EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 100
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100: Capítulo 10 La Unión del Dragón y la Grulla 100: Capítulo 10 La Unión del Dragón y la Grulla El polvo de la guerra aún flotaba en el aire, mezclándose con el aroma del humo y la tierra quemada.
Los cuerpos yacían dispersos a lo largo del camino, testigos mudos del precio pagado por la victoria.
Suwei avanzaba por la senda que conducía a la capital, montando su caballo con la armadura manchada de sangre y cenizas, cada golpe y cada rasguño en su rostro y cuerpo contando la historia de la batalla que acababa de librar.
No era solo un regreso: era la manifestación viva de la esperanza, de la fuerza, de la resistencia que mantenía vivo al Imperio.
Los aldeanos salieron a las calles, todavía temblando por la guerra, pero con la curiosidad y la reverencia encendidas en sus ojos.
Ellos no habían olvidado la guerra ni los sacrificios, pero algo en Suwei irradiaba más que coraje: irradiaba historia, legitimidad y la promesa de protección.
Cada mirada de la multitud parecía decir: “Este hombre ha luchado por nosotros.
Este hombre es nuestro consorte y protector.” Entre la multitud, un niño de no más de siete años dio un paso adelante.
Sus ojos brillaban de emoción y miedo a la vez.
Con voz clara, pura y fuerte, comenzó a entonar el Himno del Imperio del Dragón Dorado: “Oh, tierras del Dragón Dorado, eternas y fieras, Montañas que besan los cielos, ríos que susurran esperas…” Al principio, su voz temblaba como la brisa que roza la superficie de un lago.
Pero, al escucharlo, un hombre mayor se unió, luego otro, y otro más.
Como una chispa que enciende un fuego, la voz del niño despertó a la multitud.
Cada verso se multiplicó, cada nota resonaba en el corazón de todos: soldados, aldeanos, ancianos, mujeres y niños.
No era solo una canción, era un juramento colectivo, una declaración de que el Imperio estaba vivo, que su espíritu no había sido quebrantado por la guerra.
Suwei descendió del caballo al llegar al camino imperial.
Sus botas hundiéndose en la tierra todavía humeante, la armadura brillando con la luz de los estandartes rasgados que ondeaban con dignidad, como banderas de resistencia.
Se inclinó en reverencia ante la multitud, no como un guerrero que había vencido en batalla, sino como un protector que entendía el valor de cada vida.
Cada gesto suyo irradiaba solemnidad y respeto, y cada persona que lo observaba sentía que estaba presenciando algo más grande que la guerra: estaba presenciando la esencia misma del Imperio.
Desde las cúpulas del Palacio Imperial surgió un rugido que atravesó el cielo.
No era solo un sonido, sino un llamado ancestral.
La Grulla Blanca apareció en el aire, sus alas extendidas reflejando luz pura, girando y danzando, dejando estelas de destellos que tocaban cada rincón del camino imperial.
Cada movimiento de la grulla parecía imbuir coraje en los corazones de los soldados, esperanza en los ojos de los civiles y reverencia en todos los presentes.
Su vuelo era un símbolo de protección, de historia, y de que la sangre de los ancestros seguía latiendo en el Imperio.
No mucho después, un rugido más profundo resonó en las alturas.
El Dragón Dorado emergió de entre las nubes bajas, atravesando la bruma de la batalla y del humo con majestuosidad.
Sus escamas doradas brillaban con la luz del sol naciente, reflejando la gloria y la fuerza del linaje imperial.
Sus movimientos eran precisos, elegantes y poderosos: un guardián que recordaba a todos que la fuerza del Imperio no residía solo en las armas, sino en su historia y en su gente.
La Grulla y el Dragón comenzaron un ballet aéreo que dejaba a todos sin aliento.
La grulla ascendía en círculos amplios, descendía en picados veloces, trazando figuras de luz sobre la tierra quemada, mientras el dragón surcaba la bruma con giros y volteretas que reflejaban la majestuosidad de su linaje.
Cada movimiento era simbólico: fuerza y protección, pasado y presente, esperanza y poder concentrados en un espectáculo celestial.
La gente caía de rodillas, con lágrimas en los ojos, y hasta los guerreros más endurecidos se sentían pequeños ante semejante muestra de grandeza.
“Desde los bosques sagrados hasta los salones de oro, Dragón Dorado, soberano de cielo y tierra…” El niño que había iniciado el himno avanzaba ahora entre la multitud, su voz resonando sobre el paso firme del consorte.
