EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 101
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101: Capítulo 1 – El Renacer del Imperio 101: Capítulo 1 – El Renacer del Imperio Cuatro meses habían pasado desde la última guerra que había estremecido los cimientos del Imperio del Dragón Dorado.
Cuatro meses desde que el polvo de la batalla se levantó en la llanura, desde que el consorte Suwei entró por el camino imperial rodeado del canto de su pueblo, y desde que el Dragón y la Grulla danzaron juntos en el cielo como símbolos eternos de unidad.
La capital aún respiraba cicatrices, pero también esperanza.
Las murallas ennegrecidas por el humo habían sido reparadas con piedra nueva que contrastaba con la vieja, recordando a todos que la gloria se construía también sobre heridas sanadas.
Las calles, que habían estado cubiertas de cenizas, ahora eran barridas por niños que reían mientras corrían entre puestos de comerciantes que lentamente volvían a abrir.
El aroma del incienso, de las flores frescas y de las especias empezaba a reemplazar al olor de la sangre y la pólvora.
Los estandartes imperiales ondeaban de nuevo, bordados con hilos dorados que brillaban bajo la luz del sol.
Donde antes flameaban desgarrados, ahora colgaban renovados, como si el mismo Imperio hubiera vestido una piel nueva.
Soldados con armaduras limpias patrullaban las calles, no con el paso cansado de la guerra, sino con la firmeza de quienes protegían una paz conquistada a un alto precio.
Suwei, el Consorte, caminaba por la avenida central en silencio, observando.
Sus ojos, marcados por la guerra, no podían evitar buscar entre los rostros de la multitud las memorias de los que ya no estaban.
Cada esquina, cada torre, cada sombra guardaba historias de sacrificio.
Y sin embargo, la vida se abría paso como los lotos que florecen después de la tormenta.
A su lado, el Emperador Jin Long había recuperado fuerzas.
Su porte, aunque aún mostraba la cicatriz que cruzaba su brazo, irradiaba autoridad y calma.
El pueblo lo miraba con reverencia, pero también con cercanía: no era un emperador distante, era un hombre que había compartido el dolor y la esperanza de su gente.
En el Palacio Imperial, sin embargo, era otro corazón el que comenzaba a latir con fuerza en el centro de la historia: la princesa Xiaolian.
Tenía once años recién cumplidos, edad suficiente según las tradiciones para iniciar su preparación formal como heredera del Imperio.
Hasta entonces había sido solo una niña protegida entre jardines de loto y corredores de jade, jugando bajo la mirada amorosa de sus padres.
Pero el Imperio necesitaba más que un símbolo de inocencia.
Ahora, Xiaolian debía comenzar a transformarse en la futura guardiana del legado.
Ese amanecer, el Palacio respiraba solemnidad.
El sonido de las campanas marcó el inicio de su primer día de instrucción.
Los maestros imperiales, vestidos con túnicas blancas y azules, aguardaban en el salón de entrenamiento, un espacio abierto con columnas de mármol que reflejaban la luz del sol naciente.
Xiaolian apareció de la mano de Suwei, que la acompañaba con paso tranquilo pero firme.
La niña llevaba una túnica sencilla, blanca con bordes dorados, y su cabello negro estaba recogido en una trenza que resaltaba la juventud de su rostro.
Sus ojos, grandes y oscuros, brillaban con una mezcla de nerviosismo y determinación.
—Padre… —susurró, apretando la mano de Suwei.
Él sonrió con dulzura, inclinándose para quedar a su altura.
—No pienses en lo que esperan de ti.
Piensa en lo que tú quieres darle al Imperio —dijo, acariciándole suavemente la mejilla—.
Eres la hija del Dragón y la Grulla.
Tu fuerza ya está dentro de ti.
Xiaolian asintió, aunque sus labios temblaban un poco.
En lo alto, Jin Long observaba desde el balcón del salón, sin intervenir.
Sus ojos no eran fríos, sino llenos de orgullo y ternura.
Sabía que aquel era el inicio de un camino largo, y que su hija debía recorrerlo con su propio paso.
Los maestros comenzaron con lo básico: las posturas ceremoniales, el saludo imperial, la forma de sostener un estandarte, de dirigir la mirada sin bajar la cabeza.
