EL CONQUISTADOR - Capítulo 57
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57: 57 Rendición 57: 57 Rendición “Por favor, diga su condición, señor Conde”.
Muy formalmente Mónica preguntó qué condición André proponía.
“Mi condición es muy simple, señorita Mónica: quiero que usted se una al ejército del condado de Solomon”.
André lanzó así nomás, y Raúl, que estaba detrás de él, no dijo nada para oponerse; solo se limitó a observar a Mónica esperando su respuesta.
Mónica estaba sorprendida, la incredulidad en su rostro era evidente.
Miró directamente a André para ver si podía captar algo de ello.
Que una mujer se hubiera unido al ejército no recordaban ningún caso en el reino Antares.
Había oído hablar de la fama de Alexia, la general del Imperio Liberty, y siempre había querido ser como ella.
Había estudiado tácticas militares recopiladas de libros de todo el mundo con la esperanza de algún día demostrar su valía.
Nunca imaginó que sería el enemigo de su abuelo quien le diera la oportunidad.
“¿Está hablando en serio, señor Conde?
Si esto es una broma lo odiaré el resto de mi vida”.
Mónica miró a André esperando su confirmación; se podía ver nerviosismo, anticipación e incluso un poco de miedo por la respuesta que André le daría.
“Muy en serio, Mónica.
Solo tienes que asentir y estarás oficialmente enlistada en las filas del ejército de Solomon”.
André confirmó sus palabras, provocando que el rostro de Mónica brillara de alegría.
“Estoy dispuesta, señor.
Incluso si es en el puesto de soldado raso estoy dispuesta a unirme a su ejército”.
Muy emocionada, Mónica dio su respuesta a la propuesta de André.
“No tienes que preocuparte, tu posición en el ejército no será tan baja.
Te otorgaré el rango de coronel del ejército, pero tendrás que reclutar a tus subordinados tú misma.
Yo me encargaré de proporcionarte presupuesto, equipación y método de entrenamiento y adiestramiento”.
Mónica estaba feliz al escuchar estas palabras.
“No sé cuántos soldados tengo que reclutar, señor”.
“Por ahora serán 5,000.
Ya hablaremos en un futuro.
Entonces prosigamos a nuestros planes actuales: procede de inmediato con la rendición y libera a los rehenes”.
Entonces Mónica perdió su entusiasmo nuevamente al recordar por qué estaban sentados allí, más aún cuando su abuelo acababa de morir.
“Está bien, deme un tiempo para informar a mi gente.
Al cabo de un rato abriremos las puertas de la ciudad y nos rendiremos oficialmente.
Entonces me retiro, tengo trabajo que hacer”.
Mónica aceptó de inmediato el arreglo de André y, sin más demora, volvió a London City a realizar los preparativos.
Mirando su partida, André no pudo evitar suspirar para luego decir: “Para una chica de apenas 20 años tiene una fuerza y una madurez mental dignas de admirar.
El peso que está llevando encima ahora mismo es muy pesado y, sin embargo, se comporta con plena calma ante esta adversidad”.
“Creo que se parece mucho a usted, señor, tanto en las circunstancias como en su comportamiento”.
“Está bien, volvamos a nuestro campamento y esperemos noticias de London City”.
André decisivamente cambió de tema y se dirigió a su propio campamento.
Una hora después las puertas de London City fueron abiertas y se izaron banderas blancas en las torres de la muralla.
André dirigió su ejército a London City, donde fue recibido por Mónica y algunas personas importantes de la ciudad.
Entre ellas se encontraba el general Armond, quien bajaba su cabeza con extrema vergüenza.
“Le damos la bienvenida al señor Conde André Solomon, heredero legítimo del anterior condado de Blair.
Presentamos nuestro respeto al nuevo señor”.
Mónica y el grupo de nobles que le dieron la bienvenida se inclinaron para demostrar su lealtad hacia André.
“Bien, he visto su lealtad, pero tengan en cuenta que ninguna de sus familias está libre de culpa.
En los siguientes días se realizará una auditoría para contabilizar sus propiedades, de las cuales les será arrebatada la mitad como daños de guerra.
Está bien, eso es todo por ahora.
General Armond, necesitamos hablar en privado”.
André no les dio oportunidad de réplica y se dirigió hacia el centro de la ciudad, seguido del general Armond y los altos mandos de su ejército.
En un pequeño salón en la mansión del duque de Blair, sentado en un fino sillón, André estaba mirando al general Armond, quien estaba arrodillado frente a él.
Sin esperar a que André hablara, el general se arrodilló y confesó su culpa.
“Lo siento, señor, por mi incompetencia.
He arruinado sus planes.
No tengo excusas para algo como esto; simplemente fui engañado por el enemigo y fui tristemente derrotado”.
La postura de André se puso recta mientras pensaba las palabras que diría a continuación.
“No tengo planes de culparte, ya que es tu primer error desde que asumiste el cargo.
Pero eso me hizo pensar en algo muy importante: general Armond, creo que usted no tiene madera para el ejército”.
“Señor, por favor, no me retire del ejército.
Por lo que más quiera, le pido una oportunidad.
Si me echa del ejército no tendré qué hacer, entonces mi familia sufrirá las consecuencias.
Le prometo que no volveré a cometer un error de esta clase, cumpliré todas sus órdenes al pie de la letra”.
El general se puso pálido cuando escuchó las palabras de André.
Entonces puso su frente en el piso y empezó a rogar en voz alta.
“¿Quién dijo que te estoy echando?
Es simplemente una reorganización, debiste haberme dejado terminar de hablar”.
André estaba enojado por la interrupción del general y le habló duramente.
“Lo siento, señor, por mi incompetencia.
Escucharé atentamente lo que tiene que decir”.
El general estaba contento siempre y cuando no lo echaran, así que se calló y esperó las palabras que diría André.
“Dije que no eras apto para el ejército, así que te quitaré del puesto y te pondré a cargo de la nueva unidad que se está formando.
De ahora en adelante ya no serás el general del ejército de Solomon.
Alégrate, serás ascendido a comandante general de la policía del condado de Solomon”.
André hizo una pausa y continuó hablando.
“De ahora en adelante estarás a cargo de la seguridad pública de todo mi territorio.
Tu misión será hacer cumplir la ley en todo el condado.
Espero que no me decepciones esta vez”.
“Tenga seguridad, señor, me esforzaré al máximo para cumplir con mi deber”.
El general Armond no era tonto, así que se dio cuenta de la importancia del puesto que acababa de recibir.
Se podía decir que ahora no estaba bajo Raúl, considerándose en posición igual que este último.
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