Otros niños y ciudadanos se unieron, y pronto todo el pueblo cantaba en un coro unificado, acompañando a Suwei mientras avanzaba hacia la capital.
Cada nota parecía fluir hacia los cielos, tocando las alas de la Grulla y las escamas del Dragón, como si el Imperio entero estuviera unido en una sola respiración, un solo latido, un solo espíritu.
Suwei levantó la mirada hacia la puerta de la capital.
Las murallas ennegrecidas por el humo parecían inclinarse ante él, y el sonido del himno lo envolvía como un manto.
Se inclinó nuevamente en reverencia, y el niño se adelantó, mirándolo con ojos llenos de admiración.
Suwei se agachó, tomó la pequeña mano del niño y le transmitió sin palabras la promesa de que su lucha y la de todos los que lo habían seguido no había sido en vano.
“Que tu fuego eterno ilumine nuestras almas, Y guíe nuestras manos en la gloria de la guerra…” Los soldados alineados en el camino imperial levantaron sus armas en señal de respeto y victoria.
Cada estandarte dorado brillaba con la luz reflejada del Dragón y la Grulla que danzaban sobre ellos.
El campo entero parecía suspenderse entre la realidad y lo mítico, y cada persona presente comprendió que estaban siendo testigos de la historia misma: el Imperio renaciendo sobre el sacrificio y el valor de sus héroes.
Suwei avanzó lentamente por el camino imperial, cada paso de su caballo resonando como un tambor que marcaba la victoria y la memoria de los caídos.
A los lados, los ciudadanos se alineaban, todavía cubiertos de polvo y cenizas, pero con los ojos brillantes de esperanza y admiración.
Mujeres y hombres de todas las edades sostenían faroles y estandartes improvisados, algunos con tela desgarrada pero aún con los colores del Imperio.
Niños pequeños se asomaban entre los hombros de sus padres, mirando al consorte con ojos que reflejaban la leyenda viva que avanzaba hacia ellos.
El himno del Imperio del Dragón Dorado comenzó a resonar nuevamente, pero esta vez con fuerza colectiva.
Un niño pequeño, de apenas siete años, dio un paso adelante desde la multitud, su voz clara y firme abriendo el canto: “Desde el niño que en la plaza entona la primera nota…” Al instante, sus vecinos lo siguieron, y pronto todo el camino estaba lleno de voces que se unían en un solo espíritu.
Cada nota parecía flotar en el aire, tocando el cielo y haciendo que incluso las banderas rasgadas se movieran con más fuerza, como si respiraran el poder del himno.
Suwei alzó la cabeza, sintiendo cada verso como un latido que recorría todo su ser.
Su mirada se encontró con la del niño, que lo observaba con una mezcla de asombro y reverencia.
Por un instante, todo el peso de la guerra, todas las pérdidas y sufrimientos, parecieron fundirse en un solo momento de gloria y conexión.
El Dragón Dorado apareció primero, surcando el cielo con un rugido que resonó en la piedra y la madera de la capital.
Sus escamas doradas brillaban con la luz del sol que empezaba a elevarse, reflejando destellos en las armaduras de los soldados y los ojos de los aldeanos.
Cada giro y cada ascenso del dragón parecía insuflar coraje en los corazones de quienes lo miraban.
Luego, la Grulla Blanca se unió, ascendiendo con alas amplias que dejaban estelas de luz pura en el aire.
Los dos símbolos ancestrales del Imperio comenzaron a danzar juntos, realizando un ballet aéreo imposible de ignorar: la Grulla con su elegancia y velocidad, el Dragón con su fuerza y majestuosidad.
El vuelo de ambos no era solo espectáculo: era mensaje, era historia viva.
La Grulla representaba la vigilancia, la sabiduría y el consorte que había defendido al Imperio con cada fibra de su ser.
El Dragón representaba la fuerza, la legitimidad y la protección del emperador, que había sobrevivido a la herida y seguía siendo el corazón del reino.
Juntos, giraban, descendían y ascendían en un ritmo que parecía marcar el tiempo mismo de la ciudad, el latido del Imperio que nunca se rompería.
Suwei detuvo a su caballo frente al Palacio Imperial, y por un momento el mundo pareció contener la respiración.
Levantó su espada hacia el cielo, un gesto de reverencia y poder, mientras la luz de la Grulla Blanca iluminaba su hoja y las escamas del Dragón reflejaban destellos dorados sobre el camino.
