dando pequeños saltos para alcanzarlo.

— No estamos corriendo — informó —.

Si queremos alcanzarla, debemos apurarnos.

— ¿Estás de acuerdo con las disculpas?

— Las decisiones de ustedes muchas veces no las entiendo.

Pero, a pesar de eso, si puedo lograr ayudarlos, lo haré sin pensarlo tanto.

Sí, la chica se pasó de…

— desistió de su intención —.

Pero Marco aun así quiso disculparse y eso haré.

Lo conozco y sé que no es nada de lo que ella piensa, y no dejaré que siga así.

— Claro — susurró Max —.

¿En serio te gusta estar con nosotros?

— ¿Qué?

— soltó una carcajada —.

Amigo, no creo que sea el momento para hablar sobre eso — le dio un vistazo.

Max asintió —.

Debemos alcanzarla porque vaya que camina rápido, salió hace poco y ya no sabemos qué tan lejos va.

A lo lejos notan una melena rojiza.

— Allí está — habló de nuevo Max.

— Tú que estabas hablando de correr — pegó levemente su mano en el pecho de Max —.

Carrera.

Uno, dos…

— Oye, Aslan, oye…

— ¡Tres!

— salieron ambos a toda velocidad.

Muchas veces había dejado las llaves de su casa, pero no podía olvidar sus auriculares ni por error.

Para Gabriele era costumbre salir a pasear con sus auriculares a todo volumen y observar minuciosamente todo lo que la rodeaba.

Un cuervo adulto, que picoteaba una ventana con fuerza como si de un pájaro carpintero tratara, le logró sacar una sonrisa.

Cuando de pronto sintió una palma tocándole el hombro.

En sincronización se volteó y se quitó ambos auriculares.

— Espera — tomó aire —.

Espera un momento — dijo reponiéndose rápido Aslan —.

Queremos hablar contigo de manera pacífica.

Ella frunció el entrecejo y se colocó de nuevo sus auriculares para continuar.

Pero otra vez Aslan se puso frente a ella para frenarla.

Max llegó poco después mucho más exhausto.

— Por favor, escúchanos — pidió Aslan.

Al darse cuenta de que Gabriele no lo escuchaba, juntó sus manos frente a ella en señal de pedirle una oportunidad para hablar.

Intentó evitarlo de nuevo, pero Max se une a Aslan para evitarlo.

Entre tanto, los ojos azules de la pelirroja se consiguieron con los nerviosos ojos marrones de Max.

«Sus ojos…

realmente son preciosos», se dijo Max sin romper el contacto visual.

Para Max parecía que ella hablaría con su mirada, pero para ella, veía una mirada familiar, en alguna parte lo había visto así de cerca antes.

Aslan frunció el entrecejo y miró a ambos perdido en el suceso.

Finalmente, Gabriele se quitó los auriculares.

— Gracias — tragó hondo —.

Vinimos, en son de paz, para disculparnos por lo que pasó hace un rato.

— ¿Disculparse?

— bufa blanqueando los ojos —.

Hay otras chicas en el mundo, no tienen por qué estar detrás de mí.

— ¿Qué?

— corearon ambos.

— Es lindo el gesto, pero no soy de raros.

Lo lamento.

Aslan se notó ofendido y dando un paso hacia atrás le da la palabra a Max.

Había sido fuertemente insultado, se notaba por cómo se aguantaba de decir muchas cosas mordiendo su labio inferior y cómo mantenía ambas manos en la cabeza.

La diferencia entre los chicos y Aslan se notaba clara en su forma de interactuar con los demás y lo fácil que él lograba hacerlo.

— Oye — comenzó a pensar que podía decir —.

Sabemos que eres una chica súper…

Linda.

Y sí, quizás seamos diferentes, o raros como dices — ve que la cara de Aslan no mejora —, pero no somos malas personas…

«Lo arruiné todo.

¿Qué dije?», pensó Max bajando la mirada.

— Lo que él “trató” de decir es que Marco te admira y no de mala manera.

Sea lo que sea que escuchaste, está muy lejos de la realidad.

Son un grupo de maravillosas personas si le das la oportunidad…

«¿Son?», resonó en la cabeza de Gabriele mientras en un ligero gesto muestra cierta duda.

—…

Abrill, solo se exaltó porque, pues, golpeaste a Marco.

Pero tampoco es que ella vaya ofreciendo golpes a todos — buscó empatizar con una sonrisa, pero no logró nada —.

Discúlpanos, los chicos no quisieron incomodar y si nos das la oportunidad, te darás cuenta.

— Claro…

qué lindos — tomó una vez más los auriculares que había dejado por encima de sus orejas para colocarlos en sus oídos.

— ¡Te gusta Star Wars!

