El Compañero No Deseado del Rey Maldito - Capítulo 130
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Capítulo 130: Capítulo 130: La traición final
POV de Serafina
Estar de pie frente a la puerta de Dorian era como estar al borde de un precipicio. Las manos me temblaban sin control y el pecho se me oprimía con cada respiración entrecortada. Todos mis instintos me gritaban que huyera, pero la culpa me anclaba los pies al suelo.
Tenía que enfrentarme a esto. Tenía que enfrentarme a él.
La puerta cedió con un crujido bajo mi empujón vacilante. Dorian yacía recostado en el cabecero, con blancos vendajes apretados alrededor del torso. Su piel había adquirido una palidez enfermiza, su figura parecía más pequeña de algún modo, pero sus ojos no habían cambiado. Afilados. Implacables. Me atravesaron antes de que pudiera pronunciar una sola palabra.
—Dorian —logré decir, con la voz apenas por encima de un susurro mientras entraba—. Necesitaba verte. Quería…
—¿Que qué querías? —Su voz tenía la frialdad del hielo invernal, pero por debajo se escondía algo mucho más peligroso—. ¿Ver cómo está el hombre al que tu preciado compañero casi asesina?
Se me cerró la garganta. —He venido a disculparme.
El sonido que se le escapó fue áspero y quebradizo. —¿Disculparte? ¿Por qué parte, exactamente? ¿Por mirar mientras me destrozaba las costillas? ¿O por montar ese numerito patético en el balcón mientras toda la manada presenciaba tu humillación?
La sangre huyó de mi rostro. —¿De qué estás hablando? ¿Toda la manada?
—Deja de hacerte la inocente. —Su risa cortó el aire como un cristal roto—. ¿Crees que soy tan estúpido como para creerme que no lo sabías?
—No fue así como pasó. —Me acerqué más, a pesar de que cada nervio de mi cuerpo me gritaba que retrocediera—. Valerio pensó que tú y yo estábamos…
—No te atrevas a mentirme a la cara, Sera. —Sus labios se torcieron en una mueca horrible—. Sabías perfectamente lo que hacías. Y si no lo sabías, ten por seguro que no te importó. Dejaste que te reclamara como un premio mientras todos miraban, y no te resististe. Deja de fingir que eres una víctima ahora.
—Te juro que no tenía ni idea —me apresuré a decir, con la desesperación tiñendo mi voz—. Nunca habría permitido…
—Pura mierda. —La palabra me golpeó como un puñetazo—. Lo defendiste cuando te arrastró como si fueras de su propiedad. Lo defendiste cuando nos acusó de crímenes que no habíamos cometido. Y ahora, después de que destrozara mi dignidad, tu dignidad, todo lo que dices defender… estás aquí excusándolo de nuevo.
—No estoy excusándolo…
—¿Ah, no? —Luchó por incorporarse, y el dolor surcó sus facciones—. No te quedes ahí parada defendiéndolo. Es lo único que haces siempre.
Las lágrimas me quemaban los ojos, amenazando con derramarse. —No lo estoy defendiendo ahora. Estoy aquí por ti. Quería decir que lo siento porque mis acciones llevaron a…
Me miró con tanto desprecio que lo sentí como ácido en la piel. —No lo detuviste porque estuvieras aterrorizada de que me matara. Lo detuviste porque no podías soportar que su gente viera lo que es en realidad.
El silencio nos aplastó a los dos. Sus palabras golpearon demasiado cerca de verdades que no podía decir en voz alta. ¿Cómo podía explicar que Valerio era algo que escapaba a su comprensión? ¿Que revelar su verdadera naturaleza pondría a todo el mundo en peligro?
Su mirada me clavó en el sitio, como a una mariposa en un tablero. —Tuviste todas las oportunidades para rechazarlo. Todas las ocasiones para preservar la poca dignidad que te quedaba. Pero te rendiste a él, y luego gritaste su nombre mientras toda la manada miraba.
El calor me subió por el cuello como si fueran llamas. —Dorian, por favor…
Se inclinó hacia delante a pesar de sus heridas, con una voz lo bastante afilada como para sacar sangre. —¿Tienes la más remota idea de lo que eso me hizo a mí?
Abrí la boca, pero no emití ningún sonido. Se me oprimió la garganta y el pecho me pesaba con una vergüenza tan espesa que apenas podía respirar. ¿Cómo podía decirle que la demostración de posesividad de Valerio surgía de los celos? ¿Que me había desnudado el alma momentos antes de reclamarme de forma tan absoluta? ¿Que no se había tratado de demostrar su dominio, sino de nosotros, de la conexión que ninguno de los dos comprendía del todo?
Pero las palabras permanecieron atrapadas dentro de mí. ¿Cómo podía explicarle todo eso sin confirmar las peores suposiciones de Dorian sobre mi lealtad?
