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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 103

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  4. Capítulo 103 - 103 Capítulo 3 El rugido que no se oye
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103: Capítulo 3: El rugido que no se oye 103: Capítulo 3: El rugido que no se oye El amanecer traía calma a la capital.

Las campanas de los templos sonaban suaves, los mercados despertaban con aromas de pan de arroz y especias, y los jardines imperiales volvían a llenarse de vida tras la tormenta de guerras pasadas.

El imperio parecía en paz.

Pero la paz, como un espejo delicado, puede quebrarse con un solo golpe invisible.

El viento azotaba las murallas altas y desgastadas.

Allí, donde los mapas se borroneaban con niebla, un jinete exhausto atravesó la puerta de hierro.

Su caballo humeaba del esfuerzo, cubierto de polvo y sudor.

El hombre apenas se sostuvo al bajar.

Con la mano temblorosa entregó un mensaje sellado en negro, el color reservado solo para noticias de muerte o traición.

El general de la muralla, Zhang Bei, un veterano de rostro curtido, rompió el sello frente a sus oficiales.

La cera crujió, y mientras leía en voz baja, su rostro, tan duro como la piedra, palideció.

Un silencio pesado cayó sobre la sala.

—Llamen a la Sala de Guerra.

Ya —ordenó con voz áspera.

Los soldados salieron corriendo, el eco de sus pasos resonando como tambores de advertencia.

Algo se había puesto en marcha más allá de esas murallas.

Algo que aún no tenía forma, pero que olía a catástrofe.

Entre columnas de jade y lámparas de aceite, Jin Long y Suwei revisaban antiguos tratados.

Sus manos pasaban sobre pergaminos gastados, algunos tan frágiles que parecían respirar polvo de siglos.

—Hay algo que no encaja —dijo Jin Long, con los ojos clavados en un fragmento amarillento—.

Ellos no podrían haber financiado un alzamiento así… no solos.

Suwei tomó el documento con cuidado.

Lo giró lentamente, y al dorso, apenas visible bajo la tinta desvaída, apareció una marca en relieve.

Un sello.

El consorte entrecerró los ojos.

La sombra del sello parecía arder en el pergamino como si quisiera salirse de él.

—¿Otra casa imperial?

—preguntó, con la voz cargada de cautela.

Jin Long sostuvo el fragmento a la luz de la lámpara de aceite.

La marca brilló con un destello extraño, como una herida antigua que nunca había cicatrizado.

—No —respondió con firmeza, sin apartar la mirada del símbolo—.

Algo peor.

Suwei inclinó apenas la cabeza, buscando la respuesta en los ojos de su esposo.

—¿Qué?

—susurró, sintiendo que la noche misma contenía la respiración.

Jin Long cerró el puño sobre el pergamino.

—Una familia exiliada… con sed de venganza.

Las llamas de las lámparas titilaron en ese instante, proyectando sombras largas contra los muros de jade.

Era como si hasta el fuego reconociera aquel nombre maldito: Yanshui.

Un silencio helado se extendió en la biblioteca, más pesado que cualquier tratado o pergamino.

Ambos sabían lo que significaba.

Yanshui no era solo un recuerdo de traición; era una herida enterrada, esperando el momento exacto para supurar.

La humedad impregnaba el aire, espesándolo como un aliento de piedra.

El goteo constante de agua en las paredes marcaba un compás lúgubre, y las ratas corrían libres, alimentándose de la desesperanza.

Allí, en una celda oscura, estaba encadenado Zhenwu Long, el hermano caído.

Su cabello, enmarañado y sucio, ocultaba parte de su rostro, pero sus ojos aún tenían un brillo extraño: no el de la gloria, sino el de alguien que nunca había aceptado la derrota.

Por días había permanecido inmóvil, como una estatua rota.

Pero esa noche, algo cambió.

Una silueta encapuchada se deslizó entre las sombras, invisible para los guardias que dormitaban afuera.

Sus pasos eran suaves como un murmullo, y su presencia, más fría que el metal de las cadenas.

La voz del visitante llegó como un veneno dulce: —El Dragón Dorado ha bajado la guardia.

Y cuando eso ocurre… otros dragones se levantan.