— expulsó Max rápido antes que ella lograra ignorarlos de nuevo.

¿Cierto?

Tu chapa es por eso, ¿no?

— señala a la chapa puesta en su mochila.

Gabriele se queda con ambos auriculares en las manos al lado de sus orejas, procesando lo que él acababa de, prácticamente, gritar.

— Para enseñarte que en serio lo sentimos— juntó ambas manos entrelazando sus dedos —, te invitamos, ambos — le da una mirada corta a Aslan —.

A casa de…

Lucas, este sábado — terminó con una sonrisa de boca cerrada.

— Creíste que obviamente estaría sola con ustedes en una casa que no conozco — ironizó la pelirroja con ambas cejas levantadas y una sonrisa sarcástica.

— Norah y Abrill también irán…

— buscó remediarlo Max, perdiendo nuevamente la atención de la nueva.

— Y Gabriela — agregó Aslan —.

La hermana mayor de Lucas es la responsable de la casa.

De un jalón puso a Max frente a él y de su mochila sacó un cuaderno y un lápiz, donde comenzó a escribir la dirección de la casa de Lucas y el número telefónico de Gabriela.

— Ten — dijo intentando arrancar solo ese pedazo, pero terminó llevándose toda la hoja —.

Es esa dirección, y si quieres, ahí está el número de Gabriela, puedes dárselo a tus padres y que se comuniquen con ella.

De parte de Aslan y Max.

Ella niega poniéndose ambos auriculares para seguir con su camino.

Pero justo antes de un paso más, sus ojos azules captaron algo en una de las puertas de una casa no muy lejana, quedándose paralizada.

Su corazón empezó a dar con fuerza contra su pecho, mientras se sentía encerrada en una habitación que se hacía más pequeña.

La respiración comenzó a fallarle y por más que buscó dar un paso hacia atrás, no pudo hacer más que escuchar.

— ¡AYUDA!

— se escuchó un grito femenino desgarganté detrás de ellos —.

¡POR FAVOR AYÚDEME!

— continúo.

Ambos veían la extraña expresión de la pelirroja, al escuchar el grito de un brinco buscaron ver detrás e instintivamente dieron un paso hacia la dirección contraria al mismo tiempo.

Sus ojos se abrieron más, y una sensación extraña de mareo dominó su cuerpo haciéndolo tambalearse.

En una casa no muy lejana, justo en la puerta se veía a una chica moribunda en el suelo como si la hubieran golpeado durante días.

— Mierda — exclamó Aslan tirando su mochila al suelo y yendo hacia ella.

— ¡Aslan, ¿a dónde vas?!

— lo llamó Max.

— ¡Llama a la policía!

— le mandó sin frenar.

«¿Llamar a la policía?», se preguntó, hasta que en un momento reaccionó y buscó su celular en su bolsillo.

Pero los balbuceos de la pelirroja le llamaron la atención.

— No, no…

no debe ir — Max suavemente levantó la mirada a ella y volteó a ver a Aslan.

— ¡Aslan!

— gritó de pronto.

La chica no se lograba ver completa desde fuera, era como si la parte desde su cadera hacia abajo hubiera quedado dentro de la casa.

Pero Aslan al llegar notó que, realmente, de ella no había más que eso.

Quedó paralizado al ver la situación de lleno, cómo la chica aún hablaba, de cómo le había pasado eso.

El grito de Max lo hizo volver en sí y al voltear hacia él sintió cómo una mano tomaba su pierna y arrastraba dentro de la casa.

Como pudo, se agarró del marco de la puerta y con fuerza buscaba salir de la casa.

Con su otro pie buscaba soltarse a patadas, pero le era inútil, aquella mano crecía por encima de su extremidad, sentía cómo su pierna se sentía más apretada.

Sin querer miró abajo, lo que vio fue como una mujer huesuda, pálida, con unos pocos cabellos tiraba con fuerza de su pierna.

No era la chica del comienzo, pero no era como alguna mujer que hubiera visto en su vida.

Su cráneo crecía también dejando ver sus cuencas vacías.

En su pálido rostro solo había una pequeña nariz y una sonrisa de dientes enormes, en una boca enorme.

La piel de su estómago estaba tan lastimada como la de todo su cuerpo, pero extrañamente allí era donde parecía que la piel le sobraba.

— Max — susurró, sin poder creer que veía, en cómo todo había cambiado en un segundo y profundamente pensó en que estaba solo.

Ya casi sin fuerzas, vio de nuevo afuera.

Max iba a toda velocidad hacia él, pero sus brazos no pudieron más y se soltó.

Mientras lo arrastraba por el pasillo, sentía cómo la casa se quebraba y cómo muchos susurros se hacían un ruido incesante.

