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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 102

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  4. Capítulo 102 - 102 Capítulo 2 La semilla de jade
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102: Capítulo 2: La semilla de jade 102: Capítulo 2: La semilla de jade El amanecer caía sobre la capital como un suspiro tibio, suave y esperanzador.

La luz del sol acariciaba los techos de jade, tiñéndolos de un rojo dorado que parecía encenderse desde dentro.

Cada torre, cada balaustrada, cada rincón del Palacio Imperial se bañaba en un resplandor delicado, como si la ciudad misma respirara nuevamente después de tantos días de acero y humo.

Los jardines, antes devastados por la guerra, comenzaban a mostrar tímidos brotes verdes; la tierra, humedecida por la lluvia de la noche, despedía un aroma dulce y limpio, prometiendo renovación.

Por encima de los techos dorados, las grullas blancas surcaban el cielo, sus alas desplegadas como abanicos que reflejaban la primera luz del día.

Sus vuelos no eran solo aves en movimiento, sino símbolos vivientes de vigilancia y esperanza, recordatorios de que el Imperio aún respiraba y que su historia continuaba.

En el pabellón del loto, la princesa Xiaolian corría con pasos ligeros, el corazón saltando con cada latido.

11 años apenas, y aún el mundo le parecía un juego infinito, lleno de colores, risas y pequeñas maravillas.

Una mariposa dorada danzaba ante sus ojos, y ella la perseguía entre los estanques de lotos, sus pies descalzos tocando la tierra húmeda con delicadeza.

—¡Atrápala, abuela Wei, atrápala!

—gritó, mientras una de sus cuidadoras se esforzaba por seguirla, tropezando con los bordes de piedra y soltando risitas nerviosas.

El viento jugaba con su cabello, enredando hebras como hilos de sol sobre su rostro, y su risa se esparcía por el jardín, pura y cristalina, resonando en el aire como música.

Cada nota de su alegría parecía limpiar las cicatrices de la guerra, recordándole al Imperio que la vida todavía podía brotar, incluso entre las ruinas.

Suwei la observaba desde la terraza, apoyado ligeramente sobre la baranda de jade, con el rostro en sombras bajo la luz naciente.

Sus ojos no se apartaban de la princesa; cada movimiento de Xiaolian era un latido en su corazón, una promesa de futuro y esperanza.

Allí, en silencio, se mezclaban orgullo y preocupación: sabía que aquel juego inocente pronto se convertiría en lecciones de responsabilidad, disciplina y coraje.

Jin Long llegó a su lado sin hacer ruido, apoyando la mano sobre el hombro de Suwei.

Su presencia era sólida, cálida, una fuerza silenciosa que completaba la calma del consorte.

—¿En qué pensás?

—preguntó, con voz más suave que el viento que recorría los jardines.

Suwei sonrió, y sus labios apenas se movieron, pero su mirada seguía fija en su hija.

—Pienso… que ella merece un mundo donde no tenga que gobernar con una espada —dijo, dejando que cada palabra flotara en la luz del amanecer—.

Un mundo donde escuche primero… antes de ordenar.

Jin Long apretó suavemente la mano de Suwei, compartiendo la misma esperanza y la misma preocupación.

—Y lo tendrá —respondió—.

Vamos a enseñárselo… juntos.

La princesa, ajena aún a la magnitud de sus futuros deberes, se detenía de vez en cuando para mirar su reflejo en los estanques, como si quisiera entender el misterio de su propia existencia.

Cada flor de loto, cada pétalo caído, parecía hablarle de resiliencia, de crecimiento y de paciencia.

Xiaolian comenzaba a intuir que su vida, aunque joven, ya estaba marcada por la historia.

Esa misma tarde, en la Sala de los Sabios, los Maestros de la Corte Imperial se reunieron.

Los rollos de pergamino se encontraban dispuestos sobre mesas de madera pulida, cada uno cuidadosamente enrollado y atado con cintas de colores que simbolizaban distintas virtudes: coraje, sabiduría, paciencia y honor.

Los maestros elegidos para guiar a Xiaolian intercambiaban miradas silenciosas, cada uno consciente de la responsabilidad que tenían en sus manos: preparar a la futura heredera del Trono Imperial.

Jin Long se levantó ante ellos, erguido y solemne.

Su voz, aunque tranquila, tenía la fuerza de un río que no puede ser detenido.

—No queremos una emperatriz que domine —dijo, mientras sus ojos recorrían a los sabios uno a uno—.

Queremos una emperatriz que escuche, que comprenda que el poder no se impone… se honra.

Un silencio respetuoso llenó la sala.

Los maestros asintieron, reconociendo la profundidad de las palabras del emperador.

Uno de ellos, el más anciano, con la piel marcada por los años y la sabiduría, pronunció: —Entonces… es hora de plantar la semilla.

Suwei recibió en sus manos un cuaderno de hojas en blanco, un objeto sencillo pero cargado de significado.

Allí, su hija escribiría desde ese momento su aprendizaje, sus errores, sus miedos y las decisiones que moldearían su vida.