El silencio se tensó entre nosotros.
Mientras buscaba las palabras adecuadas, la mirada despectiva de Dorian me grabó a fuego la verdad en los huesos. No escucharía. Ya había decidido lo que yo era.
—La próxima vez que te apetezca fingir que te importa, ahórrate la molestia. Ahora veo exactamente lo que eres. Vas por ahí haciéndote la inocente herida, pero siempre vuelves arrastrándote a lamerle las botas a tu amo.
Sus palabras me golpearon como puñetazos, y cada una me robaba más aire de los pulmones. Me temblaron los labios mientras luchaba por articular cualquier respuesta.
Me giré hacia la puerta, pero su voz me persiguió como una maldición. —Me das asco, Sera. Tus métodos, tus mentiras, todo en ti me da asco.
El corazón se me hundió en el estómago. La palabra «asco» resonaba en mi cráneo hasta que fue lo único que pude oír.
Había pensado que Dorian podría ser un aliado. Alguien que entendiera la posición imposible en la que me encontraba. En lugar de eso, se había convertido en otra persona que me despreciaba.
Antes de que pudiera dar un solo paso, la puerta estalló hacia dentro.
Los guardias inundaron la habitación y me agarraron antes de que pudiera reaccionar. —¿¡Qué estáis haciendo!? —grité, debatiéndome contra su agarre de hierro—. ¡Soltadme!
Ignoraron por completo mis forcejeos. Más guardias sacaron a Dorian a rastras de la cama, con el rostro contraído por el dolor y la furia. —¿¡Qué demonios es esto!? —rugió él, pero lo trataron con el mismo silencio sepulcral.
Nos arrastraron por pasillos y escaleras abajo como a criminales. El aire frío me abofeteó la cara cuando las puertas se abrieron de golpe, revelando la abarrotada plaza que había más allá. Todos los ojos se volvieron hacia nosotros mientras los murmullos se alzaban como nubes de tormenta.
Nos hicieron marchar a través de la multitud hasta las puertas, donde esperaba una figura.
Valerio estaba en el centro, alto e imponente en su autoridad. Pero cuando sus ojos encontraron los míos, estaban vacíos de toda calidez. El hombre que me había abrazado con ternura durante incontables noches ahora me miraba como si fuera algo vil que se hubiera arrastrado desde debajo de una roca.
—Val —jadeé—. ¿Por qué? ¿Qué está pasando?
Su voz se alzó sobre la multitud con una claridad brutal. —Dime, Serafina… el día que nos conocimos, ¿de qué me advirtió tu gente?
La confusión nubló mis pensamientos. —¿Advertirte? No lo entiendo.
La multitud guardó silencio, a la espera.
Entonces la vi. A Roxana, de pie a su lado con la mano apoyada en su vientre aún plano.
—Me advirtieron que eras estéril —continuó Valerio, y cada palabra golpeaba como un martillazo—. Que tu vientre estaba maldito. Que nunca podrías darme un heredero. Y fui lo bastante necio como para ignorar sus advertencias.
Estéril. La palabra resonó en mi cráneo como una sentencia de muerte.
—No —susurré, con la voz quebrada—. Val, eso no es verdad. Tú me conoces. Sabes que eso no es…
—¿Ah, sí? —Sus ojos permanecieron fríos como la piedra en invierno—. Durante semanas he esperado. He tenido esperanza. Y no ha habido nada. Ningún cambio. Ninguna señal. Solo vacío.
Cada palabra me arrancaba pedazos del alma. ¿Era esto lo que había estado buscando durante todos esos momentos íntimos? Cuando me tocaba como si fuera algo precioso, ¿estaba simplemente calculando mi valor por lo que podía producir?
—No puedo creerlo —logré decir entre lágrimas—. No después de todo lo que nosotros…
—¡Basta! —Su rugido silenció toda la plaza—. Ni una palabra más, Serafina.
Roxana dio un paso al frente, protegiéndose el vientre con la mano.
—Ella lleva a mi heredero —declaró Valerio, con voz firme y despiadada—. Ella es mi verdadera compañera.
Sus palabras hicieron añicos lo que quedaba de mi corazón en fragmentos irreparables. Mi visión se nubló mientras la multitud estallaba en jadeos de sorpresa y vítores.
Caí de rodillas, agarrándome el pecho mientras los sollozos me sacudían el cuerpo. Los guardias me pusieron en pie a la fuerza; tenía las piernas inútiles bajo mi peso.
Esto tenía que ser otra prueba. Otra lección cruel diseñada para hacerme más fuerte. Porque la alternativa —que el hombre que había afirmado amarme fuera en realidad este monstruo— era imposible de aceptar.
—Yo, el Arconte Valerio, te rechazo a ti, Serafina de la manada Stormcrest, como mi compañera y mi Luna.
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