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EL CONQUISTADOR - Capítulo 174

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Capítulo 174: 172 EN UN LUGAR MEJOR

—¿En serio llegará el día en que los vuelva a ver?

El tono de Rebeca en su pregunta, más que duda, parecía estar cargado de esperanza.

—Ciertamente, hermana mía, nuestro dios de la creación nunca rompe sus promesas, y una de sus grandes promesas está escrita en la santa biblia: aquellos que perecen en manos de los malvados, que mueren injustamente o mueren en inocencia, tendrán su lugar de descanso en el firmamento junto a nuestro dios; son las estrellas que iluminan la noche para aquellos seres queridos que los añoramos en este mundo terrenal.

El predicador se acercó a Rebeca y se arrodilló con ella, para luego hablar nuevamente:

—Hace diez años, mi esposa y mis dos hijas fueron violadas y asesinadas por bandidos. En mi desesperación estuve a punto de caer en el abismo. Ahí fue cuando conocí la palabra de mi dios. Entonces comprendí que fueron ellas quienes rogaron por mí a mi dios todopoderoso, y volví a la luz. Así que, hermana, ¿quiénes son a los que has perdido?

Las palabras del predicador causaron conmoción en la multitud. Muchos miraban con asombro a este hombre que ha logrado reponerse a semejante pérdida. Había quienes eran sensibles y lo miraron con lástima y sus ojos llorosos. Incluso hubo quien lo miró con algo de duda, pensando en si algo como esto era posible.

Pero sin duda la persona más sorprendida era Rebeca. Sabía cuán insoportable era este dolor, que hubo incluso veces en las que le costaba respirar de la desesperación.

Así que se vino en un mar de llanto. Las lágrimas rodaban por sus blancas mejillas como una presa rota. Entonces, con voz ronca y entrecortada, gritó con todas sus fuerzas:

—Mis hijos… mis dos hermosos bebés…

Su voz se rompió por completo. Intentó continuar, pero apenas podía respirar.

—Apenas tenían dos añitos… y murieron…

Bajó la cabeza, temblando.

—Debido a una… extraña enfermedad…

Rebeca de Luna es muy conocida en la ciudad, por lo que la mayoría de la multitud había oído algo sobre la muerte de sus dos hijos, pero jamás imaginaron que la verían en ese estado tan lamentable.

Por lo tanto, aunque la mayoría de los presentes eran plebeyos y Rebeca una noble de alto nivel, nadie pudo regodearse en su sufrimiento. Solo pudieron verla con compasión.

Después de todo, era una madre sufriendo la pérdida de sus hijos, y se dice que no hay dolor más grande que ese.

El predicador, arrodillado frente a Rebeca, tenía pequeñas gotas de lágrimas en los ojos, como entendiendo el dolor de Rebeca. Entonces se puso de pie y alzó las manos al cielo:

—Hermana, es como tú dices, la magia sí que podría haber curado la enfermedad de tus hijos.

Rebeca levantó la mirada hacia el predicador.

—Pero te digo, hermana, nuestro dios, el creador, tiene un gran propósito para ti. Tus hijos ahora se encuentran en un lugar mejor, felizmente recorriendo el firmamento, esperando el día en que vuelvan a encontrarse.

—¿Qué tipo de propósito requiere que yo sufra tanto?

Rebeca estaba a punto de perder el control…

—Exacto, ¿qué hizo ella para merecer esto? —entre la multitud alguien gritó fuertemente lo que la mayoría estaba pensando.

—Nuestro dios ama mucho a cada uno de sus hijos, por lo tanto nunca nos hace sufrir en vano.

Ante las palabras del predicador, volvió a reinar el silencio en la plaza. Todos dirigieron su mirada hacia él, esperando su respuesta.

—¿Has pensado, hermana, que simplemente os estaba salvando de un sufrimiento aún peor?

—¿Un peor sufrimiento? ¿De qué estás hablando? ¿Cómo podría aquello?

—La razón por la que vine a Green City es hablarles de algo muy importante a todos los habitantes de la ciudad.

Pausando un momento, el predicador continuó:

—El gran profeta Dionicio, arzobispo de la iglesia del dios de la creación, a quien nuestro dios le concedió el gran poder de la profecía, hace poco profetizó la venida de la santa de nuestra iglesia.