El eco de esas palabras pareció recorrer las paredes del calabozo como un presagio.

Zhenwu no respondió al instante.

Sus labios secos temblaron apenas, como si dudara entre el silencio y la furia.

Su respiración se hizo más lenta, más profunda, y en su interior algo comenzó a latir, algo que había permanecido dormido desde su caída.

Finalmente, alzó la vista.

Y con un hilo de voz, áspero pero cargado de determinación, dijo: —Libérenme.

El desconocido extendió una mano enguantada hacia el grillete.

El hierro se partió con un chasquido seco, como si las cadenas hubiesen estado esperando ese momento para rendirse.

El sonido metálico resonó en todo el calabozo, más fuerte que un trueno para quien supiera escucharlo.

Un rugido invisible.

Uno que nadie oyó… pero que pronto haría temblar los cimientos de todo el Imperio.

En otro rincón del mundo, ajena a las sombras que se cernían sobre su destino, la princesa Xiaolian comenzaba su primer día de instrucción con la maestra de ética imperial.

La sala era luminosa, con ventanales abiertos al jardín de lotos.

Sobre la mesa, el cuaderno de hojas blancas esperaba ser llenado con las primeras letras de quien algún día cargaría con el peso del trono.

Pero Xiaolian no escribió.

Tomó el pincel con la gracia de quien aún no conoce la rigidez de las normas y, en lugar de palabras solemnes, dibujó una flor con alas extendidas.

Los trazos eran torpes, pero la intención brillaba con claridad.

La maestra, una mujer de rostro severo y mirada afilada, arqueó una ceja.

—¿Qué significa eso, princesa?

—preguntó, intentando sonar paciente, aunque la curiosidad le ganaba a la disciplina.

Xiaolian sonrió.

Una sonrisa pura, que iluminó sus mejillas como la primera luz de primavera.

Sus ojos oscuros brillaban con la inocencia del agua clara.

—Una flor que puede volar… no se marchita nunca.

El silencio se adueñó de la sala.

La maestra se quedó sin palabras, atrapada entre la lógica de la enseñanza y la verdad poética de una niña que veía más allá de lo evidente.

Afuera, los pétalos de los lotos se mecían suavemente con el viento.

Era como si la naturaleza misma aprobara aquella respuesta.

Suwei cerró el pergamino lentamente y lo dejó sobre la mesa, como si el peso de aquel nombre pudiera quebrar la madera.

Se volvió hacia Jin Long, con la frente surcada de preocupación.

Si es Zhenwu… no descansarán hasta vernos arrodillados.

Jin Long se mantuvo erguido, con la espalda recta y la mirada fija en las llamas de la lámpara.

El resplandor anaranjado iluminaba sus facciones endurecidas por la batalla y la memoria, dibujando sombras que parecían máscaras de antiguos guerreros en su rostro.

Sus ojos, oscuros y profundos, reflejaban más que fuego: eran espejos de un mar revuelto, de un hombre que sabía que la historia nunca se detiene, que siempre reclama cuentas pendientes.

—Entonces no debemos esperar a que ataquen —dijo, su voz grave, cargada de acero—.

Hay que adelantarnos.

El consorte lo miró en silencio.

La penumbra de la sala lo envolvía, pero en su pecho el miedo ardía como brasas ocultas.

Sabía que Jin Long hablaba como emperador, como estratega formado en los campos de guerra, como guardián de un imperio que no podía permitirse otra caída.

Pero Suwei, más allá de su papel de consorte y consejero, era padre.

Padre de Xiaolian, esa niña que todavía dibujaba flores con alas en los márgenes de un cuaderno.

Y su corazón, al pensar en ella, latía con un temor distinto: el temor de perder lo que apenas comenzaba a florecer.

—Jin… —susurró, casi quebrándose—.

¿Y si esta vez no es suficiente la espada?

¿Y si la venganza de Yanshui no se detiene con acero?

El emperador cerró los ojos un instante.

El eco de esas palabras quedó suspendido en la habitación como un gong invisible.

Afuera, el viento golpeó los postigos de madera, y el murmullo de los cerezos se filtró en la sala como si la misma naturaleza escuchara su conversación.

