EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 105
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- Capítulo 105 - 105 Capítulo 5 Cadenas rotas y miradas que tiemblan
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105: Capítulo 5: Cadenas rotas y miradas que tiemblan 105: Capítulo 5: Cadenas rotas y miradas que tiemblan El salón del consejo imperial estaba lleno, pero el aire… era hueco.
Ni los antiguos tapices ni el incienso de las velas podían cubrir el silencio que estallaba como trueno invisible.
Las columnas de mármol blanco parecían más altas que nunca, los dragones tallados en sus bases parecían observar con desprecio a los hombres que temblaban bajo su mirada.
Frente al consejo, de pie y temblando, tres capitanes de la Guardia del Norte se inclinaban con la frente pegada al suelo.
Sus armaduras, manchadas por el polvo del camino, brillaban poco bajo la luz de las lámparas de aceite.
Era la primera vez en años que la guardia imperial se presentaba en ese salón no como protectores, sino como acusados.
Uno de ellos alzó la mirada, con el rostro empapado en sudor.
Su voz se quebró al pronunciar las palabras: —¡Mi Señor!
¡Nunca dejamos nuestro puesto!
¡El príncipe… él… él desapareció como niebla!
Un murmullo recorrió la sala, como el zumbido de insectos al borde de un incendio.
Los ancianos del consejo, vestidos con sus túnicas pesadas de brocados oscuros, se miraban unos a otros con cejas arqueadas, pero nadie se atrevía a romper el silencio hasta que uno de ellos golpeó el suelo con el bastón.
—¿Desapareció?
—su voz era tan áspera como una piedra arrastrada por siglos—.
¿Desde una celda sellada con piedra imperial?
¡Era el mayor criminal político desde los tiempos de la Rebelión de las Cinco Lunas!
Las palabras resonaron, despertando ecos antiguos.
Nadie podía olvidar la Rebelión de las Cinco Lunas: el levantamiento que casi partió el imperio en pedazos hacía dos generaciones.
El emperador Jin Long no habló aún.
Estaba de pie, junto a su consorte, observando sin pestañear.
Su porte era recto como una espada, pero sus manos estaban escondidas tras la manga, cerradas en puños silenciosos.
A su lado, Suwei mantenía las manos juntas al frente, pero apretaba tan fuerte que sus nudillos estaban blancos como la cal.
Sus ojos, negros y profundos, se clavaban en los tres capitanes como si pudiera atravesarlos y ver no solo sus cuerpos, sino sus almas.
Uno de los capitanes, de barba ya entrecana y rostro marcado por cicatrices, tragó saliva.
Se atrevió a hablar, aunque su voz temblaba.
—Nos llegó una carta, Majestades.
Una amenaza.
Decía que si no dejábamos la celda por una noche… la princesa Xiaolian moriría.
Las palabras cayeron como acero al centro del salón.
El aire cambió, como si todo el incienso se hubiera transformado en humo de guerra.
Suwei dio un paso adelante.
Su voz fue serena.
Dolorosa.
—¿Y dejaron al mayor traidor del imperio libre… por miedo?
El eco de su pregunta flotó entre las columnas.
Nadie respondió.
Ni los acusados ni los consejeros.
Hasta las llamas de las lámparas parecían agitarse como si temieran responder.
Fue Jin Long quien rompió el vacío.
Su tono fue bajo, pero su voz se extendió con una claridad que nadie pudo ignorar.
—No fue miedo.
—Hizo una pausa que heló la sangre de los presentes—.
Fue traición.
Y una traición que ha puesto en peligro a mi hija… a nuestro futuro.
Los tres guardias cayeron de rodillas.
Uno de ellos golpeó su frente contra el mármol, dejando un hilo de sangre que brilló bajo la luz.
—¡Majestad!
¡Nosotros… no sabíamos!
¡Solo queríamos evitar una guerra!
—Y acaban de alimentar una —concluyó Suwei, su mirada cortando como cuchilla afilada.
Los ancianos del consejo intercambiaron miradas, como si de repente hubieran envejecido veinte años.
Nadie quería cargar con la responsabilidad de decidir, porque sabían que una decisión débil ahora sería el principio de la ruina.
Finalmente, el más viejo entre ellos, el consejero Wen, se apoyó en su bastón y habló.
