EL CONQUISTADOR - Capítulo 62
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- Capítulo 62 - 62 62 Hielo por todo el horizonte
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62: 62 Hielo por todo el horizonte 62: 62 Hielo por todo el horizonte En algún lugar, en las profundidades del océano raya.
Una flota de quince barcos navegaba hacia lo desconocido.
El barco insignia de esa flota era precisamente el Napoleón I.
En la proa del barco, en ese momento, Simón estaba de pie mirando el mar infinito; nadie podía saber qué estaba pensando.
Cuando se le acercó el vicecapitán del barco, llamado Ulises, le dijo: —Esta vez hemos llegado tan lejos como nunca antes.
Tengo el presentimiento de que pronto llegaremos a nuestro destino.
—Yo me siento igual.
He tenido un presentimiento extraño; mi corazón no deja de acelerarse por momentos, aunque estando aquí me relajo un poco —respondió Simón, compartiendo los pensamientos de Ulises.
—Yo creo que es el miedo a lo desconocido, señor.
—Yo pienso igual que tú, así que trata de mantener a nuestros hombres en estado de alerta.
Tal vez pronto tengamos novedades.
Diciendo eso, Simón se dirigió a su cabina de descanso, mientras la flota continuaba navegando hacia las profundidades del océano.
Una semana después.
Esa mañana, como cualquier otra, Simón se puso su abrigo y salió a la proa para mirar la salida del sol al amanecer.
Pronto, la luz comenzó a ganar la pelea contra la oscuridad y el mar empezó a iluminarse.
Entonces, Simón vio algo impactante en la distancia.
—¿Qué diablos es eso?
Un fuerte grito sacó a Simón de su estupefacción, y su mente comenzó a funcionar rápidamente, tratando de averiguar qué tenía frente a él.
—Señor, creo que lo que está frente a nosotros es un gigantesco tsunami —dijo Ulises, apresurándose a colocarse junto a Simón y dando sus especulaciones sobre lo que estaban viendo.
—Si es lo que estás diciendo, me temo que hasta aquí llegó nuestra expedición.
Parece que le voy a fallar a mi señor; tal vez mi padre también se encontró con lo mismo en su viaje —dijo Simón con gran pesar y arrepentimiento.
Su alma no tendría paz si las cosas terminaran así.
La tripulación del barco observaba con asombro el horizonte, donde una masa oscura y amenazante se alzaba en el océano.
La tensión en el aire era palpable mientras los miembros intercambiaban miradas de preocupación.
Simón salió de su shock de inmediato y trató de buscar una última esperanza.
Experimentado y decidido, tomó el mando sin dudarlo.
Ordenó a todos los miembros de la tripulación que se aseguraran y se prepararan para el impacto.
El equipo se dividió en varias tareas.
Algunos aseguraron las cargas y los equipos, amarrando todo lo posible para evitar que fuera arrastrado por la fuerza del agua.
Después de enfrentarse valientemente al caos del supuesto tsunami, la tripulación finalmente comenzó a notar que algo no cuadraba.
Con asombro, descubrieron cómo el horizonte se transformaba ante sus ojos.
En lugar del temido tsunami, se encontraron con una inmensa montaña de hielo que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.
El mar estaba cubierto por una capa de hielo masiva y deslumbrante que parecía extenderse en todas las direcciones.
La conmoción inicial se convirtió en un silencio reverencial mientras los miembros de la tripulación contemplaban la magnitud del fenómeno natural.
La montaña de hielo creaba una imagen imponente, con reflejos brillantes que jugaban sobre su superficie.
Aunque la sorpresa inicial era evidente, también se respiraba un profundo respeto por la poderosa fuerza de la naturaleza.
Simón, consciente de la necesidad de evaluar la situación y tomar medidas prudentes, convocó a una reunión de la tripulación en el puente.
Juntos, discutieron la mejor manera de proceder ante este nuevo escenario.
Se decidió que el barco se mantendría a una distancia segura de la montaña de hielo para evitar cualquier riesgo de colisión o peligro.
Luego de la reunión, se llegó a un consenso: navegar paralelo al hielo hacia el norte, tratando de encontrar algún canal o dejar el hielo atrás para continuar su travesía.
Mientras el barco continuaba su ruta, la tripulación tuvo la oportunidad de observar más de cerca la montaña de hielo.
Se podían apreciar detalles intrincados en la superficie, como grietas y cavernas.
Algunos miembros utilizaron binoculares para capturar la magnificencia del momento.
Cabe decir que André había ordenado la construcción de una gran cantidad de binoculares para la tripulación antes de su partida(aunque por su la dificultad de producción y el corto tiempo solo los oficiales y superior tuvieron uno).
—¡Rugido!
¡Rugido!
¡Rugido!
De repente, un estruendoso ruido se escuchó más allá del hielo, frente a la flota.
A todos se les erizó la piel y sus nervios se tensaron, incluido Simón.
El frío que sentían en ese momento, provocado por el hielo, parecía multiplicarse por tres.
Nadie podía imaginar qué tipo de bestia era capaz de ocasionar un rugido tan estruendoso.
Simón reaccionó de inmediato y ordenó a la flota que se detuviera, que se mantuviera a una distancia segura y que observaran cualquier cambio en la situación.
Pronto, todos los buques adoptaron una formación en abanico y apuntaron sus cañones hacia el lugar de donde había provenido el rugido, todas estas acciones vinieron del instinto de protección humano, apuntar el cañón a una amenaza desconocida les daba tranquilidad.
—Que estén alerta y se preparen para la retirada en cualquier momento.
Esperaremos una hora; si no ocurre nada, enviaremos un equipo de exploración —ordenó Simón.
La orden fue transmitida rápidamente a todos los buques de la flota.
Esa hora pareció un siglo para todos los tripulantes, pero el sonido no volvió a repetirse.
—Quiero un equipo de exploración de cincuenta personas para partir lo más rápido posible.
Hay que averiguar qué demonios era esa cosa —ordenó Simón a Ulises, que estaba a su lado.
Ulises asintió y partió de inmediato para organizar el equipo que iría a investigar el origen del sonido.
Con gran eficiencia, solo tardó veinte minutos en reunir a los candidatos para la exploración.
—Señor, el equipo está listo para partir en cualquier momento.
Solo esperamos su orden —informó Ulises al presentarse fuera de la cabina de Simón.
—Espera un momento mientras me alisto; yo también partiré con ellos —dijo Simón.
Sus palabras sorprendieron a Ulises, quien entró en pánico.
—¡Señor, usted no puede ir a esa misión de exploración!
Es demasiado peligroso.
Como comandante de esta expedición, es demasiado irresponsable exponerse al peligro.
La puerta de la cabina se abrió y Simón salió, ignorando a Ulises, que seguía intentando convencerlo de cambiar de opinión.
Mientras se dirigía hacia el equipo de exploración, Simón se detuvo y habló de repente: —Sabes, Ulises, esta misión de exploración es de gran importancia, incluso más que la expedición misma.
Tengo que averiguar personalmente qué diablos fue ese sonido, porque podría traer peligro al territorio de mi señor, y eso es intolerable.
Estarás a cargo mientras yo no esté.
Simón se unió al equipo de exploración sin importar la opinión de Ulises ni la del resto de los capitanes.
Pronto, bajo la mirada de todos los tripulantes, el equipo escaló la montaña de hielo de cien metros y desapareció de la vista de todos.
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