En ese silencio, ambos comprendieron lo mismo: la próxima guerra no sería solo de ejércitos ni de dragones alzando vuelo.

Sería una guerra de memorias, de heridas que jamás cicatrizaron, de fantasmas que habían sido perdonados en papel y decretos, pero nunca en el alma de los derrotados.

Suwei bajó la mirada, apretando los dedos contra el brazo del sillón tallado.

Recordaba las historias que los ancianos susurraban sobre la casa de Yanshui: la soberbia de sus príncipes, la crueldad de sus generales, pero también el amor que sus pueblos les tenían.

Cuando fueron exiliados, no se marcharon solos: semillas de rencor, juramentos de venganza, viajaron con ellos como brasas escondidas en cenizas.

Y ahora, esas brasas volvían a prenderse.

—Zhenwu… —murmuró Suwei, apenas audible—.

Él no olvida.

Nunca lo hizo.

El nombre era un veneno que quemaba al pronunciarse.

Zhenwu Long, hermano del emperador, hijo del mismo linaje, pero caído en las profundidades del resentimiento.

En él, el Imperio había visto no solo la traición de un hombre, sino el eco de todos aquellos que esperaban en las sombras para devorar lo que Jin Long había reconstruido.

El emperador abrió los ojos y respiró hondo.

Su silueta, recortada por la luz oscilante de la lámpara, parecía la de un dragón inmóvil, en calma antes del rugido.

—La espada siempre es suficiente cuando la guía la justicia —dijo, aunque su tono no era de plena convicción, sino de necesidad.

Necesidad de creer que aún podía sostener el peso de un mundo sobre sus hombros.

Suwei se levantó, caminó hasta la ventana y abrió los postigos.

El aire nocturno entró frío y húmedo, trayendo el olor a tierra mojada y loto.

Desde allí, el Palacio parecía un sueño dormido: techos de jade, pabellones iluminados por faroles rojos, y más allá, las murallas que resguardaban a millones de almas que dormían bajo su protección.

—¿Y si la justicia no basta, Jin?

—preguntó, con la voz temblorosa, mientras miraba la ciudad—.

¿Y si esta vez debemos proteger no solo con espadas, sino con algo más… algo que no sabemos aún?

El emperador se acercó a él, y juntos contemplaron el horizonte.

Una bruma densa cubría las montañas lejanas, como si los dioses mismos quisieran esconder lo que allí se gestaba.

El silencio se extendió largo, y en ese intervalo, ambos fueron simplemente dos hombres, dos padres, dos amantes, preguntándose si serían capaces de heredar a su hija un mundo en paz.

Un golpe seco en el corazón de Jin Long lo recordó: la guerra nunca da tregua.

Recordó los campos arrasados, las madres llorando, los templos incendiados por el fuego de los Yanshui.

Recordó también cómo Zhenwu había combatido a su lado, con la misma furia y pasión, antes de perderse en la oscuridad de la ambición.

“La sangre no se borra”, le dijo una vez un anciano monje.

Y ahora, esa profecía volvía a latir.

Suwei giró hacia él y posó una mano en su pecho.

—Jin, prometimos que Xiaolian crecería diferente.

Que ella no viviría entre cenizas.

El emperador cubrió esa mano con la suya, fuerte, cálida, como un juramento silencioso.

—Y así será.

Te lo juro por el trono, por los dioses y por mi propia sangre.

El viento sopló con más fuerza, apagando la lámpara que aún ardía.

La sala quedó en penumbras, iluminada solo por la luna que entraba por la ventana.

Y en esa penumbra, ambos sintieron el peso del destino sobre sus hombros, pesado pero compartido.

Esa noche, mientras el Palacio dormía, las campanas de los templos resonaron en la distancia, como si anunciaran lo que todavía no había ocurrido.

La tormenta no se oye.

Pero ya está en marcha.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack En este capítulo quise mostrar que las verdaderas guerras no siempre comienzan con espadas, sino con silencios y cadenas rotas.

Zhenwu simboliza el pasado que regresa como herida abierta, mientras que Xiaolian, con su inocencia, representa la esperanza de un futuro distinto.

El rugido no se oye todavía… pero ya está allí, creciendo en la sombra.

Su regalo es mi motivación de creación.

Deme más motivación

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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