La multitud permanecía en silencio, arrodillada, llorando y cantando, uniendo sus voces al himno, un solo espíritu vibrando en cada corazón.
“Todos elevamos nuestras voces, un solo espíritu, Oh Dragón Dorado, protector eterno, guía de nuestro legado.” Cada verso que el niño entonaba se multiplicaba, y Suwei sentía cómo la energía del himno cruzaba su cuerpo, fortaleciendo su voluntad.
Con un movimiento lento y solemne, descendió del caballo, sus botas hundiéndose en la tierra humedecida por la batalla reciente.
Se inclinó ante la multitud, haciendo una reverencia profunda que no solo era señal de respeto, sino un reconocimiento a todos los que habían sufrido, luchado y esperado por este momento.
Jin Long, a su lado, lo observaba con orgullo y amor silencioso.
Sus ojos aún mostraban el cansancio y la marca de la batalla, pero también la satisfacción de ver que el Imperio seguía vivo, que su gente seguía de pie.
Cuando Suwei levantó la mirada, vio a su hija Xiaolian en el balcón de jade, alzando su manita hacia el cielo, saludando a la Grulla y al Dragón que desaparecían entre las nubes.
El corazón de Suwei se llenó de emoción: allí estaba la próxima generación, testigo y guardiana de la esperanza que él y Jin Long habían defendido.
Mientras avanzaban por la avenida central, la gente rompió el silencio y comenzó a aplaudir, gritar y cantar con más fuerza.
Cada paso de Suwei se sentía como un ritual, una caminata ceremonial hacia la recuperación del Imperio.
Los soldados formaban filas a lo largo del camino, sus espadas alzadas, reflejando la luz de la mañana y la gloria de los símbolos que los habían guiado.
Cada rostro era un recordatorio de que el poder del Imperio residía en su pueblo, y que la historia no se escribía solo con sangre en el campo de batalla, sino también con la fe y la unión de quienes vivían bajo su protección.
El sol continuaba elevándose, bañando las torres de jade y oro con su luz.
Los estandartes ondeaban, mostrando el Loto Blanco sobre el fuego, símbolo del consorte que había vencido, protector de la Grulla que guiaba al Dragón.
Suwei levantó su espada una vez más, como cierre de la ceremonia, y un silencio reverente cubrió a todos antes de que la multitud estallara en vítores.
La victoria no era solo de los ejércitos, sino de cada ciudadano, cada niño, cada anciano que había creído en el Imperio.
Suwei comprendió, finalmente, que la verdadera fuerza del Imperio no estaba en sus murallas ni en sus ejércitos, sino en el espíritu de su gente, en la historia que se transmitía de generación en generación, y en los símbolos que recordaban a todos quiénes eran y lo que podían llegar a ser.
Mientras la brisa matutina acariciaba el camino imperial, y el eco del himno se disipaba entre las torres y calles, supo que el Loto había vuelto a florecer sobre las cenizas.
El consorte se volvió hacia Jin Long y la pequeña Xiaolian, y juntos avanzaron hacia el Palacio Imperial.
La ciudad los rodeaba, viva, vibrante, celebrando no solo el fin de la guerra, sino el inicio de una nueva era.
Las campanas comenzaron a sonar, los faroles fueron encendidos, y el aroma de incienso y flores se mezcló con el aire aún cargado de polvo de la batalla.
Era un regreso triunfal, no de un hombre, sino de todo un Imperio.
El Dragón y la Grulla ya no surcaban el cielo, pero su presencia se sentía en cada mirada, en cada latido, en cada nota del himno que todavía resonaba.
Suwei entendió que esos símbolos no eran solo figuras del pasado; eran guardianes, recordatorios de que mientras hubiera coraje, honor y amor, el Imperio nunca caería.
Y así, con el sol brillando sobre la ciudad, con el himno resonando en cada rincón y con la mirada de su hija y su esposo a su lado, Suwei levantó su espada una última vez, no hacia la guerra, sino hacia el futuro.
Porque el Loto había renacido, y el Imperio del Dragón Dorado estaba listo para florecer nuevamente.
Fin de la Temporada 3 REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack “Un Imperio no se sostiene por tronos ni por espadas, sino por la memoria de sus héroes, la voz de su gente y la fuerza de quienes, con coraje y amor, levantan la esperanza sobre las cenizas.
Porque mientras haya quienes recuerden, quienes canten y quienes luchen, la historia siempre renace, como un loto que florece entre la adversidad.” Su regalo es mi motivación de creación.
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