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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 104

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  4. Capítulo 104 - 104 Capítulo 4 Los susurros del este
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104: Capítulo 4: Los susurros del este 104: Capítulo 4: Los susurros del este En la Ciudad de Longhui – Fortaleza olvidada del este Cubierta por niebla y sombras, Longhui se alza entre acantilados escarpados y ríos que corren como venas de plata.

Nadie en la capital actual se aventura hasta sus confines; es un lugar que la historia casi olvida, donde la memoria se mezcla con la leyenda.

Allí, entre ruinas y murallas medio derruidas, se alza un salón de guerra improvisado.

No tiene banderas imperiales, no tiene embajadores ni diplomáticos.

Es un espacio creado por aquellos que guardan rencor… y paciencia.

Un hombre de túnica negra se inclina ante un trono vacío, y su voz resuena con autoridad contenida: —Los muros del Imperio se estremecen.

—Las piezas están colocadas.

—Y el fuego solo espera una chispa.

Detrás de él, un grupo de nobles exiliados, comerciantes caídos y generales descontentos, levanta sus copas en un gesto solemne: —¡Por la caída del trono dorado!

El eco de sus voces se mezcla con el viento frío que atraviesa las torres.

No hay magia aquí, solo rencor concentrado, como un veneno que se ha mantenido dormido durante generaciones.

Un susurro cruza la sala, apenas audible: —El Dragón Dorado confía demasiado en la paz.

Su flanco está desprotegido.

Nadie responde, pero todos sienten que algo grande está por despertar.

Mientras tanto, en la capital actual, Xiaolian juega con su tutor de estrategia.

Los rayos del sol atraviesan los pétalos rosados, creando un mosaico de luces y sombras sobre el tablero de madera.

La princesa mueve una ficha de manera inesperada, interrumpiendo la secuencia planeada por su maestro: —¡Eso no es válido!

—protesta el tutor, entre divertido y sorprendido—.

Las reglas no lo permiten.

Xiaolian lo mira, con la inocencia y la audacia de quien aún no conoce los límites del mundo: —¿Y si el enemigo no sigue las reglas?

Desde un balcón cercano, Jin Long observa a su hija.

La brisa agita su túnica y el aroma de los cerezos llega hasta él.

Suwei se acerca, una taza de té en la mano, y posa su mirada sobre la escena: —Tiene tu audacia —dice el consorte, con una sonrisa apenas perceptible.

—Y tu corazón —responde Jin Long, más serio—.

Por eso me preocupa.

Ambos saben que, aunque ella juegue ahora con fichas y flores, el mundo real traerá desafíos que ni las reglas ni la ética imperial podrán contener.

A cientos de kilómetros, en un calabozo húmedo del palacio, algo cambia.

Los guardias, al hacer su ronda, descubren una celda vacía.

La cerradura ha sido forzada desde adentro.

En el suelo, una pluma blanca brilla débilmente bajo la luz de las antorchas.

Junto a ella, en tinta roja, una inscripción que hiela la sangre de quien la vea: “La tormenta comienza en silencio.” El aire se siente más denso, como si cada sombra se moviera con vida propia.

Los guardias intercambian miradas y se apresuran a informar al Consejo Imperial.

En la Cámara del Consejo, los ancianos del imperio se han reunido de manera urgente.

Cada uno se sienta con la postura recta, los ojos fijos en Jin Long.

Nadie se atreve a hablar primero.

El silencio pesa más que cualquier espada, más que cualquier decreto escrito.

Finalmente, el consejero Wen rompe la quietud: —Han quemado tres puestos fronterizos.

Se acercan a la capital… Y lo peor: no sabemos quiénes son.

Todos giran hacia Jin Long.

Su mirada es firme, imperturbable.

No parpadea.

No respira hondo.

Solo dice: —Sí sabemos.

—Son los que debimos aplastar… y perdonamos.

Suwei baja la cabeza.

También él recuerda lo que fue perdonar.

Sabe que cada decisión, cada acto de misericordia, deja una semilla que puede germinar en sombra o en venganza.

En Longhui, los conspiradores no duermen.

Cada noche, las llamas de las lámparas dibujan figuras danzantes sobre las paredes de piedra.

