EL CONQUISTADOR - Capítulo 38
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38: 38 Maquinaciones 38: 38 Maquinaciones Es una lujosa mansión en el área central de Green City.
Un hombre de mediana edad está sentado en el centro del salón principal de la mansión.
Si observan bien, se puede ver una pequeña similitud con el trono del palacio real.
Este hombre de mediana edad despierta temor y fascinación en igual medida.
Su presencia es imponente, con una estatura alta y una complexión atlética que denota fuerza y poder.
Su mirada penetrante y fría atraviesa a sus oponentes, revelando una crueldad calculadora y despiadada.
Sus ojos, de un intenso color gris acero, parecen ser capaces de leer los pensamientos más oscuros de aquellos que se atreven a desafiarlo.
Una sonrisa sardónica se dibuja ocasionalmente en sus labios, revelando su disfrute perverso al jugar con la vida y las emociones de los demás.
Sus rasgos angulares y su mandíbula firme inspiran una sensación de autoridad implacable y despiadada.
—Espero que traigan buenas noticias —el hombre de mediana edad habló con alguien que estaba de rodillas en medio del salón.
Cuando hablaba, su voz profunda y grave escondía una seductora y peligrosa cadencia.
Cada palabra estaba cargada de una amenaza velada, llena de giros retorcidos y metáforas oscuras.
—Sí, mi señor, he averiguado las cosas que me pidió —el hombre de rodillas habló, sin poder ocultar el temblor en su voz.
—Jajaja, vamos, dame tus buenas noticias.
La fuerte risa resonó en el salón, causando un pequeño eco.
—Lord duque, según nuestras averiguaciones podemos estar seguros de que se trata del vizcondado de Solomon.
Según testigos, el señor vizconde es el inventor de estas cosas.
—Jeje, parece que el pequeño vizconde tiene sus trucos.
Si lo dejamos solo, tendrá su día de recuperación.
Ya va siendo hora de acabar completamente con el antiguo ducado de Solomon.
Roy, tengo un trabajo para ti.
El hombre de mediana edad tenía una sonrisa peligrosa, causando escalofríos al hombre que estaba de rodillas.
—Estoy a sus órdenes, lord duque.
Por favor, ordene lo que sea y lo haré con gusto —Roy, quien estaba arrodillado, de repente se puso enérgico, prometiendo cumplir cualquier tarea.
Entonces Roy vio a lord duque ponerse de pie.
En el estante interior del salón sacó un pergamino y se lo entregó: —Quiero que vayas al territorio del conde de Blair y le entregues este pergamino.
Luego de leerlo, tienes que estar presente en el momento en que lo queme.
Lo había preparado en caso de alguna emergencia.
No pensaba haberlo usado tan pronto.
Vaya qué problemático es el antiguo ducado de Solomon.
Roy recibió el pergamino con extremo cuidado.
Se puso de pie y prometió con entusiasmo: —Puede estar tranquilo, lord duque.
Le aseguro que completaré esta misión a la perfección.
Espere mis buenas noticias.
—Bien por ti.
Sabes que no soy tolerante a fallas —las frías palabras del hombre de mediana edad asustaron a Roy, quien se disponía a salir del salón.
Cambio de escena El conde de Blair estaba molesto en ese momento.
Como territorio limítrofe del condado de Solomon, podía ver claramente la velocidad con la que se desarrollaba.
Lo más molesto era que no podía hacer nada.
Solo podía observarlo ascender al cielo, quedándose con las manos atadas por las reglas del reino Antares.
Estaba prohibida la invasión a otros territorios sin una razón convincente.
Y aún teniéndola, sus enemigos aprovecharían fácilmente su falla y podría terminar en la horca.
En su opinión, como conde común, era fácil invadir el vizcondado de Solomon.
Llevaba tiempo salivando por todos los productos nuevos que habían salido de ese lugar, especialmente la locomotora.
Para lograr su objetivo, el conde de Blair se dio cuenta de que no podía comer solo todo ese pastel.
Así que decidió buscar aliados.
El problema era que los aliados que necesitaba no debían ser ni mucho más fuertes que él ni mucho más débiles.
En ese momento se encontraba en su estudio, analizando los pros y los contras de cada aliado futuro posible.
De repente, alguien llamó a la puerta.
—Milord, viene un emisario de Green City.
Trae el sello real en su mano y solicita una audiencia —quien llamó fue la nueva criada.
Normalmente una criada nueva no podría servir al señor directamente, pero el conde de Blair se encaprichó con ella en cuanto la vio y decidió hacerla su criada personal.
—Déjalo entrar enseguida —el conde de Blair no se atrevió a hacer esperar a un emisario de Green City, más aún cuando sostenía el sello de la familia real.
Un momento después, en el salón de audiencia de la mansión de la familia Blair, el conde se sentó esperando que el emisario llegara.
Al cabo de un momento entró un hombre en sus treinta, un poco desaliñado, pero el conde no se atrevió a despreciarlo ni por un momento.
—Saludos, conde de Blair.
Mi nombre es Roy.
Estoy en una misión encomendada por el duque Jack Devónico.
Esto es para usted, lord conde.
En el momento en que lo lea, entenderá.
Roy saludó formalmente al conde de Blair y le entregó el pergamino que se le había encomendado.
El conde tomó el pergamino y empezó a leerlo con sumo cuidado.
Al cabo de un largo rato, lo puso en el escritorio y empezó a reír en voz alta, causando el desconcierto de Roy y Lisa, la nueva criada que lo atendía.
—Roy, amigo mío, me acabas de traer la mejor noticia que podría haber tenido en mi vida.
Ven, te invitaré a celebrar conmigo.
El conde puso la mano en el hombro de Roy y se preparaba para ir al salón de banquetes para celebrar la noticia.
Entonces Roy lo detuvo y miró seriamente al conde.
—Oh, por poco lo olvido.
Gracias, amigo mío.
Entonces procederé para que seas testigo.
El conde tomó el pergamino y lo lanzó a la chimenea que estaba ardiendo.
Luego salió del salón riendo en voz alta, listo para celebrar.
Pocos segundos después de que los dos salieran del salón, alguien irrumpió en la chimenea y tomó el pergamino que apenas empezaba a quemarse.
Si el conde lo viera, sabría que se trataba de Lisa, la nueva criada que recién había contratado en la mansión.
Cambio de escena André estaba sentado en su escritorio, pensando qué territorio anexaría al suyo.
Entonces se abrió una puerta lateral en su estudio.
André no estaba nervioso, pues sabía de qué se trataba.
De ahí salió alguien que le entregó una nota, le habló algo al oído y luego se fue.
André leyó el contenido de la nota y luego se rió.
Las cosas no podrían salir mejor.
Como decía un dicho popular en su vida anterior: “Tenía sueño y alguien le envió una almohada”.
—Entonces hagamos el juego más grande, jajaja —André se rió en voz alta, donde nadie lo pudiera escuchar.
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