—¿La santa? ¿Qué es eso?

Entre la multitud había mucha gente confundida, pero hubo algunos que comprendieron de inmediato. Rebeca, por otro lado, se calmó de inmediato. Si lo que decía el predicador era cierto, entonces ciertamente esto sería un acontecimiento sin precedentes en el mundo.

—Para quienes no lo sepan, la santa de nuestra iglesia es quien será enviada personalmente desde el cielo por nuestro dios. Ella será la encargada de encontrar y guiar al elegido por nuestro dios. La persona elegida será la encargada de llevar este mundo hacia una era de paz y prosperidad.

—¿Cuándo llegará la santa y quién será el elegido?

Entre la multitud, un hombre que parecía un erudito preguntó de repente.

—Pronto, muy pronto, pero hay algo aún mejor. Nuestro arzobispo Dionicio profetizó que esta era la ciudad en la que descendería del cielo la santa.

Todos en la multitud estaban eufóricos. Si lo que decía el predicador era verdad, aunque la mayoría no entendía bien qué implicaba esto, solo sabían que era algo bueno para todos.

De repente, Rebeca, que se había calmado hace poco, se acercó al predicador y dijo:

—Quiero bautizarme, estoy dispuesta a seguir a nuestro dios de la creación hasta el último día de mi vida.

Rebeca había venido con esa intención desde el principio, pues leyendo la biblia quería creer que todo era verdad. Solo así encontraría consuelo, sabiendo que sus hijos estaban en un lugar mejor, y que algún día los volvería a ver.

Solo que lo que decía el predicador la fue llevando a un lugar en el que perdió la calma por un momento. Ahora, después de calmarse, creía de todo corazón en el dios de la creación, y estaba dispuesta a esperar el día en que volvería a ver a sus hijos.

—Felicitaciones, hermana, has tomado la decisión que dios preparó para ti. Aquí no solo encontrarás consuelo, sino también felicidad para tu vida y la de tu familia.

—Estoy agradecida contigo, hermano. Fuiste de gran ayuda para que tomara esta decisión.

—Estoy siempre dispuesto a ayudar, hermana. Con esto quiero decirle a todos: el día de mañana celebraremos una gran ceremonia de bautizo, donde serán bautizados todos aquellos que quieran creer en nuestro señor de la creación. Incluso si no desean bautizarse, pueden venir a mirar, que será muy bonito.

Cuando los presentes pensaban marcharse, el predicador llamó su atención de nuevo:

—Todos los presentes, estamos regalando la santa biblia a todos aquellos que sepan leer, para que conozcan mejor todo sobre nuestro señor dios. A quienes no saben leer, no se preocupen, realizamos lecturas de la biblia en nuestro templo.

Con eso señaló a una casa grande hecha de cemento junto a la plaza donde se encontraban.

—En la mañana daremos clases de lectura y escritura para quienes quieran aprender. Si alguien quiere ser voluntario para enseñar, por favor acérquense al templo y regístrense.

Rebeca, al ver al predicador ocuparse de sus asuntos, decidió irse por hoy, muy satisfecha con todo lo ocurrido. Justo cuando pensaba irse:

—Hermana, necesito unas palabras contigo.

Rebeca se dio vuelta y miró al predicador antes de hablar:

—Hermano, ¿qué querías de mí?

—La cosa es así, hermana: notamos que en la ciudad hay una alta tasa de niños sin hogar, y que pasan mucha hambre, por lo que construimos un pequeño lugar para regalarles un plato de comida a estos niños en la mañana y en la tarde.

Rebeca miró con dudas al predicador, y este se dio cuenta de ello y decidió explicar su propósito:

—Creo que te haría bien socializar con estos niños, así que te pido una mano para que ayudes a servirles la comida. Está bien si no quieres.

—Sí quiero, entonces me avisas cuándo empezamos.

—Empezamos mañana en la tarde.

—Está bien, entonces allí estaré.

Rebeca se despidió del predicador y se fue en su carruaje. Al llegar a la mansión del marqués, rápidamente bajó del carruaje y corrió a los brazos de su esposo, quien la esperaba en la puerta.

Antes de que Mateo de Luna pudiera decir una palabra, ella habló con lagrimas en los ojos:

—Creo que en realidad están en un lugar mejor.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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