—La decisión es vuestra, Emperadores del Trono Imperial.
¿Castigo o perdón?
Todos los ojos se posaron en Jin Long y Suwei.
El silencio se estiró como una cuerda tensa a punto de romperse.
El consorte respiró hondo, inclinó ligeramente la cabeza hacia su esposo, y murmuró algo en voz baja, solo para él.
El emperador asintió.
Luego, ambos hablaron juntos, como si sus voces fueran una sola: —Los tres perderán sus rangos.
No volverán a llevar armadura imperial.
Pero no caerá la espada sobre ustedes… Porque aún creemos que el miedo no debe ser ley en este imperio.
Las palabras resonaron con un peso mayor que una condena de muerte.
Porque un soldado puede morir con honor, pero vivir despojado de él era la verdadera cadena que no podía romperse.
Los tres guardias lloraron en silencio, y cuando salieron escoltados por soldados más jóvenes, sus pasos parecían los de fantasmas que habían dejado su vida atrás.
El consejo terminó en un murmullo apagado.
Los ancianos se levantaron uno a uno, evitando mirar demasiado tiempo a sus soberanos, como si temieran ver en sus ojos la sombra de un futuro incierto.
Cuando las puertas se cerraron y el salón quedó vacío, Jin Long bajó la mirada.
Y por primera vez en mucho tiempo… dudó.
El peso de la corona ardía en su cabeza.
Había heredado la gloria de un linaje que había resistido guerras, hambres y traiciones, pero en ese instante sintió que toda la historia pesaba más que la montaña más alta.
Suwei se acercó y le apretó la mano con fuerza.
Su contacto fue humano, cálido, un recordatorio de que no todo se sostenía con acero.
—No has fallado —le dijo, con suavidad—.
El enemigo aún no ha ganado.
Y mientras tú y yo estemos aquí… no lo hará.
Jin Long levantó la mirada.
Sus ojos, que antes parecían vidrios quebrados, volvieron a encenderse como carbones que rehúsan apagarse.
Fue entonces cuando una pequeña figura apareció corriendo por los pasillos de mármol, sus pasos rápidos resonando como campanas que rompían la solemnidad del consejo.
Xiaolian.
Tenía el cabello suelto, agitado por la carrera, y en sus manos sostenía una flor blanca, todavía húmeda de rocío.
Sus mejillas encendidas por el esfuerzo brillaban como dos pequeños soles, y sus ojos —grandes, limpios, imposibles de corromper— se iluminaron al ver a sus padres.
—¡Papá!
¡Papito!
¡¡Miren!!
—exclamó con la voz clara y alegre, como si no existiera ni la palabra “traición” ni la sombra de un enemigo en aquel mundo.
La niña extendió la flor como si fuera un tesoro más valioso que una espada o un trono.
La sostuvo con ambas manos, temblorosa, cuidando que ningún pétalo se quebrara.
Los dos emperadores se miraron apenas un segundo.
Y luego, sin dudarlo, se arrodillaron al mismo tiempo, bajando sus coronas hasta la altura de los ojos de su hija.
Ese gesto silencioso estremeció al salón más que cualquier decreto.
Porque allí, ante los ojos atónitos de los ancianos del consejo, el poder dejó de ser un peso y se convirtió en algo simple: un amor que debía protegerse a cualquier costo.
Jin Long tomó la flor entre sus manos, con tanta delicadeza que parecía temer que se deshiciera en polvo.
La observó un instante, como si en esos pétalos hubiera un secreto que ni los generales ni los sabios habían sabido guardar.
—Es hermosa, hija mía —susurró con la voz quebrada, permitiéndose por fin mostrar un resquicio de su cansancio.
Xiaolian sonrió, orgullosa de su hallazgo.
—La encontré en el jardín, papá.
Estaba escondida entre las piedras.
Pensé que necesitaba un lugar más bonito… —dijo con la lógica pura de la inocencia.
Suwei no pudo contenerse.
Acercó una mano al rostro de la niña y acarició su mejilla con ternura, como si ese contacto fuera un ancla para no perderse en la tormenta.
—Y ahora ese lugar bonito… somos nosotros —murmuró con una sonrisa que era a la vez dulce y triste.
Xiaolian rió, sin entender del todo, y abrazó a ambos al mismo tiempo.