Mapas extendidos, tablillas de estrategia, espadas antiguas y armaduras medio oxidadas cubren las mesas.

—Si el Dragón Dorado se cree fuerte, no veremos misericordia —dice un general exiliado, golpeando la mesa con el puño—.

No descansaremos hasta ver arrodillado a todo el linaje imperial.

El hombre de la túnica negra, líder de este consejo secreto, se acerca al mapa que representa la capital actual y Longhui.

Sus dedos recorren ríos y montañas como si fueran arterias del imperio.

—Paciencia —susurra—.

La capital está vigilada, pero nuestra fuerza crecerá en silencio.

Cuando llegue la hora, nadie podrá detener la tormenta.

Un joven exiliado, nervioso, pregunta: —¿Y la antigua capital?

¿Y la emperatriz viuda?

El líder negó con la cabeza, y un silencio pesado se extendió sobre la sala.

—No tocarla —dijo—.

Su influencia aún puede ser útil… por ahora.

La guerra no debe dividirlo todo; solo preparar el terreno.

Sus palabras quedaron flotando en el aire, y cada uno de los presentes comprendió la gravedad de la estrategia.

La emperatriz viuda, pensaron, era un factor que podría inclinar la balanza si decidían mover sus piezas demasiado rápido.

La paciencia era su mejor arma.

Cada gesto, cada plan, debía ejecutarse con precisión.

El aire estaba cargado de polvo y humo de velas, y las sombras que danzaban sobre las paredes de piedra parecían cobrar vida propia, dibujando figuras que recordaban a dragones y guerreros caídos.

Cada rostro allí presente estaba marcado por la historia, por heridas que el tiempo no había sanado.

Cada uno había perdido algo en nombre de la venganza, y todos compartían el mismo silencio cargado de decisión.

La reunión terminó con un brindis silencioso.

Nadie levantó la voz; nadie hizo ruido más allá del tintineo de las copas.

El gesto parecía simple, pero encerraba siglos de resentimiento y paciencia.

Era un pacto silencioso, un acuerdo no escrito que decía: la venganza se cocina lentamente, como un fuego que se guarda bajo cenizas, listo para encenderlo en cualquier momento.

Cada uno regresó a su sombra, a sus habitaciones, a sus pensamientos, consciente de que la tormenta aún no había comenzado, pero que ya se sentía en el aire, densa y pesada, como un viento que presagia el cambio.

— Mientras tanto, en el Jardín de los Cerezos, la luz de la tarde bañaba los pétalos rosados y los senderos de piedra con un brillo dorado.

Xiaolian dibujaba otra flor en su cuaderno.

Ahora, junto a la primera flor con alas, añadía raíces que se extendían hacia abajo, profundas y firmes, como si quisieran aferrarse a la tierra para no dejarse llevar por la tormenta que aún no conocía.

Las alas de la segunda flor parecían querer elevarse más alto que los cerezos, desafiando al viento, al sol y a cualquier sombra que intentara tocarla.

La maestra de ética imperial la observaba en silencio.

Sus ojos, acostumbrados a la disciplina y la obediencia, se abrieron ante la imaginación y la intuición de la princesa.

Comprendió que Xiaolian no solo aprendía lecciones de estrategia o de historia; estaba aprendiendo a comprender el peso del mundo, aunque aún de manera inocente.

La manera en que combinaba raíces y alas, fuerza y libertad, reflejaba algo que ni siquiera los tratados más antiguos podían enseñar: la capacidad de anticiparse a la vida y a sus tormentas con valentía y corazón.

El viento pasó entre los cerezos, moviendo suavemente los pétalos, como si la naturaleza misma aplaudiera ese momento.

Cada hoja y cada flor parecían acompañar a la princesa en su pequeño acto de creación, y el sonido del agua del estanque cercano le daba ritmo al silencio del jardín.

Xiaolian levantó la mirada, y por un instante, sus ojos brillaron con un entendimiento que aún no podía nombrar.

Jin Long y Suwei se acercaron a ella, con pasos lentos para no romper la armonía del momento.

La princesa los miró y sonrió, inocente, confiada, sin saber que más allá de los muros del palacio, en Longhui, se tejía una tormenta que pondría a prueba no solo su ingenio, sino también su corazón.