Estaba atormentado, confundido, asustado, pero no sentía la necesidad de quedarse quieto, así que lanzó una patada más con su pierna libre que impactó con la suficiente fuerza para poder liberar su otra pierna.

Con velocidad se levantó y comenzó a correr a la salida.

En eso, notó la puerta abrirse y ver a Max quedarse perplejo al ver cómo era perseguido por aquella extraña mujer.

— ¡Corre!

— mandó Aslan.

Pero Max no pudo quitarle la mirada de encima.

Cómo podía correr y darle la espalda sin que nada le asegurara que lo alcanzaría.

— Corre — le exigió de nuevo esta vez más cerca.

Los susurros habían cambiado, es fácil deducir que cada uno escuchaba algo diferente; mientras a Max, le insistían en que no podía escapar, a Aslan parecían llamarlo.

Cuando estuvo más cerca de Max, se dio cuenta de que Gabriele estaba más atrás con la misma facción que él.

Los pasos de aquella cosa retumban por toda la casa y Aslan podía sentir cómo una de sus manos estaba a punto de agarrarlo otra vez, sentía cómo su respiración caía y sus piernas se sentían débiles.

En una milésima de segundo y en una explosión de sentidos, Aslan saltó hacia Max, cayendo ambos en el pasto fuera del porche a los pies de la pelirroja.

Casi al mismo tiempo ambos buscaron levantarse, pero Aslan no podía levantarse, por más que quisiera; sus piernas dejaron de reaccionar.

Max pudo y antes de que saliera corriendo, Gabriele lo jaló hacia ella y pareció hablarle al oído.

Esos pasos no dejaron de retumbar por todas partes y se sintieron mucho más cerca.

Aslan seguía peleando por levantarse hasta que sintió los pasos tan cerca que lo único que le pareció bien fue poner su frente contra el suelo y cubrirse la cabeza con ambos brazos.

Entre jalones, Marco levantó a Aslan que estaba tirado en el piso en el mismo lugar del comienzo.

— Aslan — llamó —.

¿Estás bien?

Perdido, Aslan buscó a su alrededor rastros de lo que sea que había pasado.

Pero no había nada, solo Max sentado en el piso con Kevin frente a él y Norah de pie junto a Gabriele.

— ¿Nueva?

— siguió preguntando Norah.

Gabriele aún parecía estar perdida.

Veía a todos, pero no decía nada.

De pronto el auto vino tinto de su hermano mayor, frenó de golpe frente a ellos.

— Iré — dijo Gabriele arrancando la hoja de mano de Aslan al pasarle, por un lado, en camino al auto de su hermano.

Todos se quedaron interpretando la situación.

Marco volteó a ver a Norah que parecía tan perdida como él.

— Espera — reaccionó Aslan, haciendo que ella frenara sin voltear a verlo —.

¿Acaso no viste lo de hace un momento?

Esa mujer…

Yo, yo y esa casa — desafinó —.

Todo eso, ¿no lo viste?

— se levantó como pudo.

— No vi nada — se defendió viendo a su hermano salir del auto y quedarse esperándola en la puerta.

— ¿Qué?

— soltó una carcajada perdiendo la paciencia —.

¿Estás loca?

¿Cómo puedes decirme eso?

Lo vimos todos, ¿cierto, Max?

Norah, atenta, volteó hacia Max.

Esa sensación que había vivido nunca pensó verla tan cerca hasta ese momento.

Cómo el miedo hizo quebrar cada parte de él, como el escalofrío lo había convertido en hielo, pero sus palabras no tuvieron que ver con lo que se veía en él.

— No vi nada — negó Max buscando levantarse.

— ¿Max?

¿Qué dices?

— preguntó Aslan dándole un vistazo rápido a ambos.

— Debo irme — se despidió la pelirroja yendo veloz al auto de su hermano, que arrancó justo al momento que ella cerró la puerta.

— Max — lo llamó Aslan acercándose a él— Tú, ¿viste todo verdad?

Max sembró su vista en el auto que se alejaba a velocidad.

— Oye, amigo — insistió Aslan acercándose—.

Respóndeme, por favor.

Max, ¡Max!

Viernes 26 de agosto, Casa Hirsch.

— ¿Max?

— lo llamó por segunda vez su madre —.

¿Qué pasó?

— Recordé que debo ir a casa de Lucas.

Nos vemos luego, cuídense — se levantó de pronto.

— Pero no has terminado de comer.

— Lo haré luego…

debo decirle que invitamos a una chica a su casa sin conocerla.

Su madre y el pequeño Marco se dan una mirada confusa escuchando cómo la puerta principal se cierra.

— Quizás si tuviera un gato no se sentiría así.

— Pésimo intentó.

— Lo sé — aceptó el pequeño, concentrándose de nuevo en su desayuno.

CAPÍTULO IV.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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