Sus pequeños brazos rodearon los cuellos de Jin Long y Suwei, y por un momento, los tres quedaron fundidos en un círculo imposible de quebrar.
Ese instante, diminuto pero eterno, borró las sombras del consejo, las culpas de los guardias y la amenaza de los enemigos invisibles.
En ese abrazo, el Imperio no era tapices, ni coronas, ni decretos grabados en piedra.
Era una familia.
Jin Long cerró los ojos, sosteniendo a su hija contra su pecho.
Y supo que, aunque el trono pesara como una montaña, todo valía la pena por esa flor blanca que los miraba con la inocencia del amanecer.
Suwei apoyó la frente en el hombro de Jin Long, con Xiaolian entre ambos, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que podía exhalar sin que el peso de la historia aplastara su pecho.
Sus manos rodeaban a la niña con delicadeza, como si cada centímetro de su piel fuera un tesoro que debía proteger, y no había consejo ni decreto que importara en ese momento.
Xiaolian, con sus pequeños brazos aferrados a ambos, giró la cabeza y les sonrió con esa claridad que solo la infancia concede, sin saber del peligro que había acechado más allá de los pasillos del palacio.
Su risa era un hilo de luz que atravesaba los años de acero y sombras; un recordatorio de que, aun en medio de la política, de la traición y de los muros que temblaban por amenazas invisibles, todavía existía la inocencia.
Jin Long inclinó la cabeza y rozó con su nariz el cabello de su hija, que olía a rocío y a primavera.
El peso de la corona y del trono se disipó por un instante, reemplazado por la certeza de que allí, en aquel abrazo, estaba todo lo que verdaderamente importaba: la vida que habían jurado proteger, la semilla de esperanza que debía crecer fuerte y sin marchitarse.
—Nunca dejes que alguien te diga que no puedes ser fuerte —susurró Jin Long, con voz más baja de lo habitual, casi como si hablara para sí mismo—.
Pero recuerda también que está bien ser frágil, que está bien sentir miedo.
No estamos aquí para juzgar tus emociones, Xiaolian.
Estamos aquí para protegerlas.
Suwei apoyó un brazo detrás de la espalda de la niña, mientras con la otra acariciaba la mejilla de Jin Long, y por un momento, los tres permanecieron así, entrelazados, suspendidos fuera del tiempo.
No había consejo, ni guardias, ni amenazas; solo un padre, un consorte y una hija, respirando al unísono, compartiendo la calidez que la guerra y la política rara vez les permitían sentir.
Xiaolian inclinó la cabeza hacia Suwei y murmuró con inocencia: —No tengo miedo mientras ustedes estén conmigo.
Suwei sonrió y apretó ligeramente la mano de Jin Long, como sellando un pacto silencioso: protegerían la luz de esa niña, sin importar el precio.
Jin Long, con el corazón apretado pero lleno de amor, cerró los ojos y dejó que el momento lo envolviera.
Sabía que la vida podía arrebatar instantes así en cualquier segundo, y por eso los guardó en su memoria, grabados como un amuleto contra la oscuridad que se acercaba.
Y así, entre cadenas rotas, decisiones que podían cambiar el curso de la historia y la frágil inocencia de la infancia, los tres encontraron un instante de pureza que ningún decreto podría corromper.
Allí, en ese abrazo, el poder dejó de ser un peso y se convirtió en un refugio, un recordatorio de lo que realmente valía la pena.
Porque a veces, incluso entre las ruinas del miedo, en medio de conspiraciones y traiciones, una flor sigue naciendo, creciendo con fuerza, iluminando los rincones más oscuros del corazón de quienes saben protegerla.
Y esa flor, que respiraba entre sus manos, era Xiaolian, la esperanza viva del Imperio.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack En este capítulo quise mostrar que incluso en los momentos donde la traición y el peso de las decisiones parecen quebrar al imperio, la verdadera fuerza no siempre nace en los consejos ni en las coronas, sino en los gestos más simples.
Una flor en las manos de una niña puede ser más poderosa que un ejército, porque recuerda a los corazones endurecidos que aún existe algo por lo cual luchar.
Entre cadenas rotas y miradas que tiemblan, descubrimos que la esperanza nunca deja de florecer.
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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com