—Cada flor tiene su lucha —dijo Suwei, con un suspiro que llevaba tanto orgullo como preocupación—.

Algunas se marchitan, otras vuelan.

Jin Long miró hacia el horizonte, hacia los límites del imperio, donde los bosques y montañas parecían guardar secretos.

Sus palabras eran firmes, llenas de determinación y de amor paternal: —Que la nuestra vuele.

Que nuestra semilla crezca fuerte, y que nunca olvide de dónde viene.

El cielo comenzaba a teñirse de tonos cálidos, y las sombras de los cerezos se alargaban, mezclándose con la luz.

Cada pétalo que caía parecía marcar el paso del tiempo, y cada flor dibujada en el cuaderno era un recordatorio de que la vida continuaba, incluso cuando la historia amenazaba con repetir sus errores.

Desde las sombras de Longhui hasta los jardines de la capital, las piezas estaban en movimiento.

Susurros, planes y rencor recorrían caminos que solo los más atentos podían percibir.

La paciencia de los conspiradores era como un río subterráneo: silencioso, invisible, pero imparable.

Cada decisión que tomaban, cada paso que daban, acercaba la tormenta hacia el corazón del imperio.

Y mientras la luz de la tarde se apagaba y la noche comenzaba a caer, Xiaolian cerró su cuaderno, abrazándolo contra su pecho.

La brisa acarició su cabello, y por un instante, el mundo pareció detenerse.

El jardín estaba tranquilo, los cerezos en calma, pero Jin Long sabía que la paz era frágil.

Más allá de Longhui, las sombras estaban atentas, moviéndose en silencio, y cada susurro del viento podía ser un aviso.

Suwei colocó su mano sobre el hombro de su hija, y Jin Long se inclinó ligeramente, ambos compartiendo un momento que era a la vez tierno e inevitablemente cargado de responsabilidad.

Cada mirada, cada gesto, era un recordatorio de que la protección del imperio no dependía solo de las espadas, sino de la sabiduría, del amor y de la fuerza que sus hijos aprenderían a tener.

El cuaderno de Xiaolian descansaba sobre sus piernas, abierto en la página de la flor con raíces y alas.

Era un símbolo, un mensaje silencioso, de que incluso en la inocencia había valentía, y que la semilla de la esperanza podía crecer aun en tiempos de oscuridad.

El rugido que no se oye seguía en Longhui.

La tormenta aún no se mostraba, pero se sentía.

Era un murmullo bajo, un viento que recorría los pasillos de piedra y las torres en ruinas, recordando a todos que el pasado no había sido olvidado y que la historia estaba a punto de reescribirse.

Desde los salones de Longhui hasta los jardines de cerezos del palacio, la tensión se extendía como un hilo invisible.

Cada acción, cada decisión y cada pensamiento eran parte de un tablero de estrategia mucho más grande que cualquiera que Xiaolian hubiera dibujado en su cuaderno.

Cada flor que volaba, cada raíz que se afirmaba en la tierra, tenía un reflejo en la vida real: el destino del imperio, vulnerable y poderoso a la vez.

La noche cayó por completo.

Las lámparas del palacio brillaban como pequeñas constelaciones, y en Longhui, las sombras parecían crecer con cada minuto que pasaba.

Todo estaba preparado para el primer movimiento, para la chispa que encendería la venganza y pondría a prueba todo lo que la familia imperial había construido.

Y, mientras la princesa se dormía, abrazando su cuaderno, el mundo continuaba moviéndose a su alrededor.

Los susurros, los planes y la paciencia de Longhui se entrelazaban con la luz de los cerezos y la mirada atenta de los emperadores.

Fin del capítulo REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack En este capítulo quise mostrar que la guerra no siempre ruge con espadas y fuego; muchas veces comienza con susurros, planes silenciosos y resentimientos que se guardan durante generaciones.

Mientras Zhenwu y los exiliados preparan su tormenta en Longhui, Xiaolian sigue dibujando flores, ajena aún al peligro, recordándonos que incluso en la inocencia se construye la semilla de la fortaleza.

La historia avanza en paralelo: sombras que se mueven y luz que crece, preparando el choque inevitable entre pasado y futuro.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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