Cada gesto estaba cargado de simbolismo, pues el Imperio no solo se gobernaba con leyes y ejércitos, sino también con la fuerza de la presencia y el peso de la historia.
Xiaolian tropezó al principio.
Sus rodillas no se doblaban con la firmeza necesaria, sus brazos temblaban al levantar el estandarte de seda.
La multitud de sirvientes y guardias que observaban guardaba silencio, pero Suwei la alentaba con una mirada serena, como si cada error fuera un paso necesario en el aprendizaje.
En un momento, la niña perdió el equilibrio y cayó de rodillas, el estandarte resbalando de sus manos.
Un murmullo recorrió el salón.
Xiaolian levantó la vista, con los ojos húmedos, buscando entre los presentes.
Encontró a Jin Long en el balcón y a Suwei a unos pasos, firme, esperándola.
El Consorte se adelantó y, sin palabras, la ayudó a levantarse.
Luego recogió el estandarte y se lo devolvió.
—El Imperio también cayó muchas veces, Xiaolian.
Pero siempre volvió a levantarse —dijo en voz baja, lo suficiente para que solo ella lo oyera.
Ella apretó con fuerza la tela entre sus dedos.
Respiró hondo, se secó las lágrimas y repitió el movimiento, esta vez con más decisión.
El salón guardó silencio absoluto, como si cada corazón esperara el resultado.
Y cuando la niña mantuvo firme el estandarte, erguida y con la mirada al frente, un aplauso contenido estalló entre los presentes.
Jin Long sonrió desde el balcón, orgulloso.
Y Suwei, en silencio, supo que ese pequeño gesto era más grande que cualquier victoria en el campo de batalla.
El resto del día estuvo marcado por más enseñanzas: historia del linaje, recitación de los himnos, ejercicios de concentración bajo la sombra de los cerezos.
Xiaolian escuchaba con atención, aunque a veces su mente se distraía con la inocencia propia de su edad.
Sin embargo, cada corrección de sus maestros, cada palabra de aliento de sus padres, iba forjando lentamente la figura de una princesa que algún día sería emperatriz.
Al caer la tarde, cuando el sol teñía de rojo los techos de jade y las nubes se esparcían como pinceladas de fuego sobre el horizonte, Xiaolian salió al jardín imperial.
Cada paso sobre los senderos de piedra estaba acompañado por el crujido suave de hojas secas y el perfume lejano de los lotos y jazmines que aún resistían después de la guerra.
El viento acariciaba su cabello como dedos de luz, y el reflejo dorado del sol en el estanque parecía devolverle un mundo suspendido entre lo real y lo soñado.
Se arrodilló junto al agua, observando su reflejo que titilaba con cada movimiento.
Ya no era solo la niña que jugaba entre las flores, que corría tras mariposas y se escondía en los rincones de los pabellones; era una princesa.
Una joven destinada a cargar con la historia de un Imperio que había conocido fuego, sangre y cenizas, y que ahora necesitaba renacer.
La brisa hizo danzar la superficie del agua, deformando su imagen, como si el reflejo mismo le mostrara que el futuro podía ser incierto, pero estaba lleno de posibilidades.
Suwei se acercó en silencio, dejando que sus pasos apenas rozaran la tierra húmeda.
Apoyó suavemente una mano en su hombro, transmitiendo protección, calor y autoridad en un solo gesto.
No necesitaba palabras todavía; la presencia del consorte era suficiente para que Xiaolian sintiera que podía confiar en cada paso que daría.
—¿Sabes qué veo yo en ese reflejo?
—preguntó Suwei con voz suave, cargada de ternura y firmeza al mismo tiempo—.
Xiaolian negó con la cabeza, sin apartar la mirada del agua.
—Veo al futuro —continuó Suwei, inclinándose ligeramente para que sus ojos se encontraran con los de su hija—.
Y el futuro, hija mía, nunca debe temer a las caídas, porque cada caída enseña cómo levantarse.
Un silencio sagrado envolvió el jardín.
El sonido del viento entre los árboles, el canto lejano de un ave y el murmullo del agua en el estanque parecían rendirse ante aquel momento.