Cada página en blanco era un futuro aún por definir, un camino por recorrer que, con paciencia y guía, la convertiría en una líder consciente y justa.

—Todo emperador hereda la historia —dijo el anciano maestro—.

Pero solo los valientes… escriben una nueva.

La ceremonia concluyó con una reverencia de todos los presentes.

La solemnidad del momento contrastaba con la dulzura que esperaba a Xiaolian en su habitación, y Suwei sintió un nudo de emoción en la garganta, consciente de que cada decisión, cada palabra y cada gesto contaban en la formación de su hija.

Al anochecer, mientras los faroles de la ciudad comenzaban a encenderse, derramando su luz cálida sobre calles todavía marcadas por el polvo de la guerra, Suwei entró con cuidado en la habitación de Xiaolian.

La encontró dormida, abrazando el cuaderno contra su pecho como si fuera un tesoro.

La luz de los faroles dibujaba suaves sombras sobre su rostro infantil, y Suwei se inclinó para acomodarle un mechón de cabello.

Suwei se inclinó suavemente sobre su hija, sus dedos apenas rozando el cabello oscuro que caía como un río de seda sobre los hombros pequeños de Xiaolian.

La besó en la frente y susurró, con voz cargada de ternura y solemnidad: —Flor del Imperio… que tu raíz crezca fuerte, y que tu corazón… nunca olvide que vino del amor.

Las palabras parecían flotar en la habitación, suaves como la brisa de la tarde, llenando cada rincón de calma y de promesas silenciosas.

Xiaolian, aún dormida, movió ligeramente los labios como si reconociera la fuerza de aquellas palabras aunque no pudiera comprenderlas por completo.

Su respiración era tranquila, pausada, y Suwei permaneció un instante más, contemplando el rostro de su hija con un amor que no cabía en el pecho, un amor que mezclaba orgullo, esperanza y la conciencia de la responsabilidad que pronto caería sobre ella.

Jin Long permanecía en la puerta, firme pero silencioso, como un guardián que no necesitaba palabras para expresar su presencia.

Sus ojos recorrían cada detalle de la escena: la postura delicada de Suwei, la tranquilidad de Xiaolian, el cuaderno descansando entre sus manos como un símbolo de futuro y aprendizaje.

En ese momento, comprendió que la guerra, con todas sus cicatrices y pérdidas, también había sembrado algo que ninguna espada podría destruir: la semilla de un legado que seguiría creciendo, fuerte y sereno.

Suwei se incorporó lentamente, sin apartar la mirada de su hija.

Sus pasos sobre la alfombra de seda parecían tan suaves que no perturbaban el silencio reverente de la habitación.

La luz de los faroles se reflejaba en sus ojos, iluminando la emoción contenida en cada gesto.

Jin Long dio un paso hacia adelante y colocó su mano sobre la espalda del consorte, un contacto breve pero cargado de comprensión y complicidad.

No era necesario decir nada; ambos sabían que aquel momento era un pacto silencioso: protegerían a su hija, guiarían su crecimiento y la acompañarían mientras aprendía a enfrentar su destino.

Afueras del Palacio, la noche avanzaba y el viento movía las ramas de los cerezos con un susurro suave, como si la naturaleza misma celebrara aquel instante de calma.

Los lotos del estanque se mecían con la brisa, liberando un aroma dulce y fresco que llenaba el aire, mezclándose con la fragancia de incienso encendido en los salones cercanos.

Todo parecía respirar, vivo, como si el Imperio mismo reconociera que una nueva vida se estaba forjando en silencio.

Suwei se volvió hacia Jin Long, y en la profundidad de su mirada había gratitud, amor y la certeza de que la historia podía renovarse.

La princesa dormía tranquila, inconsciente aún de la magnitud de su destino, pero su simple presencia iluminaba la habitación, como un faro que recordaba a sus padres que el futuro, aunque incierto, estaba en buenas manos.

Un instante más se quedaron allí, juntos, dejando que el tiempo se detuviera solo para ellos, como si la eternidad los abrazara en ese pequeño cuarto.

La guerra había dejado cicatrices en todos, pero también había enseñado que la vida, el amor y la historia podían renacer de las cenizas.

Suwei posó su mano sobre el cuaderno que descansaba entre las pequeñas manos de Xiaolian, imaginando todos los pensamientos, sueños y decisiones que algún día llenarán esas páginas, guiando al Imperio hacia un futuro brillante y justo.

Así, mientras el viento nocturno acariciaba los jardines y la ciudad respiraba tranquila, comprendieron que una nueva semilla había sido plantada, una semilla que crecería con fuerza y amor, y que marcaría el comienzo de un futuro que solo la valentía y la ternura podían sostener.

Así comenzaba… el futuro.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack “Toda grandeza nace de raíces cuidadas con amor y paciencia.

El futuro del Imperio no se escribe con espadas, sino con la ternura, la guía y la semilla de esperanza que se planta en corazones jóvenes.” ¿Le gusta leerlo?

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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