Xiaolian levantó lentamente la vista, y en sus ojos oscuros apareció por primera vez una chispa de confianza, pequeña pero intensa, como una llama que se rehúsa a apagarse ante la tormenta.
—¿Y si tengo miedo, padre?
—susurró ella, apenas audible—.
¿Y si no soy suficiente para proteger el Imperio?
Suwei se arrodilló frente a ella, dejando que sus manos sostuvieran las pequeñas pero firmes de Xiaolian.
Sus ojos, llenos de la experiencia de la guerra y de la sabiduría de los años, se encontraron con los de su hija.
—No se trata de no tener miedo —respondió él—.
Se trata de avanzar a pesar de él.
Cada héroe, cada emperador, cada protector de este Imperio ha sentido miedo.
Y aun así, se levantaron.
Tú no eres diferente, Xiaolian.
Tienes dentro de ti algo más fuerte que el miedo: el amor por lo que defiendes.
Xiaolian se quedó en silencio, absorbiendo cada palabra, cada gesto.
Sentía la fuerza de su padre como un escudo invisible, y la calidez de su cercanía le permitía imaginarse no solo como la princesa, sino como alguien capaz de sostener el legado de su familia y del Imperio.
En lo alto, en el balcón más alto del Palacio, Jin Long los observaba en silencio.
Sus ojos azules seguían el reflejo de su hija en el estanque, el gesto de Suwei guiándola, la manera en que cada palabra y cada contacto transmitían enseñanzas que no podían aprenderse solo en los salones de estudio ni con libros antiguos.
Su corazón se llenó de orgullo, pero también de un leve temor: los días por venir serían difíciles, y el futuro de Xiaolian dependía de decisiones que todavía no podía controlar.
El Dragón Dorado surcaba el cielo lejano, sus escamas doradas brillando con los últimos rayos de sol, y la Grulla Blanca reposaba sobre el tejado del Palacio, vigilante.
Eran símbolos de protección, de historia y de unión entre el consorte y el emperador, y su presencia silenciosa parecía bendecir la escena que se desarrollaba abajo, entre padre e hija.
—¿Ves, Xiaolian?
—dijo Suwei con una sonrisa leve—.
Así como el Dragón y la Grulla protegen el Imperio desde arriba, yo te protejo desde aquí.
No te alejarás sola.
Jamás.
La princesa extendió sus manos, apoyándolas sobre las de Suwei, y por un momento el mundo entero pareció detenerse: el viento, los pájaros, los reflejos en el estanque, incluso las torres de jade.
Todo se redujo a aquel instante, a aquel lazo de confianza y enseñanza que se establecía.
—Prometo, padre —murmuró Xiaolian con voz firme—, que aprenderé.
Que creceré fuerte, pero también sabia.
Que cuidaré el Imperio y a quienes viven en él.
Suwei asintió, emocionado y orgulloso, y la abrazó suavemente.
No era un abrazo de debilidad ni de indulgencia: era un abrazo que transmitía la fortaleza de generaciones, la promesa de protección y la certeza de que ella no caminaría sola.
El sol terminó de ocultarse tras las montañas, tiñendo el cielo de tonos púrpuras y dorados.
Cada flor del jardín parecía inclinarse ante la determinación de la princesa, cada hoja reflejaba el último resplandor del día, y el estanque brillaba como un espejo que guardaba secretos de futuros posibles.
Xiaolian permaneció allí, recibiendo las palabras de Suwei, absorbiendo la enseñanza y el amor que fluían como agua viva.
En ese instante, el Imperio entero parecía respirar a través de ellos.
Cada historia de sacrificio, cada batalla, cada lágrima y cada victoria se condensaba en el jardín silencioso, mientras la niña y su padre compartían un momento que trascendía el tiempo.
Era el inicio de un camino largo, difícil y glorioso, y Xiaolian acababa de dar su primer paso hacia la eternidad, con la guía de quienes la amaban y la fuerza de aquellos que la precedieron.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack “Toda herencia comienza con un temblor en las rodillas y una duda en el corazón.
Pero el verdadero legado no se mide en la perfección, sino en la fuerza de levantarse una y otra vez.
Así, como el Imperio, también la princesa Xiaolian aprende a renacer.” Su regalo es mi motivación de creación.
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